Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Si amas el carisma que has recibido, cuídalo. Ante las dificultades, busca a Cristo que abre todos los caminos que se creían cerrados.

Homilía o133003a, predicada en 20100630, con 14 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Queridas hermanas, hijas de Nuestra Señora de Nazaret, queridos amigos, todos que visitan este Santuario Mariano Nacional. Las lecturas de hoy, diría yo, que son un poco extrañas y son extrañas porque nos hablan del mal y del poder del mal. El profeta Amós nos da una recomendación que tiene una gran sabiduría: Hay que amar el bien y hay que aborrecer el mal. Y luego, en el Evangelio nos encontramos ese pasaje tenebroso de estos endemoniados que quedan liberados a precio de perder toda una gran piara, toda esa cantidad de cerdos que se pierden. Y estas dos lecturas, aunque parezcan extrañas, tienen una profunda relación con nuestra vida, con la ayuda del Espíritu Santo, deseo que reflexionemos en ellas.

En primer lugar, recordemos que nuestra hermana Santa Catalina de Siena toma exactamente el consejo que dio el profeta Amós. Ella recomienda exactamente lo mismo, dice que el afecto es como un cuchillo que no puede afilarse de un lado sin afilarse del otro. No se puede crecer en el amor si no se crece también en el odio, pero hay que aprender a odiar como hay que aprender a amar. Y si esto le parece extraño a alguno, pues que no se extrañe tanto, hay que aprender a odiar aquello que nos separa del plan de Dios, hay que aprender a odiar aquello que nos hace mediocres. Hay que tomar una actitud firme, resuelta, convencida, frente a aquello que quiere arruinar el Evangelio en nuestras vidas. Hay que tomar una actitud valiente, convencida, para poder vencer al enemigo que por todas partes quiere enterarse, y eso es aprender a odiar. Por supuesto, no se trata de odiar a las personas, no se trata de odiar a las instituciones, no se trata de odiar a los que piensan distinto de nosotros, pero sí se trata de odiar aquello que nos destruye.

Entonces, tenemos que odiar toda injusticia, toda discriminación, tenemos que odiar, y así nos enseña el profeta Amós, todo aquello que empaña, que oscurece la bondad de Dios. Y aquí es donde se ve la relación entre el odio y el amor, uno no puede decir que ama el carisma de Nazaret si no lo defiende. Uno no puede decir que ama su vocación si no la protege. Y uno no puede decir que protege su vocación si no toma las actitudes resueltas, claras, oportunas, sabias, para apartar todo aquello que está destruyendo ese sueño.

Aquí, a los pies de este hermoso cuadro, tomamos una imagen. Hay, en el borde inferior del cuadro, una hermosa rosa de plata que recuerda las plegarias de María Ramos. María es la Rosa del Cielo, creo que podemos mirar a Nazaret como esa preciosa rosa de plata. Pero esa rosa de plata tiene que ser defendida, esa rosa del cielo tiene que ser cuidada. Entonces, corresponde a cada uno de nosotros y especialmente a los superiores o superioras, corresponde reconocer cuáles son los enemigos de esa rosa de plata, cuáles son los enemigos de Nazaret. Hoy tenemos que preguntarnos por qué la belleza de nuestras constituciones a veces no se traduce en la vida diaria, en dónde se rompe el plan de Dios.

Todas esas cosas bellas, oportunas, inteligentes, que se dicen en un capítulo provincial, ¿por qué no llegan a veces a la vida diaria? Si esas constituciones o si esas actas son verdaderamente inspiradas por Dios, y así lo creemos, porque no en vano invocamos al Espíritu Santo. Si son inspiradas por Dios, ¿por qué no se vuelven palabra que se cumpla en las comunidades locales? Por qué a veces ese carisma resulta fácil reconocerlo en los libros, en las actas, pero resulta tan difícil de reconocer cuando vamos a ciertas comunidades y decimos: Y ¿aquí dónde está lo que se mandó, y aquí dónde está lo que se propuso?

Por eso, un gobierno provincial, un gobierno general, tienen que preguntarse todos los días, cómo el centinela que busca de dónde pueden venir los enemigos, ¿qué es lo que está retrasando la hora de Dios? Y yo te hago una pregunta: Si tú ves que hay algo que está impidiendo la obra divina, no rechazar eso que nos destruye, es exactamente lo mismo que entregar la rosa de plata a los enemigos del cielo. Así que el primer mensaje hoy es muy claro, no puedes amar a Nazaret sin defenderlo, no puedes amar el carisma sin protegerlo. Y no se volverán realidad estas actas, fruto del esfuerzo de estos días, no se volverán realidad, sin una actitud clara, resuelta, una actitud generosa que lleve a defender lo que es de Dios.

Y del Evangelio ¿qué podemos aprender? Hay tantos detalles en ese pasaje. No es un pasaje hermoso, es un pasaje grotesco. Grotesco como grotesco suelen ser los marranos, pero en medio de lo grotesco, ese pasaje nos enseña algo muy importante. Dice al comienzo de la lectura que hemos oído: Nadie podía pasar, nadie podía pasar por ese camino. Es decir, ahí donde estos endemoniados se encontraban, como que ya el demonio había declarado su posesión, como que ya el demonio decía esto es mío y por aquí nadie puede pasar. Pero cuando Jesús pasa, desbloquea el camino y fíjate cómo en el fondo, aquí hay un mensaje de optimismo.

Cuando uno lee todo eso y nada más imaginarse el poco de cerdos cayendo al agua y luego cerdos ahogados y luego cerdos descomponiéndose, eso es grotesco. Pero no te quedes en la imagen de tanto marrano, más bien hazte esta consideración. ¿Quién es el que desbloquea el camino, quién es el que le reclama su presa al enemigo, al demonio? ¿Quién es el que vuelve a abrir el paso donde parecía que estaba ya perdido y bloqueado? Y la respuesta siempre es Jesucristo. Y digo esto, porque a veces en nuestra vida de comunidad y en nuestra vida cristiana hay situaciones que las damos por casos perdidos. Y por supuesto, yo lo digo por experiencia, porque también soy religioso y sacerdote, porque también vivo en comunidad y ahora resulta que me han encargado este oficio como superior aquí.

Y aquí me he encontrado varias veces con ese lenguaje. Y con el hermano fulano: Ah, no, Padre, ya eso es un caso perdido, eso nadie ha podido hacer nada con eso. Y con la hermana Fulana: No, esa comunidad, eso, ahí no hay nada que hacer. Y con la hermana: No, eso con ella no se puede ni hablar. ¿Cuántas veces nosotros nos volvemos cobardes y nos achicamos frente al poder del enemigo? Como entregándole pedazos, tramos de nuestra vida y de nuestra comunidad, como si nosotros dijéramos: La comunidad que queda en el pueblo X, y, Z no, allá esa comunidad está entregada al anatema. Ahí no hay nada que hacer, no perdamos tiempo. Y la hermana tal: Esa, ya no hay nada que hacer. Eso es lenguaje derrotista, ese lenguaje está indicando que se está entregando al enemigo, que era lo que pasaba en ese pueblo de Gerasa.

En ese pueblo de Gerasa, le habían entregado ese camino al demonio y decían: Bueno, ya por ahí no se puede, porque eso ahí asustan, esos endemoniados son muy violentos, mejor dejar eso así. Dicho de manera más positiva, el cristiano es uno que jamás dice la frase: Dejemos eso así. Y esa frase, lamentablemente se oye mucho en nuestra Iglesia católica. Hay gente que dice: No, eso allá en el Vaticano hay mucha cosa que corregir. Pero el Papa Juan Pablo se dio cuenta de lo que había y dejó eso así porque se dio cuenta que ahí no había nada que hacer. A mí me cuesta trabajo, por cierto, creer que un hombre como Juan Pablo II haya tomado una actitud de esa, de esa calaña. El cristiano jamás dice: No, ya eso, dejar eso así. Y esa tentación existe y esa es la complicidad y la comodidad de los superiores. Muchas veces lo más cómodo para un superior es darse cuenta de que hay un problema en una cierta comunidad, darse cuenta de que hay algo que no está funcionando, pero decir: Bueno, yo más bien le meto la fuerza a otras cosas. Y eso dejar así, entregar ese camino al poder de los endemoniados.

Una de las cosas que nos enseña la lectura de hoy es que Jesús no le tiene miedo a ningún trecho del camino, Jesús no le tiene miedo a Getsemaní y no le tiene miedo a Gerasa. Jesús no le tiene miedo a ningún paraje, por extraño, oscuro o endemoniado que parezca. Y por eso, el mensaje de fondo de este Evangelio, es un mensaje de victoria. Y yo quiero en el nombre del Señor que esta nueva etapa de vuestra provincia, inicie el camino con resolución y con optimismo, no con derrotismo, no diciendo: No, ya eso se queda así. Aquí no hay nadie que haya podido hacer nada con eso. No, si esa hermana suya ya la han trasladado para cuatro casas, eso no hay nada que hacer con ella. El cristiano jamás utilizará ese lenguaje. La victoria es de nuestro Dios y del Cordero, así nos dice el Apocalipsis. El cristiano jamás utilizará ese lenguaje, el cristiano más bien dice: Hasta ahora este camino ha estado bloqueado, que venga Jesucristo, que venga el profeta de Nazaret y este camino se abre. Que venga a Jesús y este problema se arregla. Que venga a Jesús y esta vida que parecía perdida se arregla, se soluciona, se clarifica.

Así que los mensajes de hoy son dos. Primero, si amas el carisma, defiéndelo, protégelo. Aprender a amar y aprender a odiar. Amar la voluntad de Dios, detesta, aborrecer todo lo que quiera frenar el plan del Señor, ese es el primer mensaje. Y el segundo, derrotismo, jamás. Comodidad cómplice de los superiores, jamás. Problemas que se dice: Bueno, ahí le quedará eso al siguiente, jamás. Nuestra actitud es actitud de victoria. Nuestro paso, como en la independencia de Colombia, es paso de vencedores. Vamos a avanzar en el nombre de Cristo. Vamos a demostrarle a los escépticos, a esos que dicen: Esos capítulos, esas reuniones allá hablan y hablan y hablan y todo se queda en papel. A esos que hablan así, vamos a demostrarles que donde llega la presencia de Cristo, el mundo cambia. Donde llega Jesús, los caminos se abren. Donde alumbra la luz, se dispersan las tinieblas. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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