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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El sacerdocio de la vida.
Homilía o133001a, predicada en 19980701, con 10 min. y 38 seg. 
Transcripción:
Un tema que aparece con frecuencia en la predicación de los profetas es este, que nos ha hecho escuchar el profeta Amós el día de hoy. La crítica al culto que se vuelve puro rito y que se convierte como en una aventura que oculta la verdad de la vida. En vez de ser culto, oculta, esconde, no deja ver esa realidad de injusticia. Además, Dios lo que quiere, en primer lugar, es la ofrenda de un corazón que obedece, esto es lo que descalificó el rey Saúl. La obediencia vale más que mil holocaustos, la docilidad del corazón, dar el corazón a Dios, entregarlo a su voluntad, esto es más difícil y es también más valioso que todas las ofrendas de culto, sobre todo, porque ese culto que conocieron los israelitas era la entrega de algo de ellos, entregar unos animalitos del rebaño, entregar algún dinero para el sacrificio o para el sacerdote.
Y Dios no quiere que entreguemos algo de nosotros, sino que nos entreguemos nosotros mismos. Y esto es lo que aparece plenamente en Jesucristo. Jesucristo inaugura una alianza, un culto nuevo. Por eso, el velo del templo se rasgó, porque ese culto antiguo ya no podía seguir siendo, ya no podía seguir existiendo, porque lo que anunciaba ese culto llegó con Jesucristo. Jesús, en la ofrenda de su propia vida, está dando verdaderamente culto a Dios, es el mismo el sacerdote y la víctima. Y esta es también la condición de los que creen en Cristo.
Todos nosotros, bautizados en su nombre, tenemos el sacerdocio de la propia vida. Necesitamos este sacerdocio cuando nos presentamos ante Dios, o cuando le presentamos lo que nosotros somos, lo que padecemos, lo que decimos, lo que hacemos. Pero, así como todo culto tiene sus propias normas, así también este culto de la vida tiene sus propias normas. No es solamente decirle al Señor, aquí estoy. Hay que decir: Aquí estoy. Y ¿la norma cuál es para hacer tu voluntad? De modo tal, que en esta nueva liturgia, es la vida misma de nosotros ofrecida según la voluntad de Él, según el gusto de Él, según el parecer de Él, es decir, según el Espíritu de Él que obra en nosotros. Ese es el culto que San Pablo llama razonable, porque esa palabra griega es un poco difícil de traducir, no sabemos si sería razonable o sería como literalmente es, según la palabra, según el Logos. Este es el culto según el Logos, el culto según el Logos, el culto según razón o según la palabra, el nuevo culto es así.
Entonces, a uno le queda una pregunta, si el nuevo culto nuestro es el culto de la vida en el cual se quiere que se cumpla lo que dijo el profeta Amós, que fluya como el agua, el juicio y que la justicia fluya como arroyo perenne. Pues entonces, ¿nosotros por qué tenemos celebraciones, por qué seguimos teniendo una liturgia que a veces, por cierto, corre el riesgo de ser también vacía en su contenido? ¿Por qué sigue habiendo para nosotros ritos, si nosotros tenemos ese nuevo sacerdocio que es el sacerdocio de la vida? Esa es una buena pregunta que no se puede esconder y que no se puede embolatar de cualquier manera. Es que nosotros, precisamente para ofrecer nuestra propia vida, no obramos por nuestro propio impulso, porque si el ser humano pudiera por sus propias fuerzas presentarse y ofrecerse a Dios como oblación perfecta, entonces no hubiera sido necesario que viniera Cristo. El ser humano no puede, por sus propias fuerzas, alcanzar esa plenitud de sacerdocio, de manera que, aunque la tiene, siempre la está recibiendo.
Lo que nosotros hacemos en la liturgia de la Iglesia es beber de la fuente que nos permite también a nosotros ser manantiales. No podemos ser manantial de generosidad, de oración, de ofrenda, si no recibimos, porque esa es la condición nuestra. Si uno no necesitara recibir de Cristo, entonces querría decir que la gracia, pues, no es necesaria, sino que basta con proponérselo y ser perfecto y ser justo ante Dios. Pero ante Dios nadie es justo, todo el Antiguo Testamento está escrito para dar testimonio de que el hombre no se justifica por su propio esfuerzo, sino que necesita la gracia de Dios para que su vida pueda ser también una oblación hacia Dios. De manera que tenemos el sacerdocio por participación, tenemos el sacerdocio de Cristo. Todos y cada uno de los bautizados tenemos el sacerdocio de Cristo, lo ejercemos cuando hacemos de nuestra propia vida ofrenda, se hace en el templo de la vida, eso se hace ante el templo del sol y de las estrellas. Ese es el templo inmenso del universo, donde tú, cada vez que ofreces a Dios lo que eres y le presentas lo que eres, estás realizando ese sacerdocio bautismal.
Pero ese sacerdocio, aunque lo tienes, necesitas recibirlo. No surge de tus propias fuerzas y por eso necesitas alimentarte ¿de quién? Del que es el jefe, el líder, el modelo y la fuente y ese es Jesucristo. Entonces nosotros, para alimentar nuestro sacerdocio, nos acercamos a la ofrenda de Jesucristo. Bebemos de ese amor, comemos de ese amor, nos alimentamos de ese amor para también nosotros serlo. Eso explica por qué hay una liturgia en la Iglesia, es como la expresión visible, pública y perenne de nuestro sacerdocio es recibido del continuo sacerdocio de Cristo, del verdadero culto en espíritu y en verdad que Cristo hace para la gloria de Dios Padre. Entonces, toda la liturgia de la Iglesia es eucarística, toda. Ahí se comprende cómo la Eucaristía no es un rito dentro de la Iglesia, sino que es el rito, es el culto, es el centro, porque precisamente en él se renueva, se actualiza ante nosotros y en nosotros el sacerdocio de Jesucristo.
Y todo lo demás, todo, todo lo demás, la lectura de la Palabra, el bautismo, las oraciones, la liturgia de las horas, todo lo demás es para que se pueda celebrar con más fruto, con el máximo fruto la Eucaristía. De algún modo, nosotros solo tenemos una liturgia que es Eucaristía y todo lo demás, nos bautizamos, nos confesamos, recibimos la unción de los enfermos, oramos con los Salmos, nos reunimos para las Vísperas, todo lo demás que hacemos en la liturgia de la Iglesia es para que se realice con mayor fruto ante nosotros, entre nosotros y en nosotros esa ofrenda viva de Jesucristo. Cuando llega la Eucaristía, entonces llega el centro de todo, llega la fuente de todo, llega la meta de todo. Cuando nos congregamos así, para celebrar la Eucaristía, estas palabras de amor se cumplen plenamente, atrás queda todo rito vacío y es la ofrenda de la vida, de la vida divina en Cristo y de su vida participada en nosotros, la que le da plena gloria al Padre Celestial y se convierte en fuente de salvación para el mundo.

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