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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El miedo no ha de tener la última palabra

Homilía o132011a, predicada en 20200630, con 9 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, creo que todavía resuenan en nuestros oídos las palabras oportunas del Papa Francisco. Ya unos meses atrás, fue al final del mes de marzo, el día veintisiete, cuando éste, nuestro Papa, ofreció al mundo la solemne bendición que es propia de los pontífices, la bendición Urbi et orbi. Esa bendición extraordinaria fue ofrecida por el Papa Francisco con ocasión de la devastación que ha causado. Y tristemente debemos decir, sigue causando esta pandemia.

El pasaje escogido por el Papa para esa reflexión fue este mismo que hemos escuchado, aunque en una recepción diferente, la de San Marcos. Si hay algo en lo que están de acuerdo todos los que hablan de este texto es que el viento y el mar encrespado son una imagen de las dificultades, las adversidades. Y nos puede llamar la atención la corrección dura que hace Cristo a sus apóstoles. Les dice por qué tienen miedo y los llama hombres de poca fe. Cuando uno lee el pasaje de corrido, este regaño de Cristo parece lógico, pero si nos detenemos por un momento en esa frase, quizás puede maravillarnos qué era lo que esperaba a Cristo entonces.

¿No es acaso natural sentir miedo cuando las circunstancias son tan adversas? Si uno se ve al borde de la muerte en una tempestad tan espantosa, podríamos decir que es natural sentir miedo. O ¿qué es lo que quiere enseñarnos Cristo? Tratemos con el auxilio del Espíritu Santo de excavar un poco en el texto para llegar a alguna conclusión.

Efectivamente, frente a las adversidades, nosotros los seres humanos tenemos distintas reacciones. Una reacción, por ejemplo, es la del héroe que se sobrepone a las circunstancias y da la pelea aún a riesgo de su vida. Otra reacción es la del estoico. La escuela filosófica estoica invita a una comprensión de cómo es la vida y un sereno sometimiento a esa realidad de la vida. Lo que no puedes cambiar, pues, no debe ser ocasión de amargura, sino simplemente de aceptación. Hay todavía otras actitudes que uno puede tomar frente a la adversidad. Hay personas que huyen a una especie de fantasía, otras personas entran en agresividad y culpabilizan a otros.

Entonces resulta interesante preguntarse ¿Cuál es la reacción que Cristo quisiera? ¿Será que Cristo quería que los apóstoles fueran héroes o fueran estoicos? ¿Qué era lo que quería Cristo exactamente? Nosotros nos damos cuenta que Cristo en ningún momento cierra los ojos ante la dureza de la adversidad. En la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Hay un detalle que no se debe perder. En cierto momento le ofrecieron a Él mirra. Y dice el texto la probó, pero no quiso beberla. Esta mirra se utilizaba para hacer unos preparados más o menos narcóticos, como una especie de anestesia, un modo de doparse. Como era un hecho que los romanos crucificaban a los peores criminales y a los esclavos rebeldes, la escena de la crucifixión no era desconocida para los contemporáneos de Cristo. Entonces ellos tenían la costumbre compasiva de ofrecer esa especie de droga que de alguna manera servía para anestesiar, adormilar a la persona que sufría.

El Evangelio nos dice que Cristo probó lo que le daban, pero no quiso tomarlo. Es decir, Cristo no cierra los ojos frente a la dificultad. Eso excluye la mirada del evasivo y la actitud del que quiere huir a la fantasía. Ese no es Cristo. Tampoco Cristo parece ser una persona, como decimos en este país, una persona de cuero duro que simplemente aguanta, resiste a la manera del estoico. No parece que sea eso.

Hay demasiados pasajes de los evangelios que nos muestran el corazón de Cristo capaz de conmoverse. No encontramos en Cristo una persona rodeada de una muralla de insensibilidad, sino todo lo contrario. Encontramos un profeta que parece vivir en carne viva. Un hombre capaz de sentir el reflejo en su propia existencia de todo dolor humano. Entonces Cristo no niega el dolor y Cristo no endurece su piel frente al dolor. Esto hace más aguda la pregunta. ¿Qué quería Cristo? Si es evidente la desgracia, si es evidente la adversidad, ¿Qué quería Cristo?

Cuando le llegó la hora al mismo Cristo, el Evangelio de Lucas nos muestra a nuestro Señor que dice estas palabras Mi alma está triste hasta la muerte. Y luego lo encontramos angustiado en su oración, hasta derramar con su sudor gotas de sangre. O sea que lo que le duele le duele, y el miedo lo conoce. Así pues, ¿de qué se trata? Solo puedo encontrar una explicación, modestamente. El miedo lo sentiremos. El dolor lo sentiremos. Ser cristiano no es vivir anestesiado. Un cristiano anestesiado sería incapaz de compasión y de servicio. El dolor lo sentiremos y es bueno que lo sintamos. El temor lo sentiremos y es bueno que lo sintamos. Es parte de nuestra plena humanidad. Pero la clave parece estar en que el miedo no tenga la última palabra, en que más allá del miedo, haya una palabra más poderosa en nosotros.

Así, por ejemplo, el mismo Cristo de Getsemaní, el que ora derramando gotas de sangre, ese Cristo tiene una palabra más fuerte que su miedo, el amor a Papá Dios, el amor a nuestra salvación. El amor es más grande que el miedo. El miedo se siente, pero cuando el miedo tiene la última palabra se convierte en grito de desesperación. Y en la desesperación nos desconectamos de Dios. Eso es lo que parece criticar Cristo.

Entonces no tengamos miedo de tener miedo. No tengamos miedo de tener dolor y de sentirlo y de sufrirlo y de llorarlo, como lloró Cristo tantas veces. Pero que el miedo no tenga la última palabra. Que el miedo sea solo la penúltima palabra. Y que el amor, amor de obediencia a Dios Padre y amor por nuestros hermanos, tan valiosos para el Señor, sea la última palabra. Así sea.

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