Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La fe hace la diferencia entre estar en una tormenta y estar atormentado.

Homilía o132007a, predicada en 20140701, con 8 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Por supuesto, es muy grande el contraste entre la tormenta y el sueño de Jesús. Todavía uno se pregunta cómo es posible que durmiera físicamente hablando con todo lo que tenía que estarse sacudiendo esa barca. Posiblemente una parte de la explicación está en lo que nos dice San Marcos en el pasaje paralelo. El Señor estaba en un extremo de agotamiento físico. Dice incluso que tuvieron que llevarlo a la barca tal como estaba casi desmayado. Eso podría explicar ese sueño tan profundo.

Entonces hay un gran contraste entre la violencia del temporal y la tranquilidad del sueño de Jesús o la profundidad del sueño de Jesús. En cambio, observemos que la actitud de los discípulos es una prolongación de la tormenta. Por eso tenemos en nuestra hermosa lengua castellana el verbo atormentar. Ellos estaban en la tormenta y estaban atormentados. Ahí está la clave de esta lectura. Estaban en la tormenta y estaban atormentados. Es decir, la tormenta se les había metido. Por eso gritan. Por eso tienen miedo, porque están atormentados.

Fíjate cuál es la enseñanza del Evangelio de hoy. Que aunque uno esté en la tormenta, no puede estar, no debe estar atormentado. Aunque esté en la tormenta, no estoy atormentado. Tiene que haber un límite. Tiene que haber una barrera entre las angustias, los afanes, las prisas, las presiones del mundo y la realidad interior del corazón del creyente. Esa barrera como que se hace visible en el sueño profundísimo de Cristo. Una cosa es afuera y otra cosa es adentro. El que no tiene fe, vive atormentado porque le entran todas las tormentas del mundo. Y hay mucha gente que hoy vive atormentada.

Efectivamente, más que el clima, que también ha cambiado, pero más que el clima físico de lluvia, de temperatura, de humedad, el clima económico, el clima cultural, el clima étnico lleva a mucha gente a vivir atormentada. ¿Qué va a pasar? ¿Qué va a pasar con la Unión Europea? ¿Qué va a pasar con el sistema económico? ¿Qué va a pasar con el envejecimiento de la población? ¿Qué va a pasar con la inmigración? ¿Qué va a pasar? Viven atormentados. Como no tienen fe, no tienen manera de ponerle un límite a la tormenta y la tormenta se les mete dentro. Y cuando a uno se le mete la tormenta adentro, entonces ya uno no solo está en la tormenta, sino que está atormentado.

Así que la lección que aprendemos es que la fe aprende a poner un límite. Hay muchas cosas que suceden en esta tierra y hay muchas presiones. Pero esas presiones tienen que saber quedarse afuera, porque hay un portero que se llama la fe. Y la fe no deja entrar esas presiones.

El día último de la misión, en la que estuve en la parroquia del Carmen, el padre párroco nos leyó al final ese poema tan conocido de San Juan de la Cruz, donde se comenta la búsqueda del amado. Y entonces dice la amada, la novia del cantar dice ni cogeré las flores ni temeré las fieras. Las fieras son las amenazas, las persecuciones del mundo. Las flores son las seducciones, la comodidad, la complicidad con que uno va entrando en los placeres del mundo. Entonces fíjate que el que no tiene fe le entran las fieras y por eso vive con miedo de qué va a pasar. Y le entran las flores, que en este caso tienen un sentido negativo, porque esas flores son las seducciones del mundo, le entran.

El que no tiene fe no tiene puerta. El que no tiene fe no tiene aduana, no tiene límite. Todo le entra. Si la gente vive angustiada, este vive angustiado. Si en el mundo se predican tantos ídolos, esos ídolos le entran al que no tiene fe. Pero en cambio, el que tiene fe como la novia del Cantar de los Cantares en la versión de San Juan de la Cruz o como Cristo en este pasaje pone un límite que el mundo está lleno de angustia y angustia. No sabe la gente qué hacer. Vive con una cara de perpetua Cuaresma. Dice el Papa Francisco, viven con una cara de Cuaresma. Todo es grave, todo es terrible. Pues si uno se da cuenta de las cosas, pero uno pone un límite, a uno no le entran las fieras. Y esas flores mentirosas engañosas, esas seducciones del mundo que a través especialmente de los medios de comunicación, sobre todo la televisión, nos va conquistando el corazón y se nos va entrando. No, señor. Hay que ponerle un límite a Internet y a la televisión y a la murmuración y a la opinión pública. Uno le pone un límite porque uno tiene ese portero que se llama la fe.

Observemos que esto tiene que ver con un aspecto de nuestra vida religiosa, con la espiritualidad de la clausura. Es decir, que todo creyente, porque esto no fue dicho solamente para religiosos y religiosas, todo creyente tiene que tener una clausura. ¿Clausura en qué sentido? En el sentido de que en mi corazón yo no se lo entregó a cualquiera. Que todo el mundo está asustado, entonces yo también me asusto. No, yo tengo clausura. El susto queda allá. Yo soy de Jesús. Yo pertenezco al Señor. Que todo el mundo, ahora resulta que todo el mundo se volvió bisexual. Entonces yo también Bisexual. Todos tenemos que ser bisexuales. No, momento. Tengo clausura.

Que hoy está la idolatría de la bisexualidad y todo tipo de desorden. Bueno, esos son ellos. Pero allá, eso está allá. Yo soy otra cosa. Que la gente vive en pánico y que ya el mundo va a explotar y se va a acabar. Incluso en la misma iglesia hay unos movimientos dentro de la iglesia que son así del pánico y el miedo y todo es que ya va a suceder y ya va a explotar. No, un momento, esa no es la vida cristiana. Nosotros tenemos un límite.

Entonces hoy hemos aprendido o hemos repasado un aspecto muy importante de la fe. La fe aprende a poner un límite. Decía uno de los testigos, y con esto termino, uno de los testigos de la canonización de Juan Pablo Segundo, que no ha conocido a una persona que tuviera tanta paz y en medio de tribulaciones y discusiones y temores y todo tipo de murmuración y consejas y chismes, y mira ¿qué va a pasar? que ahora viene esto, ¿qué va a suceder? En medio de todas esas tormentas, decía este testigo de la santidad de Juan Pablo Segundo, él permanecía en una gran paz. Esa es la fe.

Si, el mundo hace y deshace y hoy nos quiere aterrorizados y mañana nos quiere corruptos, hoy nos quiere libertinos y mañana nos quiere en pánico. No, no, no, no allá tu mundo, allá. Tú te quedas allá. Hay un límite, porque yo soy de Jesús, porque yo pertenezco al Señor y porque es su Reino el que ha llegado a mi vida.

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