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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Huir de la propia herida o de la propia responsabilidad sólo empeora las cosas; aceptar la necesidad y llevarla ante Dios, lo cambia todo.
Homilía o125007a, predicada en 20260626, con 22 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, estas lecturas son muy diferentes. La primera acaba con una noticia triste. Podríamos decir que es un mensaje de fracaso. De desastre. Se refiere a la caída de la ciudad de Jerusalén a manos del ejército y del imperio de los caldeos. La capital del imperio Caldeo era Babilonia. Y la primera lectura nos muestra esos últimos momentos, esos últimos meses, días que vivieron los judíos, días espantosos acosados por sus enemigos. Finalmente, el que servía de rey en ese momento, que no era un rey legítimo. -Eso lo podemos conversar en otra oportunidad-. El que hacía de rey en ese momento era un hombre llamado Sedecías. Traicionó a su propio pueblo y pretendía escapar y dejar a los demás que se murieran de hambre y que sufrieran la invasión de los caldeos. Ese rey asustado huyendo es como una imagen de la respuesta que a veces tenemos frente al pecado. Nos asustamos y huimos. Y créanme, hermanos, que uno puede pasarse la vida entera huyendo porque hay cada vez más formas de huir. Por ejemplo, una manera de huir son los vicios. La persona que se mete a un casino horas y horas se olvida de que es esposo, de que es papá. Cuando sale del casino, habiendo perdido todo su dinero, entonces se despierta y se da cuenta de lo que ha hecho. Pero estaba como en una nube. Hace años, cuando yo vivía en Irlanda, una vez en una oficina de correos. Me encontré a un hombre que era de nuestros países latinoamericanos pero vivía allá, él estaba en Irlanda trabajando duro para poder mandarle dinero a su familia. Pero era un hombre que se había vuelto vicioso del juego. Y entonces había entrado al casino. Él tenía mil euros. La moneda que se usa allá, tenía mil euros. Eso es una buena cantidad de dinero. Por lo pronto, es más de mil dólares. Él tenía mil euros que tenía que mandar a su país. Y pensó: ?Porque así son las mentiras que el demonio mete en la cabeza. Que él podía apostar con esos mil euros, multiplicarlos. Y va a poder mandar más dinero a la casa en su país. Y le iba a quedar algo de dinero a él ". Las cosas salieron exactamente al revés. Después de muchas horas metido en el casino, en esa fantasía de que iba a ganar, de que ya casi, ya casi gano, con la historia de ?ya casi?, perdió hasta el último euro. Siempre he pensado que fue una providencia de Dios que nos encontráramos ese hombre y yo, porque él tenía la mirada de un loco y me decía: "Me quiero matar". "Yo me le quiero tirar a un bus, que me mate y que se acabe todo". Estaba con un sentimiento de culpa tan espantoso porque sus hijos y su esposa, allá en su país, pasando hambre, esperando el poquito de dinero para poder comprar los uniformes del colegio, Los libros que necesitaban, sus hijitos, sus hijitas y él. Todo se lo había acabado en el vicio, porque él estaba huyendo. Sedecías hermanos, el rey ese de pacotilla de la primera lectura de hoy estaba huyendo. Y frente a los problemas, a veces uno está huyendo. La manera más frecuente de huir son los vicios: emborracharse, drogarse, meterse en las fantasías del sexo con prostitución, pornografía, con lo que sea, es lo más fácil. Pero así como Sedecías acabó mal. Y es una historia tan triste la que nos cuenta el segundo libro de los Reyes en esa primera lectura. Así también mis hermanos. Así también el que huye, el que no enfrenta el problema, el que no muestra la herida, el que no quiere ser sanado de su herida, acaba mal. Yo me puse a hablar con ese hombre que se iba a suicidar. Me puse a hablar con él, sobre todo a escucharlo. Hablamos largo rato. Poco a poco se fue calmando. Ya no tenía esa mirada de loco, pobrecito. Y no hacía sino acusarse y decir: "Yo acabé con mi familia, yo acabé con todo, yo acabé con todo, Me voy a matar". Y volvía y lo decía. Pobrecito. Ese es el fruto de huir. La Biblia nos cuenta que cuando cometieron su pecado, nuestros primeros padres, Adán y Eva. ¿Qué fue lo primero que hicieron? Se escondieron. Huyeron de Dios. Dios tuvo que salir a buscarlos porque ellos se escondieron. Ahora mira el contraste tan fuerte. Mira lo que nos cuenta el Evangelio. Ahí tenemos a un hombre con una situación terrible. La situación de él era la peor de las enfermedades que alguien podía tener en tiempos de Cristo. La lepra. Este hombre tenía lepra y para los judíos la lepra era la imagen de la acción del pecado, porque la lepra va como comiéndose el cuerpo de la persona, le va descomponiendo el cuerpo que va tomando un olor como de cadáver. Es algo tan espantoso, tan horrible, que la ley de Moisés decía: "El que esté leproso no puede vivir con la gente, ni siquiera con su familia. El que esté leproso se tiene que ir a vivir allá solo o con otros leprosos ". El leproso lo perdía todo, el leproso perdía su trabajo, su honra, su familia, su compañía. Jesús, nos dice el Evangelio estaba predicando. Dice aquí: "Jesús bajó de la montaña, lo iba siguiendo una gran multitud". Esto está en el capítulo octavo de San Mateo. Debemos recordar que los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo contienen pura predicación de Cristo. Es lo que solemos llamar el Sermón de la Montaña. Capítulo cinco, seis y siete. La lectura que acabamos de hacer, la lectura que hizo el diácono por nosotros y para todos. Esa lectura es del capítulo octavo. ¿Te acuerdas que Jesús había subido a la montaña? Por eso se habla del Sermón de la Montaña. Ahora Jesús bajó de la montaña y después de tanto iluminar con las palabras, ahora va a transformar con el poder de sus milagros. Es tanta la elocuencia del Señor, es tanta la belleza de su mensaje. Es tan hermosa su sabiduría. Pero, todos sabemos que el ser humano necesita más que palabras. Y aquel leproso se sentía atraído hacia Cristo. Gracias a Dios siguió esa inspiración. Se le acercó un leproso, dice San Mateo. Se le acercó. ¿Qué le dijo? "Señor, si quieres, puedes curarme". ¿Qué fue lo que hizo este leproso? Hizo lo contrario de la primera lectura, mientras que el rey de pacotilla Sedecías no enfrenta su error, no enfrenta su problema, sino que pretende huir de noche; mientras que Sedecías huye y trata de salirse con la suya, lo cual acabó muy mal. El leproso. ¿Qué hace el leproso? Se presenta ante Cristo. Se acerca a Cristo. Ahí está el gran mensaje para nosotros. Porque todos hemos tenido enfermedades. Creo que todos conocemos la mordedura del pecado. Creo que todos hemos tenido graves equivocaciones, como las tuvo Sedecías. Y hoy el Señor nos pregunta: ¿Quieres seguir el camino de Sedecías huyendo o quieres seguir el camino del leproso acercándote? No es bonito acercarse cuando uno tiene una enfermedad, cuando uno tiene una llaga. No es bonito porque a medida que nos acercamos a la luz que es Cristo, se va mostrando más y más claramente la gravedad de lo que hemos vivido, la gravedad de nuestro pecado, la gravedad de nuestras heridas. No es tan fácil. Pero el leproso lo hizo. Y lo hizo, sin duda movido por el Espíritu Santo. Por algo Cristo dice en el capítulo sexto de San Juan: "Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae". Y la manera como el Padre nos atrae es con la acción secreta y profunda del Espíritu Santo que obra en nosotros, y que hace que nosotros reconozcamos nuestra necesidad y demos el paso hacia Cristo. Sí, mis hermanos, hoy los invito a que tomemos el camino de este leproso acercándonos a Cristo. Cristo ha dicho: "Vengan a mí los que estén cansados y agobiados". Cristo ha dicho: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". Cristo ha dicho: "Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los desajustados". Y los desajustados, los pecadores. Esos somos nosotros. Eso fue lo que hizo el leproso. Él se reconoció entre los enfermos. Y nosotros tenemos que reconocernos entre los pecadores Y cuando reconocemos nuestra verdad y nos acercamos a Cristo. Cristo hace su obra maravillosa en nuestras vidas. Aprendamos, hermanos, para cerrar esta homilía. Aprendamos de qué manera se acercó el leproso. Porque no todos los que se acercaron a Cristo se acercaron con buena intención. Hay algunos que se acercaron a Cristo para espiarlo y luego tener de qué acusarlo. Así, por ejemplo, se cuenta de un tal Simón que pertenece al grupo de los fariseos. Él invitó a Cristo a la casa. Lo tenía cerca. ¿Pero para qué? Para observarlo, para juzgarlo. Eso no es acercarse a Cristo, eso es perder a Cristo. Herodes, el rey Herodes, también tuvo a Cristo muy cerca. Pero Herodes era un hombre fascinado por la magia, por el esoterismo y las cosas raras. Y él estaba esperando que Jesús fuera como un mago que hacía cosas raras. Jesús no le dijo ni una sola palabra. Tuvo cerca a Jesús, pero estuvo lejos de Jesús. Lo mismo que Simón el fariseo tuvo cerca a Jesús, pero estuvo lejos de Jesús. Entonces, no basta con estar cerca físicamente. Hay que saber acercar el corazón a Cristo. Y eso nos lo enseña el leproso. Tres son las características principales de este leproso. Primera. Hay que vencer la vergüenza que más técnicamente se llama el respeto humano. Me acuerdo de un muchacho, un jovencito, que estaba con algunos compañeros, amigos ahí, de su sector, de su barrio, de su colonia, como le quieras llamar. Estaba en misa y él sabía que tenía que confesarse y tenía esta duda. Yo lo supe porque él lo contó después. Él tenía esta duda ¿Qué hago? ¿Voy y comulgo así o voy y me confieso primero? Él sabía que tenía que confesarse primero y ahí estaba la lucecita en el confesionario. Y ahí estaba el sacerdote. ¿Pero qué le pasaba a este muchacho? Le daba vergüenza. Le daba vergüenza levantarse delante de todos sus compañeros a salir allá, a arrodillarse delante de un sacerdote para reconocer sus pecados. Le daba vergüenza. Gracias a Dios, este chico. Puso su corazón y su mirada solo en Cristo. Se levantó y fue a confesarse. Luego alguno de los amigos trató de hacerle chiste. Usted sabe cómo son a veces los muchachos. Un chiste como más o menos esto. Estaban así reunidos. Y dijo: "Tengan cuidado, que ahí viene el pecador". Como se había ido a confesar. Pero el muchacho no tuvo vergüenza ni cuando se fue a confesar ni cuando le dijeron eso. Y entonces él dijo: "Pecador sí, pero perdonado". Ojalá todos hicieran lo mismo. ¿No le dio vergüenza? No le dio vergüenza ser leproso y salir en medio del público, en medio de la muchedumbre, a que todos le miren las heridas. Es muy duro, pero hay que vencer la vergüenza y hay que vencerla con la certeza que tenemos de que todos somos necesitados y pecadores. Ese es el primer punto. Segundo, este hombre se acercó con humildad. No impone condiciones. Mira cómo le habla a Jesús, "Señor, si quieres". ¡Si quieres! Por eso me parece tan peligroso lo que están haciendo algunos ahora. Y eso viene del protestantismo. Eso no viene de la Iglesia Católica. Ese lenguaje de, yo manifiesto, yo declaro. Hermanos, no se dejen engañar por eso. Yo declaro que soy libre, yo declaro que soy sano, yo declaro. ¿Quién eres tú para decirlo? Mira cómo obró el leproso. El leproso no llegó allá donde Cristo a decirle: "¡Yo declaro que soy sano!". Eso no fue lo que hizo. Miren lo que hizo. ¿O para qué se escribieron estas cosas? Por eso, hermanos, si alguno de ustedes tiene la mala costumbre de estar declarando y declarando. Lo único que hay que declarar son los impuestos. Eso sí, hay que declararlo y evitarse problemas, pero déjense de estar declarando cosas como quien obliga a Dios. El leproso fue con humildad, venció la vergüenza número uno, avanzó con humildad. Número dos. Y lo tercero, fundamental ejerció la fe. "Señor, si quieres puedes limpiarme". Esa es la profesión de fe. ¡Tú puedes! Lo que yo no puedo, tú puedes. Tú eres el Señor. Tú eres el que hace la obra. Tú eres el que puede cambiar mi vida. Tú eres el que puede restaurar mi matrimonio. Tú eres el que puede traerle la paz a mi familia. Tú eres el que puede encontrar una solución a este embrollo en que me encuentro. ¡Tú puedes! Venció la vergüenza con la confianza. Venció el orgullo y la suficiencia con la humildad. Y venció su dura realidad con el poder de la fe. Confianza, humildad y fe. Son las claves para nuestro Congreso, para que Dios haga maravillas en las familias de Tyler, de la diócesis de Tyler. Para que Dios haga maravillas en tu hogar. Confianza. ¿Confianza? ¿Qué significa? Vamos a vencer la vergüenza. Aquí todos somos necesitados. Segundo. ¿Cuál es la segunda? Humildad. Y lo primero para la humildad es dejar de estar declarando. Ya les dije, declaren los impuestos, no se metan en problemas con el IRS. Y no más. Yo, si tengo que declarar algo, es que yo declaro que Dios es capaz. Él verá qué hace. Eso fue lo que hizo el leproso. Si quieres, puedes. Tú puedes. Pero tú verás. ¿Qué quieres? No le impuso nada. Y la fe. Una fe grande, Una fe robusta. Una fe firme y alegre. Amén. ¡La gloria para Cristo! Amén.

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