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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Rechazar la voz de Dios trae consecuencias, pero aun la humillación puede llevarnos a una verdadera humildad. Las pruebas no destruyen la fe: la fortalecen para revelar la fidelidad de Dios.
Homilía o125006a, predicada en 20260626, con 11 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos. El destierro de los judíos a Babilonia es, sin duda alguna, es el punto más bajo, el dolor más grande, la herida más espantosa que sufrió el judaísmo en todo lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Ese destierro sucedió como en dos fases. En una primera fase llega el rey Nabucodonosor. Se adueña de los tesoros del templo. En la segunda fase, que es la que escuchamos en la primera lectura de hoy, el mismo rey Nabucodonosor viene y entonces pone sitio a la ciudad. Sitiar una ciudad significa impedir que pueda llegarle ayuda, incluyendo alimento, incluyendo bebida. Sitiar a una ciudad es presionar de la manera más cruel. Es como estrangular todas las posibilidades de supervivencia en los que quedan sitiados, de tal manera que finalmente se vean obligados a rendirse. Hay algo demasiado irónico en todo esto, y es que el rey que estaba en Jerusalén no era un rey legítimo. Fue el rey que el mismo Nabucodonosor había nombrado. Según escuchábamos en la primera lectura de ayer, ese rey recibió el nombre de Sedecías. No era su nombre original, pero ese fue el nombre que le pusieron, así como le pusieron también ese cargo, Sedecías empezó a reinar en ese lugar, en Jerusalén y sedecías estaba en deuda, debía su cargo a Nabucodonosor. Pero cuando viene Nabucodonosor a Jerusalén, en vez de entregar la ciudad, en vez de rendirse como lo había hecho el rey legítimo unos años atrás. -Ese rey legítimo se llamaba Jeconías. En otras traducciones se le llama Joaquín-, este Sedecías en vez de rendirse, en vez de reconocer el señorío del que lo había nombrado rey a él, se puso de rebelde y en vez de entregar la ciudad a quien de hecho era el que mandaba, es decir, a Nabucodonosor, puso resistencia y después de poner resistencia a aquél a quien debía su cargo, trató de huir. Eso es lo que nos cuenta la primera lectura. El final de Sedecías fue espantoso y no voy a repetir aquí lo que se lee en el texto. Cómo fue torturado, cómo su familia fue mutilada y asesinada. Es algo terrible. O sea que ese Sedecías recibió un cargo que no le tocaba, que luego se adueñó de él, que luego se rebeló contra el que lo había nombrado y que luego trató de huir. Acabó pésimamente. Un general de Nabucodonosor, jefe de la guardia llamado Nebuzaradán, es el que se lleva a prácticamente el resto de la población hacia Babilonia. Esto es lo que llamamos la segunda fase del destierro. La primera fase, fue cuando se llevaron a la élite. Podríamos llamarlo así, junto con los grandes tesoros que había en el templo de Jerusalén. La segunda fase es esta, en la que la ciudad misma queda arrasada, quemada, el templo completamente destruido, y la inmensa mayoría de la población es deportada a Babilonia. ¿Qué lecciones nos puede dejar este acontecimiento tan triste? Este acontecimiento que finalmente tiene sabor de muerte. Es lo que nos describe el libro de las Lamentaciones. Siempre que me refiero al Libro de las Lamentaciones, pues lo resumo diciendo: "Ahí tienes a qué sabe la muerte". La muerte sabe a esto, a esto que estamos diciendo. La muerte sabe a ese destierro, a esa soledad, a esas preguntas interminables, a ese dolor para el que no hay suficientes lágrimas. El destierro a Babilonia. Fue la conmoción de todos los cimientos de la fe judía. ¿Cómo es posible que los dioses de los paganos resultaron más poderosos que el Dios de la Alianza? ¿Cómo es posible que la casa de Dios haya sido profanada de esa manera? ¿Cómo es posible que tantos inocentes tengan que sufrir tanto? Porque si miramos dónde queda Jerusalén y dónde quedaba la antigua Babilonia, es evidente que ese recorrido no lo alcanzaron a completar muchos. Se conmovieron los cimientos, pero quedaron grandes lecciones, de las cuales quiero destacar rápidamente. Tres. Primera: no se nos olvide que los profetas habían llamado a conversión, y no se nos olvide que el llamado a la conversión había sido despreciado. Eso no lo debemos olvidar. Debe quedarnos claro que no se desprecia la voz de Dios impunemente. Dios llamó, y no una, sino muchas, muchísimas veces a través de los profetas, especialmente por uno que tuvo que padecer hasta las durezas del sitio y del destierro. No porque fuera desterrado, él mismo no fue desterrado. Él se quedó, porque era de lo más despreciable que tenía el pueblo judío en aquella época. Estoy hablando de Jeremías, entonces. Pues esa es la primera gran lección: No se desprecia impunemente la voz de Dios, o como lo dirá después el apóstol San Pablo: "De Dios nadie se burla". Hoy hay mucha gente que se burla de Dios. Hay mucha gente que se burla de los mandatos de Dios. Hay mucha gente que se burla de la Iglesia de Dios. Eso no quedará impune. Es una lección para nosotros. Segundo: de la humillación muchas veces surge la humildad. No estoy jugando con las palabras. La humillación en lengua castellana se refiere particularmente a lo que viene de fuera y destruye mi vanidad, mi autoimagen o mi ego, pues de esa humillación exterior puede venir la humildad, que es una virtud principalmente interior y que consiste en reconocer la verdad propia y sobre todo, la necesidad propia. La humildad tiene nombre. En la Biblia del destierro va a salir ese grupo pequeño, el remanente, el germen, el pequeño resto, ese pequeño resto que ya no se apoya en sí mismo, que ya no busca las glorias de este mundo, que ya solo pone su esperanza en Dios. Y ese pequeño resto es el que luego le va a entender el mensaje a Jesucristo. Y a ese pequeño resto pertenecen personas que tú y yo amamos, como la Santísima Virgen María, como San José, como Simeón y Ana, aquellos que estuvieron en la presentación del Niño Jesús en el templo. Ese pequeño resto es el que va a comprender el lenguaje de las bienaventuranzas. Y esa también es lección del destierro. En tercer lugar, el destierro obligó a los judíos a repensar toda su fe y a descubrir que el Dios al que ellos daban culto y dan culto, el Dios que había permitido esto del destierro, era Dios también en Babilonia. Que Dios sigue siendo Dios también en Babilonia. Y por eso, de acuerdo con los grandes estudiosos de la Biblia. Allá en el destierro fue donde surgieron los grandes textos teológicos que hablan de un Dios creador de todo el universo, De tal manera que si en términos de la alianza, Dios puede parecer derrotado cuando su pueblo es sometido a un pueblo pagano, debemos decir que Dios nunca será derrotado en términos de creación, porque Él es el único creador de cuanto hay en cielo y tierra. O sea que la teología de la creación si no nació, bien podemos decir que se afianzó, se consolidó en el destierro. La fe, sacudida violentamente, estremecida por los acontecimientos, tuvo que hundir aún más sus raíces y llegó a esa profundidad, hasta proclamar al Dios de la creación: "Alabemos al Señor. En medio de una noche tan oscura como fue el destierro, alabemos al Señor, porque Él es el único que nos da estas enseñanzas." Las repito: No se desoye a Dios impunemente. Rechazar la voz de Dios tiene consecuencias. Segundo, aprender a convertir la humillación en genuina humildad y adoptar la espiritualidad de los pobres de Yahvé. La espiritualidad del pequeño resto. Y tercero, nuestra fe, cuando es remecida, no es para que se destruya, no es para que se desarraigue de nuestros corazones, sino para que hunda más profundamente sus raíces y nos permita descubrir el auténtico señorío de Dios. ¡A Él sea la gloria por los siglos! Amén.

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