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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En el contraste entre el legítimo rey Jeconías y el falso rey impuesto Sedecías, aprendemos la diferencia entre aquellos que aceptan el tiempo de penitencia, que es visita de Dios, y aquellos que creen que pueden salirse con la suya.
Homilía o125005a, predicada en 20200626, con 18 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Hermanos, Si le preguntamos a un cristiano cuál es la escena más triste de la Biblia, seguramente responderá desde su corazón que ese momento es el de la cruz de Cristo. Y así es. Es el momento en el que el Hijo de Dios, en un acto de infinita humildad, se abajó con una muerte horrenda, muerte de cruz. Pero si nos vamos al Antiguo Testamento, si limitamos nuestra mirada al Antiguo Testamento, entonces podemos repetir la misma pregunta. ¿Cuál es el momento más triste, el más bajo del Antiguo Testamento? Y la respuesta tendría que ser exactamente el pasaje que hemos escuchado hoy en la primera lectura: se encuentra en el segundo libro de los Reyes, y corresponde al capítulo número veinticinco. Es el final del segundo libro de los Reyes, porque es también el final del tiempo de los reyes; propiamente reyes tuvieron los hebreos hasta este momento. Hasta el capítulo veinticinco del segundo libro de los Reyes. ¿Cuáles fueron las dos últimas figuras que recibieron ese título de rey? Pues un hombre llamado Jeconías, del que hablamos el día de ayer, y un hombre llamado Matanías, al que le cambiaron el nombre lo llamaron Sedecías, y que es el que aparece en el texto de hoy. Jeconías y Sedecías. Pero hay una diferencia entre ellos. Jeconías era un rey legítimo, era el legítimo sucesor del rey David. Jeconías fue obediente a la palabra del profeta, del gran profeta de aquella época, que no es otro sino el gran profeta Jeremías. Jeconías entendió que había llegado un tiempo duro, pero necesario. De eso hemos querido predicar el día de ayer. Y gracias a Dios, la homilía ha sido publicada. Puedes encontrarla en Internet, por ejemplo, en el correspondiente canal de YouTube que se llama Fray Nelson y en otros lugares lo hemos publicado. Jeconías, aún siendo muy joven, tendría unos dieciocho años, se dio cuenta de cuál era el tiempo que había llegado. Se dio cuenta que era el tiempo en que Dios estaba educando. Estaba corrigiendo a su pueblo y, por supuesto, las correcciones y los castigos no nos gustan cuando tenemos que recibirlos. Esto ya lo dice abiertamente la Carta a los Hebreos. Pero Jeconías entendió, qué tiempo había llegado. Se sometió humildemente a ese castigo. Fue a Babilonia. Su vida fue respetada y, de hecho, la vida de Jeconías y la vida de su familia allá en Babilonia preparó de alguna manera el retorno que un día tenía que darse y se dio. El retorno de los judíos a Jerusalén. Entonces, características de Jeconías: era el rey legítimo. Entendió qué tiempo se estaba viviendo y preparó el retorno a Jerusalén. Por supuesto, el mismo Jeconías no pudo volver a Jerusalén. Él murió en el cautiverio. Murió en el exilio. Pero su muerte fue digna. Su muerte fue una muerte, podríamos decir, útil. No una muerte inútil. Porque Jeconías, ya lo dije, ayudó a preparar las circunstancias que permitieron la unidad del pueblo en el destierro y el retorno a Jerusalén. Otra vez repito las características de Jeconías: Legítimo rey, entendió el tiempo que se estaba viviendo, que era tiempo de corrección y penitencia, y preparó, la nueva etapa. ¿Quién era en cambio, este Sedecías? Sedecías era tío según la sangre, era tío de Jeconías. Y cuando Nabucodonosor se llevó a Jeconías para el destierro, puso a Sedecías como una especie de peón, como una especie de administrador. Eso era lo que tenía que hacer Sedecías. Sedecías entonces, ya nos damos cuenta, no era un rey legítimo, pero él aceptó ese nombramiento. Seguramente vio una oportunidad ahí. Lo aceptó, pero no era rey legítimo. Segundo: cuando viene Nabuzaradán, que era el general en aquel momento, general del Ejército Caldeo. Es el texto que hemos escuchado hoy. Cuando viene Nabuzaradán y acecha a Jerusalén, le pone sitio a Jerusalén, Sedecías no entiende qué tiempos está viviendo. Lo que sí entendió Jeconías. Y entonces la actitud de Sedecías es endurecerse en una rebeldía sin ninguna esperanza. Una rebeldía estéril que produjo la peor catástrofe que se describe en el Antiguo Testamento, porque el hambre llegó a unos extremos enloquecedores. Es la única época en la historia del pueblo de Dios en que se cuentan cosas tan horrorosas como el hecho de gente que cometió canibalismo movidos por una locura de hambre, por una necesidad imparable de alimento. Entonces Sedecías llevó al pueblo a la extinción, llevó a lo que quedaba del pueblo, porque Nabucodonosor ya se había llevado gente, llevó al pueblo a la extinción, al desastre. Muchísimos murieron de hambre, pero en el fondo, siendo el oportunista que era, cuando vio que ya la situación no se podía sostener de ninguna manera, intentó una salida egoísta: únicamente salvarse él. Fíjate el contraste tan grande. Estamos haciendo el contraste entre Jeconías y Sedecías. Esto es del segundo libro de los Reyes, capítulo veinticuatro y veinticinco. ¿Y por qué hacemos estas predicaciones? Hombre, para conocer la Biblia, para amarla, para encontrar en cada una de sus páginas, enseñanzas preciosas que debemos agradecer. Entonces, mis hermanos: Jeconías, Rey legítimo; Sedecías, Rey impuesto, que vio una oportunidad y se montó en ese cargo. Jeconías entiende el tema. ¿Qué tema? Entiende el tema de la corrección que Dios viene a traer. Es decir, llegó el tiempo de la penitencia. Jeconías lo entiende; Sedecías no lo entiende. Por eso, cuando llega Nabuzaradán. Sedecías trata de endurecerse en una lucha estéril, una lucha estúpida que llevó a la muerte de muchísima gente. Tercero. Jeconías, a su manera, supo preparar la nueva etapa que Dios traía. Y efectivamente, un día los judíos pudieron volver a Jerusalén, aunque él mismo jeconías no volvió. Sedecías, en cambio, no piensa en el bien del pueblo; oportunista como era. Únicamente pensó en sí mismo y por eso una noche trató de fugarse con unos cuantos de su ejército. Abrieron una brecha y salieron a tratar de correr lo más rápido posible, a ver si podían escapar al ejército de los caldeos. No pudieron. Los caldeos estaban atentos a cualquier movimiento que hiciera ese rey impuesto que era Sedecías. Lo capturaron y lo sometieron a las peores humillaciones. Primero ejecutaron a cada uno de sus hijos y lo obligaron a presenciar la muerte de sus hijos. Y después lo dejaron ciego. Le sacaron los ojos de manera que quedara como última imagen en su mente la muerte de sus hijos. Es de lo peor que se puede pensar y de lo peor que aparece en el Antiguo Testamento. Por eso digo: "esta caída de Jerusalén, este hundimiento moral y este hundimiento en la fe, es lo peor que podemos encontrar en el Antiguo Testamento". Por eso, mis hermanos, hay un libro en la Biblia que es el libro de las Lamentaciones, y precisamente esto es lo que cuenta y lo que llora, lo que lamenta este libro, que por eso se llama así. es la caída de Jerusalén. Es decir, el punto más bajo del Antiguo Testamento. Bueno, yo creo que queda claro cuál fue el camino de Sedecías. Primero, aceptó un cargo que no le correspondía; después no entendió la obra de Dios, no vio los signos de los tiempos y por último trató de salvarse él con un acto loco, con un acto egoísta y loco que finalmente fracasó de manera estrepitosa. Bueno, cuando se hace el contraste entre estos dos hombres, yo creo que se sacan lecciones inmediatamente. Y con esas lecciones quiero terminar esta breve reflexión. Mis hermanos, aprendamos entonces de Jeconías, aunque era mucho más joven que su tío, el que fue ejecutado y lo que le pasó. Aunque era mucho más joven, era también mucho más sabio. Era un verdadero jovenzuelo. Tenía dieciocho años. Creo que no había cumplido diecinueve. Según esas cuentas. Y sin embargo, Jeconías obró con verdadera sabiduría en medio de esas circunstancias tan difíciles. Entonces aprendamos lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. En primer lugar, hemos dicho que Jeconías era un rey legítimo. Sedecías fue un rey impuesto y he utilizado varias veces la palabra "oportunista". Cuidado con el oportunismo. Cuidado con creer en la ganancia fácil, en el aplauso fácil, en el reconocimiento fácil. Las cosas que valen la pena. Por eso se dice: "valen la pena". ¿O sea que? Que cuestan. Lo que vale, cuesta. Cuidado con el oportunismo. Cuidado con ese creer que con dinero fácil, con aplauso fácil, con fama fácil. Hemos logrado algo. No, lo que es de uno es de uno. Y los atajos son predilección del demonio, mientras que el camino arduo y empinado es lo que nos enseña Jesucristo. Entonces, cuidado con el oportunismo. Cuidado con los atajos. Vivir nuestra vocación. Vivir nuestra vida sin tener otra aspiración que una verdadera fidelidad al Señor. Segundo, hemos dicho que Jeconías entendió la hora que se estaba viviendo; Sedecías no. Sedecías se montó en ese trono y trató de preservar lo que tenía de Jerusalén a toda costa. Le salió mal. Hay que entender la visita de Dios. Observemos que nuestro Señor Jesucristo, cuando iba en su última peregrinación hacia Jerusalén, lloró sobre la ciudad, viéndola de lejos. Se conserva una capilla en el lugar donde según la tradición lloró nuestro Señor. Esa capilla, esa pequeña iglesia se llama Dominus Flevit. Dios, el Señor lloró en ese lugar. Se cuenta que Jesús, viendo de lejos a Jerusalén, lloró por ella. Y las palabras de Cristo fueron estas: "Jerusalén que rechazas a tus profetas". No entendiste el tiempo de mi visita "Cuántas veces quise reunirte como una gallina reúne los polluelos. Y tú no has querido". No entendiste el tiempo de mi visita. Jeconías entendió; Sedecías no entendió. Jeconías entendió. Este es tiempo de humillación y es tiempo de penitencia. Y de aquí nos va a sacar Dios. Sedecías, en cambio, se endureció, llevó a la muerte, una muerte enloquecedora, a una cantidad de gente. Y después, él mismo experimentó durísimo castigo. Entonces, entender el tiempo de Dios. ¿A qué me está llamando el Señor? ¿A qué nos está llamando el Señor en este momento? Por eso también dice el profeta Jeremías: "Deteneos y preguntad: ¿Es esta la senda?" ¿Voy por el camino que es? ¿Estoy haciendo lo que debo hacer? Hay que detenerse, hay que reflexionar, hay que pedir la luz de Dios. ¿Por qué camino voy yo? ¿Para dónde voy? ¿Qué es lo que estoy haciendo? Esas preguntas tiene que hacerse uno. En tercer lugar, Jeconías. Aunque ni siquiera pudo verlo, porque el destierro duró unos setenta años. Jeconías, sin embargo, preparó la siguiente fase. No trabajó únicamente para sí mismo. Sedecías, en cambio, es el modelo del oportunista y del egoísta. Cuando vio que ya la gente no aguantaba más el hambre y que se estaban muriendo entonces. Bueno, pues a salvarme yo. Y no le funcionó. Jeconías nos da un testimonio de lo que significa pensar en el bien común y preparar la siguiente etapa. Y yo creo que eso nos toca también a nosotros. Piensa, por ejemplo, en las grandes plagas espirituales y morales que están invadiendo nuestra cultura. Te voy a mencionar solamente dos: la destrucción de la familia, especialmente cuando se empieza a llamar matrimonio o cualquier cosa y la legislación que aprueba el aborto. Nosotros tenemos que dar esa pelea y darla bien. ¿Veremos con nuestros ojos, con estos ojos veremos que se rechace la legalización del aborto como se ha dicho? Probablemente no. Una persona de mi edad tiene que trabajar como Jeconías. Yo tengo que trabajar como Jeconías. Es decir, tengo que trabajar para un futuro que yo no veré. Yo no lo veré, pero yo tengo que sumar para eso. Veré el momento en el que se restaure la dignidad del matrimonio como Dios lo pensó y lo amó, como salió de su corazón y de su poder: unión de un hombre y una mujer para toda la vida que fundan un hogar lleno de amor, donde lleguen los hijos. ¿Veré yo eso? Seguramente no; quiere decir que, como Sedecías, tengo que dedicarme al egoísmo y únicamente a pensar en lo que verán mis ojos. No, tengo que seguir el ejemplo de Jeconías. Trabajar a largo plazo, no lo verán. Mis ojos no lo verán. Eso me gusta, entre otras cosas, de estos servicios, estas grabaciones y estos videos. Cuando mi voz se extinga, que se extinguirá como todas. Cuando mis fuerzas se acaben, cuando yo mismo haya muerto, de alguna manera seguirá esta voz escuchándose. Seguirán escuchándose estas palabras y otras generaciones sabrán que nosotros, a imagen de Jeconías, trabajábamos para algo que sabíamos que no íbamos a ver. Pero seguimos trabajando y trabajamos con amor. Y es necesario que esta generación de cristianos católicos trabaje con amor para muchas cosas que no veremos, pero precisamente ese es nuestro regalo de amor para las nuevas generaciones. Cosas que no verán mis ojos son cosas por las que yo estoy trabajando. Cosas por las que yo no recibiré agradecimiento. Son cosas por las que estoy trabajando. Porque en el fondo todo cristiano debe aprender no a trabajar ni por el aplauso, ni por el agradecimiento, sino por el bien de los hermanos y por la gloria de Dios. Así nos lo conceda el Señor. Ahora que cerramos este ciclo de los reyes de Israel y de Judá.

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