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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La genuina humildad es la que deja todo en las manos de Cristo, la que no trata de imponer su voluntad sino que se abandona a la misericordia infinita de Jesús.
Homilía o125004a, predicada en 20200626, con 6 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Del capítulo ocho de San Mateo, está tomado el breve pasaje del Evangelio de hoy. Es el encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina. La miseria humana aparece perfectamente representada en este leproso. La misericordia divina está expresada y realizada en nuestro Señor Jesucristo, puesto que nosotros somos parte de esa misma humanidad necesitada. Les invito, hermanos, a que aprendamos de este leproso, porque lo que él hizo, seguramente hemos de hacerlo también nosotros. Nos dice el relato del Evangelio que se acercó, se postró, habló y recibió. Estos son los verbos que describen el camino del leproso. Se acercó. Cristo predicaba a las multitudes. Cristo fascinaba a mucha gente. Pero entre todo ese océano de necesidad, quizás yo puedo creerme solo una gota. Pues bien, esa gota de mi necesidad, esa gota de mi miseria, ha de acercarse a Cristo, así como Él me conoce por mi nombre. Dice el Evangelio de Juan: "Él sabía lo que hay en cada hombre", así como Él me conoce por mi nombre, así yo también le busco a Él. No soy uno más. Esa es una interpretación de lo que significa acercarse, tomar conciencia de que no soy un número más. No soy una estadística para Cristo. Soy su amado. Él me ama. Otra manera de interpretar aquello de que el leproso se acercó tiene que ver con los pasos que yo puedo dar para acercarme a Cristo. Quiero acercarme a Cristo. ¿y en donde paso mi tiempo? Divirtiéndome solamente con mis amigos, solamente en mis lecturas, mis estudios, en mi afán de dinero solamente, no parece que esté buscando a Cristo, sino más bien huyendo de Él. Si me comporto de esa forma, hay que acercarse a él. ¿Y qué significa acercarse? Por ejemplo, ir a su casa bien representada en el templo, ir al Sagrario donde él vive y reina, ir a la Palabra de Dios, Donde Él sale a mi encuentro. Ir a la sencillez de los humildes, de los que Él dijo: "lo que hicisteis a uno de estos, mis pequeños, me lo hicisteis a mí". O sea, yo tengo a dónde ir para encontrarme con Cristo en la predicación de la Iglesia, en el consejo de un buen sacerdote, tal vez en la soledad del templo, tal vez frente a un sagrario, tal vez abriendo la Biblia. Hay a dónde ir, pero no llegar de cualquier manera. El leproso se postró. Es la expresión de la conciencia que tiene de su inmundicia. Según se entendía en aquel tiempo la lepra, pues peor que la lepra física, es indudablemente toda lepra del alma, toda lepra del espíritu que hay también en nosotros. Si él, movido por humildad y por el reconocimiento de su lepra física, se postraba. Así también nosotros, conscientes de nuestras lepras: A postrarnos, a reconocer nuestra miseria, a decirle a Cristo, como decimos en ese himno que se repite tantas veces en la Santa Misa.: "Porque sólo tú eres santo, sólo Tú, Señor, sólo Tú, Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre". Hay que hacer ese ejercicio, entre otras cosas, Ese ejercicio de postración y de humildad redunda en bien nuestro, porque cuanto más nos bajamos, más reconocemos quién es el único grande, y además, cuanto más nos bajamos, más vencemos aquella soberbia que nos mantuvo cautivos de los engaños del demonio. Y luego habló. Y lo que hay que reconocer en sus palabras es que concuerdan con sus gestos, con sus actitudes. Este leproso habló, habló con humildad. Y ahora quiero subrayar un último pensamiento dice el leproso: "Si quieres puedes limpiarme. Si quieres", deja todo en las manos de Cristo. No impone su voluntad. Esa es la genuina humildad, la que no impone ni el tiempo, ni el lugar, ni la manera, ni el resultado. No impone nada, simplemente se deposita en las manos de Cristo. "Aquí estoy, Señor Jesús, ante ti me postro". Ese es, ese es este leproso. Y eso estamos llamados a aprender nosotros.

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