Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o125003a, predicada en 20100625, con 26 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, desde los comienzos de la semana pasada hemos empezado a escuchar pasajes seleccionados del Evangelio según San Mateo. Ustedes me ven con esta casulla verde que es el color propio del tiempo ordinario. Con la fiesta de Pentecostés, que ya sucedió hace unos cuantos días, terminó el tiempo pascual y desde entonces hemos empezado el tiempo ordinario, cuyo color característico es el verde. Es el periodo del año donde este color verde y este tiempo ordinario nos van a acompañar hasta finales de noviembre en que vendrá la gran fiesta de Cristo, Rey del Universo. Después de esa fiesta, el siguiente domingo ya será el primer domingo de Adviento. Y ahí empieza un nuevo año litúrgico.

Este Adviento llegará hasta la fiesta de Navidad, luego tendremos unas dos semanas o tres semanas de tiempo de Navidad hasta llegar a la fiesta del bautismo del Señor. Con esa fiesta volverá a empezar otra vez el tiempo ordinario, por supuesto. Tiempo ordinario del año dos mil once, que es el siguiente año. Estas anotaciones yo creo que es bueno hacerlas para que todos apreciemos nuestra liturgia, para que admiremos todo lo que la Iglesia nos ofrece. En este banquete que es la liturgia, un banquete que tiene dos mesas: la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía.

Así pues, empezó el tiempo ordinario después de Pentecostés y según la cuenta de las semanas, estamos en la semana número doce. La estamos terminando. Eso significa que en la semana número once habíamos empezado a oír a San Mateo. Durante las diez primeras semanas del tiempo ordinario, oímos prácticamente todo el Evangelio de San Marcos, dejando por fuera los textos de la Pasión. Por supuesto que se escuchan en Semana Santa. Entonces nosotros oímos a San Marcos. Durante esas diez primeras semanas y a partir de la semana número once, que fue la semana pasada, empezamos a oír a San Mateo.

San Mateo nos va a acompañar un buen número de semanas. San Mateo va a seguir acompañándonos, por lo menos hasta la semana. -Le voy a dar el dato exacto para que usted lleve sus cuentas-; hasta la semana número veintiuno, de la semana número once, hasta la semana veintiuno inclusive. Es decir, como unas diez semanas más, nueve semanas más. Estamos oyendo cada día, entre semana estamos oyendo un pedacito del Evangelio según San Mateo. Mateo nos va a acompañar hasta la semana número veintiuno, y a partir de la semana veintidós empezará San Lucas. Lucas empieza en la semana veintidós y con él termina el tiempo ordinario, el cual tiene treinta y cuatro semanas. Es decir que de la uno a la diez, San Marco,, de la once a la veintiuno, San Mateo; de la veintidós a la treinta y cuatro, San Lucas.

Una persona que sea juiciosa asistiendo a la Santa Misa cada día, cosa que yo sé que algunos de ustedes hacen, es una persona que en el curso de un año alcanza a escuchar prácticamente completos estos tres evangelios: primero Marcos, luego Mateo y luego Lucas. Marcos, que ha hecho tanto énfasis en las obras de Cristo, sus acciones, lo que Cristo hace en la gente. Esas fueron las diez primeras semanas. Luego viene Mateo, de la semana once a la veintiuno. Esas son once semanas completas en las cuales oímos sobre todo, las palabras de Cristo, porque ese es el énfasis que tiene San Mateo.Cristo como Maestro.

Marcos, nos cuenta lo que Cristo hace cuando uno cree en Él. Mateo nos cuenta qué enseñó Cristo y nos presenta sobre todo a Cristo como el Divino Maestro. Nos ofrece los discursos de Cristo. Y finalmente, de la semana número veintidós a la treinta y cuatro, San Lucas y Lucas nos muestra, podemos decir, la humanidad de Cristo, el Corazón de Cristo, algo así como: ¿Quién es Él? ¿Cómo es Él? Fíjate todo lo que uno puede aprovechar de la Santa Misa.

Entonces, estamos con San Mateo en esta parte del tiempo ordinario, desde la semana número once, que fue la semana pasada, estamos con San Mateo. ¿Y qué es lo que hemos escuchado de San Mateo? Pues los primeros dos capítulos no, porque esos son los de la infancia, esos se oyen obviamente en el tiempo de Navidad. Entonces, ¿por dónde empieza la lectura de San Mateo? Por lo primero y más característico suyo, que es el Sermón de la Montaña.

La semana pasada, quizás algunos de ustedes lo recuerdan, el lunes de la semana pasada, el Evangelio precisamente tenía las bienaventuranzas, porque así es como se abre, como si fuera un pórtico. Se abre ese gran discurso que se llama El Discurso del Monte o también el Sermón de la Montaña. Ese discurso en la numeración de los capítulos de San Mateo va desde el capítulo cinco hasta el siete. Son tres capítulos: cinco, seis y siete.

En ese gran Sermón de la Montaña, San Mateo nos presenta podemos decir: "el corazón de la propuesta de Cristo". Una propuesta que podemos llamar revolucionaria en el sentido más puro del término, porque esa palabra revolución ha servido para todo tipo de propósitos y quizás incluso tiene como un mal sabor. En nuestra época, cuando se habla de alguien como un revolucionario, queremos decir alguien que es anárquico, que quiere como destruir todo, que le da la espalda a lo que se ha construido en un largo y fatigoso pasado. ¿Y qué pretende ahora? Simplemente darle la vuelta a todo. La palabra revolución precisamente viene de ahí. Revolucionario es el que le da la vuelta a las cosas.

Pero el verdadero revolucionario es Cristo y lo expresa de muchas maneras. Por ejemplo, cuando dice: "Los primeros serán los últimos, los últimos, los primeros". Eso es como darle el bote, eso es como darle la vuelta a la manera usual de pensar. Esta revolución de Jesucristo aparece especialmente en las bienaventuranzas, pero igualmente se puede detectar en todo el Sermón de la Montaña. Es la revolución según la cual hay que llamar felices a los que el mundo considera desgraciados o tristes. Y hay que considerar, en cambio, desventurados, a los que el mundo suele considerar como afortunados y exitosos.

Esta es la revolución de Cristo, efectivamente, porque las personas que se sienten muy seguras de sus triunfos, y que se consideran muy seguras de su dinero, del poder que han amasado, de las amistades y buenas relaciones que tienen con otras personas. Esa gente que obra así y que piensa así, está en gravísimo peligro, está en el gravísimo peligro de darle la espalda a Dios. Si yo pongo mi confianza en el dinero, en el poder, en mis amigos, en que soy joven, o bonito, o inteligente, o así me lo creo yo, pues le doy la espalda a Dios y darle la espalda a Dios es perderlo todo.

Entonces, los que el mundo suele considerar felices, muchas veces son los que más fácilmente le dan la espalda a Dios. Y esto lo comprobamos una y otra vez. Las personas que en medio de su prosperidad sienten que no tienen que ir a la misa, ni tienen que rezar. Los jóvenes que en medio de su alegría se les olvida que toda la alegría está en la Pascua del Señor. Las personas que creen que porque tienen muchos amigos en esta tierra, se les olvida que cuando uno se muere, se muere solo. Entonces Jesús viene a traer esa revolución.

Esa revolución es la que se cuenta en el Sermón de la Montaña. La revolución según la cual los que parecen tristes, en el fondo quizás sean los más afortunados, porque en medio de su desvalimiento, en medio de su necesidad, en medio de su indigencia, quizás son los que se abren más fácilmente a Dios. Y esto también lo vemos continuamente. Las iglesias por ejemplo, en nuestro país con mucha frecuencia sucede que fueron edificadas con las limosnas de los más pobres. A veces los que parece que no tienen nada son los que tienen más y los que hacen más.

En cambio, cuántas veces acontece que el que ha amasado una gran fortuna en el proceso ha quedado prisionero de sus propias riquezas. O como suelo decir yo, no es que ese hombre tenga mucho dinero, sino que el dinero lo tiene a él, está encarcelado. Esta es la primera parte de la revolución de Cristo, y esto es lo que aparece en las bienaventuranzas.

Pero hay una segunda revolución, así como tiene que cambiar el mundo, porque lo que está arriba en realidad parece que va a quedar abajo y lo que está abajo parece que va a quedar arriba, porque los que tienen éxito se olvidan de Dios y esa es su ruina. En cambio, los que están en necesidad se abren a Dios y esa es su dicha. Esa es una revolución. Pero hay otra revolución y esa otra revolución es entre lo de adentro y lo de afuera.

El mundo vive de las apariencias, lo externo, lo que se ve, en nuestro folclor colombiano tenemos muchos cantos, muchas canciones que recuerdan ese oropel. "En esta vida todo es oropel", ¿qué es oropel? Lo que parece, pero no es. Parece oro, pero no lo es. Entonces, la revolución de Cristo también tiene esa dimensión. Lo que el mundo tanto valora es la apariencia y lo que parece que no importa es la verdad del corazón. Pero Cristo le da la vuelta a esa manera de pensar y a esa manera de valorar las cosas.

Por eso también en el Sermón de la Montaña nos ha dicho: "mira, tú cuando vayas a ayunar no te preocupes tanto de que la gente lo note. Tú cuando vayas a orar no te preocupes de que la gente lo note". Es decir, dale la vuelta a tu mente. Eso es darle la vuelta a la mente. En griego se dice metanoia, y eso ha sido traducido al latín con la palabra conversión. Y en español eso se llama conversión. Jesús viene a hacer una conversión, a darle la vuelta. Él es el verdadero revolucionario.

Este es el poder del Sermón de la Montaña. Es un texto impresionante que la iglesia jamás se cansará de meditar. El Sermón de la Montaña. Empezamos a oírlo la semana pasada. Ocupa los capítulos del cinco al siete, como ya dije, y nosotros empezamos a oírlo el lunes de la semana pasada y terminamos precisamente donde terminamos nosotros, pero lo terminamos ayer, jueves de la semana número doce, el Evangelio de ayer. Pues si se hubiera leído, porque a veces coincide con una fiesta, en este caso con San Juan Bautista, el Evangelio que correspondía para ayer en el tiempo ordinario es el final del Sermón de la Montaña.

Y ahora viene lo interesante. Este hombre es un revolucionario. Con sus palabras nos enseña que los que están arriba. Cuidado, porque fácilmente pueden caer y los que están abajo que no se desanimen, porque si ponen su esperanza en Dios, Él los va a levantar. Jesús es un gran maestro, un gran profeta, un gran predicador. Y Jesús dice también que no nos fiemos demasiado de lo externo, sino que más bien cuidemos el corazón, porque ahí también hay una revolución. Excelente el Maestro. Aplausos para Él. Pero. ¿Son solo palabras? Eso es lo que nos encontramos en el pasaje de hoy.

El pasaje de hoy es el comienzo del capítulo ocho de San Mateo. Fíjate, el Sermón de la Montaña. Son los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo. Ya terminó el capítulo siete, el día de ayer y ahora. Hoy empezamos el capítulo ocho y es muy interesante recordar hoy ¿qué fue lo que estuvimos oyendo hasta ayer?. El Sermón de la montaña es Cristo hablando y ese es el énfasis del evangelista Mateo. Pero tenemos que preguntarnos, bueno: ¿y es que Cristo solo habla? Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente nos dice el pasaje de hoy. En esto se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: "Señor, si quieres puedes limpiarme".

Obsérvese: Jesús en la montaña es como el nuevo Moisés. El Sermón del Monte es como la nueva ley. Como la promulgación de la ley nueva que solo podrá ser realidad ciertamente con el poder del Espíritu. Pero es la nueva ley. Baja Jesús de la montaña. Y esta petición que hace el leproso es como el paso de la teoría a la práctica. Quizás no era la intención del leproso. Seguramente que no, pero lo que le está diciendo el leproso equivale a esto: "Tú hablas muy bonito, ¿pero puedes hacer algo en mi vida?" Tú dices: ?Felices los pobres, los que lloran, los excluidos. Ese soy yo, que soy leproso". Yo que tengo que llorar en mi soledad y el dolor de mi enfermedad. Yo, que he sido excluido de la sociedad humana porque así lo manda la ley de Moisés, yo soy ese que tú llamas dichoso. Entonces: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Puedes hacer algo por mí? ?Si tú quieres, puedes limpiarme?.

Obsérvese que el tono humilde de las palabras del leproso demuestra que él no está retando a Jesús. Más bien, creo que debemos entender lo siguiente: El leproso ha visto la multitud. Seguramente ha alcanzado a escuchar algo de las palabras de Cristo, y esas palabras han enamorado su corazón. El corazón de este enfermo ha quedado prendado de la boca de este profeta de Galilea. Y entonces el leproso, cuando le habla así a Jesús, realmente está haciendo un testimonio de fe porque lo que le dice es esto: "Yo sé que si tú lo quieres, yo quedo limpio". Esa es una profesión de fe.

Jesús no echa un nuevo discurso, sino que Jesús expulsa la enfermedad, aleja la dolencia, trae la salud, restituye la dignidad de este hombre, extendió la mano, lo tocó y dijo: "Quiero, Queda limpio". ¡Qué poder el de la Palabra de Cristo! Con una sola palabra lo curó. "Quiero" es el poder de Jesús. Es el poder del amor de Dios en nuestra tierra y ese es el poder que también a nosotros puede limpiarnos.

Es muy interesante recordar, hermanos, que en el capítulo quince del Evangelio según San Juan, Cristo dice a sus discípulos: "Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he dicho". Es decir, aquellos apóstoles no tenían una lepra física. Pero Jesús utiliza la misma Palabra que en este pasaje: "Vosotros estáis ya limpios". Cuando el leproso le dice: "Si quieres, puedes limpiarme". Se refiere, sin duda a la lepra que padecía este pobre hombre. Y Jesús lo limpia a él con el poder de su Palabra y también con el poder de su Palabra, ha limpiado de otra clase de lepra a esos apóstoles que le acompañaron en la última Cena.

También en la Última Cena está el poder de la Palabra de Cristo. Pero no solo ahí: es la vida entera, es el ministerio del Señor, es la Palabra de Cristo que nos lava, que nos purifica, que nos consuela, que nos sana, que nos limpia. ¡Cuántas enseñanzas preciosas tiene este pasaje para nosotros! "Quiero, queda limpio". Esa palabra de Cristo que limpia, que sana, que salva, que purifica. Esa palabra de Cristo que puede quitar de mi vida lo que no soy yo. Porque esa es la característica de la lepra.

Fíjate el nombre que le damos a un enfermo de lepra. Lo llamamos "el leproso". Y con eso identificamos a la enfermedad con el enfermo. Pero Jesús dice: "Quiero, queda limpio" y la lepra se va. La enfermedad se va y el que estaba enfermo queda. O sea, que lo que hace la palabra de Cristo es separar el pecado del pecador, la enfermedad del enfermo, el mal que ha llegado a mi vida de lo que yo mismo soy. Es lo mismo que había dicho el Salmo ciento tres: "Él aleja de nosotros nuestros delitos, como dista el oriente del ocaso".

Qué hermoso recordar también que en el libro del Génesis es la Palabra de Dios la que separa las cosas y trae orden. Es la Palabra poderosa del Dios Creador, la que separa las aguas superiores, que son las que tienen que quedar para dar la lluvia de las aguas inferiores de los ríos y mares. Es la palabra creadora de Dios la que saca del barro aquella figura maravillosa que luego recibe el aliento divino y se convierte en el ser humano. El Génesis lo resume con la expresión "Él lo dijo y existió". Así lo cuenta el Salmo, digo yo Mejor: "Él lo dijo y existió. Él lo mandó y surgió ".

La Palabra de Cristo es como la palabra creadora. Es la palabra que distingue, que separa el mal que ha llegado a tu vida, de ti mismo. El mensaje más liberador de este día, mis hermanos, es ese: Cada uno de nosotros tiene que decir: "yo no soy mi lepra, yo no soy mi pecado, yo no soy la maldad que he cometido". Cristo puede separar lo que yo he hecho de lo que yo soy.

Mira la profundidad que eso tiene. La Palabra de Cristo puede separar lo que yo he hecho de lo que yo soy, esa maldad que ha caído en mis manos, ese daño que otros me han causado, eso no soy yo. La Palabra de Cristo me limpia y al limpiarme lo que hace es quitarme lo que yo no soy. Cristo me quita lo que yo no soy, porque yo no soy mi pecado. Yo no soy mi enfermedad. Yo no soy mi pasado. ¿Entonces qué soy yo? Yo soy el futuro que seré en las manos de Dios.

Alegrémonos, hermanos, porque este poder de la Palabra de Cristo. Es el mismo poder que experimentamos en cada sacramento. Es el poder que separa de la creación visible unos granos de trigo y el jugo de unas uvas, y los levanta a la dignidad infinita, sublime, de presencia real. Alma, Cuerpo, Sangre y Divinidad de Cristo, nuestro Salvador. Es la misma palabra que en el sacramento de la confesión. Separa de ti tu pasado al darte la absolución. El sacerdote está dejando a un lado lo que te hacía daño, lo que te ensuciaba, lo que te desfiguraba; dejándote aparte como carne limpia y sana, sanada por Cristo. Deja aparte tu propia vida.

Vamos a creer en la palabra de Cristo. Vamos a creer en el poder purificador del Señor. Vamos a creer que Cristo, cuando nos habla, nos sana; y cuando nos sana, nos habla. Vamos a creer que este Señor Jesucristo puede hacer de nosotros criaturas nuevas, quitando lo que nosotros en realidad no somos, porque ninguno de nosotros es una desgracia, ninguno de nosotros es una basura, ninguno de nosotros es un pecado. Tú eres hijo amadísimo de Dios, tú eres hija amadísima de Dios y Cristo te limpia de todo lo que no eres tú, para que tu verdadera belleza y vigor aparezcan y se alegre aquel que te creó. Amén.

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