Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o125002a, predicada en 20080627, con 16 min. y 20 seg.

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Transcripción:

Para nosotros los cristianos, el momento más triste de toda la historia humana es el Viernes Santo. La muerte de nuestro Señor Jesucristo es el crimen más abominable. Es la hora más espantosa. Podríamos decir que es el abismo de la miseria humana y del silencio de Dios. Es lo más duro que tenemos. Para los judíos, lo que hemos escuchado el día de hoy equivale al Viernes Santo. Fue el día en que murió Jerusalén. Fue el día en que los enemigos de Jerusalén entraron con furia, con altanería, a acabar no solamente con las riquezas materiales como podían ser los vasos de oro del templo, sino sobre todo a acabar con la riqueza espiritual. Y esa riqueza espiritual se llama la Alianza.

Por eso el interés de Nabucodonosor de matar a los hijos de Sedecías. Hemos oído, seguramente con horror, la crueldad que se sucedió aquí. Toman a este rey y delante de sus ojos degüellan a cada uno de sus hijos para que no queden herederos y después lo dejan ciego. De manera que el último recuerdo que tenga en sus ojos sea como le mataron los hijos. Esa crueldad extrema no solamente es, repito, un modo de lastimar a las personas y de mostrar un poder militar o político, sino que es la manera de acabar con la alianza. Dios le había prometido a David por medio del profeta Natán. Le había prometido que siempre habría un sucesor, y esa palabra queda completamente por tierra. Queda humillada, queda contradicha por los acontecimientos que hemos oído en la primera lectura de hoy.

Este texto, corresponde al segundo libro de los Reyes, capítulo veinticinco. Este texto es como el Viernes Santo para los judíos, es la caída de Jerusalén. Bueno, ¿y qué podemos aprender nosotros de ese texto cuando hay tanta tristeza? A veces uno cree que lo único que se puede hacer es sentir, llorar, pero resulta que también se puede aprender. Vamos a tomar unas tres enseñanzas de este pasaje del Antiguo Testamento.

Lo primero que encontramos es que Nabucodonosor utilizó una estrategia que es muy común en el mundo militar: Se llama el asedio, Sitiar una ciudad. ¿Qué es sitiar? Es rodearla de manera que no pueda comerciar y que no pueda tampoco alimentarse del trabajo de los campos. Es vencer a través del cansancio, la desesperación y, sobre todo, el hambre. Y eso fue lo que sucedió. El Libro de las Lamentaciones cuenta de un modo muy gráfico. Es una lectura muy fuerte. El libro de las Lamentaciones cuenta hasta qué extremos llegaron algunos de estos judíos por el hambre. No solamente comer las cosas más asquerosas, sino incluso hubo episodios de canibalismo. La gente desesperada por el hambre llegó hasta esos extremos.

Eso fue lo que utilizó Nabucodonosor rodear a la ciudad, dejarla incomunicada para que se muriera de hambre. Bueno, eso es lo que quiere hacer también con nosotros el demonio. Rodearnos, hacernos sentir que no hay ninguna esperanza y que no hay ninguna salida. Incomunicarnos, que uno se hunda en sus propios problemas, que uno no hable con nadie, que uno piense que el dolor de uno nadie lo va a entender, que uno se encierre. Ese es el segundo punto. Y el tercer punto, que es el decisivo, es quitarnos el alimento. El alimento del alma, es la presencia viva de Dios en nosotros que llega sobre todo a través de la oración.

Entonces, una vez que la persona ha perdido toda capacidad de oración, se queda sin alimento, se va secando, hasta que un día el Nabucodonosor del alma que se llama el demonio, entra rabiosamente a destruirlo todo, a acabar con todo, porque a él lo que le interesa precisamente es destruir todo rastro de la Alianza. Eso es lo que le interesa al demonio. La razón por la que el demonio nos odia es porque nosotros somos imagen de Dios. Entonces él lo que quiere destruir en nosotros no es esto tan débil que somos: huesos, carne, nervios. Eso no es lo que le interesa al demonio. Lo que a él le interesa, es destruir la imagen de Dios que somos o que hay en nosotros, porque el odio de él va hacia Dios, no directamente hacia nosotros.

Entonces vemos que hay una relación entre la caída de Jerusalén y la estrategia que utiliza el demonio con nosotros. Y esto es muy importante, pero también nos muestra cómo hay una salida para esa estrategia del demonio. Aquella persona que tiene dentro de ella una fuente de vida, no se seca nunca. Entonces, por más que el demonio ataque, no logra vencer. Por eso nos dice el apóstol Santiago: "Resistid al demonio y huirá de vosotros". El demonio es el Nabucodonosor del alma. Entonces el demonio llega a atacar. El rey Sedecías finalmente tuvo que rendirse como un cobarde porque él no tenía de dónde sacar alimento. No tenía alimento adentro. Si uno tiene alimento adentro, si uno se está alimentando adentro, entonces por más que el demonio ataque, finalmente tiene que huir y tiene que huir en derrota.

La clave está en tener el alimento adentro. ¿Y cómo se obtiene ese alimento? Eso nos lo enseña nuestro Señor Jesucristo cuando dice: "El que cree en mí, de su interior manará un torrente de agua viva". Ahí nos está diciendo Jesús que Él nos va a dar el torrente interior, que Él nos va a dar el alimento interior. Y eso fue lo que vivieron los mártires. Los mártires, aunque eran atacados exteriormente, aunque recibían el asedio de Nabucodonosor, no pudieron vencerlos las tinieblas, porque ellos tenían ese alimento interior. Esta es la primera lección que nosotros podemos tomar del texto de hoy.

La segunda lección que tenemos es que la cobardía y la traición producen la dispersión, es decir, aquel que reniega de la alianza y de la unión con Dios, no solamente pierde a Dios, sino que pierde a los hermanos. Sedecías cuando ya renuncia al templo y renuncia a la alianza, y sale. Él cree que sale fuerte porque sale con su ejército, pero él había renunciado a Dios, y el que renuncia a Dios no solamente pierde a Dios, sino que pierde a los hermanos. Y efectivamente, cuando llegó el momento de la tribulación, es decir, cuando los ejércitos de Nabuzaradán llegaron donde Sedecías. ¿Qué hicieron los del ejército de Sedecías? Huyeron. El que pierde a Dios. El que pierde al amigo -con A mayúscula, que es Dios-, pierde también a todos los demás amigos. El que no tiene a Dios como amigo, no tiene a nadie como amigo, aunque crea que los tiene. Pero esos que están con él, esos que están corriendo con él, esos que van con él en el momento decisivo, lo van a abandonar.

Y esto lo vemos una y otra vez. En Colombia tenemos el recuerdo, por ejemplo, de un criminal muy inteligente, un capo del narcotráfico que es famoso mundialmente, Pablo Escobar. Pablo Escobar organizó, podríamos decir, toda una empresa del crimen; con un talento, con una inteligencia impresionante que ojalá se hubiera empleado en otras cosas. Él mantuvo esa empresa del crimen a base de terrorismo, a base de intrigas legales, a base de sobornos, a base de financiación con drogas, tráfico de armas. Utilizó todos los recursos de las tinieblas. Y aparentemente él estaba en el centro de una gran organización y tenía un gran ejército tan poderoso parecía; que algunos llegaron a decir que él solo había puesto en jaque a todo el país, a todo mi país, a todo Colombia.

Sin embargo, el día que fue abatido, lo que encontramos no fue al hombre poderoso rodeado de un ejército que está dispuesto a defenderlo. Lo que encontramos es a un hombre descalzo, mal vestido, corriendo solo, en unos tejados de unas casas y cayendo al golpe de las autoridades. ¿Dónde están los amigos? Ahí. ¿Dónde están los dólares? ¿Dónde están los guardaespaldas? ¿Dónde están todos los que debían estar cerca? La lección es muy clara. El que pierde al amigo con A mayúscula se queda sin todos los demás amigos.

La tercera lección es un poco más bonita. Un poco más optimista. ¿Qué fue lo que sucedió después de toda esta tragedia? Sucedió que la gente importante de Jerusalén, empezando por el rey, fueron exiliados. Fueron deportados. Se los llevaron a Babilonia. Es decir, este pasaje del capítulo veinticinco, del segundo libro de los Reyes, nos está contando lo que se llama: el exilio, el destierro a Babilonia. Este es el destierro a Babilonia. Pero hay un detalle que seguramente no ha escapado a la atención de ustedes, y es que no todo el mundo fue exiliado. Hubo unos que sí pudieron quedarse en esa ciudad. En la ciudad de Jerusalén. En la ciudad del Señor. Así fuera.

Una ciudad que ya no era ni la sombra triste de lo que había sido en otra época. Hubo unos a los que sí se les permitió quedarse. Y esto es muy importante porque cuando pase el tiempo y venga otro rey que no es caldeo sino persa, el rey Ciro, él va a permitir que los judíos vuelvan a Jerusalén. Y a partir de esa semilla humilde que vemos que se quedó en Jerusalén y los que pudieron regresar, va a venir el resurgimiento del pueblo de Dios.

Lo que yo quiero destacar es esto: los poderosos, los nobles, los estudiados, como decimos en algunos países, los ricos, todos esos para afuera, y muchos de ellos murieron en el camino. Porque si tú miras el mapa donde está Jerusalén y miras dónde quedaba Babilonia, pues a ellos no los iban a llevar en coche Pullman, A ellos los llevaban a empellones mal alimentados, llagados, con cadenas, y muchos murieron. La gente moría por el camino, porque esa era la lógica, esa era la manera de obrar de estos imperios antiguos. Entonces, todos estos importantes, todos estos que parecían los más fuertes, fueron los desterrados, fueron los exiliados, fueron los que nunca volvieron, porque el exilio duró cerca de setenta años, o sea que ninguno de los que se fue pudo volver.

Ninguno. En cambio, los pobrecitos, los que no cuentan, esa gente que siempre se mira como despreciable. Esos, pudieron quedarse en la ciudad de Dios y vinieron a ser como la semilla de la reconstrucción de Jerusalén. A pesar de ser los ignorantes, a pesar de ser los marginados, esos fueron el comienzo, el nuevo comienzo desde Dios. Y esto nos enseña entonces también algo: Pueden venir cosas muy graves para la humanidad que van a ser hasta cierto punto, como esto mismo, pero a gran escala. Eso puede suceder.

¿Pero quiénes son los que finalmente van a resistir? ¿Quiénes son los que van a servir de semilla para un nuevo comienzo? ¿Quiénes? Pues estos, los pequeñitos, los humildes, los que no tienen más esperanza, ni más fuerza, ni más credenciales, sino solamente: "soy de Dios y quiero ser de Dios". Entonces, esta es una lección importante para nosotros, porque esto es casi como lo que dice el Evangelio: "Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros". Ahí lo vemos.

Los primeros, los muy importantes, los nobles, los sabios y todas esas cosas. Pues a caminar por el desierto hasta morirse de hambre, o hasta llegar unos pocos allá a Babilonia, donde tuvieron una vida llena de humillación, de idolatría y de privaciones, mientras que los que eran últimos quedaron de primeros porque fueron en realidad, como ya dije, el comienzo de una nueva esperanza y de una nueva etapa para el pueblo de Dios.

Y entonces hoy el Señor nos dice: ¿cuáles queremos ser? Si queremos ser de los primeros, si queremos buscar esa importancia, si queremos fiarnos de esa clase de recursos o si queremos ser de los que la Biblia llama los últimos, esos que parece que no cuentan nada pero que en el fondo están muy en el corazón de Dios y que van a ser el comienzo de una nueva etapa. Que cada uno, mis hermanos, haga su propia elección. Hoy les invito delante de este altar a que hagamos una elección, porque una cosa es padecer humillación y otra cosa es amar la humildad, son dos cosas distintas; y una cosa es que a uno la vida lo haya tratado mal y otra cosa es que uno haya aprendido en dónde tiene que bajar la cabeza para ver mejor la altura del Dios del cielo. Son dos cosas diferentes.

Entonces, hoy el Señor nos invita a descubrir en medio de las privaciones, humillaciones y dificultades. A descubrir su paso para que nosotros abracemos voluntariamente ser de esos últimos. No porque la vida nos obligó a eso, sino porque nosotros recibimos este mensaje del Señor y decimos: "Eso es lo que yo quiero ser". ¿No es lo mismo que nos está diciendo Jesús? "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso a vuestras almas".

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