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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o125001a, predicada en 19980626, con 30 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. La lectura que hemos escuchado del Libro de los Reyes es tal vez el texto más triste de todo el Antiguo Testamento. Y para encontrar un texto más triste en toda la Biblia, hay que irse hasta la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Lo que se nos ha descrito en esa lectura del segundo libro de los Reyes, capítulo veinticinco, es el momento desastroso de la caída de Jerusalén. Pero no solo ha caído Jerusalén. El rey ha sido ofendido, humillado, juzgado, y torturado. Los amigos del rey han huido, como el mismo rey estaba huyendo. El pueblo se ha quedado desprotegido. Y como si no fueran suficientes estas desgracias, hay que añadir otra. No es suficiente con que muera la gente. Es necesario acabar cualquier rastro de Yahvé. Y entonces uno de los generales de Nabucodonosor, un hombre llamado Nabuzaradán, incendia el templo y destruye los palacios. Es el día del acabose. Es el día de la tragedia. Es el día del absurdo. Es el día más triste para el pueblo judío. El día en que la impiedad reina con altanería, con grosería imparable. El día en que la mentira, la traición, la cobardía, el egoísmo, la violencia tienen cada una su tajada. Es el día, podemos decir, de la pasión del pueblo. Y es providente que esta lectura sea precisamente en un viernes, día en que nosotros, católicos, recordamos a nuestro Señor Jesucristo, a su Pasión, al desastre de la cruz. ¿Y qué hacemos con una lectura así? ¿Qué diremos nosotros de esto? Los únicos que quedaron en Jerusalén fueron algunos viñadores y algunos hortelanos. Eso fue lo único que quedó. Del resto, todo desapareció. El propósito de Nabucodonosor era precisamente ese: que desapareciera de la faz de la tierra el pueblo judío; ya unos ciento cincuenta años antes, había desaparecido. El Reino de Israel, el Reino del Norte. Los hebreos se habían dividido en el Reino del Norte y el Reino del Sur, y los del Reino del Norte ya habían desaparecido. Ahora Nabucodonosor quiere que desaparezca el Reino del Sur. Este día de profunda humillación había sido anunciado muchas veces. El último que tuvo que anunciarlo y que llegó a presenciarlo fue el profeta Jeremías. Yo quiero decirles que, después del dolor de Cristo, cuando a mí se me habla del dolor de alguien, yo creo que la persona que más ha sufrido en esta tierra, por lo menos como profeta, es el profeta Jeremías. Es posible que en términos humanos, después del dolor de Cristo, esté en primer lugar el dolor de la Virgen María. Pero como profeta, el dolor de Jeremías es inconcebible. Jeremías dijo esto. Jeremías gritó, Jeremías lloró, Jeremías de mil modos, avisó que esto iba a pasar. ¿Y qué le pasó a él? Fue amenazado de muerte, fue torturado, fue encarcelado. Nadie quiso escuchar su mensaje. Lo terrible del caso es que a Jeremías no le tocó solo anunciarlo, sino vivirlo. Cuando se hizo una larga fila y empezaron a salir como esclavos, dejando entre llantos sus casas, sus trabajos, sus viñas, para caminar kilómetros y kilómetros. Había un hombre ahí, un hombre sin familia, porque Dios le había dicho a Jeremías que no se casara. Un hombre sin familia, sin el consuelo de una esposa. Sin la esperanza de unos hijos. Un hombre solo que había dicho que eso iba a pasar y que ahora le tocaba vivirlo y salir así para el destierro. La tortura que padeció el corazón de Jeremías es casi indescriptible. Bueno, y todas estas tristezas juntas que le conmueven a uno el alma. A mí me llega mucho lo de Jeremías, porque yo creo que nadie vivió lo que le tocó a él, y él no tenía un Jesús a quien invocar. Él no tenía una Virgen María a quién llamar. Si, ha habido mártires en la historia; yo no sé por qué me acordé ahora de Maximiliano Kolbe y esas torturas y la manera como fue asesinado. Pero él tenía el consuelo de llamar a Jesús, de llamar a María. Bueno, Jeremías también estaba llamando a Jesús. Solo que Jesús estaba en el futuro. No estaba en sus recuerdos. Él estaba clamando por el Mesías. Esta situación marca nuestra celebración en este día. Esta tristeza profunda deja un sello en esta Eucaristía. ¿Y qué vamos a hacer nosotros con ese sello? Bueno, gracias a Dios hay un Viernes Santo al año. Yo creo que no resistiríamos más. La lectura que hemos escuchado del Evangelio nos presenta un panorama distinto. Podríamos decir que nos presenta la otra cara. Esta vez es una vida desterrada, una vida enferma, una vida excluida. Un leproso. Los leprosos tenían que vivir como desterrados dentro de su propio pueblo. La lepra se consideraba la señal exterior del pecado. La lepra se consideraba como el signo evidente de la maldición de Yahvé. Y el leproso no solo era un maldito, sino que era una maldición y, por tanto, no se podía tocar. El leproso era excluido, el leproso era un perpetuo desterrado. Jesús ha estado predicando; la última lectura en el Evangelio del día de ayer era la conclusión del Sermón de la Montaña. Entonces llega hasta el capítulo séptimo de San Mateo. El capítulo octavo empieza precisamente con la escena que hemos escuchado en el día de hoy. Jesús baja de la montaña. Ha estado hablando. Su voz recia, no solo por la potencia, sino por el don del Espíritu, ha calado en los corazones. Lo último que nos dice San Mateo en el capítulo séptimo es que la gente se quedaba impresionada de la autoridad de Jesús. Jesús ha calado en la gente. Sus palabras han llegado. Sus palabras tienen poder, tienen autoridad. Y esos gritos de Jesús, ese anuncio de Jesús lo ha escuchado mucha gente. Entre toda esa gente, un leproso, un leproso que oye esas extrañas palabras: Por ejemplo, "Dichosos los que lloran, dichosos los que tienen hambre y sed, los que trabajan por la paz". Este leproso ha escuchado esas palabras. Y él se hace una sola pregunta: ¿Son también para mí? ¿O también voy a estar excluido de esa gracia? El leproso no tenía derecho a tener familia, ni a tener pueblo, ni a tener hogar. Un leproso no tenía ningún derecho. Era un desterrado. Por eso digo: "Bendito Dios, que estas dos lecturas están juntas hoy". Este leproso. Ha tenido que oír las palabras de Jesús de lejos, porque él no puede acercarse. No puede sentarse con nosotros a oír. Tiene que ir lejos. Y él se ha preguntado: "¿Si esa belleza es solo para los otros, o si esta vez si le va a tocar algo a él?" Es un drama tan profundo. Los evangelistas lo dicen todo con tanta sencillez; pero debajo de la tersura de su sencillez está todo el drama de Dios y todo el drama del hombre. En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, le siguió mucha gente. ¡Mucha gente! Y este leproso se la jugó toda. ¡Toda! Él me acepta y me sana, o me rechaza y me muero. Llevaba la vida en estas palabras. Su única posibilidad de vida. "Señor. Si quieres, puedes limpiarme". ¿Y qué era limpiarlo? Era que volviera a ser persona. Que pudiera volver a sentarse con alguien. Pudiera volver a hablar con otros. Pudiera volver a tener amigos. Pudiera volver a comer con otros. Pudiera tal vez enamorarse, engendrar unos hijos. No es solamente sáname de la lepra. Dame la vida. Sácame de este destierro. Sálvame. Es como si el leproso le dijera: "Tú eres bueno para hablar. Haz algo". Tú hablas bien. ¿Pero además de hablar, puedes hacer? ¿O eres como los otros que solo hablan? Porque todo el mundo habla. ¿Pero tú puedes cambiarme la vida? ¿O solo decir enseñanzas, instrucciones, teorías, predicaciones? ¿Puedes cambiarme la vida? Pero no lo preguntó así. Él no preguntó de ese modo. Él dijo: "Si quieres, puedes limpiarme" Con lo cual estaba ejerciendo ya un acto de fe en Jesús. Afirmó algo. Apostó todo. ¡Todo, Todo! "Si quieres, yo sé que tú lo puedes". Amigos, imaginémonos solo por un instante, -un instante que a mí me produce escalofrío-. Imaginémonos que Jesús le hubiera dicho: ?¡Apártate!? No hay una palabra para eso. Esa palabra "apártate" hubiera significado el infierno. Lamentablemente, esa palabra sí la dice Jesús en el Evangelio, en el capítulo veinticinco de San Mateo; el mismo Cristo dice: que Él le va a decir: "Apártense" a algunas personas; no sabemos cuántas ni cuáles. Yo quisiera que no fuera nadie. Jesús les va a decir: "Apártense". Eso es peor que todos los destierros. Eso es peor que todas las muertes. Eso es peor que todo. Eso es demasiado. Eso no me cabe en la cabeza. Ni quiero pensarlo. No puedo pensarlo. Si Jesús le hubiera dicho a este hombre: "Apártate, vuelve a tu lepra, vuelve a tu destierro". ¿Qué hubiera sido de él? Jesús no le dijo eso, porque este hombre ha regalado su vida, ha sacado toda la vida del corazón, la ha puesto en la boca y la ha dicho en esas palabras y se ha regalado a Jesús. Ha hecho un acto infinito de fe. Estas son las cosas que cambian la existencia. Esto, hacer esto, es lo que saca del destierro. ?Si quieres, puedes limpiarme?. Extendió la mano Jesús. El evangelista nos ha dicho: "Lo siguió mucha gente". Jesús también corre un riesgo aquí. La ley prohibía tocar a los leprosos. No se puede tocar al leproso. Pero Jesús lleva la ley a la plenitud. Jesús, judío, perfecto en su ley, encontró una manera de no quebrar la ley y, sin embargo, ir más allá de la ley. Extendió la mano, pero no para ensuciarse Él, sino para limpiar al otro. Porque la ley decía: "No toques al leproso porque te ensucias tu". Pero resulta que Jesús nos mostró que no se podía quebrar la ley, pero que se podía superar. ¿Bueno, y si yo lo toco? ¿No para ensuciarme yo, sino para limpiarlo a él? Ese caso no lo había contemplado la ley de Moisés. ¿Y si yo lo toco para sanarlo, no para enfermarme? Mucha gente estaba mirando y toda esta gente sabía de la ley. Y ven que Jesús extiende su mano. Probablemente muchos de ellos judíos formados, tuvieron que decir: "Se va a ensuciar". Es lo mismo que uno siente cuando ve llegar a Jesús a esta tierra llena de iniquidades, de envidias, de engaños. Cuando uno ve la carne tan limpia de Jesús llegar a esta tierra. Cuando uno ve el candor de Jesús por estas calles. Cuando uno ve el amor de Jesús en este mundo, uno dice: "Te vas a ensuciar". Y Él dice: "Yo no me voy a ensuciar, los voy a limpiar". Es precioso esto. No, yo no me voy a ensuciar. Te van a dañar. No, yo no me voy a dañar. Los voy a arreglar. Yo no me voy a enfermar. Los voy a sanar. No será la tiniebla de ustedes la que tenga poder en mí, sino mi luz la que los salve. Le tocó la carne. Es necesaria la carne de Cristo, lo tocó. Por un momento, la carne más limpia, esa carne que adoran los ángeles tocó a la carne más sucia, la carne que no soportan los hombres. Porque eso era el leproso. Carne que nadie soportaba. Carne que nadie quería tener. Vida asquerosa, vida marginada, vida rechazada. Por un momento se juntó la carne de Cristo. La carne que está por encima de toda potestad en los cielos. Se juntó con la carne más sucia, la que nadie soportaba en esta tierra. Yo quiero que miremos, por favor, en nuestra mente estas dos carnes unidas, porque esos son los sacramentos. ¿Cuando uno se confiesa qué pasa? Esa es la carne de Cristo presente en el sacramento y obrando a través del sacerdote. Es esa carne santísima de Jesús. La que toca mi carne sucia por los pecados de años. Y desde luego, en Eucaristía. Es esa carne del Señor la que toca mi carne. Jesús no tuvo miedo, no tuvo asco, no tuvo duda. El amor de Jesús está por encima de todo eso. Extendió la mano y lo tocó diciendo: ?Esto es un sacramento?. Lo tocó diciendo. Es la palabra y el elemento, como diría San Agustín. El elemento es este, el pan, y la palabra, es lo que dice el sacerdote: "Esto es mi cuerpo". Ahí está el elemento que es el agua y está la palabra: "Te bautizo". Así también aquí lo tocó y habló. Quiero; ese es el poder de Jesús. Quiero, quiero. ¿Qué le estaba diciendo en ese "quiero"? Quiero que vivas. Quiero que tengas vida. Yo estoy pensando que Jesús, tocando a este leproso, se acordaba de Jeremías. Jeremías el solo, Jeremías el desterrado, Jeremías el castigado, aquí vuelve a aparecer. "¡Quiero!" Se acabó tu destierro. Ya no más destierro. Son perdonados tus pecados. Se acabó tu culpa. Eso es lo más grande que puede decir Jesús. Se acabó. Ya lo había anunciado. El capítulo cuarenta de Isaías. Sobre todo, es un cántico a eso que iba a sentir el pueblo de Israel cuando volviera del destierro: "Consolad". Dice el profeta: "Consolad a mi pueblo". Decidle que ya recibió castigo doble por todos sus pecados, que su culpa está borrada, que su pecado está redimido, que puede vivir. Eso es lo que estaba diciendo Jesús aquí: "Quiero", y con ese quiero, le estaba infundiendo vida. Siguiendo el relato del Génesis, cuando Dios tiene ante sí a ese primer hombre y sopla, nos dice el Génesis simbólicamente sopla aliento de vida, infunde aliento de vida en su nariz. Estaba diciendo ese "quiero". "Vive, vive, vive tu vida, vive". Y Adán tuvo vida. Pero como esa vida se volvió muerte por el pecado. Ahora hay que volverle a dar vida. Y por eso ahora hay que decir dos palabras: "Quiero y queda limpio". Y dice el evangelista: "Enseguida quedó limpio de la lepra". Cesó el destierro, se acabó la muerte; puedes volver al pueblo, puedes estar con los otros. Ahora eres normal, ahora estás con ellos, ahora eres pueblo. ¡Vuelve! Es tan profundo lo que sucedió. El leproso no lo entendió. No lo entendió. Si nosotros nos volviéramos todos ermitaños contemplativos y consagramos el resto de nuestra vida a pensar lo que quiere decir esa palabra "quiero" de Jesús. Ese "quiero" de Jesús que da la vida. Si pensáramos hasta la hora de nuestra muerte en ese "quiero", no alcanzaríamos a tocar el fondo, porque ahí está Dios hablando, está empeñando su corazón. Y mucho menos se le podía pedir a este leproso que en un segundo lo entendiera. Pero Jesús hace un esfuerzo para que el hombre ahonde, para que el hombre profundice, para que se dé cuenta que no fue solo el problema médico. Jesús quiere que el hombre profundice, que el hombre entre en sí mismo y que se dé cuenta que le dieron nueva vida. Y por eso le hace esta solicitud o le da esta orden absurda. "No se lo digas a nadie", le dice Jesús. ¡Es absurdo! Había mucha gente que acababa de ver el milagro fantástico que estaba sucediendo. Pero Jesús, como si estuviera a solas con él, le dice: "No se lo digas a nadie". ¿Y sabes una cosa? Si estaban a solas, ya podía haber mil o dos mil multitudes. Cuando Jesús va a sanar un alma, la sana sola. Y cuando Dios va a hacer a una persona, la hace a ella como si no tuviera nada que hacer en todos los siglos. Dios hace a cada persona así como si tuviera que dedicar toda su sabiduría y todo su poder a una persona, así la hace. Y cuando la va a rehacer, así la rehace, así la reconstruye. Jesús pasó por el destierro, pasó por la cruz y murió como si no tuviera nada más que hacer que amarte a ti, como si solo lo hubiera hecho por ti. Jesús se sentía a solas con ese hombre y le dice: "No se lo digas a nadie". Qué importa que lo hayan visto. Aquí nadie vio nada. Aquí nadie entendió nada. Tú puedes entender. No se lo digas a nadie. ¿Qué quiere decir? ¿Por qué esa petición o esa orden tan extraña? Jesús quería que este leproso hiciera retiro espiritual. Quería que se callara, que entrara en sí mismo, que se diera cuenta de lo que había pasado. Y luego como corrigiéndose, dice: "Pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés", para que conste, para que te den entrada libre, para que puedas integrarte al pueblo, para que todo esté bien. Pero no se te olvide, tienes que meditar en lo que hice por ti. No se te olvide, debes profundizar en esta obra que Dios te ha hecho. Ok, date cuenta, debes entrar en ti, recapacita, agradece, bendice. Lamentablemente, esta orden de Jesús no fue cumplida. La mayor parte de las veces las personas no hacían el retiro que Jesús les mandaba; casi nunca lo hacían. Empezaban ahí mismo a hacer alharaca. No, no es predicación todo lo que se hace; no toda bulla es predicación, hay bulla que es solo bulla. ¿Entendisteis? Jesús les preguntó en la última Cena, después de lavarles los pies: "¿Entendisteis lo que hice?". Así también después de lavar, después de limpiar no solo los pies, sino todo el cuerpo y toda la vida de este hombre, es como si le dijera: "¿Entendiste lo que hice por ti?". ¿Lo entendiste? ¿Te has dado cuenta? Antes de la bulla, antes de la alharaca. ¿Entendiste lo que hice por ti? Cuando lo entiendas, entonces podrás predicar. Cuando te sumerjas hondamente en la piscina de mi amor, entonces podrás entender y entonces podrás hablar. Hermanos, nosotros con estas lecturas también nos hemos sumergido. Hemos visto el destierro y el retorno en un solo día. ¡Felices nosotros! Para que esto se viera tuvieron que pasar seis siglos. Los acontecimientos de Nabuzardan fueron en el año quinientos ochenta y siete u ochenta y cinco, hasta que llegara Jesús. Seiscientos años, hubo entre las dos lecturas que nosotros hemos escuchado y la Iglesia, bendita sea, nos regala mirar estos seiscientos años en un solo día, en una sola Eucaristía. Son seiscientos años, pero es un mismo amor; son seiscientos años, pero es el mismo Díos, seiscientos años de un mismo pueblo.

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