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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Necesitamos que nuestros lideres civiles y eclesiásticos nos hagan ver que el único precio que se puede pagar por apartarse de Dios es la destrucción, solo el retorno al Señor nos traerá la paz.
Homilía o123008a, predicada en 20220622, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Óigame esta frase que le va a hacer mucho bien, nunca es tarde para arrepentirse. Vámonos a la primera lectura de la santa Misa de hoy y vamos a encontrar uno de los reyes que podemos calificar de buenos en la historia del pueblo de Dios. La verdad es que hubo muchos reyes cobardes y hubo muchos reyes idólatras de los cuales nos habla la Biblia, pero hay unos cuantos que son notables. Ante todo, tenemos a David, en buena parte Salomón, aunque Salomón dejó entrar mucha idolatría a Jerusalén. Y luego tenemos un par de reyes que son notables, que son Ezequías y Josías.
Josías es el rey del que nos habla la primera lectura de hoy. Y la acción de Josías es ejemplar, no la perdamos, por favor. ¿Qué fue lo que hizo Josías? Josías fue informado de un hallazgo, el sacerdote Helcías había encontrado por allá en las sacristías del templo, había encontrado el rollo, llamémoslo, original de la ley, la ley de Moisés. La mayor parte de esa legislación la tenemos en nuestra Biblia, en el libro del llamado Deuteronomio. De hecho, la palabra Deuteronomio quiere decir algo así como la segunda ley, que no es porque sea segunda en importancia, sino segunda porque fue la que se encontró después.
Es decir, de la que nos habla este texto del segundo Libro de los Reyes. Entonces, Josías recibe noticia de que se ha encontrado el libro de la ley, una ley que ellos no estaban obedeciendo, un pacto del que el pueblo se había olvidado y que, sin embargo, pues no podía estar lejos del corazón de Dios. Porque, aunque el hombre olvide, Dios no olvida. Entonces, Josías se da cuenta de la gran ofensa que se ha cometido contra Dios, nos hemos olvidado de Dios. Y Josías, como rey piadoso, se da cuenta que hay que hacer algo.
Y empieza todo un movimiento de reforma que fundamentalmente quiere devolverle a Dios su lugar, que quiere devolverle a la Alianza su importancia y que quiere devolver la obediencia al corazón del pueblo elegido. Esto vale también para nosotros, yo a veces me pregunto, no habrá llegado el tiempo en el que muchos, pero muchos, reflexionen en su corazón y piensen ¿por qué estamos como estamos? Digamos, en un país como Colombia, qué lamentable todo lo que hemos tenido que vivir en estos últimos años, qué desastre, qué escandalosa, qué vergonzosa la campaña presidencial que se ha hecho, que ha consistido fundamentalmente en atacar al oponente, qué vergonzoso todo ello.
Y la gran pregunta es ¿por qué hemos llegado ahí? No será este el tiempo en que nosotros como país nos preguntemos ¿por qué estamos así? El tiempo para preguntarnos por qué nos sucede lo que nos pasa. Y la respuesta tiene que imponerse en el corazón, nosotros nos hemos apartado de la ley de Dios, hemos alejado a Dios de los corazones, hemos sacado a Dios de las escuelas, hemos excluido a Dios de la afectividad y de la sexualidad, convirtiéndonos muchas veces en bestias marcadas por la pasión, no por un auténtico amor y entrega.
Por eso, no es maravilla que se degenere, que se deprave, que se hunda la familia, la pareja y, sobre todo, algo tan doloroso, el daño que están recibiendo tantos niños, tantos jóvenes. Eso ¿por qué está sucediendo? Eso está sucediendo porque nos hemos apartado de Dios. Entonces, ¿qué es lo que necesitamos? Lo que necesitamos es un Josías. Lo que necesitamos es que nuestros líderes, tanto civiles como eclesiásticos, nos hagan ver que el único precio que se puede pagar por apartarse de Dios es la destrucción y que, por consiguiente, el retorno al Señor es nuestra esperanza.
Volver a la obediencia a Dios, volver al amor a Dios, volver a la fidelidad para volver a encontrar la paz, para volver a encontrar la alegría. No una paz maquillada, no una paz mentirosa, sino una paz verdadera, una paz real. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de una conversión como familias, como parejas, como personas. Que nosotros, los sacerdotes, seamos realmente como Helcías, descubridores de los tesoros de la ley de Dios. Y que haya también esos Josías en nuestra Iglesia y en la realidad, en el mundo civil, para que la sociedad, volviéndose a Dios, encuentre su paz. Amén.

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