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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En la evaluación de los frutos no basta lo que digan nuestros ojos: hay que pedir a Dios el don del discernimiento.
Homilía o123004a, predicada en 20120627, con 4 min. y 54 seg. 
Transcripción:
En nuestro recorrido por el Sermón de la Montaña llegamos a una de las frases más recordadas de Cristo: «Por sus frutos los reconoceréis». Es un criterio de discernimiento que el Señor nos da y con esto quiero decir criterio para distinguir unas cosas de otras, porque eso es lo que significa discernir. Discernir finalmente es separar y darse cuenta qué es qué o quién es quién. Ese discernimiento era muy importante en la época de Jesús, porque había muchos que querían hacerse pasar por grandes maestros y querían presentarse con una tremenda autoridad religiosa, pero eran engaño. Y ese engaño, esa hipocresía, no era evidente a simple vista.
Es el caso de los escribas y de los fariseos, los escribas parecían gente muy instruida en la Palabra de Dios. Y ¿qué puede uno suponer? Que una persona que conoce mucho de la Palabra de Dios, conoce mucho qué es lo bueno y qué es lo malo y se supone que él lo pone en práctica. Pero es ahí donde se rompe la lógica, porque uno puede conocer bastante de lo que Dios quiere y, sin embargo, no ponerlo en práctica, quizás porque no le conviene, o porque no le gusta, o porque no tiene fuerzas para llegar hasta esa acción concreta y específica.
Entonces, Jesús quiere que nosotros no nos quedemos en la apariencia, no nos quedemos en aquello que simplemente parece piadoso o bueno, o fuerte o sabio, sino que esperemos un poco y miremos qué sale de ahí. Uno podía darse cuenta si acompañaba un día en la vida de un fariseo, se podía dar cuenta seguramente de muchas de esas inconsecuencias, tanta religiosidad y tanta apariencia y fachada ante el pueblo, para luego salir con otra cosa totalmente distinta en casa o en las conversaciones privadas o con los amigos.
Pero esa frase de Cristo también requiere que recordemos otro pensamiento que el mismo Señor nos dio, porque Cristo nos dijo que teníamos que cuidar nuestros ojos. Recuerdas cómo hace unos pocos días nos dijo: La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Y resulta que cuando se trata de los frutos y cuando se trata de los resultados, a veces también hay bastante ambigüedad. Pensemos en el caso de aquellos que han dividido a la Iglesia, es decir, herejes, protestantes de distintos modos y escuelas.
Alguien podría decir: Mira, nos separamos del Papa, nos separamos de la Iglesia de Roma y ahora estudiamos mucho más la Biblia y ese es un fruto que demuestra que estamos en lo correcto. O también se podría pensar en los Fraticelli, por allá del siglo XIV, que también estaban en conflicto con la autoridad del obispo de Roma y llevaban una vida de extremada pobreza, una vida hasta cierto punto ejemplar. Y uno podría decir: Nuestros frutos son frutos de penitencia, son frutos de verdadera práctica de la pobreza, mientras que el Vaticano y el Papa están nadando en riqueza.
Es muy fácil equivocarse ahí, por eso tenemos que recordar dos cosas, que cuando se habla de frutos, se habla de fruto que permanezca. El que se ponga a estudiar la historia de la Iglesia, irá viendo que prácticamente en todos los movimientos hay cosas malas y cosas buenas. Y uno siempre puede fijarse o solo en lo bueno o solo en lo malo y sacar entonces conclusiones equivocadas. Entonces, lo primero es que tu mirada tiene que ser bastante amplia para reconocer frutos de unos y de otros y no dejarte engañar.
Y lo segundo es, tener en cuenta que esos frutos muchas veces coinciden con los intereses o con el gusto de uno. Por ejemplo, si uno tiene una gran preocupación social y ve un movimiento que promueve eficazmente un bienestar para una gran parte de la población, uno puede decir, eso es bueno. Pero no te fíes solamente de tu gusto, realmente no se trata de que las cosas te gusten a ti o a mí.
Se trata de mirar, de escrutar el corazón. Y para eso, para tener esa clase de mirada, ciertamente necesitamos del Espíritu. Por eso, San Pablo también nos dice que, entre los dones, entre los regalos y carismas del Espíritu, está el don del discernimiento, cuánto lo necesitamos en nuestra Iglesia, que Dios nos lo conceda. Amén.

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