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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Soy un Dios vivo y quiero estar contigo.
Homilía o123002a, predicada en 20080625, con 35 min. y 37 seg. 
Transcripción:
Hermanos muy amados, una porción considerable del Antiguo Testamento está dedicada a contarnos la historia de los reyes de Judá y de Israel. Los libros de Samuel, que son dos, luego los libros de los Reyes, que son otros dos, y luego los libros de las Crónicas, que son otros dos. Y una parte considerable de los profetas Jeremías, Ezequiel, Isaías, Amós, Oseas y otros más, todos tienen que ver con el tiempo de los reyes. Hubo reyes en el pueblo de Dios, según nos cuenta el Antiguo Testamento.
Y resulta que la Biblia es un libro que nos da el parecer de Dios sobre las obras humanas, así como nos muestra también de qué manera Dios restituye y reconstruye al ser humano y lo levanta. Lo cierto es que, con todo lo que se cuenta de los reyes en el Antiguo Testamento, el balance es bastante pobre. Es decir, la gran mayoría de estos hombres, la gran mayoría de estos jefes y líderes reciben un veredicto bastante triste, fueron infieles, estaban al frente del pueblo de Dios, pero no supieron servir a la manera de Dios.
Muchos de ellos fueron cobardes, muchos fueron incrédulos, muchos incluso, arrastraron al pueblo hacia la idolatría. La gran mayoría de estos reyes fueron traidores, se podría decir, a la alianza, traidores a la causa de Dios. Hay, sin embargo, unos pocos reyes que sobresalen por su fidelidad, por el deseo de agradar a Dios. Por supuesto, como estrellas que brillan en un firmamento tan oscuro, nos interesan estos nombres, los nombres de estos jefes que sí quisieron ser fieles a Dios. Uno de ellos aparece en la primera lectura de hoy, es el famoso rey Josías.
Josías fue un rey que sintió en su corazón la necesidad de renovar el templo. El templo de Dios es como una casa, era como la casa de todos. Y también en las casas sucede que se acumula la basura, ¿verdad? Y en el templo de Jerusalén se habían acumulado tantas cosas y había como tanto desorden, expresión del descuido en el que había caído el culto. Pero mientras estaban haciendo como una limpieza general, como organizando la casa de Dios, organizando el templo, encontraron un rollo que contenía el documento de la Alianza.
La mayor parte de ese texto está en nuestras Biblias, corresponde a los capítulos centrales del libro del Deuteronomio, es decir, aquello que se encontró en tiempo del rey Josías, es lo mismo que tú tienes en tu Biblia, más o menos en los capítulos como del 12 al 26 o 28 del libro del Deuteronomio. Eso fue lo que encontraron, un documento de alianza con Dios. Y le fueron a contar al rey y le dijeron: Oye, mira, entre tanto desorden y entre tanta basura que hay, nos encontramos con esto, mira que hay este rollo y dice el rey: Pues léeme, a ver qué dice ese rollo.
En aquella época no había libros como estos empastados que nosotros conocemos con un lomo y con páginas, sino lo que había era rollos. Entonces, le dicen: Hemos encontrado un rollo. Y él dice: Pues léeme a ver qué dice ese rollo, que estaba por allá escondido por allá en el desorden estaba, léeme a ver qué dice. Y empiezan a leerle y empieza a Josías a darse cuenta de lo que está sucediendo, porque el tiempo en el que vivió Josías fue un tiempo de muchos males, de muchas amenazas, de muchas guerras, de mucha pobreza. Un tiempo difícil, con escasez, con conflictos.
Un tiempo sombrío, un tiempo sin ese esplendor, sin esa hermosura que uno podría esperar tratándose del pueblo elegido. Entonces, Josías empezó a relacionar lo que él veía en su pueblo, esa pobreza, esa enfermedad, esas peleas, esas amenazas y lo que estaba oyendo en ese libro nuevo que encontraron, el libro de la Alianza. Y Josías dijo: Pues claro que por esto nos está yendo mal, no ve que estamos siendo desobedientes a Dios, no ve que hemos tenido el libro de la Alianza, lo hemos tenido metido en el último cuarto, debajo de todos los trastos, debajo de toda la basura, no ve que le hemos dado la espalda a Dios. Por eso, nos está yendo como nos está yendo.
Y Josías hizo un gesto que es el gesto de dolor, luto, humillación y arrepentimiento por excelencia, se rasgó las vestiduras. Ese gesto significa, por una parte, dolor, pero también vergüenza. Es como sentir uno, esto me deja desnudo ante Dios. Josías era un hombre sensible a las cosas de Dios, pero él no podía entender por qué les estaban pasando tantas cosas como malas, por qué estaban tan decaídos, tan confundidos, tan divididos, tan enfermos, tan escasos. Él no podía entender por qué le sucedía todo eso.
Y le llevaron el libro y el rey entonces, dice: Vayan a consultar lo que dice el Señor acerca de mí, del pueblo y de todo Judá en este libro que han encontrado. El Señor está enfurecido con nosotros, nuestros padres no escucharon a Dios y no solo no escucharon a Dios, sino que no nos enseñaron a escucharlo, y no solo no nos lo enseñaron a escucharlo, sino que el libro que habla de la alianza con Dios estaba metido casi entre la basura. Esto no puede seguir así, esto no puede seguir así. Y ¿qué hizo Josías? Pues hay que contarle al pueblo esta alianza.
Tráigame ese libro y vamos a leerle a la gente la Alianza. Que la gente sepa cómo se agrada a Dios, que la gente sepa cómo se obedece a Dios. Hay que sacar a Dios del cajón de la basura y hay que ponerlo en alto en el estrado. Hay que sacar a Dios del baúl de los recuerdos y hay que ponerlo al frente de los ojos de todos. Hay que sacar a Dios de donde lo tenemos escondido y hay que levantarlo, hay que levantar la Alianza y hay que decir: Yo creo en el Señor y yo quiero obedecer al Señor. Eso fue lo que determinó Josías.
Y por eso, él sobresale como una estrella brillante en el firmamento tan oscuro de la noche, que fue el reinado de tantos hombres mediocres y cobardes en Israel, eso fue lo que hizo Josías. Y ahora ¿qué tienes que hacer tú? Lo mismo, tú tienes que hacer lo mismo. ¿Cuál es ese libro? Josías se encontró un rollo o, mejor dicho, los empleados de Josías, los de la casa real, encontraron por allá un rollo que estaba metido en el último hueco. ¿Cuál es ese libro de la Alianza para ti? Te voy a contar cuál es ese libro, porque también yo quiero que tú saques el libro de allá donde lo tienes metido.
Quiero que lo saques, quiero que lo leas, lo conozcas, lo valores, lo levantes y digas: De ahora en adelante ya sé lo que significa servir a Dios. Y ahora voy a servirle con amor, con obediencia, con fidelidad, así hizo Josías, así tenemos que hacer nosotros. ¿Cuál es ese libro para nosotros? Hay varias interpretaciones. Por ejemplo, la Biblia. Una vez me invitó una señora a su casa. Claro que después de que les cuente esta historia no es para que me dejen de invitar las señoras a sus casas. Me invitó una señora a su casa. Siga, padrecito. Pero claro, mire, ahí tenemos la biblia, padrecito.
Y efectivamente, tenían una biblia grande de esas biblias grandes, pesadas, que toca llevarlas como entre dos personas. Una biblia gigante, la tenían abierta con un dibujo de esos antiguos, esos grabados en madera de Gustavo Doré. Y ahí estaba la biblia abierta, muy elegante, se veía que era un libro que costaba mucho dinero, un libro muy pesado, y cualquiera diría: Para esta familia la biblia tiene que ser muy importante. Ja, ja, no te engañes. Resulta que la página que estaba abierta, amarilla, se ve que esa biblia no había sido abierta, sino únicamente para ponerla como un adorno, como una decoración.
Y me acerco yo para mirar la biblia y por el borde, llenita de polvo. Y trato yo de pasar unas páginas y las páginas pegadas. Te acuerdas cuando un libro está nuevo, que las páginas están pegadas, las páginas pegadas, ni siquiera habría. Podemos decir que, así como Josías encontró ese rollo que estaba por allá metido, así también esta biblia, así la tuvieran en la sala principal de la casa, es una biblia que no estaba prestando ningún servicio, era una pura decoración. No estaba desplegando su poder, su fuerza, era una biblia inútil, una biblia amordazada.
El rollo de la Alianza era para el pueblo de Israel, era la palabra contundente, poderosa y ardiente del Dios vivo. Y esa, esa alianza estaba amordazada, amordazada porque la tenían allá metida en un hueco, así como ese hueco que está allá, allá miren, todos miren ese hueco. Si ven allá el hueco que está, allá, está allá el hueco. Y allá tenían el rollo de la Alianza. Claro, esa alianza estaba ¿cómo? Amordazada, es como tener amordazado a Dios para que no me hable, como tenerlo callado, como tenerlo escondido, oprimido, reprimido. Yo hoy te invito, quítale, quítale la mordaza a tu biblia.
La Biblia no puede seguir siendo un adorno. Pero bueno, esa señora, y repito, espero que no me dejen de invitar las señoras a sus casas. Esa señora y esa casa por lo menos tenían la biblia. Hay otros que ni siquiera tienen la Palabra de Dios, la mantienen amordazada y amordazada está que ni siquiera la meten a la casa, la dejan allá en la librería, que quede allá en la librería, ni siquiera la compran, ni siquiera la tienen, ni siquiera la conocen. O sea que podemos decir que ese texto de Josías lo podemos aplicar a nuestra vida pensando cuántas biblias están amordazadas.
Hay otra aplicación que podemos hacer, las promesas que tú le has hecho a Dios. ¿Qué era la Alianza? La alianza es un pacto y un pacto se hace entre dos. Nosotros, muchas veces, hacemos los pactos dándonos la mano. Cuando se sella un negocio, las partes contrayentes o contratantes se dan la mano. Nuestra alianza es ese darle la mano a Dios o, mejor, recibir la mano extendida que Él nos ofrece. Y muchas veces nosotros hemos hecho promesas a Dios. Me voy a confesar, me voy a poner juicioso con la misa, voy a rezar el rosario por lo menos una vez a la semana.
Yo creo que este año ya no voy a seguir viviendo arrejuntado con esa mujer que estoy, yo creo que me voy a casar. ¿Cuándo le dijiste eso a Dios? Hace doce años, este año sí, este año sí, este año sí. Y no le has cumplido y no le has cumplido. Has hecho una promesa y no se la has cumplido. Es decir, tu alianza con Dios está allá en el último puesto, como si no te importara, como si Dios no se acordara, como si Dios no lo supiera. Qué cosa tan dañina es eso de prometer y no cumplir, sobre todo, prometerle a Dios y no cumplirle. Eso empobrece, envejece y acompleja.
Dios hoy te está diciendo, por medio de esta lectura y por medio de esta predicación, te está diciendo: Oye, y lo que tú me prometiste ¿qué? Sobre todo, sobre todo, yo quiero insistir en ese punto del matrimonio. Hay gente y de pronto hay gente aquí, yo no conozco a nadie, humanamente hablando. Es primera vez que vengo a esta parroquia, me parece bellísima, pero siento en mi corazón que aquí hay gente que le prometió al Señor cosas que no le ha cumplido y cosas de ese tamaño. ¿Tú crees que es poca cosa eso de arrejuntarse? Será que porque lo hace todo el mundo ya no importa.
A Dios sí que le importa. Y ¿sabes por qué? Porque cuando un hombre y una mujer dicen: Vamos a vivir así nomás, en el fondo lo que están diciendo es no me interesa que venga Dios a meterse en lo que yo amo o no amo, no me interesa que venga Dios a meterse con mi sexualidad, no me interesa que venga Dios a meterse. Este es mi terreno, este pedazo de mi vida, lo quiero solo para mí, que Dios se quede allá, eso es lo que están haciendo las parejas que viven sin casarse, eso. Lo que están diciendo es que Dios se quede allá, yo me quedo aquí, eso es lo que están diciendo, están excluyendo a Dios de su vida.
Ah, pero nosotros nos queremos, nos respetamos. Bendito Dios, si te quieres y si te respetas y si quieres a tu pareja y la respetas, ¿es que Dios acaso es un estorbo para el respeto de ustedes? Llegarás hasta el extremo de blasfemar y decir que Dios es un estorbo para el amor, esa sería una blasfemia muy terrible. Ah, pero es que los hombres, es que las mujeres, es que hoy no se puede, es que hoy no sé cuántas cosas. Tú sabes muy bien que le has prometido al Señor, tú le has prometido al Señor. Pero yo sí quiero, pero lo que pasa es que él no quiere, casi siempre es el hombre el que está más dudoso. Yo sí quiero, padrecito, pero lo que pasa es que él no quiere.
Punto número uno, y no te parece que antes de irse a vivir, de irte a vivir con ese hombre tenías que haber hablado esto bien clarito. Sí, pero es que la feroz risa no dejó. Y ¿ahora? No, pues toca seguir así, toca seguir así, pero ahí vas recibiendo tu renta, toca seguir así, pero ahí vas recibiendo tú el cariño y la caricia y el dinero y vas recibiendo las cositas que tú quieres. Entonces, hoy el Señor despierta tu conciencia y la mía. Hoy el Señor nos está diciendo: Y de lo que tú prometiste ¿qué? Lo que tú prometiste ¿qué, en qué quedamos?
Eso no es nada más que hicimos una alianza y que venga y la metemos por allá debajo, eso fue lo que hicieron los israelitas. Tenían el libro de la Alianza y para que no les estorbara, entonces tanto como romperlo y como quemarlo, no llegaron hasta allá, pero sí lo metieron por allá, en el último rincón, allá donde no se note que está por allá. Y así hacemos muchas veces nosotros, queremos tomar a Dios y meterlo en el último rincón donde no, donde no haga ruido, donde no se meta con mi vida.
Y hoy te dice Dios por medio del ejemplo de Josías: Sácame, sácame de ese cajón donde me has metido, sácame de ese cuarto oscuro, sucio, lleno de polvo donde me has metido, sácame de ahí. Yo no quiero estar más oculto, yo no quiero estar más escondido, yo quiero que me levantes, quiero que me levantes, quiero que me conozcas, quiero que recibas la luz que he traído para ti, eso es lo que te está diciendo el Señor. Por eso hoy, mis hermanos, hoy tenemos que decirle al Señor: Perdónanos. ¿Qué fue lo que hizo Josías? Se arrepintió no solo por él, sino por su pueblo.
Y dijo: Pues por esto nos pasa lo que nos pasa. Por esto, porque empezamos por traicionar a Dios. Y ¿qué hizo él? Se arrepintió y entonces hizo el gesto propio del arrepentimiento, se rasgó las vestiduras y dijo: Esto sí es muy triste, esto que nos ha sucedido. Hoy el Señor te invita a mi hermano a que tú saques a Dios de ese cajón, saca a Dios de ese cuarto donde lo has metido. ¿Sabes cuál es ese cuarto? Yo te lo voy a contar, ese cuarto se llama la infancia. Tú sabes lo que le sucede a mucha gente, sobre todo, a nosotros los hombres, a los varones, quiero decir.
Cuando éramos niños, la mamá nos llevaba a la iglesia. Pero después, llegó una hora en que nos avergonzamos de Jesús y nos avergonzamos de que nos vieran arrodillados y nos avergonzamos de que nos vieran en la iglesia y por vergüenza empezamos a dejar de venir. Ya no más iglesia, ya no más sacerdotes, ya no más confesión, ya no más misa, porque ahora yo soy un hombre, un hombre grande, un hombre fuerte. Yo grito, yo mando, yo regaño, yo insulto. Me volví grande, fuerte. Usted no es fuerte, lo que es, es gordo, que es distinto. Entonces ¿qué ha pasado con nosotros?
Que tomamos la fe bendita que nuestras abuelas y nuestras mamás quisieron darnos. Y la metimos en un cuarto que se llama, los recuerdos de la infancia. Allá dejamos metido el libro de la Alianza, los recuerdos de la infancia. Y empezamos a llevar nuestra vida como se nos dio la gana llevarla. Y muchas veces, hemos llevado una vida contraria al parecer de Dios, una vida en desobediencia a la alianza de Dios. Y hoy, qué nos está diciendo Dios a través del ejemplo de este maravilloso rey, el rey virtuoso Josías, ¿qué nos está diciendo? Sácame de ese cuarto.
Yo no quiero ser un recuerdo bonito únicamente en tu vida, yo no quiero quedarme únicamente como un recuerdo de cómo tu mamá rezaba, cómo tu abuelita rezaba. Yo no quiero ser un recuerdo por allá, dulce, vaporoso, entre nubes, de una época que quedó hace mucho tiempo y que está ya metida lejos, yo no quiero ser un Dios de lejos. Yo quiero ser un Dios cercano, yo quiero ser un Dios que está en el centro de tu existencia, eso es lo que quiere decirte el Señor. Sácame de los recuerdos de la infancia, pon a prueba mi Palabra, conoce mi Evangelio y verás que yo no soy simplemente un dulce recuerdo por allá de otras épocas.
A veces pasa, uno de sacerdote ve tantas cosas, mis hermanos, a veces pasa que uno está en un funeral y la que ha muerto es una mujer, una señora. Y uno ve el desconsuelo, el dolor de tantas personas, porque tal vez era una mamá. Y la gente llora y llora y con un dolor apenas entendible, es decir, perder la mamá, Dios mío, es muy duro, muy duro. Pero no solamente hay lágrimas porque se fue, muchas veces hay lágrimas porque yo no le hice caso. Una vez me decía un hombre que lloraba, pero ustedes no se imaginan con cuánto dolor lloraba ese hombre.
Y yo trataba de consolarlo un poco, pero es tan difícil decirle a una persona en esas circunstancias, decirle algo. Ay, padre, esto es muy duro, me decía, esto es muy duro, esto es muy duro. Y yo, pues claro, ¿qué le podía decir? Yo trataba de estar ahí de pronto, un abrazo, tratar de hacer un poco de presencia. Y sin que yo le dijera nada, me dijo el hombre: Y sabe qué es lo que más me duele, padre, que se fue mi madre, que se fue mi mamá y no vio lo que quería ver. Ella me dijo muchas veces: Mijo, mi único sueño es que yo quiero verlo a usted bien casado, mijo. Y yo, por terco la dejé irse así y nunca me vio así.
Y ¿sabe por qué? Porque ese hombre, cuando era niño, la mamá lo llevaba a la iglesia. Pero eso duró hasta los 10, 12 años. Y luego él se apartó, y luego él empezó a pensar que era cosa de afeminados, que era cosa de viejitas rezanderas ir a la iglesia y ya no volvió. Y ya entonces, sintió que era muy duro remontar la cuesta para llegar al matrimonio, porque dijo de aquí a que yo me arrepienta, de aquí a que yo me confiese, de aquí a que yo me acuerde cómo es que se dice el Padre Nuestro. Y mientras él estaba pensando en todo lo difícil que era volver a Dios, la mujer que le había pedido tantas veces, por lo menos dame este gusto, ya se había muerto.
Y ustedes ¿cómo creen que se sentía ese hombre en ese momento? Entonces ¿qué había hecho ese hombre? Había metido la religión en el cuarto de los recuerdos de la infancia, como si Dios fuera únicamente un Dios para la infancia y no un Dios para la juventud, como si Dios fuera únicamente un Dios para esa edad temprana, tal vez inocente, y no el Dios, como es en verdad, el Dios que quiere darte su fuerza, su luz, su verdad, su poder, su amor, su amistad en todo trance de tu existencia. Dios a través de Josías nos está dando un ejemplo muy grande: Sácame de ese cuarto, sácame de allá.
Quiero ser un Dios vivo, desátame, desátame, desátame, quítame la mordaza. Quiero ser un Dios que te habla, quiero ser un Dios que te trata, quiero ser un Dios que te abraza, quiero ser un Dios que te transforma. Ponme a prueba y descubrirás que estoy contigo, ponme a prueba y verás que soy capaz de sanarte, que soy capaz de renovar tu vida, ponme a prueba. Sácame de allá, desátame. Hoy te está diciendo el Señor. Eres capaz de creerle eso, eres capaz de creerle, eres capaz de creer que su poder no solo está intacto, no solo está intacto, sino que no tiene medida, no tiene medida su poder.
No hay un número que pueda dar razón del poder de Dios, no hay un número que pueda describir la misericordia del Altísimo, no hay un número que pueda abarcar la sabiduría del que todo lo puede, el único que merece adoración y gloria, no hay un número. Hoy el Señor nos da una enseñanza muy clara a mis hermanos, muy clara. Hoy el Señor te mira y te escruta hasta lo profundo del corazón y hoy te dice: Sácame del baúl de los recuerdos, sácame del cuarto de tu infancia dorada, sácame, desátame porque hoy quiero hablarte. Hoy quiero que me conozcas, hoy quiero que sepas de qué soy capaz, hoy quiero que experimentes mi amor, amor de verdad, amor que sana, amor que cambia.
Y hoy, hoy nosotros le vamos a recibir ese amor al Señor. Hoy le vamos a decir: Tú, Señor, ya no eres un Dios muerto para mí, ya no eres un Dios que se quedó allá en el pasado. Hoy eres el Dios vivo y un Dios vivo ¿en qué se manifiesta? Nos lo dice muy claramente el profeta Isaías cuando hace la comparación con los ídolos. Dice el profeta, refiriéndose a los ídolos: Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, no hay aliento en sus bocas, no tiene voz su garganta. El Dios vivo es el Dios que habla, el Dios vivo es el Dios que sana, el Dios vivo es el Dios que te cuestiona, que te remueve.
Es el Dios que te dice: Oye, oye, tu vida me interesa. Oye, tu vida me interesa. Es el Dios que te dice: A mí no se me olvida lo que me prometiste una vez, te acuerdas cuándo me lo prometiste, a mí no se me ha olvidado. Y a mí tampoco se me ha olvidado, dice Dios, tampoco se me ha olvidado mi parte. Y la parte que Dios te prometió y la parte que Dios te quiere cumplir es: Yo voy a estar contigo, yo te voy a defender. Y esa parte Dios la quiere cumplir, pero dale permiso de que la cumpla, dale permiso, tráelo, sácalo de por allá donde lo tienes, saca esa fe de por allá. Saca esa fe y hazla realidad en tu vida.
¿Qué hizo Josías? El pasaje de hoy termina así: «De pie sobre el estrado y en presencia del Señor, renovó la Alianza, comprometiéndose a seguir al Señor y a cumplir sus preceptos, normas y mandatos con todo el corazón, con toda el alma y a poner en vigor las palabras de la Alianza escritas en el libro». Esto es lo que yo quiero de ti, que tú resueltamente digas: Hoy renuevo mi alianza con Dios, hoy saco a Dios del baúl de los recuerdos. Hoy le digo al Señor: Perdóname por tanto tiempo que te sepulté como si fueras letra muerta, tú que eres el Dios que da la vida.
Muéstranos, Señor, el camino de tus leyes, decíamos en el salmo. Hoy el Señor te invita a aceptar su Palabra y renovar la alianza. ¿Quieres eso? Quieres eso o vas a seguir con ese Dios, allá escondido, con ese Dios amordazado para que no te incomode la conciencia, tal vez. Vas a seguir con ese Dios amordazado para que no te recuerde en donde está el camino verdadero, ¿vas a seguir con ese Dios amordazado? Yo creo que tú no quieres seguir con ese Dios así, yo creo que tú quieres un Dios vivo que sea capaz de salvarte en la hora del peligro, que sea capaz de sanarte, porque ¿quién no ha tenido heridas?
Yo creo que ese es el Dios que tú quieres. A mí me parece adivinar en tu rostro que ese es el Dios que tú quieres, el Dios vivo, el Dios que toma tu existencia y que te dice: aquí estoy, el Dios que extiende su mano y te libera, ese es el Dios que tú quieres conocer. Es así o no es así, mis hermanos. El que cree que eso es así, que diga amén. El que esté convencido de que hay un Dios con el que se puede celebrar alianza y un Dios que cumple las promesas, que diga amén. El que esté convencido de que vale la pena sacar a Dios del baúl de los recuerdos y levantar en alto su Palabra y decir a este Dios voy a servir, que diga amén. Amén, mis hermanos, amén.
Vamos a ponernos de pie. Tráeme agua, por favor. Vamos a empezar aquí nuestra oración. Por eso teníamos que predicar primero, porque un Dios muerto no sana, un Dios muerto no puede sanar. Si tú tienes un Dios amarrado, amordazado, ese Dios no va a hacer nada en tu vida. Pero si tú crees en el Dios vivo, ese Dios sí se mete contigo, ese Dios sí entra con poder, como un torrente que te renueva, que te levanta. Ese es el Dios en el que yo sé que tú quieres creer y ese es el Dios que se mostró en el corazón bendito de Jesús, que por eso está ahí en este mes del Sagrado Corazón. Amén.
Vamos a pedirle a ese Señor que se glorifique. Yo quiero que Dios se manifieste poderosamente, maravillosamente. Sabe ¿por qué lo quiero? Porque me gusta, me gusta que Dios se luzca, me gusta que brille la gloria de Él. Yo no soy, yo no soy nadie, yo soy un accidente aquí, yo soy, soy un pasajero. Hoy estoy, mañana no estoy. Yo soy un accidente aquí. Pero Él, el Señor, Él sí permanece, Él sí permanece y Él sana y Él salva.

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