Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La ley es una palabra saludable para el que se encuentra extraviado.

Homilía o123001a, predicada en 20000628, con 10 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Dicen los estudiosos del Antiguo Testamento que ese famoso librito, del que nos habló la primera lectura de hoy, no es otra cosa sino el Deuteronomio. Probablemente no todo el Deuteronomio, sino los capítulos como 12 a 27 o 28, lo que se llama el código deuteronómico. Una recopilación de disposiciones legales que tienen cierto parecido con el tono del Éxodo y que se atribuyen también a Moisés.

Lo que nos ha contado entonces esta primera lectura es cómo, después de unos tiempos de confusión, el sacerdote Helcías descubre este documento de la Alianza y desde él, desde ese documento, desde el sacerdote Helcías y desde la actitud del rey, surge una actitud también de renovación, podemos decir, dentro del pueblo entero. Ahora bien, este hecho trae enseñanzas para nosotros. Yo quisiera sacar unas dos aplicaciones de esta lectura. Primera, en nuestro tiempo la palabra ley o lo que tenga que ver con la ley no tiene muy buena propaganda.

Nosotros, de pronto, hemos subrayado solo los aspectos negativos de la ley, quizás por estar acostumbrados a la polémica contra los judaizantes que tuvo el apóstol San Pablo y que ocupó una parte importante de su ministerio. Quizás, porque nuestra naturaleza rebelde siente que donde hay menos leyes, hay más libertad, para nosotros hay una proporción inversa entre la ley y la libertad. Tener libertad es poder hacer lo que yo quiera, esa es la definición moderna de libertad. Por consiguiente, una restricción a lo que yo quiera, es decir, una ley, es una limitación a la libertad.

Como todo el mundo quiere ser libre, pues eso también significa, la gente quiere el número mínimo de leyes. Nada de extraño que cuando se hable de una ética civil, cuando se hable de una tolerancia, de una convivencia social, se busque el mínimo de leyes. Usted tiene un parecer sobre la religión, pero otros ciudadanos tienen otro, de manera que tenemos que buscar es el mínimo común denominador, porque la ley es una limitación de la libertad. El pueblo de Israel no mira a la ley de esa manera.

Si nosotros meditamos ese salmo, el más largo de la Biblia, 169 en la numeración de la Biblia, el salmo de elogios a la ley, prácticamente agota los adjetivos para ponderar la belleza, la dulzura, la sabiduría de la ley: La ley que es descanso del alma, la ley que ilumina los pasos, la ley que es agradable al paladar, la ley que es luz para el pensamiento. Y seguramente, desde nuestra mentalidad moderna nos preguntamos cómo es posible que se digan tantas cosas tan bellas y tan buenas sobre una cosa que solo sirve para limitar la libertad.

Pues es que la ley en la Biblia no es una limitación de la libertad. Podemos hacernos una idea de lo que significa ley y, por tanto, de lo que significa este descubrimiento que hizo el sacerdote Helcías, si pensamos en una persona que está perdida, por ejemplo, en una ciudad extraña. Una ciudad extraña y un idioma extraño. Pues, a mí por lo menos me pasó eso alguna vez, en la ciudad de Budapest, estaba allá por motivo de aquellos compromisos de las Olimpíadas de Matemáticas y salí a darme una vueltecita y la vueltecita fue que me perdí.

Muy iluso yo caminando por las calles de Budapest, perdido y realmente mi húngaro no servía para mucho. En ese extravío, no sé cómo logré hacerme entender de un agente de seguridad, de un agente de policía. Y él, tampoco sé cómo se hizo entender. Sé que hablaba algo de inglés y me indicó un camino, yo le entendí. El lenguaje de él era imperativo: Usted debe coger, usted debe tomar esta vía, debe seguir por aquí, debe voltear allá, debe ir a tal parte, debe buscar este monumento. Todas esas indicaciones me las daba en términos de deber, usted debe.

Pero para mí, cada uno de esos deberes era una salvación, que a mí alguien por fin me diga cómo orientarme y cómo salir de ese extravío en el que me encontraba, esa era una salvación para mí. Aunque el lenguaje estuviera puesto en palabras que no eran agradables a mis oídos, el mensaje, el contenido era salvación para mí. La persona que está extraviada, la persona que no sabe qué hacer con su vida, la persona que ha sido engañada, utilizada de muchas maneras, esa persona necesita una ruta, necesita una instrucción, necesita a veces casi una receta y recibe esa receta de una manera jubilosa, de una manera gozosa.

La ley en el Antiguo Testamento es eso, es esa palabra que hace que la persona que se sentía extraviada pudiera encontrar un camino y pudiera decir: Ahora sé para dónde voy. Desde luego, el presupuesto para recibir la ley así, es que la persona se haya dado cuenta de su propia limitación, como, por ejemplo, mi limitación de húngaro y de geografía urbana en Budapest. Solo cuando la persona percibe su propia limitación y se da cuenta de que se le está acabando la vida y de que no logra lo que quería, no logra ser feliz, solo en esa situación de extravío la ley es una palabra saludable.

Por eso, si volvemos sobre nuestro tiempo, de pronto lo descubrimos mucho menos enemigo de la ley de lo que nosotros creíamos. Las personas están mucho más dispuestas a seguir instrucciones de lo que nosotros creemos, porque están mucho más perdidas de lo que ellas mismas estarían dispuestas a admitir. El ser humano de nuestro tiempo, el hombre de nuestro tiempo, no es que sea difícil de manejar, sino que es manejable o es manipulable de otras maneras, pero se le logra programar increíblemente.

Qué música vas a oír, qué valores morales vas a tener, en qué fiestas vas a estar, todo eso se puede programar en una persona casi con la misma, con el mismo margen de seguridad que se logra en un computador. Tú vas a hacer esto, esto y esto. Son nuevas leyes, son nuevos rituales, son nuevos preceptos y la gente es tan obediente a esos preceptos como cualquiera. Un ejemplo típico está en el asunto de la música. La música nos la programan, no hay nada que hacer, la programan. Qué música le va a gustar a la gente, qué música va a oír, eso lo programan.

Y la gente responde a esa programación y compra lo que tiene que comprar y se viste como se tiene que vestir, se peluquea como se tiene que peluquear, habla como tiene que hablar. Y luego, cuando le llega la edad, comete los mismos pecados que todos los de su generación y luego repite los mismos esquemas. Nuestro mundo, aunque reniega de la ley, sigue leyes, solo que no sabe cuáles leyes está siguiendo porque tampoco sabe cuál es el príncipe de este mundo. Con ese descubrimiento en mente, también tenemos o podemos recuperar la alegría y el sobrecogimiento de este rey Josías cuando dijo: Pues claro que esto era lo que me estaba faltando.

Y eso es lo que también quisiera yo que sintiéramos, esa es la segunda aplicación que quisiera que hiciéramos, que descubriéramos que esa alianza que está como olvidada, por ejemplo, un católico puede aplicar esta lectura a su bautismo, esa alianza que está olvidada, que está sepultada allá en mi pasado, esa es la fuente de mi vida, ahí están las cláusulas. Ya nosotros no diremos lo de Josías, Dios debe estar bravísimo conmigo, debe estar enojado, aunque no hay que olvidar la justicia de Dios.

Sino sobre todo diremos: Qué paciencia me ha tenido el Señor, con cuánto amor me ha esperado. Esta es la alianza en la que yo tengo vida. Voy a renovar esa alianza, alianza que se renueva por la sangre de Cristo en el sacramento de la confesión y luego por el amor, el pan de Cristo, la sangre de Cristo en la Eucaristía.

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