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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aferrados a la fe seremos victoriosos, el mal no tiene la última palabra; convencidos de que Dios lo va a lograr, aunque no sepamos cómo lo va hacer.

Homilía o122011a, predicada en 20220621, con 4 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, pocas cosas hacen que el orgullo crezca tanto en una persona como el sentir que sus empresas, que sus proyectos van bien. Podemos decir que el éxito es el alimento más peligroso para el perverso, para el malvado. Porque en la medida en que las cosas le van saliendo bien, en la medida en que va logrando sus propósitos, va creciendo también su ego y va creciendo la idea de que todo lo podrá lograr y que se va a salir siempre con la suya.

Eso fue lo que le sucedió a Senaquerib, el rey de Asiria. Después de las conquistas que habían logrado los asirios prácticamente arrasando con el Reino del Norte, el Reino de Israel. Pues para ellos lo que seguía de una manera muy natural, de una manera muy obvia, lo que seguía era el Reino del Sur, el Reino de Judá que tenía por capital a Jerusalén. No se nos olvide. El pueblo de Dios estaba dividido en Reino del Norte y Reino del Sur. Y el Reino del Norte que tenía capital en Samaria había caído. Entonces para Senaquerib era obvio. Aquí lo que sigue es la caída del Reino del Sur.

Es decir, si me ha ido bien en el pasado, pues me tiene que ir muy bien también en el futuro. Es decir, él estaba lleno de vanidad, lleno de arrogancia. Con lo que él no contaba era con la fe del Rey de Judá. Decíamos ayer que cuando se pierde la fe, se cae en fragilidad y se cae en una debilidad que nos hace plato fácil de nuestros enemigos. Por el contrario, cuando la fe permanece firme, entonces también somos fuertes. Pero aquí hay que decir algo que es muy importante, y es que la fe nos asegura el qué, pero no nos cuenta el cómo.

Ojo con eso, se lo repito. La fe nos asegura el qué. El qué es la victoria de Dios. El qué es que el mal no se va a salir con la suya. El qué es que nosotros somos salvos y seremos salvos. Ese es el qué. El cómo, no se lo exijamos a Dios. O por lo menos no le exijamos que nos lo tiene que contar por anticipado. Dios no tiene qué. Dios no tiene que contarnos el cómo.

Y esa es la grandeza de la fe del Rey de Judá. Que él no le exige a Dios el cómo, sino que él tiene la certeza. Dios nos va a salvar. Vendrá el auxilio de Dios. ¿Cómo vendrá el auxilio de Dios? No lo sabemos. La fe me aferra al qué. El cómo se lo dejo a Dios. Y esto es muy hermoso, porque en el cómo, es decir, en la manera como Dios nos salva, en la manera como Dios hace las cosas, siempre habrá motivo de asombro. Por eso tantas veces en la Biblia vienen esas expresiones, cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Porque un cántico nuevo? ¿Sabes por qué? Porque la obra que Dios hizo fue inesperada. Porque Dios se salió con la suya y ni siquiera podíamos imaginar lo que iba a hacer.

Acuérdate cuando llegó el pueblo hebreo a orillas del Mar Rojo. ¿Qué va a hacer Dios aquí? Vino una obra maravillosa que fue cuando se abrió un camino por entre las aguas del Mar Rojo. Pero, por supuesto, donde las obras de Dios desbordan todo pensamiento y toda imaginación. Indudablemente fue en la resurrección o la Resurrección de Jesucristo. No solo superó. No solo superó, nos dice Santo Tomás de Aquino, a los pensamientos humanos, sino a los pensamientos de los ángeles mismos.

Por eso, aferrados a la fe, sostenidos por la fe, seremos victoriosos en la fe. Ciertos de que Dios lo va a lograr y confiados, aunque de momento no sepamos cómo lo va a hacer. La gloria sea para Él.

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