Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La empatía humana es un buen comienzo para sacarnos del individualismo y orientarnos hacia la solidaridad; pero esta sola empatía tiene límites bien marcados: deja al malvado a que se hunda en su maldad; se frena cuando empiezan a afectarse los propios intereses; lleva cuentas y desde ellas pone límites a su generosidad. La caridad cristiana, en cambio, va más allá, pero para eso necesita tomar una senda estrecha, como enseña el mismo Cristo.

Homilía o122010a, predicada en 20200623, con 16 min. y 37 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos queridos. Hoy, con tantos sufrimientos que está padeciendo el mundo entero, por ejemplo, por obra de esta pandemia, hoy se habla mucho y está bien que se hable de solidaridad, se habla mucho de empatía. Yo quisiera que a la luz del Evangelio que acabamos de oír, veamos un par de características que son típicas de la empatía cristiana.

¿Qué significa empatía? Páthos en griego indica un afecto, una emoción, un sentir. La empatía es conectar con el sentir de la otra persona. Algo así como ponerse en su lugar. Es algo que nos humaniza profundamente. En efecto, la obra del individualismo es no preocuparse por nadie, sino solo por mí. No interesarse por ningún otro plan, sino únicamente el mío. No trabajar por ningún objetivo, sino solamente el que a mí me interesa. Eso es lo propio del egoísmo, del individualismo.

La empatía es algo maravilloso que nos humaniza porque nos saca de ese límite estrecho de nuestros intereses, de nuestras metas y nos pone en el lugar de la otra persona. La empatía es el primer paso para todo lo que venga después de solidaridad, colaboración, cooperación, compasión. Ninguna de estas hermosas palabras será realidad si no empezamos por ponernos en el lugar del otro, por descubrir en el otro una persona semejante a mí. La empatía, pues, es en sí misma un valor muy bello. Y debemos dar gracias a Dios que muchas personas han desarrollado esa clase de sentimiento, porque repito, es algo que nos humaniza.

Pero inmediatamente nos hacemos una pregunta ¿esta empatía qué rostro particular tiene? Cuando nosotros hablamos del cristianismo, pensemos por ejemplo, en el sacrificio de Cristo en la cruz. No se trata simplemente de empatía. Hay algo mucho más grande ahí, eso grande que hay ahí. Eso es lo que queremos descubrir. No es simple empatía humana, hay algo más. Y ese más es el que por ahora vamos a llamar empatía cristiana. Para descubrir lo típico, lo propio de la empatía cristiana, una buena idea es darse cuenta de que la simple empatía humana, a pesar de todo lo bueno que tiene, se queda corta en ciertas circunstancias. Voy a dar unos dos o tres ejemplos.

Piensa en el caso de un criminal. A nosotros, a la inmensa mayoría de los seres humanos, nos resulta sencillo hacer procesos de empatía con la persona que sufre y por eso nosotros nos damos cuenta que uno puede tomar empatía hacia la víctima. Si una persona fue lastimada, tratada con injusticia, torturada, violada, su dolor despierta algo muy fuerte en nuestras entrañas. No nos cuesta mucho ponernos en el lugar de esa persona. Pero si alguien nos dijera. Ten un poco de empatía o un poco de comprensión, una palabra semejante en este caso, ten un poco de comprensión o de empatía hacia el criminal, el que cometió el robo, el que cometió el abuso. Tal vez nosotros sacudiremos las manos y la cabeza y diríamos yo no quiero tener esa clase de empatía con esa persona, porque es una persona cruel, porque es una persona injusta, porque es una persona que ha hecho daño. Yo no quiero tener esa conexión con esa persona.

Pero si nosotros miramos a nuestro Señor Jesucristo, encontramos que Él tiene un exceso de comprensión. Va más allá de lo simplemente común y normal, entre comillas normal. Observa cómo Cristo, ya lo mencionábamos hace poco, cómo Cristo toma una actitud de compasión hacia el criado de un centurión romano. Y los romanos eran paganos y eran abusadores. Y eran crueles y eran idólatras. Y este era el criado de un romano. Pero el sentimiento de Cristo va más allá de la simple empatía humana, guiado por la empatía humana, por la sola empatía humana. ¿Qué empatía se puede tener con el problema que tenga un romano? Para muchos judíos, y me disculpan la palabra que suena tan dura, para muchos judíos esos romanos eran unos malditos y cualquier desgracia que les cayera era poca. Pero Cristo va más allá de ese límite y esto nos llama la atención.

Lo mismo sucede en la cruz. En la cruz Nuestro Señor Jesucristo hace una oración, ni más ni menos que por las personas que lo están crucificando sus propios verdugos. Analicemos eso. Observemos que cuando Cristo dice perdónalos. Esa es la oración de Cristo. Cuando Cristo dice perdónalos porque no saben lo que hacen. Al decir Cristo perdónalos. ¿Qué está diciendo? Está diciendo que su condición es pésima, que el peligro de su alma es terrible. Es decir, Cristo está mostrando que su compasión, que la misericordia de su corazón va más allá, más allá de la simple empatía humana.

La empatía es lo que se enuncia en el texto del Evangelio que hemos oído. Ahí donde dice Hagan a los demás como quieren que los demás los traten a ustedes. Pero claramente Cristo va mucho más allá de esa medida. Mucho más allá. Entonces, hay un límite en la empatía humana, que es el límite frente a la maldad. No queremos tener empatía con la gente cruel ni con la gente mala. Esos que se pudran y que sufrano o como pensaban aquellos judíos por malditos.

Otro límite de la empatía humana. Cuando mi propio interés está en juego. Cuando mis intereses están en juego. Hay un pasaje del Evangelio que tiene que ver con esto. Resulta que a Cristo lo invitan a una cena. El que lo invita es un fariseo y de alguna manera se metió en ese lugar, decimos en mi país se coló, se metió sin ser invitada. Una mujer conocida por su vida escandalosa, una pecadora pública. Esta mujer hace toda una escena. No es solamente que está ahí presente, sino que besa los pies de Cristo, los humedece con su abundante llanto, seca los pies de Cristo con sus cabellos. La escena es terriblemente incómoda para este fariseo.

Lo poco que él podía creer de Cristo como profeta se destruye ahí. La imagen de Cristo se acaba ahí y nos damos cuenta de que a Cristo parece que le importaba muy poco su imagen, porque de hecho pone a esa mujer como punto de referencia no solo para el fariseo, sino para todos los que estaban en la cena. Y de hecho, el fariseo termina regañado porque Cristo dice Tú ni siquiera me lavaste los pies, ni ordenaste que me los lavarán. Ella no ha cesado de lavarlos con su llanto. Y con otras palabras parecidas Cristo pone por encima la imagen de ella. Y Cristo tenía pésima fama. Pero parece que Cristo no cuidaba tanto su fama.

En otro pasaje, Cristo se queja de que la gente rechazó a Juan Bautista porque Juan Bautista llevaba una vida de penitencia brutal, excesiva. Y entonces la gente decía tiene que estar endemoniado para hacer esos ayunos que hace. Y como Cristo comía y bebía con los pecadores, entonces decían que era un glotón y un borracho. Pero Cristo no se deja llevar por eso. La persona que tiene simple empatía humana siempre está cuidando sus intereses. Es decir, yo voy a ayudar, pero que mi economía siga fuerte. Yo voy a ayudar, pero que no se vaya a dañar mi imagen. Yo voy a ayudar, pero que yo no pierda nada.

La empatía humana tiene ese límite que es el límite de la sola filantropía, una palabra que hoy se utiliza con demasiada frecuencia, a veces con justicia, a veces no. Filantropía es como ese deseo de hacer el bien a otros. Pero hoy esa palabra está completamente desvalorizada. Desde que llaman, por ejemplo a George Soros, lo llaman filántropo. ¿Filántropo George Soros? un hombre que está promoviendo la destrucción de la familia y la propagación del aborto en todas partes. ¿Ese es un filántropo, eso es buscar el bien de la humanidad? Dejemos ese tema ahí.

El hecho es que la caridad de Cristo va mucho más allá de la filantropía. Va mucho más allá de la simple empatía humana, porque la empatía humana se detiene cuando empiezan a ser perjudicados los propios intereses. Si Cristo no hubiera sido Cristo cuando empieza a darse cuenta, ¡hombre que estoy perdiendo imagen!. Hoy muchos políticos tienen lo que se llama asesores de imagen. Yo tengo que estar en un rating alto. Tiene que haber un porcentaje alto de personas que aprecian, que valoran la gestión de gobierno que estoy haciendo.

Muchas veces viven de la imagen, de la opinión pública y de las encuestas. Cristo no vivía de eso. Entonces hemos encontrado dos límites de la empatía humana. La empatía humana se detiene frente a los malvados y ya no quiere comprenderlos. Cristo no, no se detiene. La empatía humana se detiene cuando empiezan a perjudicar mis intereses. Cristo no, no se detiene por eso. Cristo es capaz de entender lo que está sucediendo en el corazón de esa mujer. Y posiblemente no hay vida más diferente que la de esa mujer y la del Hijo de Dios encarnado. Pero Cristo tiene la capacidad de entender lo que está sucediendo ahí. Bendito nuestro Señor Jesucristo.

Y hay un último elemento de la empatía humana que está muy relacionado con los anteriores que he mencionado. Y es que la empatía humana, la simple empatía humana, siempre tiene un límite. En cambio, de la caridad, nos dice el apóstol San Pablo espera sin límite, perdona sin límite, sin límite, sin límite. Acuérdate cuando Pedro le dice a Cristo ¿Cuántas veces toca perdonar? ¿Cuántas veces? Siete. Ya le parecía un número muy grande a Pedro. Cristo dice setenta veces siete. Modo figurado de decir muchísimas veces, todas las que sean necesarias.

Entonces, si queremos hablar de empatía, que repito es una cosa buena, pues hablemos de empatía cristiana, que es una cosa excelente. Y la empatía cristiana, si le queremos dar ese nombre, es aquella mirada de misericordia que no solo se queda en los buenos que padecen, sino también en los malos que han hecho padecer. Si la empatía humana se preocupa de aquellos que sufren, la empatía cristiana, tanto se preocupa de ellos que incluso si eso me perjudica y trae sufrimiento a mi vida, lo acepto por amor a ellos. Si la empatía humana siempre tiene un límite, la empatía cristiana también tiene un límite. Pero ese límite es únicamente el límite de la misericordia de Dios. No quiere parecerse a otra cosa, sino la misericordia de Dios.

¿Y por qué lo llamo un límite? Porque la empatía cristiana no tiene que ver con la complicidad. En el momento en el que la comprensión se vuelve complicidad. Ahí estamos, por fuera de la empatía cristiana. Pero el único límite de la empatía cristiana es la misericordia divina del cual hemos dicho Me acepta como soy, pero no me deja donde estoy.

Cristo, en el Evangelio de hoy, nos invitó a una empatía. Claro que sí. Pero es una empatía de otro nivel. Y esa empatía de otro nivel es lo que hace que la vida cristiana sea el camino estrecho que él mismo dijo. No es un camino fácil, no es fácil. Si te quedas en la empatía humana es más o menos fácil. Pero si te subes guiado por la gracia, sostenido por la gracia y con la luz de la sabiduría que te da el Espíritu, si te subes al nivel de la empatía cristiana, allá, eso es otra cosa, ya eso es otra cosa. Pero esa otra cosa, esa otra realidad que está palpitando en el corazón de Jesús, esa es la que nosotros necesitamos, esa es la que el mundo necesita y esa es la que estamos llamados a ofrecer en el nombre de Jesús.

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