Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El cristiano que es consciente de lo que ha recibido sabe también lo que implica desear lo mismo para su prójimo.

Homilía o122005a, predicada en 20120626, con 4 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Seguimos avanzando en nuestro año litúrgico que significa haciendo de nuestro tiempo una ofrenda agradable a Dios. Porque esa es la liturgia, es ofrenda, es ofrecimiento. La verdad es que Dios nos ofreció a su Hijo Jesucristo y por eso en Cristo nosotros mismos somos ofrenda agradable al Padre Celestial ¿y le ofrecemos entonces qué? le ofrecemos nuestro tiempo, le ofrecemos nuestra inteligencia, le ofrecemos nuestras alegrías y tristezas. Ese es nuestro culto razonable, nos dice el apóstol San Pablo en su carta a los Romanos.

Así que el año litúrgico no es otra cosa sino el ofrecimiento, la ofrenda de nuestro tiempo como expresión de gratitud y, sobre todo, expresión de amor a Dios nuestro Padre. En esta parte de nuestro año litúrgico estamos escuchando el Sermón de la Montaña. Son los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo, capítulos que constituyen el discurso o la serie más larga de las palabras de Cristo en toda la Escritura. Ya estamos en el capítulo séptimo y aunque el pasaje de hoy es más bien corto, no carece de interés y ciertamente tiene bastante para darnos.

Yo quiero destacar dos frases que parece que estuvieran en ligera contradicción una con la otra. Jesús dice: Tratad a los demás como queráis que os traten. A este modo de comportamiento se le suele llamar la regla de oro y aparece con distintas palabras entre los musulmanes, entre los judíos, también la gente que no tiene fe, también los ateos suelen utilizar como criterio de comportamiento aquello de tratar a los demás como yo quiero que me traten. Pero luego hay otra frase de Cristo en la que él dice que la entrada al Reino de los cielos va por la puerta estrecha. Y ahí es donde creo yo que surge como una especie de contradicción en nuestra mente, porque decimos bueno, si esa ley fundamental del cristiano de tratar a los demás como yo quiero que me traten, si esa aparece también en otros credos y es una norma de conducta que prácticamente todo el mundo recibe.

¿Por qué eso va a ser considerado especialmente difícil? ¿Y por qué asegura Cristo que mucha gente rechaza el camino de la salvación y termina despeñándose por un camino ancho pero engañoso? Pero es que, a ver, resulta que cuando uno ha conocido a Dios, cuando uno se ha encontrado con el Señor, cuando en Cristo uno ha conocido lo que Dios tiene y promete para los que somos suyos, entonces imagínate lo que yo espero para mi. Ahí es donde está el punto. Digamos que esa regla de oro de tratar a los demás como quiero que me traten. Esa regla de oro depende en buena parte de los ojos que yo tenga. Si mis ojos lo único que ven son bienes materiales, pues parece que todo consiste en una distribución equitativa, un asunto de economía.

Pero si mis ojos han descubierto el bien maravilloso de Jesucristo, si mis ojos han descubierto los tesoros del amor, del perdón, si he descubierto lo que significa la manera como Dios me ha tratado, y si eso es lo que deseo para mí, pues eso también lo deseo para mi prójimo. Y es ahí donde el Evangelio muestra también su grandeza y su exigencia. Es ahí donde la regla de oro adquiere un rostro especial para el cristiano, porque el cristiano que toma en serio lo que ha recibido comprende también cuánto está llamado a dar, y solo, solo con la ayuda del mismo Dios que nos ha bendecido, podremos ser fieles a esa vocación.

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