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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La puerta de la vida, que es estrecha, es la absoluta confianza en Dios.
Homilía o122002a, predicada en 20000627, con 5 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, quiero destacar de la primera lectura las palabras de Senaquerib, que son, por decirlo así, la lógica del mundo. Esa altivez que pretende adueñarse primero de la mente y del corazón de las personas y desde ahí gobernar toda su vida. Dice Senaquerib al piadoso rey Ezequías: Que no te engañe tu Dios. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los pueblos, tú te vas a librar. Todos han caído. No vas a caer tú. Esa es la lógica del mundo. Una lógica que no conoce excepciones frente al pecado. Todos han pecado. Todos han traicionado. Todos han doblado la rodilla frente al ídolo. A ti también te toca. Ezequías, sin embargo, pertenece a una raza distinta. Es verdad que todos los otros han caído. Es verdad que todo lo demás ha sido destruido. Pero es que esos no eran dioses. Ezequías no se considera la excepción, sino que considera que su dios es la excepción. Él no busca la seguridad en sí mismo, pero tiene la convicción. Y esa es la fuerza de la fe. Tiene la convicción profunda de que su Dios le puede sostener. Por eso la carta que Él recibe la considera ante todo como una ofensa a Dios. Pone por encima la gloria de Dios, que queda igualado a los ídolos por encima de su propia preocupación e incluso de la suerte de su ciudad Jerusalén y de su pueblo. Aunque tenía ante los ojos el desastre del vecino reino de Israel, que ya había caído este Rey de Judá pone por encima la gloria de Dios y por eso considera que esa carta es una ofensa a Dios y por eso se va al templo. Creo que es una enseñanza para nosotros de muchas maneras. Yo pienso que podemos evitar el avance impetuoso de Senaquerib en nuestras vidas si cada vez que nos sentimos amenazados venimos aquí a la casa de Dios y le decimos; Señor, el mundo me dice que tengo que pecar como todos, el mundo me dice que mis sentimientos deben ser los mismos de todos y mis costumbres, las de todos. Pero tu has construido en mi una alianza distinta y por eso vengo a decirte que esto es lo que me dice el mundo y vengo a recibir de ti, porque tú eres distinto de todos. La gracia. Yo soy igual a todos, pero Tú, Señor, eres distinto de todos. Eso fue lo que hizo Ezequías. Escucha le dice en la casa de Dios. Escucha el mensaje que ha enviado Senaquerib para ultrajar al Dios vivo. Sabemos cuál fue el desenlace. Dios interviene de una manera misteriosa que el relato bíblico atribuye a un ángel del Señor, y Senaquerib, con toda su prepotencia, tiene que devolverse a Nínive. Ha vencido Dios, y la victoria de Dios es victoria también del piadoso rey Ezequías. Jesús en el Evangelio nos dice que la puerta de la vida es estrecha. No es porque nosotros o quien quiera que haga alianza con Dios. No es porque nosotros seamos superhéroes, seamos de palo, de metal, no sintamos, no nos entre el gorgojo, la tentación, no es por eso. Lo que es difícil es descubrir esa obra de la fe. No consiste en que nosotros tengamos una resistencia distinta a la de los demás seres humanos frente a las insidias, las seducciones, los lazos o las amenazas del mundo. Lo que es difícil es tomar la actitud de Ezequías. Esa es la puerta de la vida. Porque uno comete el grave error, lo digo por mí, de creer muchas veces que con los pecados ya vencidos, con la virtud pasada o con yo no sé qué cualidades de uno uno puede defenderse y ahí es donde cae. Hay que dar con la puerta de la vida y la puerta de la vida es esa absoluta confianza en Dios que nos ha dado razón para confiar en Él, en el amor de Jesucristo, en la cruz y en la sangre de Jesucristo. Por eso, vueltos hacia Jesús, permanecemos en perpetua fe hacia Dios. Y aunque esa puerta parezca imposible, aunque parezca demasiado estrecha, quienes lleguen ahí y quienes entren por esa fe, encontrarán pastos de vida abundante.

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