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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando la idolatría ocupa el lugar de Dios, el corazón se vuelve vulnerable y pierde su verdadera libertad. La fidelidad a Dios nos fortalece, nos da firmeza interior y nos mantiene en el camino de la victoria.
Homilía o121010a, predicada en 20260622, con 9 min. y 58 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy, mis hermanos, está tomada del segundo libro de los Reyes y es una magnífica oportunidad para que hagamos un repaso de la historia del pueblo de Israel, porque lo que se cuenta en esta primera lectura es el final del Reino del Norte. Y si no te suena tan familiar eso de Reino del Norte, Reino del Sur, pues estás en el lugar adecuado. Aprendamos o recordemos de qué se trata todo esto. Cuando Dios sacó a su pueblo de Egipto, lo condujo hacia la tierra de Canaán y con el liderazgo de Moisés, sino de su sucesor que fue Josué, entraron en la tierra prometida. Lo que vino después no fue muy hermoso, porque lo que vino después fue un período de bastante capricho, incluso de bastante idolatría. Fue un tiempo de subidas y bajadas que se conoce como el tiempo de los jueces. Esto pudo haber durado un poco más de doscientos años. El último de esos jueces que se menciona en la Biblia es también el primero de los grandes profetas. Es un hombre llamado Samuel. Samuel recibió el encargo de Dios de ungir al primer rey que tuvo el pueblo elegido. Ese primer rey se llamó Saúl. Saúl luego se encaprichó con el poder y pues llegó a la desobediencia, la rebeldía. Dios lo descartó y en su lugar eligió al rey más famoso de toda la Biblia. Después de Cristo, que es nuestro rey. Ese rey famoso que llena el Antiguo Testamento es el rey David. Reinó David, su hijo Salomón después de Salomón vino el hijo de Salomón llamado Roboam. Salomón educó mal a su hijo o a sus hijos porque tuvo varios, pero en particular a este Roboam lo rodeó de tantos privilegios y de tantos mimos que, como se dice popularmente, lo echó a perder. Así que cuando Roboam subió al poder, estaba acostumbrado a una vida de placer, a una vida de lujo y a una vida absolutamente egoísta. El maltrato y la opresión que sufrían, especialmente las tribus del norte de las doce tribus, aquellas legendarias de Israel. El maltrato de esas tribus del norte encontró su voz en un tipo bastante oportunista llamado Jeroboam. Y ahí vino una división. Ahí es donde viene la terminología Reino del Norte y Reino del Sur. El Reino del Norte tuvo como primer rey a Jeroboam y el Reino del Sur tuvo como rey al que estaba, es decir, a Roboam. El reino del norte tuvo diez tribus y en el reino del Sur quedaron únicamente la tribu de Judá y la pequeña tribu de Benjamín. Esa tribu de Judá es la que después va a dar origen al nombre de los judíos, que es la palabra que vamos a encontrar con mayor frecuencia en el Nuevo Testamento. Esta división sucede en el siglo décimo antes de Cristo, y lo que nos cuenta la primera lectura de hoy es el triste final de ese reino del norte. El reino del norte siguió llamándose el reino de Israel, mientras que el del Sur, que tenía prácticamente solo una tribu, como he dicho, fue el reino de Judá. Al norte reino de Israel, al sur reino de Judá. Pues la primera lectura nos cuenta en qué paró el Reino de Israel, porque ya desde la época de Jeroboam, el que inició esta división, ya desde esa época, pues hubo una serie de caprichos idolátricos. Así, por ejemplo, Jeroboam nombró sacerdotes a los que él creía que debían ser sacerdotes. No siguió entonces lo mandado por Moisés. Y lo mismo sucedió con la sucesión. La sucesión de reyes en Israel no tuvo una auténtica dinastía, como sí sucedió al sur. Al contrario, lo que pasó al norte fue que hubo pequeñísimas dinastías, es decir, algo así como el rey y luego el hijo del rey, y si acaso el nieto del rey, y luego una especie de golpe de estado y venía otra pequeña dinastía. Es decir que hubo caos tanto desde el punto de vista civil como religioso en el reino del Norte. Pero lo peor de ese caos no estuvo en la parte civil, sino sobre todo en la parte de la fe. Y eso es lo que destaca la primera lectura de hoy. El Reino del Norte, sin que digamos que fueron todos pecadores. Pero el Reino del Norte se caracterizó por un recurso muy frecuente y muy, muy profundo a la idolatría en forma de culto a los baales y también de búsqueda de los poderes de la magia, de la brujería. Esto lo hemos encontrado, por ejemplo, en aquel rey Ajab del que hemos hablado en recientes homilías El rey Ajab, que era un codicioso, un caprichoso y además casado con una mujer que practicaba la brujería, que venía del mundo fenicio y que se llamaba Jezabel. O sea que sin que declaremos santos y perfectos a los del Reino del Sur la situación de pecado en el reino del Norte era terrible. Y nos cuenta la primera lectura de hoy que un rey de Asiria, Asiria quedaba un poco más al norte, un rey de Asiria llamado Salmanasar, pues cayó sobre el reino del norte y se adueñó de esas tierras, desterró a los habitantes y podemos decir que prácticamente extinguió a esas diez tribus de Israel. Esa es la triste historia que nos cuenta la primera lectura de hoy. Pero hay una lección que debe quedar para nosotros y que se resume en esta frase: La idolatría nos hace débiles, porque el veredicto que da la Palabra de Dios sobre lo sucedido con el reino de Israel es muy claro. El veredicto es tan simple como esto El reino del norte cayó porque dejó entrar la idolatría. Es algo como esto. Si tú tienes los mismos dioses de los paganos, no te extrañe que los paganos te invadan, te dobleguen, te derroten, arrasen contigo. Si tú tienes los mismos dioses que ellos, tarde o temprano ellos se adueñarán de ti. Si los dioses de los paganos ya conquistaron tu corazón, los paganos un día conquistarán tu tierra, tu casa, tu familia. Y por eso podemos asegurar la idolatría te hace débil. Y lo contrario también es cierto, la fe firme te hace fuerte. El que permanece en Dios no batalla solo. En cambio, el que se ha vendido a los ídolos, pues ese si batalla solo y el que batalla solo pierde, es débil. Como dice uno de los Salmos: el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. El camino de los justos, es decir, de aquellos que se ajustan al plan de Dios. Aquellos que se unen a Dios. El camino de los justos es firme, y ellos son fuertes porque están unidos al que es fuerte. En cambio, el camino del impío no tiene quien lo defienda, porque si está siguiendo únicamente tus codicias, si estás siguiendo únicamente tu sensualidad, si estás siguiendo únicamente tu soberbia, ahí no hay protección alguna, ahí no tienes más que tus solas fuerzas y cuando tienes tus solas fuerzas, otro que sea más fuerte que tú, tarde o temprano te doblega. Como hemos dicho, si dejas entrar los dioses de los paganos. Un día vendrán los paganos acabar con lo tuyo. Y eso fue lo que sucedió en el reino del Norte. Y es una lección que, más allá de lo que nos dice la Biblia, vale también para nosotros. También nosotros, si permitimos que la idolatría entre nuestros corazones nos volvemos débiles, nos volvemos manipulables, nos volvemos perdedores. Eso es lo que espera al impío. Eso es lo que espera al traidor. Eso es lo que espera al que traiciona su fe. Una lección que viene de la antigüedad, pero que se hace real también en nuestro tiempo. Pues aprendamos y de ello aprendamos el valor de ser fieles. Aunque no es fácil. Pero como decía San Pablo, Dios no va a permitir que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Dios te bendiga.

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