Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Acompañemos a los hermanos que luchan contra sus debilidades, circunstancias ó pasado; sin juzgarlos pero tampoco sin privilegiar su comportamiento que sea contrario a la ley de Dios.

Homilía o121005a, predicada en 20160620, con 5 min. y 57 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy está tomado de San Mateo en el capítulo séptimo. Es parte del Sermón de la Montaña. Llamamos Sermón de la Montaña a una colección de predicaciones de enseñanzas de Cristo que se encuentran en los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo. Pues el texto de hoy pertenece al Sermón de la Montaña. En toda la Biblia, la colección más importante de palabras de Cristo es precisamente este sermón. Y por eso, indudablemente esas palabras del Señor tienen enorme importancia para nosotros los cristianos. El Papa Francisco hizo famosa una expresión que yo creo que ha sido malinterpretada muchas veces, y aunque en otra ocasión hemos querido explicar algo sobre este tema, mi sentir es que hay que volver sobre él. Se trata del verbo juzgar.

La expresión que dice Cristo: es no juzguéis y no seréis juzgados. La expresión que dijo el Papa Francisco refiriéndose a las personas homosexuales o con esta tendencia fue: Si una persona tiene esta característica y está buscando la voluntad de Dios, ¿quién soy yo para juzgarlo? Esa parte de esforzarse por buscar la voluntad de Dios es algo que dijo el Papa y es algo que luego no ha sido reproducido en las múltiples veces, yo diría en los cientos de veces en que se ha tomado la palabra del Papa. De modo que la frase ha quedado simplemente como que nadie puede juzgar a los que tengan una tendencia, un gusto o un estilo de vida homosexual. Esto supone una traición a las palabras del Papa, pero además supone una gran incoherencia, porque daría la impresión de que solamente este tipo de opción, este tipo de acción, no puede ser juzgado.

Si el Papa hubiera dicho, por ejemplo. Bueno, si alguien se roba los dineros del presupuesto de la nación. ¿Quién soy yo para juzgarlo? De inmediato el mundo entero hubiera caído contra el Papa. Si el Papa hubiera dicho. bueno, si alguien secuestra a niños y luego cobra millones por devolver a los secuestrados. ¿Quién soy yo para juzgarlo? El mundo entero hubiera caído sobre el Papa. Si el Papa hubiera dicho, bueno, aquellos que asesinan por dinero. ¿Pues quién soy yo para juzgarlos? Una vez más, el mundo entero hubiera caído sobre el Papa. Pero como el Papa se refirió a una especie de los pecados o de los comportamientos que son ampliamente aceptados por múltiples razones en la sociedad, es decir, como se refirió al homosexualismo, entonces ahí sí la frase del Papa se toma como una especie de martillo para golpear en todas partes.

Fíjate esa incoherencia cuando tomamos una enseñanza de Cristo, una enseñanza de la Biblia o una enseñanza del Papa y la aplicamos solamente, solamente y estrictamente a un tipo de comportamiento, estamos haciendo trampa. El Papa ha hablado de una manera muy drástica contra los mafiosos. Ha hablado de una manera muy dura contra los narcotraficantes. Ha hablado de una manera, diríamos casi agresiva, contra la indiferencia que lamentablemente caracteriza tanto a nuestro mundo. En esas ocasiones el Papa no ha dicho quién soy yo para juzgar a los indiferentes, a los narcotraficantes o a los mafiosos. Quizás ha faltado que en su lenguaje el Papa sea más claro en estas cosas, porque unos pecados sí tienen ese apéndice. ¿Quién soy yo para juzgar si está buscando la voluntad de Dios mientras que otros no? Lo cierto del caso es que nosotros debemos tener plena conciencia de que lo que es pecado, es pecado.

Por supuesto, siempre hay un llamado a la conversión y siempre hay una posibilidad de misericordia. Pero es para todos los pecadores, para todos. También para el mafioso, también para el político ladrón, también para el secuestrador y el sicario. Siempre hay un llamado a la conversión, siempre. Pero esa condición que dijo el Papa, esa búsqueda consciente, esa búsqueda sostenida de la voluntad de Dios, es también la condición para todos. Entonces, si una persona está en esa búsqueda, seguramente luchando contra sus propias debilidades, o contra sus circunstancias, o contra su pasado. Esos son los que debemos acompañar. Esos son los hermanos nuestros que debemos fortalecer para que sean fieles precisamente a la voluntad Divina. Pero no le pongamos corona a ningún pecado, no le pongamos corona ni privilegio a ningún comportamiento que sea contrario a la ley de Dios. Así nos lo conceda el Señor, cuya es la gloria por los siglos. Amén.

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