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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De varios modos Jesús quiere conducirnos a una certeza: para empezar a ver, hay que reconocer la propia ceguera.
Homilía o121003a, predicada en 20120625, con 4 min. y 44 seg. 
Transcripción:
Una cosa de la que uno puede convencerse fácilmente al leer el Sermón de la Montaña, es decir, los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo, que han venido acompañándonos en estos días de entre semana, es la importancia que Cristo le da al ver. Fíjate cómo en cierto momento nos dijo: La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Pero si tu ojo está oscura, ¿cuánta será tu oscuridad? También nos comparó a los cristianos a sus discípulos. Nos comparó con la luz. Al principio de este Sermón de la Montaña, allá en el capítulo quinto, nos llama Luz y dice: Vosotros sois la luz del mundo. Evidentemente, luz que hace ver. Y podemos recordar también que dijo: Por sus frutos los reconoceréis. Y en su momento comentábamos que esto de los frutos no es simplemente asunto de ver que algo cuelga de una mata de una planta. Solo el verdadero agricultor sabe reconocer cuando el fruto está en su sazón. Y ese reconocimiento ¿cómo lo hace? Porque su ojo es experto, porque sabe ver muchos que no tenemos ese conocimiento práctico y directo de las cosas. Vemos, por ejemplo, una manzana, la vemos verde y decimos esta no está todavía lista. Pero resulta que esa variedad de manzana está plenamente madura cuando su cáscara está verde. Pero eso solo lo sabe el que sabe de manzanas, el que puede ver y puede reconocer el punto para la madurez en ese árbol específico. Yo creo que ese ver no le hemos dado toda la importancia del caso y vuelve a aparecer en el Evangelio de hoy. Fíjate que Cristo nos dice en el Evangelio de hoy: ¿Cómo puedes decirle a tu hermano, quítate esa mota? ¿Si tú tienes toda una viga en tu ojo?. Y otra vez está el tema del ver, de lo que hay que ver. Y es muy interesante porque si nosotros tomamos estas enseñanzas de Cristo en su conjunto, nos damos cuenta de que en el fondo Cristo lo que parece querer es que cada uno de nosotros, en primer lugar, vuelva sobre sí mismo, cada uno sea capaz de hacer una crítica sobre sí mismo, cada uno sea capaz de incluso dudar de si está viendo como se debe ver o si está viendo lo que se debe ver. Y en este sentido, yo creo que las palabras de Cristo son una invitación para que todos nos reconozcamos en el fondo como ciegos. Esto no me lo invento yo. En otro pasaje del Evangelio, allá en el capítulo noveno de San Juan, encontramos la curación de un ciego de nacimiento. También tiene que ver con el verbo ver. Y los fariseos, que tenían claramente grave animosidad en contra de Cristo, pues dicen que ese milagro no ha debido hacerse en sábado. Es decir, buscan alguna forma de atacar al Señor y se mantienen firmes en su arrogancia y se mantienen firmes en su pretendido conocimiento de la ley. Y entonces, al final de ese pasaje, que es interesante leerlo, en contraste con lo de hoy, le preguntan los fariseos a Cristo ¿Y es que nosotros estamos ciegos? Y les responde Cristo: Si reconocierais vuestra ceguera, empezaríais a ver. Yo creo que esa es la clave. Yo creo que eso es lo que quiere el Señor, que dejemos un poco esa arrogancia que es la arrogancia pagana, la arrogancia del mago Balaán. Yo tengo ojos perfectos, yo me doy cuenta de todo. Yo ya sé cómo son las cosas. El que dice: Yo ya sé, se está negando a aprender. El que dice: Yo ya sé, ha perdido a Cristo como Maestro. Que venga a nosotros un espíritu de humildad y un espíritu de oración para pedirle al Señor que yo pueda ver, que yo vea.

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