Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sólo con la predicación se puede despertar una fe incontenible y una apertura fantástica al Espíritu Santo.

Homilía o121002a, predicada en 20000626, con 11 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Esta lectura del segundo libro de los Reyes presenta una especie de balance final sobre el reino del Norte. Se habían dividido los hebreos. El reino del Norte parecía el más fuerte. Diez tribus al sur quedaron solo Judá y Benjamín. Sin embargo, las apariencias engañan y lo que hemos escuchado en la primera lectura es el veredicto final sobre estas diez tribus de Israel que desaparecieron. El periódico El Tiempo aquí de nuestro país sacó una serie de fascículos sobre los enigmas de la humanidad y entre esos estaba.

¿Qué pasó con estas diez tribus? Ha habido algunos investigadores o algunos charlatanes también, que hablan de que esas tribus siguen existiendo después de mucho más de dos mil años y que están por ahí escondidas o por ahí refugiadas esperando que despunte el Mesías. Pero los investigadores más serios llegan a una conclusión que es menos agradable, menos simpática. Simplemente se disolvieron, se asimilaron completamente a ese Canaan. Es decir, que los investigadores del siglo veinte vienen a confirmar exactamente lo que hemos escuchado en la lectura de hoy. Asumieron las costumbres de los pueblos a los que habían llegado. Se asimilaron a ellos, se disolvieron. Me llama la atención este veredicto porque los grandes acontecimientos, las grandes obras que Dios hizo.

Podemos preguntarnos ¿en qué quedaron? Este reino de Israel fue el que tuvo a los profetas taumaturgos por excelencia Elías y Eliseo. Puede pedirse un milagro más espectacular que eso que realizó Elías en el Monte Carmelo cuando bajó fuego del cielo para aprobar la ofrenda que era según su querer y según su alianza. Pueden pedirse más milagros de los que hizo Eliseo. Resucitar muertos, transformar la naturaleza de las cosas. ¿Cuántas cosas, cuántas obras no realizó Eliseo? Y si miramos desde la política, ¿Cuántos intentos de alianza? Qué delicado malabarismo el de estos reyes, tratando de mantener la paz con sus vecinos gigantes, con Asiria al norte, con Egipto, al suroccidente tratando de mantener la paz y haciendo toda suerte de componendas. Pero ni el ingenio humano ni el poder de los milagros fueron suficientes para detener la catástrofe cuya sentencia hemos escuchado hoy. ¿Esto qué indica? La Biblia nunca nos trae noticias tristes, sino es para conversión nuestra y para abrirnos a una esperanza mejor. ¿Esto qué indica? ¿Por qué ese fracaso estrepitoso? Nosotros tenemos que hacernos esa pregunta siempre que algo funcione mal en nuestra vida o en la vida de la Iglesia. ¿Por qué el Señor ha entregado a su pueblo? Si podemos responder por la infidelidad de los hombres, como de hecho lo dice esta lectura.

Pero hay una palabra más gráfica, más precisa la terquedad, la dureza. El problema está adentro, está en el corazón duro. El corazón que no se quebranta, la cerviz que no se dobla. Duros ante Dios. Indóciles, incapaces de percibir el mensaje que estaba más allá de esos milagros o de la elocuencia, de esas profecías. ¿Por lo tanto, qué nos dice esto? Que ni los milagros más grandes, ni el ingenio más grande, ni la política más astuta, ni la elocuencia más envolvente. Nada puede detener el fracaso del hombre si no tiene su corazón puesto en Dios. ¿Pero quién llevará este corazón hasta unirlo al corazón de Dios? Este fracaso nos enseña demasiado, porque nos dice que solo cuando nuestro querer esté en el querer de Dios, solo cuando nos guste lo que a Dios le gusta, solo cuando amemos lo que Él ama y reprobemos y rechacemos lo que Él rechaza, solo entonces será posible una alianza de Dios con los hombres. Y por eso, si yo fuera a hacer una catequesis del Espíritu Santo, incluiría como una de las lecturas la de hoy. Ahí está la prueba.

Mira que todo lo que suceda fuera de ti es impotente para cambiarte. Si no cambia eso que está adentro y eso que está adentro para cambiar necesita una acción íntima, que es la que viene como fruto de la Pascua de Cristo y que se llama la infusión y la efusión del Espíritu de Dios. Efusión, vista desde Dios. Infusión, vista desde nosotros. Que se derrame el don del Espíritu sobre nosotros. Para que se cumpla esa súplica que hacemos casi todos los días. Señor, concédenos gustar siempre el bien y saciarnos de su consuelo. O como me gusta decir, que el bien nos sepa a bueno, que nos guste el bien que amemos. Lo bueno es lo único que vale. No es difícil, desde esta perspectiva, aplicar este texto a nuestra realidad. Pensemos en la Iglesia. Pensemos en el país. Pensemos en el mundo. Si miramos nuestra comunidad misma, ya pueden multiplicarse las reglamentaciones, los capítulos, las actas, las sugerencias. Ya pueden venir leyes sumamente sabias. Eso resulta impotente para verdaderamente renovar la faz de la Iglesia, para hacerla misionera, penitente y santa.

Si miramos nuestro país, pues somos el país de las leyes y acuerdos, acuerdos, ordenanzas. ¿Cuántos sinónimos tendríamos que recorrer para pasearnos por el espectro legal de nuestro país? Quisiera hacer una última alusión en este sentido. De una manera incontenible avanzan leyes inicuas en el mundo. La autonomía de Navarra en España ha aprobado recientemente dos tres días que las parejas de homosexuales adopten niños para educarlos. Ya está aprobado en España, por lo menos en esa autonomía. Ya Holanda lo tiene aprobado, ya algunos estados de Estados Unidos y uno siente como un escalofrío. Uno siente desazón, decepción, coraje. ¿Cómo es posible que esto suceda? Claro, se burlarán de nosotros, nos atacarán, dirán que somos retrógrados o lo que sea, pero es demasiada, clara la Palabra de Dios en este punto y en tantos otros. Esa batalla de las leyes, de las leyes y de los estrados y de los parlamentos habrá que darla hasta el último combate. Pero también hay que saber que en esa batalla hay demasiadas derrotas.

Necesitamos otra estrategia. Y esa otra estrategia viene por la acogida del espíritu y por eso la solución de esos desórdenes morales pavorosos está más en la boca de nosotros, hermanos, está más en la predicación de los profetas que en los artilugios de los parlamentos, de los senados y de las cámaras. Allá, en ese universo de leyes es posible aducir argumentos especiosos de tolerancias extrañas que en últimas significan sentar a la mesa a Cristo y Belial. Que alguien se ocupe de eso, que haya católicos allá está bien que los haya, pero la batalla grande está en la boca de los predicadores. Es la boca del predicador la que puede decirle a los padres de familia señores, la homosexualidad es estéril. Jamás una pareja homosexual podrá adoptar a un hijo si usted no se lo da. Hay una manera muy sencilla de acabar con esa ley inicua que no haya un solo niño para esas parejas, que cada padre de familia, que cada madre de familia, que cada hombre y cada mujer comprenda el don de su fecundidad. Es solo un ejemplo para mostrar cómo, a través de la gracia de la predicación, nosotros podemos despertar una fe incontenible y podemos despertar una apertura fantástica a la obra del Espíritu para que las vidas pertenezcan a Dios y para que siendo de Dios, las leyes cambien.

Que venga esa gracia del Espíritu sobre nosotros, que tengamos palabras nuevas, palabras vigorosas, palabras claras. Somos demasiado, demasiado. Desde mi punto de vista, somos demasiado, unos interlocutores más en la gran mesa de la tolerancia y de la convivencia. No se trata de ser intolerantes, se trata de arder en el fuego del cielo, ese que sirvió para quemar la ofrenda de Elías, pero que fue incapaz para detener el desastre de la casa de Israel. ¡Que venga ese espíritu! Santifique el pan y el vino en el día de hoy. Y a nosotros que comemos ese pan consagrado y ese vino que es sangre del Señor, nos haga ofrenda para su gloria.

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