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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Miedo al Cielo?

Homilía o115010a, predicada en 20240621, con 15 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, pertenecemos a distintos momentos de la historia de nuestra provincia, y es apenas natural que nuestras experiencias de formación, en vida religiosa, en filosofía, en teología, sean también diversas. Yo les quiero compartir que en mi tiempo había una gran desconfianza con respecto a la palabra cielo y todo lo que tuviera que ver con lo celestial. Y por supuesto, esto lo menciono en relación con el Evangelio de hoy. Analizando un poco las cosas, reflexionando, creo que esa distancia con respecto a lo celestial provenía de un temor en que el cielo se convirtiera en una especie de escapismo o en una especie de pretexto, o en una especie de justificación. Justificación inadecuada.

¿Qué quiero decir con estas palabras? Por ejemplo, pensemos lo que es el espiritualismo. Esa tendencia del pensamiento que renuncia a analizar lo que usualmente llamamos las causas segundas para remitir todo simplemente al ámbito de lo espiritual y lo celestial. Ese sería un modo de escapismo. Renunciar a analizar, por ejemplo, el complejo mundo emocional o las complejas realidades económicas, los intereses políticos y simplemente dejar todo como en el vapor de la voluntad de Dios. Eso sería un escapismo. También se ha dado el caso de utilizar al cielo como una especie de justificación inadecuada.

Por ejemplo, cuando se toman algunos pasajes del Evangelio aislados de su contexto y del conjunto de la palabra para tratar de tranquilizar a la gente descontenta. Más o menos diciéndole: "Sufra ahora, goce después". Ese cielo, por supuesto, resulta antipático. Y hay quienes se han encargado de subrayar esa antipatía o esa distancia. Recordemos aquí la consigna que da Federico Nietzsche cuando dice: "Permanezcan fieles a la tierra". O también ese otro dicho que no es textual de Carlos Marx, pero sí va en esa línea cuando él dice que la religión es el opio del pueblo, es una huida injusta.

En fin, probablemente por esos motivos u otros que se me escapan en torno al cielo. Se creó como una atmósfera de cierta distancia. Los nuestros eran tiempos, o los míos pues, eran tiempos de mucho énfasis en el compromiso directo con las realidades de esta tierra, y por consiguiente, lo celestial era visto con esa distancia y desconfianza. Esto se reflejó incluso en la liturgia, en la Eucaristía que tuvimos el día de ayer. Había unas personas que estaban dirigiendo la parte musical y eso me devolvió cuarenta años en el tiempo. Cuando llegaron a cantar el Padrenuestro. "Padre nuestro, tú que estás en los que aman la verdad", por aquellos tiempos del siglo pasado Era muy frecuente. Yo alcancé a conocer dos o tres versiones del Padrenuestro que omitían que el Padrenuestro es el Padre Celestial. Seguramente por lo mismo que estoy indicando, es el Padre que está en los que sufren, es el Padre que está en los que aman la verdad, como dice esa versión. Pero en todo caso se evitaba la palabra cielo.

A raíz de esto y de otras experiencias, pues realmente me he puesto en la tarea de reflexionar un poco por qué esa palabra se volvió casi tabú en la teología, en la espiritualidad, en la predicación. Y también cuál sería una recta teología sobre lo celestial, y lo que les quiero compartir es un poco el fruto de esa reflexión en el espíritu de lo que nos decía el predicador del retiro en el espíritu de compartir la fe. Si nosotros vamos a la Sagrada Escritura y a la experiencia de aquellos pueblos antiguos, pues nos damos cuenta que lo celestial tiene tres dimensiones.

Una primera dimensión es que el cielo, entendido en aquella ambigüedad entre cielo y firmamento, el cielo es el ámbito de lo que uno no puede controlar, de lo que es majestuoso, imponente, tiene influencia sobre la vida humana, pero no lo podemos controlar. Podríamos decir que el cielo nos devuelve a nuestra condición de seres limitados o concretamente de criaturas. Las fases de la Luna, el paso de las estaciones marcaban muchísimas cosas y marcan muchas cosas en la vida de las sociedades y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Ninguna unión de fuerzas humanas puede detener que llegue el invierno en los países que tienen estaciones. Nosotros hemos contado con incontables imperios a lo largo de los siglos, pero ningún imperio puede decir: "Yo quiero que no llegue la luna nueva o la luna llena". No puede hacer eso. El cielo se impone, es majestuoso. El cielo nos devuelve la característica de criaturas. Nos anuncia una grandeza a la que no podemos acceder.

Y esa es una primera dimensión que me parece que es muy interesante. En segundo lugar, evocando un pasaje bastante conocido del libro de Daniel, el cielo muestra el contraste entre lo que es la dinámica de los intereses en este mundo y lo que es el querer y el poder de Dios. Concretamente me refiero a aquella visión en la que aparece una estatua. Se supone que es un sueño que tiene Nabucodonosor y en esa estatua que tiene oro y plata y bronce y luego pies de hierro mezclado con barro. Hay una roca que se desprende sin mano humana. Es algo que está por encima de los imperios, por encima de los intereses de esta tierra. Y en otra visión del mismo libro de Daniel, aparecen distintos imperios bajo figura de fieras: fieras espantosas, leopardos, osos, leones. Particularmente me llama la atención la figura de una de estas fieras: que una parte la destroza con sus garras, con sus dientes. Y lo demás lo patea con las garras. Es decir, lo que no puede aprovechar lo hace inaprovechable. Es el poder, lo típico de los poderes en esta tierra.

Yo creo que muchos de nosotros, grandes o pequeños, tenemos la experiencia de que el poder en esta tierra tiende a volver inhumanas a las personas. Finalmente, para muchos poderosos, las vidas humanas son simplemente un recurso que se puede reemplazar. Hay una historia famosa sobre Mao Tse Tung cuando iba avanzando, ganando cada vez más terreno para la revolución, y llegaron a una cierta ciudad que estaba bien defendida por ejércitos del emperador y el Ejército Imperial estaba muy bien equipado, pero Mao Tse Tung manda sus tropas, que estaban mucho menos entrenadas y mucho menos equipadas a que se tomen la ciudad.

Por supuesto, lo que se sigue de ahí es una carnicería terrible, pero a fuerza de números, Mao Tse Tung logró finalmente vencer la resistencia del Ejército imperial y se toma la ciudad. Yo no sé las cifras exactas, pero por decir algo, hubo diez veces más bajas del lado de Mao que del lado del Ejército Imperial. Y alguien le comentaba eso a este gran líder de la historia reciente de China. Le hablaba sobre el elevado número de bajas y la respuesta de Mao fue: "¿cuántos murieron en total?" Le dieron la cifra y él dijo: "Murieron esos. Bueno, esos los podemos hacer en una noche". Es decir, el poder tiende a hacerse absoluto. Y vemos que la lógica de la guerra; en esto ha predicado con mucha elocuencia el Papa Francisco. La lógica de la guerra es esa. El ser humano es reemplazable. Si tenemos que sacrificar tantas vidas, pues lo que sea.

En estos años, en estos meses se está recordando, por ejemplo, el final de la Segunda Guerra Mundial y concretamente la sangrienta toma de Stalingrado. Después de un asedio espantoso, las cifras que más o menos recuerdo son del orden de más de trescientos mil muertos del lado alemán y mucho más de un millón de muertos del lado ruso. Pero esas son las cifras normales. El Imperio manda eso, el poderoso manda eso y se sigue cumpliendo lo del libro de Daniel La fiera mastica, destroza y lo que no se puede comer lo patea.

Después de presentar a esos imperios salvajes, dice el libro de Daniel: "Apareció como un hijo de hombre", que es una de las fuentes, obviamente, de esa expresión. Apareció como un hijo de hombre, y ese hijo de hombre contrasta con su mansedumbre y precisamente con su humanidad frente a todos esos imperios. Es decir, que mientras que el ámbito de esta tierra es el ámbito de los intereses encontrados y donde yo quepo, tú no cabes y donde tú cabes, yo no quepo. Lo cual viene así desde la época de Caín y Abel.

Ya el mundo les quedaba chiquito a ellos, o particularmente a Caín. Entonces, mientras que los ámbitos de esta tierra son los de los intereses en perpetua colisión, y como dice el libro de la Sabiduría: "Por la codicia y por la ambición, el mando pasa de unos pueblos a otros", pues el cielo es el ámbito de lo que está por encima de ello. Es decir, el cielo nos está descubriendo. La afirmación, del cielo nos está revelando que no todo es juego de intereses, no todo es colisión de codicias, no todo es rapacidad tuya contra rapacidad mía, sino que hay un gobierno que está por encima.

Hay un amor que está por encima y un poder que está por encima. Y finalmente, creo que también es bueno recordar que es la tercera dimensión que quiero evocar aquí sobre el cielo. Es importante recordar que el cielo nos está despertando como una especie de acicate. El apetito por lo infinito. Mientras que las cosas de esta tierra saben menos poseídas que deseadas. El cielo nos está hablando de un infinito en acto. Podríamos llamarlo así, un infinito en acto, que es lo único que puede saciar al ser humano. Y por eso la invitación a atesorar en el cielo, que va muy de acuerdo con lo que se decía en la predicación de hoy, es decir, no nos dejemos mundanizar.

Es realmente superar los intereses puramente materiales, consumistas, de moda, inmediatos y saber que estamos hechos para algo mayor y para algo mejor. Esa fue la vida de Cristo, esa fue la vida de Juan Bautista. Esa fue la vida de los santos. Personas que, como dice San Pablo: "se fijaban no en lo que se ve, sino en lo que no se ve". O también evoca la Carta a los Hebreos: "gente cargada de fe", ya que hoy hemos reflexionado sobre la fe. Gente llena de fe que si salieron de sus ciudades, pues es porque buscaban una ciudad mejor. Y anota la carta a los Hebreos en ese precioso himno sobre la fe de los antiguos: "Porque si hubieran querido regresar, tenían tiempo para hacerlo". O sea, que vivir en la fe y vivir con la tensión hacia el cielo es vivir ciertamente en peregrinación, como lo hemos dicho hoy, es buscar siempre algo más, es saber que hemos sido hechos para algo más, algo que no defrauda, algo que permanece.

También la carta a los Hebreos nos dice Hermosísimamente: "Nos hemos acercado al monte Sión, a la asamblea de los ángeles en fiesta, al grupo de los primogénitos". Y bueno, tiene otras expresiones lindísimas donde nos está mostrando cuál es nuestra verdadera ciudadanía y cuál es nuestra verdadera ancla. Que estas reflexiones y sobre todo lo que el Espíritu Santo le deje a cada uno de nosotros en su corazón, nos ayuden a situar nuestra vida consagrada.

Por supuesto que no. Huyendo de los dolores, los conflictos y las razones de esta tierra, sino más bien situándolas en su justa perspectiva, sabiendo por quien hemos sido hechos, por aquel que lo trasciende todo y para quién hemos sido hechos, para aquél único que puede realmente saciarnos. "Que a Él sea la gloria por los siglos". Amén.

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