Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Evitaremos los extremos típicos en la predicación sobre el Cielo, a saber, utilizar el Cielo como modo de acallar las protestas contra la injusticia, o afirmar que todo lo que se diga del Cielo es escapismo y que sólo debemos acreditarnos como transformadores de las realidades sociales y económicas.

Homilía o115008a, predicada en 20220617, con 8 min. y 14 seg.

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Transcripción:

Hermanos. Con el cielo se ha hecho política de una y de otra. A veces se ha utilizado el cielo, el concepto de cielo, como un pretexto para acallar el descontento social desde su raíz. Por ejemplo, para decir a los pobres: "sufran ahora y después gozarán". Ese es un uso político o un uso de poder en torno al cielo. En mis tiempos de formación, filosofía y teología, creo que estábamos como iglesia un poco en el otro extremo. Casi cualquier mención del cielo era vista como un Peligroso espiritualismo, que distrae de las preocupaciones reales de la Iglesia que tendrían que ser: la pobreza, la injusticia, la exclusión. También ahí el cielo se convertía como en un concepto político, en el sentido de que era denunciado ideológicamente.

No es fácil. Nos damos cuenta por este pequeño análisis. No es fácil tener la postura adecuada, la que sea fiel al corazón de Cristo con respecto al cielo. Si miramos la praxis de Jesús, encontramos que se vuelca en misericordia por los que están sufriendo y eso incluye los que padecen hambre, los enfermos, los grupos maltratados o excluidos, incluyendo las mujeres, los niños, los extranjeros, los leprosos. Pero al mismo tiempo, el lugar que ocupa el cielo en la predicación de Cristo y en la manera como Él nos enseñó a orar, lo que estaba en el evangelio de ayer, pues indudablemente nos muestran que Cristo no es simplemente un reformador social. Cristo no es el que viene a arreglar los problemas de la tierra para que nosotros tengamos por fin una especie de paraíso. Ese no es el lugar de Cristo, esa no es la misión de Cristo.

A lo largo de los siglos la Iglesia ha tratado de entender esa relación entre tierra y cielo. Seguramente con mayores o menores aciertos. El Concilio Vaticano Segundo. Por ejemplo, en la Constitución Gaudium et Spes, no elude el tema. Esta cuestión difícil no la elude, sino que plantea, parafraseando lo siguiente: "Hay que construir la ciudad terrena sin olvidarnos del destino eterno". Y también nos dice: "Los esfuerzos de justicia y de caridad que se realizan en esta tierra los encontraremos de nuevo en el Reino eterno, en el Reino de los Cielos". Es decir, que la postura propiamente católica no se olvida de la tierra, pero sigue mirando hacia el cielo.

Por otra parte, no debemos tener temor de mencionar el cielo, como tampoco hay que tener temor de mencionar ninguna de las realidades escatológicas: el purgatorio, el infierno, la bienaventuranza, la gloria, la eternidad misma, en particular con respecto al cielo. Creo que debemos redescubrir la fuerza liberadora que tiene la predicación sobre el cielo. Brevemente, observe esto. Esta predicación de Cristo sobre el cielo conecta con las menciones que Él hizo en el mismo Sermón de la montaña sobre lo escondido. La persona que genuinamente trabaja para el cielo se parece a la persona que obra con sinceridad ante Dios y que no está buscando recompensas humanas. Efectivamente, la persona que está buscando ver el fruto de su trabajo, que le aplaudan, que le reconozcan, o todavía peor, que le paguen.

Contradiciendo en esto al apóstol San Pedro que dice: "No trabajéis por sórdida ganancia". La persona que está trabajando para que se vea lo suyo, para que se reconozca lo suyo, para que se aplauda lo suyo. En el fondo está trabajando de una manera interesada. Quien de veras tiene la gloria del cielo clara en su corazón, trabaja con un desinterés particular, con una sinceridad particular y con una fuerza de esperanza inigualable. Porque el que está trabajando solo para la Tierra, lo mismo que los demás seres humanos, está sujeto a la condición finita de nuestro tiempo. Y si uno se da cuenta que se le va a acabar el tiempo y no va a haber los cambios que uno quisiera ver, entra en desolación o entra en amargura o en agresividad. Pero el que está trabajando para la eternidad sabe tener la justa paciencia, porque también conoce los ritmos de la providencia divina.

Así que, una buena predicación sobre el cielo no solamente nos hace más concordes con el corazón de Cristo, sino que nos hace también mejores trabajadores en las necesidades de esta tierra. Nos dispone mejor para servir a los hermanos. Además, y es lo último que comento, nos ayuda a responder de otro modo a la ingratitud. Cuando obramos el bien y más bien recibimos indiferencia o incluso violencia. Hay que recordar el evangelio de hoy utilizando la imagen de un banco.

Uno podría decir cuando suceden esas cosas, cuando uno ha obrado bien pero le pagan mal, uno debe decir: "Quedó consignado allá, quedó consignado donde está seguro, donde no hay polilla, donde no hay ladrón". Y eso también permite vivir con mayor alegría y con mayor paz. ¡Así nos lo conceda el Señor! Amén.

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