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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
A medida que escuchas la palabra que realmente ilumina y trae la verdad nuestros ojos se despejan y el corazón descubre que el tesoro está en el amor y la amistad con Cristo.
Homilía o115006a, predicada en 20180622, con 6 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Las dos palabras más importantes del Evangelio de hoy son el corazón y el ojo. Nos dice Jesús: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón". Y nos dice también: "la lámpara de tu cuerpo es tu ojo". Usualmente entendemos por "este corazón", el centro de nuestra propia persona; es decir, no solamente el centro de nuestros sentimientos, sino también el centro de nuestras decisiones, de nuestras búsquedas, de nuestras preguntas, de nuestros proyectos. Podríamos decir el centro mismo de nuestra verdad. Ese es el corazón. Y con respecto a ese ojo, que es una lámpara, hay también diversas interpretaciones; pero la más común es que el ojo se refiere a nuestra capacidad de discernir, a nuestra capacidad de encontrar la diferencia entre lo que conviene y lo que no conviene, lo bueno y lo malo; es decir, nuestra capacidad de discernir. Según esas interpretaciones, podemos decir que en el Evangelio de hoy Cristo nos está hablando de qué es lo que está sucediendo con nuestro corazón; es decir, que hay en el centro de nuestro ser. Y también nos está hablando de nuestro discernimiento. Pero observemos una cosa: nos dice: "Dónde está tu tesoro, allí está tu corazón", lo cual indica que de alguna manera al corazón sí se le puede dar una dirección, porque hay personas que piensan que el corazón es como una especie de absoluto y que nadie puede mandar en el corazón, como si las cosas del corazón fueran completamente caprichosas, incomprensibles, impredecibles, indomables, imposibles de dominar. Pero eso no es lo que nos dice Jesucristo. Eso no es lo que nos muestra, porque cuando nos dice: "dónde está tu tesoro, está tu corazón", Lo que nos está diciendo es: si tú sabes encontrar el verdadero tesoro, allí va a estar tu centro, allí va a estar tu corazón, allí va a estar tu gran criterio para tomar las decisiones. Entonces aquí vemos la relación entre el ojo y el corazón, porque el tesoro no lo encuentro yo con el corazón. Ojo con esto, digo yo. ¡Atención!, el tesoro no lo encuentro con el corazón. El tesoro lo encuentro con los ojos, y cuando los ojos han descubierto el tesoro, entonces el corazón va detrás del tesoro. Por eso la importancia primera del ojo. Por eso la importancia primera del discernimiento. Por eso la importancia de tener claro qué es lo valioso y qué es lo no valioso. El corazón no encuentra el tesoro. El corazón se apega al tesoro, precisamente por ser ese centro de amor y de decisiones. Arrastra la vida entera hacia ese lugar. El corazón nos lleva hacia ese tesoro. Pero ese tesoro primero hay que encontrarlo y el que lo encuentra es el ojo. Entonces ahora veo yo una relación entre este pasaje y lo que nos dice el apóstol San Pablo, en el capítulo décimo de la Carta a los Romanos. Porque dice San Pablo: "la fe empieza por el oído". ¡Ya ves! Oído, ojo, corazón. Claro, porque es que a medida que vas oyendo la predicación, a medida que vas entrando en el discernimiento, entonces a través del oído se ilumina el ojo de tu mente, se ilumina ese ojo interior para que tú puedas discernir lo que realmente vale la pena. En la medida en que estás escuchando una palabra que realmente te ilumina, esa palabra que te ilumina es capaz de hacerte ver el tesoro, sobre todo porque en primer lugar te va a mostrar dónde están los falsos tesoros. Entonces, oyendo la predicación, tú puedes llegar a una conclusión: "Le estoy dedicando la vida a lo que no es, a lo que no vale tanto. Si mi vida entera se la estoy dedicando únicamente, ¿qué sé yo?, hacer dinero o pasarla bien". ¡Oye!, estoy perdiendo la vida. Entonces, a través de la palabra, a través de la fuerza de la verdad, finalmente nuestros ojos se despejan y llegamos a descubrir dónde está el tesoro. Yo pienso, por ejemplo, en nosotros los sacerdotes. También nosotros. Yo diría primero, que todos necesitamos esa fuerza. Necesitamos esa claridad. A mí me da mucho dolor cuando un sacerdote no tiene ojos para reconocer el don que Dios le ha dado. Yo conozco, he conocido sacerdotes. Me conmueve decir esto: que se valoran a sí mismos en primer lugar como conferencistas o en primer lugar como locutores, o en primer lugar, como líderes sociales. Sí, todo eso podría estar en tu vida. Que tú seas un buen predicador. Que tú seas muy bueno para manejar medios de comunicación. Que tú seas muy bueno para escribir libros y que te los compre la gente. Todo eso puede estar en tu vida. Que tú ayudes a resolver problemas de la gente, problemas sociales. Sí, todo eso puede estar. Pero, ¿cómo es que no tienes ojos para reconocer el tesoro de amor en la amistad y la unión con Cristo, sobre todo en el sacrificio eucarístico? Fíjate, estamos ciegos. Conclusión: El corazón no descubre el tesoro. El tesoro lo tiene que descubrir los ojos, y los ojos se iluminan con la verdad, y la verdad muchas veces nos llega a través de la fuerza de la predicación.

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