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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Tenemos ojos para los verdaderos tesoros, los del Cielo?
Homilía o115002a, predicada en 20120622, con 4 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Las dos palabras más importantes en el Evangelio de hoy. Tomado del Sermón de la Montaña en el capítulo seis de San Mateo, son la palabra tesoro y la palabra mirada: El ojo. ¿Dónde está tu tesoro? Jesús tiene esta frase tan válida hoy como siempre: "Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón". Lo cual quiere decir que si tu tesoro está entre aquello que muere, pues tu corazón va camino de la muerte. Si tu corazón está en cambio en aquello que vive, en aquel que vive, porque allí está, porque allí has puesto tu tesoro, entonces vas camino de la vida. Pero no es tan fácil ver esto, no es tan fácil ver que con mucha frecuencia? El camino de la renuncia, es el camino hacia la bendición y la abundancia. No es tan fácil ver que muchas veces el camino de la felicidad va marcado por sacrificios, por persecuciones o por humillaciones. Tampoco es tan fácil ver que los placeres, la comodidad, los honores, los aplausos y el oropel de este mundo entraña un profundo engaño. Eso no es tan fácil de ver. Quizás por eso, en la redacción que nos presenta el evangelista Mateo, después de hablar del tesoro, habla del ojo, de la mirada. La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Es decir, que Jesús nos habla primero de aquello que realmente vale, pero luego deja puesta una interrogación: ¿tienes ojos para lo que realmente vale? ¿Tienes capacidad de reconocer lo realmente valioso?, porque si no lo ves, porque si no lo reconoces, ya pueden venir muchos sermones, ya pueden venir muchas homilías, ya pueden venir muchas explicaciones. Tú vas a seguir sintiendo que el corazón tiende hacia aquello que muere, porque para ti no va a existir otra cosa; sino ese presente, eso inmediato, esa retribución que no pide explicación, ni sacrificio, ni esfuerzo. Por eso, quizás lo primero que tenemos que hacer si tomamos en serio el evangelio de hoy, es pedirle a Dios que sane nuestros ojos, que limpie nuestra mirada. Solo si nuestra mirada se empieza a acostumbrar a la luz de Dios, podremos entonces ver un poco las cosas como Dios las ve. Entonces descubriremos que el lenguaje de la adulación no va a ninguna parte. Entonces descubriremos que el placer intenso, explosivo, seductivo pero traicionero y cargado de infidelidad, no va a ninguna parte. Entonces descubriremos que la pretensión del poder es simplemente una idolatría y que ese ídolo nunca será mío. Se valdrá de mí, succionará, tomará de mí lo que quiera y cuando yo ya no le sirva, el ídolo me arrojará y envenenará a otro y destruirá a otro. Pero eso no lo ve uno. Por eso, este evangelio tiene que lanzarnos a orar. Tiene que lanzarnos a postrarnos ante la Divina Misericordia para decirle: "Señor, que mi ojo pueda ver. Que pueda yo reconocerte". Amén.

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