Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El corazón que está en los Cielos es el corazón libre para trabajar en la tierra.

Homilía o115001a, predicada en 20000623, con 11 min. y 19 seg.

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Transcripción:

En este breve texto del Evangelio, dos enseñanzas grandes para nosotros: El tesoro en el cielo y la lámpara del cuerpo, que es el ojo. La carta a los Hebreos hace una especie de homilía. A esta primera enseñanza del Evangelio de hoy, nos presenta a Jesucristo como aquel sumo sacerdote que ha penetrado por el velo del santuario, que es su propio cuerpo, y ha ofrecido su sacrificio, el sacrificio de la cruz en los cielos. El lugar para presentar la ofrenda eucarística es el cielo.

Esto lo representan de una manera un poco extraña para nosotros los orientales en la liturgia oriental. El sacerdote no le da la espalda al pueblo, como se hacía antes en Occidente. No le da la espalda al pueblo, sino que no aparece ante el pueblo. El sacrificio eucarístico se ofrece en un lugar, entre la misma Iglesia, pero queda retirado, como velado a la vista de la gente, aunque pueda escuchar. Y es el diácono el encargado de llevar el pan consagrado desde ese lugar oculto y santo hasta la gente. A nosotros eso nos parece extraño, pero definitivamente la celebración de los sacramentos no tiene un único modo. Por algo el Derecho Canónico habla de la autoridad que tienen los distintos ritos, porque no hay una sola forma de representar todo lo que Dios ha hecho por nosotros en la historia de la salvación y especialmente en el sacrificio de Cristo.

Si miramos el caso nuestro, todo está a la vista. Ahí está la hostia y está el vino, y están las oraciones, todas las oraciones y toda la celebración está a la vista. Y no por eso creo yo que nosotros estemos en promedio mucho mejor o mucho peor que ellos. No debemos apegarnos demasiado ni a nuestros ritos, ni a los de ellos, sino pensar que es una misericordia que haya manera de celebrar los sacramentos según Dios y aprovechar lo que Dios nos da. Pero lo que quiero destacar es que la Carta a los Hebreos nos habla de esta ofrenda que Cristo hace de su sacrificio en los cielos, y por tanto, de esa ancla que nosotros tenemos. El ancla de nuestro barco está en los cielos. Ahí está puesta nuestra esperanza. Estamos amarrados al cielo. Aquí Jesús nos dice que pongamos allá nuestro corazón.

Pero como es tan difícil para el ser humano mover su corazón, pues Cristo hizo esa obra realmente. Él mudó, Él trasladó nuestros corazones de la tierra al cielo, porque ofreciendo Su sacrificio en el santuario celestial llevó trás de sí todos nuestros amores, todas nuestras esperanzas, y verdaderamente después del sacrificio de Cristo, nuestro corazón está en el cielo. Verdaderamente, después del sacrificio de Cristo, nuestra ancla está allá, y nuestra esperanza está allá y hacia allá se mueven nuestros anhelos, todo este lenguaje como tan celestial. Puede despertar sospechas cuando queremos que nuestra vida de bautizados y de consagrados tenga una repercusión, tenga un mordiente, tenga una relevancia en la tierra. Me parece que, después del Concilio Vaticano segundo, hemos aprendido a valorar más ese impacto social o, si se quiere, terrenal y mundano que tiene nuestra existencia. Pero es que la persona que está amarrada al cielo es la persona que es más libre para trabajar en la tierra, la persona que depende de la tierra, la persona que depende de los intereses de esta tierra. No es tan libre como la persona que ya tiene su ancla en los cielos, la persona que ya mandó su corazón con el de Cristo a los cielos. La mejor manera de trabajar por la tierra es tener el corazón en el cielo.

No se oponen ni mucho menos. Se trata de que el corazón esté allá junto a Dios. Se trata de que el corazón se ha ido con Jesucristo. Y usted haya ofrecido como hostia junto a la hostia de Jesucristo. Pero nuestra vida está aquí, y nuestro trabajo está aquí. Nuestra Palabra está aquí. Pero más eficaces seremos en el servicio aquí. Cuanto mayor sea nuestro impulso, nuestro ímpetu para que el corazón permanezca allá. Y la explicación nos la da el mismo Evangelio. Todo el que pretenda recibir recompensa, agradecimiento. Todo el que pretenda acumular su tesoro aquí en la tierra y tenga su corazón aquí en la tierra, debe tener estos miedos: La polilla, la carcoma y los ladrones. Cuando el corazón está trabajando por las cosas del cielo y para agradar a Dios, entonces tiene completa libertad, porque no puede perder, porque nadie le puede arrebatar su recompensa, su sueldo; pero quien está trabajando para que se vea, para que se reconozca, para que se agradezca, pues tiene siempre la zozobra de aquello que no se alcanza. Y si logra su cometido, tiene siempre el temor de que le sea robado no solo su dinero. Que le sea robada su fama, que les es robada su buena imagen. Que les sean robadas sus amistades o sus afectos. No es únicamente un asunto de dinero.

Es un asunto de si estás esperando que la tierra, que esta tierra tenga tu recompensa, pero eso que quede en firme. Esa enseñanza: el corazón que está en los cielos es el corazón libre para trabajar en la tierra. Y eso lo muestra Jesús en primer lugar, en esa soberana libertad de Jesucristo, para hablar con el que sea, para decirle la verdad, al que sea para consolar, al que sea para ir más allá de los prejuicios, para superar el legalismo, ¿esa libertad infinita de Jesucristo de donde proviene? De no estar esperando reconocimientos, ni aplausos, ni agradecimientos, ni nada de la gente. Si quieres trabajar por la gente, no esperes de la gente. El que está esperando de la gente tiene frenos porque continuamente ve en peligro su obra. El que está esperando de la gente tiene que calcular y ya sabemos bien: el que ya se puso a calcular, dejó de amar. Hay que tener el corazón en el cielo y así tendremos libertad infinita para trabajar en la tierra. Una palabrita sobre esta otra enseñanza de la lámpara: se preguntan los exégetas a qué se refería Cristo con esta imagen del ojo. El ojo es la lámpara.

Pues, hay diversas interpretaciones de acuerdo con los significados que tiene el ojo y el hecho de mirar dentro de la mentalidad hebrea. Pero una que a mí me gusta -no necesariamente la única- es que el ojo es el que aprecia, el que discierne los valores. Las cosas adquieren valor ante nuestros ojos. Parece que esa es la relación que hay entre estos dos. Entre estos dos breves dichos de Cristo que están en el Evangelio de hoy. En ese sentido, la enseñanza sería como: Si tienes capacidad para saber qué es lo que vale, y para saber qué es lo que no vale. Esa sería la lámpara y ese sería el ojo que tiene luz. Si tienes esa capacidad. Entonces tú tienes luz dentro de ti.

Pero lo primero que necesitas renovar es tu capacidad de valorar, tu capacidad de discernir, que en cierto modo es también tu capacidad de degustar los distintos bienes. Si tienes, diríamos con otra metáfora, si tienes un paladar que sepa reconocer qué es lo que sabe, qué es lo que está bueno y qué es lo que ya está dañado. Si tienes una mirada que sabe encontrar dónde está lo valioso y dónde está lo falso, lo ficticio. Si tienes esa mirada, entonces tu vida está llena de luz. Pero si tus valores están trastocados, si está al revés, tu capacidad de destinar los bienes de pronto va a ser muy, muy grande. La oscuridad que te llene, porque la única luz que tenías estará a oscuras. Tomemos esa interpretación para nosotros y entonces roguémosle a Dios. Al término de esta jornada que santifique, como lo hemos pedido en otra ocasión, que santifique nuestros ojos, que nos dé mirada para conocer que vale y que no vale; para saber a qué precio y con cuánto esfuerzo Jesucristo lleva nuestro corazón al cielo, para dejarlo allí custodiado y desde allá con una libertad infinita. Trabajar por el Evangelio de Dios en esta tierra.

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