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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo soy cuando estoy a solas?
Homilía o113001a, predicada en 19960619, con 8 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Esta parte del Sermón del Monte se refiere a las obras tradicionales de la piedad judía. La vida espiritual del judaísmo tenía como expresiones devocionales, sobre todo estas tres: el ayuno, la oración y la limosna. Eso tiene su sabiduría, porque de alguna manera el ayuno indica como el dominio de la persona sobre sí misma, como la relación mesurada, sobria, saludable, que debe tener consigo mismo y la conciencia también de su propia culpa y de la necesidad de enmendarse.
La limosna, en cambio, regula todas aquellas actitudes y actividades que tienen que ver con el prójimo. Ya no es la persona consigo misma, sino la persona en su relación con el prójimo. Pedía la tradición judía que la relación básica con el prójimo fuera una relación de ayuda, especialmente al más necesitado. Tradicionalmente serán la viuda, el huérfano y el extranjero los primeros destinatarios de esta limosna, porque son aquellos que no cuentan ni con una tierra, ni con un trabajo, ni con un sustento. La limosna entonces, regula de alguna forma o invita a regular en la caridad, la relación con el prójimo. La oración, en cambio, se refiere a la relación con Dios. Se invita al judío piadoso a que mantenga entonces, una relación de oración con Dios, de misericordia con el prójimo y de mesura consigo mismo, o sea que es una enseñanza muy sabia y siempre actual.
Pronto, en la historia de la Iglesia, los Papas se valieron, especialmente digo los Papas, se valieron de esta, de este trípode para la predicación cuaresmal. Y por eso en Cuaresma se nos invita precisamente a que tengamos esa comunicación de bienes, que es un modo quizá más actual de hablar de la simple limosna, que tengamos una actitud de conversión, de penitencia, de mortificación y a que también hagamos oración más intensamente apoyados y alimentados por la Palabra. Esta sabiduría tan grande de las obras de piedad judía estaba en peligro, sin embargo, por la ostentación. Jesús critica esa ostentación, el que busca recompensa de los hombres se queda sin la recompensa de Dios. A mí me parece muy estricto ese criterio que nos da el Señor, porque si uno pasa su vida entera por ese criterio, quizá no sale demasiado al otro lado del pedazo.
¿Cuántas cosas hizo uno por darle gusto a alguien, simplemente por tener contento a alguien o porque no se metieran conmigo? Cuántas veces la paz, por ejemplo, en una comunidad local, no es otra cosa que un pacto multilateral de no agresión. Esa paz, evidentemente, no es un homenaje a la Pascua de Jesucristo, esa paz no es una invitación al Espíritu de Dios a que habite entre nosotros. Esa paz es, simplemente un acuerdo entre conveniencias y, por consiguiente, de ese tipo de paz no surge nada para la eternidad, no queda nada para el amor, no tiene nada que hacer el Evangelio. Pero se podrían dar muchos otros ejemplos y creo que la invitación puede ser a que cada persona revise su propia vida, por ejemplo, con el apostolado.
Cuando estaba todavía en Envigado, tuve oportunidad de visitar a los monjes camaldulenses, ermitaños de estricta vida y de estricta clausura. Entre ellos había, seguramente está todavía ya en la nueva sede, había un sacerdote diocesano, me parece que puertorriqueño. Y tenía oportunidad de hablar con este hombre y de recibir el sacramento de la reconciliación de sus manos. Me decía él que cuando entró al monasterio se dio cuenta de cuántas cosas que él antes llamaba vigor apostólico, no eran otra cosa que ganas de ser visto, que ganas de mandar o ser importante, recibir un agradecimiento. Y uno lo vive en lo pequeño y en lo grande, cuando llegan días, por ejemplo, de retiro espiritual, es frecuente que a uno le cueste un poco de trabajo, como ubicarse, como que no se encuentra en ningún sitio.
Yo no digo que todo nuestro trabajo lo hagamos, simplemente por los agradecimientos humanos, que por otra parte, son tan inciertos. Pero no cabe duda de que cuando llega ese momento de soledad, de estar a solas con Dios, ahí es donde se sabe de veras cuánto ayuno, cuánta limosna y cuánta oración hay en nosotros. Y no es otro el criterio que nos propone Cristo acá, nos pide que, para no perder la sinceridad, para no perder la fuente de autenticidad de nuestra vida en el Espíritu, es necesario pensar en cómo soy cuando soy solo, cómo soy cuando no hay nadie, cómo es mi oración, no cuando se está en el momento de plenitud comunitaria, sino cuando llega el tedio y la prosa de los días, cómo es mi amor a los otros cuando no hay nadie que aplauda, cómo es mi mesura conmigo mismo cuando nadie me va a decir cómo es usted de sacrificado, cómo es usted de sacrificada. En este camino de interiorización la religión se va volviendo profundamente auténtica, se va volviendo profundamente sincera. Y sobre ese corazón sincero, la semilla del Evangelio puede verdaderamente germinar frutos de justicia.
Pidamos a Dios que nos da esta palabra tan exigente que nos dé también un amor abundante. Porque el que se queda solo con la exigencia de la Palabra se convierte en un frustrado de sus propias limitaciones y en un amargado de las limitaciones de los otros. Pero tampoco nos quedemos con ese amor abundante si no hay esta exigencia de la Palabra, porque fácilmente podríamos caer en la indolencia e incluso en la ingratitud de los bienes recibidos. Padre Dios, que nos has dado en tu Hijo, la Palabra que nos ilumina, danos con tu Espíritu el amor que nos mueve.

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