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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lecciones sobre el consuelo de Dios y el arrepentimiento del hombre

Homilía o112009a, predicada en 20200616, con 18 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, hoy tenemos la continuación de la historia de ayer en la Santa Misa. Me refiero a la primera lectura. Vimos como un rey llamado Ajab cometió terrible abuso de poder, llegando al asesinato de un inocente llamado Nabot. Y el motivo del asesinato fue que Ajab quería esa tierra. La tierra que pertenecía, el terreno que pertenecía a Nabot. Y por esa codicia se desencadenó una serie de pecados que conocemos como abuso de poder.

La lectura de hoy es muy consoladora porque nos muestra por una parte que Dios todo lo ve y que Dios hace justicia. Aunque los tribunales humanos muchas veces se equivocan, tardan demasiado, están sujetos a sobornos y preferencias. Hay un tribunal imparcial que es el de Dios, y este es un primer motivo de consuelo. Si no existiera ese tribunal divino, la tierra, esta tierra sería un absurdo insoportable, porque todos conocemos bien cuántas injusticias suceden y cómo muchas veces hay personas que parece que logran salirse con la suya, como comúnmente se dice.

Es decir, ¿cómo logran destruir los bienes, la fama o la vida de otras personas y siguen tan tranquilos? Así que un primer motivo de consuelo es saber que por encima de los tribunales de esta tierra está el tribunal de Dios, ante el cual todos tendremos que comparecer. Segundo motivo de consuelo darnos cuenta de que hay personas valientes. ¿Quién le denunció a Ajab sus terribles crímenes? El profeta Elías.

Pero si has estado atento a las lecturas de la Misa de estos últimos días, sabes qué nivel de persecución había contra Elías. En cierto momento hubo un decreto ordenando que todo el que supiera dónde estaba Elías tenía que denunciarlo para que fuera ejecutado. Y este hombre que había tenido que enfrentarse prácticamente solo a todo el estado de Israel. Le habla a la cara y le habla con firmeza y le habla con un mensaje duró hasta el extremo al rey de ese estado. Hay gente valiente, hay gente que no se calla, hay gente que habla cuando tiene que hablar. Y esas personas, especialmente cuando defienden el derecho de los más pobres. Esas personas que no se conforman con decir oh, qué injusto es el mundo, qué pesar, qué tristeza pero bueno, esa es la vida. La gente que no se conforma con eso, la gente que abre la boca, la gente que tiene el valor de ponerse de parte del que nada tiene esa gente es motivo de consuelo. Porque ellos, a la vez que son un acicate para nosotros y un despertador para nosotros, también son una prueba de cómo ese Dios eterno no espera únicamente hasta el final para traer su justicia a esta tierra. Y así llevamos dos motivos de consuelo. En medio de las tristezas de este mundo.

Primero, saber que existe la justicia de Dios. Y segundo, ver que hay gente valiente, como en su momento fue el profeta Elías. Y la verdad es que todos los profetas de la Biblia, cada uno a su manera, brillaron por ese valor y muchos de ellos tuvieron que pagar con su vida el hecho de ser coherentes y ser valientes. Pero que haya gente así es algo que nos consuela mucho. Después de que Elías denuncia con toda claridad el pecado a Ajab. Ajab toma un camino de arrepentimiento. Y este es el tercer motivo de consuelo que tenemos hoy.

Muchas veces estamos acostumbrados a que la palabra que se predica parece que no produce ningún efecto. En Romanos Capítulo Diez, el apóstol San Pablo recuerda aquel texto que se encuentra en los profetas ¿Quién creyó nuestro mensaje?. Es como la decepción. Por eso leemos, por ejemplo, en el profeta Isaías Yo pensé en viento y en nada he gastado mis fuerzas. Es de mucho consuelo ver que hay personas que si se arrepienten, es de mucho consuelo darnos cuenta que hay personas que sí toman en serio su conversión y esas personas que toman en serio su conversión son un motivo de consuelo y un ejemplo para nosotros.

Porque muchas veces los que han tenido un gran proceso de conversión, un profundo proceso de conversión, son los más fervorosos. Quién lo puede negar. Mirando el ejemplo del mismo apóstol San Pablo. ¡Qué grande San Pablo! Así como fue intensa la persecución que él desató contra los cristianos, así también él se entregó de una manera intensa, absoluta, total, se entregó a la predicación del Evangelio. Para mí, la vida es Cristo, dice él en algún momento y en otro momento dice Todo lo considero basura por llegar al conocimiento de Cristo. O sea que podemos decir la radicalidad que había tenido en ser malo, perverso, ahora se convirtió en una radicalidad, pero radicalidad de seguimiento de Cristo. Y ese es motivo de consuelo que el arrepentimiento es posible.

El cuarto y último motivo de consuelo que quiero mencionar hoy es darnos cuenta que este Dios mira el corazón arrepentido. Y si bien es cierto que el pecado tendrá consecuencias, como se nota al final del texto que hemos escuchado del primer libro de los Reyes. Acuérdate que esto está en el Capítulo Veintiuno. Si bien es cierto que las consecuencias del pecado llegarán, miremos cómo Dios está atento al corazón que se arrepiente. Dios, nos decía el Papa Francisco, está más dispuesto a perdonar que nosotros a pecar.

Entonces, hoy hemos aprendido que hay cuatro grandes motivos de consolación, cuatro motivos de consuelo en medio de las tristezas de este mundo. Sobre todo me refiero a las tristezas que uno experimenta cuando ve tanta injusticia que se comete.

Primero, saber que el tribunal de Dios está encima de todos los tribunales. Segundo, ver que hay gente valiente que es capaz de denunciar el pecado aunque se les vaya en eso la vida. Tercero, darnos cuenta que hay personas que sí cambian y que muchas veces el que estaba de último y el que parecía más perverso es el que sale de primero y es el que les gana a todos. Con razón decía el mismo apóstol Pablo he trabajado más que todos. Y de inmediato añade pero no yo, la gracia de Dios conmigo. Y el cuarto motivo de consuelo es ver que Dios se deja conmover por las lágrimas y por el dolor sincero del que está arrepentido del pecado. Entonces esto se llaman los cuatro consuelos. Cuatro consuelos que cada uno de nosotros puede experimentar, sobre todo cuando ve tantas injusticias como tenemos que ver todos los días.

Pero aprendamos algo más, aprendamos del arrepentimiento de Ajab. Porque así como Ajab en la lectura que tuvimos en la Misa de ayer, fue algo así como el prototipo de la maldad en cuanto abuso del poder. Hoy Ajab nos está mostrando cuál es el camino del arrepentimiento. Primer punto en el camino del arrepentimiento. Ajab acepta la denuncia. Elías le habló claramente. Y fíjate lo que dice el texto que hemos escuchado hoy. En cuanto Ajab oyó aquellas palabras, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal y ayunó. Entonces admitió la denuncia, reconoció la culpa, hizo penitencia. Estos son los actos más visibles de su arrepentimiento y valen también para nosotros reconocer la culpa. Reconocerla. Arrepentirse, hay que dolerse del pecado y hay que hacer penitencia.

Pero hay un hecho que no quiero dejar pasar por alto. Y con esto terminamos nuestra reflexión de hoy. Observa lo que nos dice este texto y que ya todos habíamos notado en las lecturas de los días anteriores. Dice aquí no hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba empujado por su mujer Jezabel. De hecho, ese crimen que él cometió contra el inocente Nabot, el crimen que él cometió, lo cometió empujado por su mujer Jezabel. Pero lo que quiero destacar hoy es que Ajab se quitó el yugo de Jezabel para someterse al Santo, al Bendito yugo de Dios. Y nadie se escandalice de que yo use la palabra yugo, que el primero que la utilizó fue Cristo. Cargad con mí yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, dice Jesús.

Así pues, mis hermanos, debemos mencionar cuatro actos en el arrepentimiento de Ajab. Primero escuchó la denuncia. Segundo, reconoció su culpa. Tercero, aquí hay que introducir el tema de Jezabel. Tercero, rompió su obediencia con Jezabel. Y cuarto hizo penitencia.

Rompió su obediencia con Jezabel. Es el tercer punto. Bueno, y cómo se podrán aplicar estos cuatro puntos a nosotros, que por supuesto, también necesitamos nuestro camino de conversión. ¿Cómo se pueden aplicar estos cuatro puntos? Pues primero necesitamos reconocer nuestras culpas.

A ver, lo primero fue aceptar la denuncia. Si cada vez que alguien te va a decir que tú estás en pecado, tú dices que no y caes en lo que denunció el profeta Isaías, en llamar bien al mal y mal al bien, se estropea, se echa a perder todo tu proceso de conversión. Lo primero es aceptar la denuncia. Lo primero es saber que efectivamente, mi conciencia me denuncia. La palabra de la Iglesia, me denuncia el Catecismo de la Iglesia, me denuncia. Los buenos predicadores y las buenas predicaciones me denuncian. Lo primero es aceptar la denuncia.

Segundo, reconozco mi culpa y la reconozco con dolor. Tercero, lo que hizo Ajab, según acabamos de explicar, fue romper la obediencia que tenía con Jezabel. Porque estoy seguro que Jezabel no estaba muy contenta de que este hombre se arrepintiera de lo que había hecho. Ni tampoco Jezabel quería que él se vistiera de sayal y que ayunara en señal de penitencia. Pero él rompió la obediencia con Jezabel. Y en nuestro caso, ¿quién es Jezabel? Cada uno tendrá que responder. Es decir, ¿cuáles son las voces que te mantienen en el pecado? ¿Cuáles son? Para Acab en ese caso era su esposa Jezabel. En ese caso, por supuesto, hay muchas otras mujeres virtuosas y buenas consejeras y almas santas. Pero en este caso, para Ajab, la voz perversa era la voz de Jezabel.

Entonces, si queremos aplicar esto a nuestra vida, tenemos que preguntarnos ¿cuáles son las voces perversas? Y hay que romper con las voces perversas. Esas voces pueden estar en muchos sitios, pueden estar en Internet. Yo conocí el caso de una chiquilla que estaba recibiendo. Estaba en internet, en un grupo, un grupo realmente satánico. Bueno, no literalmente satánico, pero una cosa diabólica. Porque era un grupo donde les enseñaban cómo entrar en el camino de la anorexia, cómo burlarse de los papás y de la familia para realmente volverse anoréxicas. Esa era una voz perversa que le estaba susurrando al oído a esa pobre chiquilla. En aquella época, cuando eso empezó, ella tendría diez u once años, una cosa parecida. Entonces, date cuenta, hay que romper con las voces perversas.

Otra voz perversa ¿cuál puede ser? Si tuviste una relación, por ejemplo, de adulterio, seguramente esa persona tenía mucho poder sobre ti, mucha influencia sobre ti y esa persona que tenía mucha influencia sobre ti. Después te empieza un día a mandar mensajitos, mensajitos. Al principio muy neutros. ¿Qué más? ¿Qué has hecho? ¿En qué andas? He pensado mucho. Te he extrañado. Pero ¿qué hay detrás de esos saludos neutros? Recomenzar una relación de pecado. Esa es una voz perversa. Si rompiste una relación de adulterio, rompiste con esa relación. Entonces hay que romper con las voces perversas. Relaciones que nunca debieron empezar o que no debieron tomar el curso que tomaron. Hay que romper con esas relaciones. Hay que romper con relaciones perversas. Si hay lugares. Si hay amistades. Si hay programas de televisión. Si hay lecturas que yo siento que me están haciendo mal. Hay que romper con eso.

Y finalmente, pues hay que hacer penitencia. Esto incluye, por supuesto, para nosotros, creyentes, esto incluye el camino del arrepentimiento y por supuesto, lleva el sacramento de la Confesión.

Entonces, ¿cuáles son las enseñanzas que nos da Ajab? Ajab nos da cuatro enseñanzas sobre el arrepentimiento. Primero tengo que aceptar las denuncias, es decir, tengo que aceptar las palabras que me incomodan, pero que son ciertas y que despiertan mi conciencia. Segundo, debo reconocer mi culpa y pedirle a Dios el don de dolerme por esa culpa. Tercero, debo romper con las voces perversas, la gente que me quiere mantener en el pecado. Y cuarto, hay que hacer penitencia.

Es increíble. Quiero decir, maravilloso, que el mismo hombre Ajab que ayer nos enseñó lo que significaba abuso de poder, hoy nos está enseñando qué significa arrepentimiento. Demos gracias a Dios porque la conversión es posible y pidamos que nosotros mismos seamos realmente obedientes a su gracia. Amén.

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