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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Puede resumirse en esto: reemplazar la lógica del intercambio por la lógica de la generosidad y la gracia.
Homilía o112004a, predicada en 20120619, con 4 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Considero que el texto que nos ofrece el Evangelio del día de hoy, tomado del Capítulo Quinto de San Mateo, es uno de los más importantes. Bueno, uno dice esto con alguna frecuencia, porque todo lo que nos enseña Cristo es de tal valor y es de tanta importancia que finalmente todo resulta importante. Pero es que lo de hoy es absolutamente clave.
Aquello de que el amor nuestro tiene que superar la lógica de la retribución y tiene que superar la lógica de lo que podríamos llamar el comercio. Porqué comercio es que yo doy para recibir, invito para que me inviten, sonrío para que me sonrían. Y Jesús nos dice: Si haces eso, si haces el bien al que te hace el bien, ¿qué mérito tienes? ¿qué estás haciendo de extraordinario? Y además nos da una pista que es de mucha importancia. Dice Jesús que a través de un amor que trasciende esa lógica del intercambio. A través de ese amor llegamos a ser semejantes al Padre Celestial.
Con lo cual, en realidad Cristo nos está obligando a hacernos esta pregunta ¿Qué pasaría conmigo si Dios me tratara como yo trato a los demás? Es decir, si esa lógica del intercambio le aplicará a Dios, quiere decir que entonces Dios solo debería amar a aquellos que en realidad le aman. Y como el amor de Dios es permanente, es infinito, es luminoso, es perfecto. Entonces Dios solo debería amar a los que le amaran de un modo permanente, intenso, luminoso, perfecto. ¿Y quiénes son esos? ¿Y quiénes van a ser esos? Dice la Escritura que Dios encuentra deficiencias incluso en sus ángeles. Quizás no pecado, pero por lo menos deficiencia se encuentra.
Por supuesto que nadie está a la altura de Dios. Un gran pensador de la antigüedad, el filósofo Aristóteles. Reflexionando sobre cómo podría ser Dios, decía que Dios no ama al mundo y que Dios no ama a los hombres, porque decía Dios tiene que amar lo que sea digno de ese amor y solo es digno del amor de Dios, pues Dios mismo. Con lo cual Aristóteles llegaba a una conclusión pavorosa: el Dios que sirve de soporte y el Dios que sirve de meta del universo entero, es un Dios que no se ocupa de nosotros. Pero Dios no es así. El Dios que se ha revelado en la Escritura, el Dios que se nos ha dado a conocer en Jesucristo, no es así.
Y nosotros somos invitados a superar también esa lógica del intercambio. Porque con la lógica del intercambio, el feto que no aporta nada, sino que estorba, puede ser eliminado. Con la lógica del intercambio, el pobre, el marginado, es simplemente un recurso para la economía. Con la lógica del intercambio, el anciano que ya gastó su vida, pero ya no representa ninguna utilidad, puede ser eliminado. Con la lógica del intercambio, el mundo se convierte en una jungla que supuestamente tiene capacidad para acoger únicamente a los más capaces, a los más inteligentes. Es decir, el mundo se convierte en la lucha por imponer la propia voluntad. En el sálvese quien pueda.
Cristo oportunamente nos está dando esta enseñanza para que nosotros podamos superar esa lógica del intercambio. También un día, nosotros, cuando estemos, qué sé yo, en depresión, cuando estemos rotos por dentro, cuando estemos en la enfermedad o en la ancianidad, también nosotros vamos a necesitar un Dios que sepa inclinarse y que sepa compadecerse, y seguramente vamos a necesitar también prójimo. Un prójimo que sepa no mirar lo que podemos dar en ese momento, sino mirar lo que necesitamos en ese momento. Por eso Cristo con estas palabras hace humano el mundo y transforma lo más hondo del corazón humano. Que sus palabras sean verdad en nosotros. Amén.

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