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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Haz todo el bien posible, evita el mal y busca siempre la virtud y la gloria del Señor. Y aunque sucedan cosas terribles, permanece confiado: Dios sigue obrando y su bien siempre encuentra camino.
Homilía o103012a, predicada en 20260610, con 10 min. y 47 seg. 
Transcripción:
A veces, a veces uno piensa que a Dios le falta ser más contundente. Y voy a dar tres ejemplos porque hoy, hoy mis amigos, hoy quisiera que abandonáramos una herejía que se llama: El Dios contundente. ¿De qué estoy hablando? Pensemos, por ejemplo, en la injusticia. Hay tantas injusticias en este mundo, hay tantas personas inocentes que sufren, hay tantos pobres que de verdad la están pasando supremamente mal. Hay tanta gente que está siendo maltratada, que está siendo triturada por los intereses a veces de los poderosos, de los ricos, de los corruptos.
Y entonces uno como que siente, Dios debería mostrarse y mostrarse ¿cómo? Con contundencia, queremos un Dios contundente, que reciban una lección, esos corruptos, que reciban una lección, esos malvados. Y eso parece salir de un corazón que ama y un corazón que ama mucho. Ese es un momento en el que uno quisiera al Dios contundente. Y la pregunta típica que uno se hace es: Bueno ¿y aquí dónde está Dios? Otras veces uno quisiera un Dios que interviniera de una manera maravillosa, una manera potente y que interviniera así, por ejemplo, cuando sucede un accidente.
Es algo muy conmovedor para mí, yo creo que para todos es algo muy conmovedor, ¿no? Porque entonces uno se da cuenta que hubo un accidente, por ejemplo, se descarriló un tren. Y de nuevo, lo que más duele son las muertes de los inocentes. Entonces, se descarriló el tren y personas ancianas, personas discapacitadas, niños de brazos, niños pequeños resultan espantosamente heridos. Y de nuevo, la pregunta ¿por qué Dios no se muestra ahí? Todavía más grave, cuando se presenta un accidente y el accidente no mata a la gente instantáneamente, sino, por ejemplo, termina en un incendio y las personas pues terminan carbonizadas.
Y uno quisiera un Dios que en esos momentos se manifestara. Mi último ejemplo tiene que ver con situaciones familiares que a uno le preocupan mucho y le duelen mucho, y donde uno también quisiera ver un Dios que fuera mucho más claro. He conocido varios casos de personas que tienen hijos pequeños y se enferman y se agravan y no quieren morirse. Eso es terrible, para mí como sacerdote es terrible conocer esas escenas. Escenas, por ejemplo, de mamás que tienen niños pequeños y se están muriendo de cáncer ellas.
Y ¿qué hago? Y de nuevo, ¿por qué Dios no se muestra aquí, por qué Dios no se muestra ante el dolor de esa mamá, ante el accidente que deja carbonizadas a una cantidad de personas inocentes, por qué Dios no se muestra frente a la injusticia del mundo? Y de nuevo, quisiéramos un Dios que fuera mucho más explícito, un Dios que brillara más, un Dios que mostrara más su poder. Pues si ese es el Dios que tú querías, mira lo que sucede en la primera lectura de hoy, porque la primera lectura de hoy nos muestra una escena realmente impactante de la contundencia de Dios.
Efectivamente, Elías está agotado y está fastidiado con que la mayor parte del pueblo de Israel se ha ido tras el culto de los baales y el culto de los baales es el culto a aquellos diosecillos falsos que se supone que me van a arreglar a mí la vida. Y en ese sentido, los baales siguen siendo una tentación en todas las épocas. Entonces, Elías está absolutamente fastidiado, asqueado de esa situación y le propone al pueblo: Vamos a hacer una cosa, que los sacerdotes de Baal preparen una víctima y yo voy a preparar otra víctima. Y el Dios verdadero es el que responde por el fuego.
Y si ellos preparan su víctima y Baal o los baales son capaces de quemar esa víctima, quiere decir que Baal es el Dios verdadero. Y si yo preparo la víctima y es Yahvé, Yahvé, Dios, el Dios de la Alianza, el Dios de Moisés, el que estuvo en la ley y en la predicación de Moisés, es el que hace la obra, entonces ese es el Dios verdadero. Y todo el mundo estuvo de acuerdo y fue una demostración contundente. Ahí se mostró quién era Dios y ¿qué dice Elías después de que aparece esa contundencia? Aquí hay algo muy grave, estamos en una situación del Antiguo Testamento.
Y la conclusión a la que llega Elías es: Bueno, pues ya saben cuál es el Dios verdadero. Entonces, agarren a esos 400 sacerdotes y profetas de Baal y degüéllenlos. Entonces, él condenó a muerte a esos 400 o más, no sé cuántos eran sacerdotes de Baal. Y hay dos enseñanzas que quiero sacar de esto, no quiero extenderme mucho. La primera enseñanza es que, el que ama al Dios contundente muchas veces termina siendo también justiciero y contundente. Entonces, si yo amo al Dios que interviene con fuerza, entonces después yo quiero intervenir también con fuerza y quiero acabar a los otros.
Y se me olvida, es muy fácil que se me olvide en todo caso, una frase clave que está en el profeta Ezequiel: «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». Y por eso, las personas adictas a la contundencia normalmente terminan tomando la justicia por su propia mano y terminan deseando que se destruya, que se mate, que se extinga al malvado, que se acabe el pecador. Pero resulta que esa no es, esa no es la manera de Dios.
Así que, primer problema de la contundencia, que muchas veces tomamos nosotros esa supuesta forma de obrar de Dios, la tomamos para provecho nuestro. Y cuando tomamos para provecho nuestro o para nuestro estilo, tomamos ese modo de obrar de Dios. Entonces, pues eso, queremos eliminar al pecador. Y el estilo de Dios no es eliminar al pecador, es que se convierta y viva.
El otro problema de la contundencia es que muchas veces interrumpe el plan de Dios. Mira, yo menciono con bastante frecuencia la conversión de San Ignacio, San Ignacio de Loyola, el gran fundador de los Jesuitas. Y San Ignacio, pues tuvo una herida en guerra, una herida espantosa, una herida en su pierna y esa herida brutal que tuvo, pues no era algo agradable. Pero de eso tan desagradable salieron cosas buenas. En el caso de San Ignacio, uno alcanza a ver cuáles fueron las cosas buenas que surgieron de ahí, uno alcanza a ver eso. En otras ocasiones, uno no lo ve tan claro.
Pero hay algo que te quiero decir y es que mira, aunque parezca, aunque parezca mentira, de males terribles salen bienes magníficos cuando entra en juego la providencia de Dios. Entonces, cuando nosotros queremos que Dios intervenga de esa manera así vigorosa y que aplaste, tal vez lo que más deseamos en el fondo es desahogar nuestra frustración, lo que más queremos es apagar nuestra indignación, pero quizás el plan de Dios iba por otro lado, quizás el plan de Dios iba por otro lado. ¿Quiere decir que uno tiene que ser cobarde y dejar que el mal prospere? No, no hay que luchar contra el mal, hay que luchar contra lo que es injusto.
Hay que luchar para que no haya accidentes absurdos. Hay que luchar para erradicar la enfermedad. Pero tú y yo sabemos que hay un límite en esa lucha. Y tú y yo sabemos que también pasan cosas, algunas de ellas por las fuerzas mismas de la naturaleza. Entonces, pretender que Dios esté en cada momento poniéndonos cojines de un lado y de otro, de manera que nosotros no suframos, puede ser una ilusión muy atractiva, pero es solamente eso, una ilusión, es una ilusión simplemente. No, no va por ahí, no va por ahí. Lo que Dios quiere, la manera de obrar de Dios es otra.
Y esa otra manera de obrar de Dios es la que a nosotros nos interesa. Entonces el resumen es, haz todo el bien que puedas hacer, evita en ti y en los demás todo el mal que puedas evitar, buscando siempre la virtud y la gloria de Dios y si obrando de ese modo suceden cosas terribles y dolorosas, no te apresures a criticar el obrar de Dios. Aunque parezca increíble, algo bueno viene en camino.

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