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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos al Señor el fuego del Espíritu Santo que nos transforme, que nos haga personas nuevas.
Homilía o103010a, predicada en 20220608, con 6 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Hermanos, la primera lectura de hoy, tomada del primer libro de los Reyes, nos presenta al profeta Elías en el momento en el que confronta al pueblo. Ayer veíamos a Elías frente a una mujer que es modelo de creyentes, aquella mujer que le creyó a Dios en circunstancias complejas, circunstancias de hambre. Pero hoy el profeta le está preguntando al pueblo, ¿realmente en quien tienen puesta ustedes su confianza, en quien confían ustedes realmente? Esa es la pregunta. Porque resulta que la idolatría se había difundido por todas partes, el corazón del pueblo ya no era para Dios, el corazón del pueblo estaba de lleno en el servicio a Baal y con el nombre de Baal entendemos muchos dioses de aquella época. De hecho, la palabra Baal es casi un nombre genérico, un nombre común. Por eso se habla también en algunos lugares de la Biblia de los Baales.
Así que este pueblo estaba metido de lleno en la idolatría, su corazón estaba extraviado. Y no sólo era el corazón del pueblo, es que el corazón del rey y, sobre todo, el corazón de la esposa del rey, que era practicante de brujería, activamente buscaba apartar a la gente de la fe en Dios. Mira lo que digo, activamente, es decir, a esta mujer le interesaba muchísimo destruir la fe en el Dios de la Alianza, en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Ella quería inyectar, inyectar brujería, inyectar idolatría por todas partes, esa mujer se llamaba Jezabel. Qué contraste tan grande entre la humilde viuda de Sarepta y la arrogante bruja Jezabel. Dos mujeres, una que es modelo de virtud y de una fe impresionante, y otra que es modelo de crueldad, de idolatría y del deseo de apartar al pueblo del Corazón de Dios.
¿Qué hace Elías? Elías hace una demostración que solo se puede llamar espectacular, una demostración impresionante de cual es el Dios verdadero. ¿Cuál es esa demostración? Él dice a los sacerdotes de Baal: Preparen un sacrificio, yo voy a preparar otro y vamos a ver cuál de los dioses responde a través del fuego. Y la ofrenda que quisieron hacerle al ídolo a Baal, pues nunca recibió ningún fuego. Mientras que la ofrenda de Elías fue calcinada por el fuego que vino de lo alto. Es algo poderoso, es algo impresionante, es algo espectacular. Algunas veces hay personas que dicen: yo creería en Dios, porque en el momento no creen, yo creería en Dios, pero así con una muestra, con algo espectacular, con algo grandioso, con un milagro. Jesús también se quejaba y decía: Si ustedes no ven signos y prodigios, no creen. Si no ven signos y prodigios, no creen. Era un lamento que tenía Cristo.
Pero esta lectura nos enseña algo importante, nos enseña que esos signos exteriores, aunque algo pueden hacer por la fe, no logran la transformación interior. Es decir, finalmente el fuego que se necesita no es tanto el fuego afuera, es el fuego adentro. Por eso conviene comparar este milagro espectacular de Elías con la fiesta de Pentecostés que hemos celebrado no hace mucho. Porque Pentecostés es fuego, ¿te acuerdas? Llamas de fuego. Pero nos dice la Sagrada Escritura en el libro de los Hechos de los Apóstoles: Fuego adentro. Elías era un santo que ardía de celo por la casa y por la causa de Dios, pero Elías solo llegó hasta el fuego exterior. Y el fuego que lo cambia a uno, el fuego que hace de uno una persona nueva, es solamente el fuego interior. O sea que hay que pedir el milagro de Elías, pero no tanto pedir cosas que veamos nosotros aquí, aquí o allá, sino fuego que venga a nosotros, fuego que haga su obra en nosotros y que nos transforme. Así sea.

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