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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay una profunda unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: unidad en el propósito de la ley que recibimos de Moisés y en la gracia que recibimos de Cristo: desde siempre Dios ha querido que nosotros seamos realmente su pueblo y Él sea de verdad nuestro Dios.
Homilía o103009a, predicada en 20200610, con 24 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hermanos, a primera vista no hay una relación muy clara entre las dos lecturas que hemos escuchado. La primera nos presenta una escena impresionante en que el profeta Elías confronta al pueblo de Dios, concretamente a la gente del Reino de Israel y les dice ¿a quién van a servir finalmente? Debemos tomar nota inmediatamente que esta pregunta aparece más de una vez en la Biblia. Luego volvemos sobre ese punto. Y entonces, Elías hace una especie de competencia entre dioses: Miremos a ver cuál es el Dios verdadero, cuál es el Dios que responde con el fuego. A ver si va a ser ese Baal en el que ustedes creen o si va a ser el Dios que nos sacó de Egipto, Yahvé.
Es como una confrontación, una confrontación que tenía que suceder en los corazones de los israelitas, pero que tenía que suceder también ahí, a la vista de todo el mundo, sobre el Monte Carmelo. Y, de hecho, esta es la razón por la que es tan importante el Monte Carmelo en la espiritualidad cristiana. Esta es la razón por la que hacia el siglo XI, siglo XII, empezaron a reunirse ermitaños a vivir en el Monte Carmelo. Y esta es la razón por la que existe una devoción de Nuestra Señora del Monte Carmelo, lo que la gente llama comúnmente Nuestra Señora del Carmen. Tiene que ver con este pasaje de la Biblia. Entonces, la primera lectura fue una confrontación, confrontación para ver cuál es el Dios verdadero.
El Evangelio, por su parte, nos presenta una dinámica diferente, una dinámica que es la que se da entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. ¿Qué relación tiene el mensaje de Jesucristo, qué relación tiene ese mensaje con la ley, la ley de Moisés? Entonces nos preguntamos ¿cuál puede ser el contacto, el punto de contacto entre estas dos lecturas? Vamos paso a paso y vamos descubriendo que sí hay un puente que une la primera lectura del capítulo 18 del primer libro de los Reyes, y el texto de San Mateo que fue tomado del capítulo 5 de San Mateo, Mateo capítulo 5.
¿Qué fue lo que sucedió en esa primera lectura? Como mencioné, se trata de una pregunta, una pregunta fundamental. Elías se da cuenta que el pueblo tiene el corazón dividido. Es decir, cuando les conviene, van con Yahvé. Cuando les conviene, van con Baal. Esta traducción que escuchamos dice: ¿Hasta cuándo seguiréis con muletas? Más literalmente, el texto hebreo lo que dice es: Hasta cuando cojearéis con los dos pies. Como la persona que por dificultad al caminar va cojeando de ambas piernas. Esa persona que tiene gran dificultad al caminar, en un momento se inclina hacia un lado. En otro momento, se inclina hacia el otro lado. Y el profeta Elías está haciendo esa comparación. Ustedes a veces se inclinan hacia un lado y buscan a Yahvé, otras veces se inclinan al otro lado y buscan a Baal. ¿Hasta cuándo seguirán ustedes cojeando de ambas piernas, hasta cuándo estarán en ese bailecito, hasta cuándo estarán en esa infidelidad? Casi más grave que abandonar a Dios es ponerlo al mismo lugar de los ídolos. A veces estoy con Dios y a veces no estoy con Dios.
Observemos que esta actitud de estar con Dios solamente cuando me conviene es algo que tristemente se da en muchos lugares y que seguramente ha pasado también en nuestras vidas. Yo recuerdo muchos años atrás, el siglo pasado, cuando asistía junto con algunos de mis hermanos a un grupo de oración allá, en el barrio Los Andes, de aquí de la ciudad de Bogotá. El grupo se llamaba: Grupo Espíritu Santo. Y quienes nos enseñaban y predicaban en aquella época recuerdo que utilizaban esta imagen: el dios bombero. Hay un incendio, llamar a Dios, pero para que apague el incendio. Los bomberos, sin embargo, no se quedan a vivir ahí. Llegó el bombero, apagó el incendio. Muchas gracias, muchas gracias, hasta luego. Váyase, porque ahora sigo yo. Hay otras expresiones semejantes. El dios estación de gasolina, únicamente me proveo de fuerzas o de ánimo, me lleno de esa energía, pero yo dejo la estación de gasolina porque yo sigo mi camino. O si no, también el dios mecánico, voy al taller porque algo no funciona, pero apenas me han arreglado lo que no funciona, yo sigo mi camino.
En todos estos ejemplos y otros que se podrían dar, lo que encontramos es usar a Dios. Usamos a Dios. Realmente ponemos a Dios o queremos ponerlo a nuestro servicio, siendo así que lo que nos pide una recta conciencia es que nosotros estemos al servicio de él, pero nosotros muchas veces lo que queremos es que él esté al servicio nuestro y eso, por supuesto, hace muchísimo daño, hace muchísimo daño, porque no es que a Dios le falte voluntad ni bondad para ayudarnos y servirnos en nuestras necesidades, sino que lo grave viene cuando nos despedimos de Él. En esos tiempos en que nos apartamos de Él, es donde tomamos las peores decisiones, es donde nos enredamos en las relaciones más complejas y sucias, es donde hacemos los peores negocios y es donde finalmente nos lastimamos de una manera más grave. Así que ese es el objeto de crítica del profeta Elías. Estamos de un lado para el otro, cuando me conviene Dios, cuando no me conviene, entonces lo olvido.
Otra manifestación que tiene este comportamiento es cuando en algunos aspectos de nuestra vida aparecemos como piadosos y convencidos. Es una tentación, por ejemplo, de aquellas personas que pertenecen a algún grupo, por ejemplo, un grupo parroquial, un grupo de oración, una comunidad de fe. Con alguna frecuencia las personas que participan o que hemos participado en esos grupos encontramos muy fácil en ese grupo expresar nuestra alegría: Cristo es el centro de mi vida. Cristo es mi Roca. Cantamos al Señor Jesucristo: Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar. Y salen las voces y salen las alabanzas. Pero, es en ese tiempo, porque si luego estoy en mis redes sociales, lo que yo publico en mis redes sociales tal vez ya no habla de Cristo, sino ya es un tributo a otros criterios, a otros gustos o incluso a algunos ídolos. Entonces, tenemos el corazón dividido, o tal vez somos muy piadosos en un ambiente, pero cuando ya estamos en otro ambiente donde sabemos que hay hostilidad contra Dios, nos volvemos cómplices con nuestro silencio y dejamos que se lastime y se ofenda el nombre de Dios.
Es decir, lo que nos cuenta la Escritura en primer libro de los Reyes, capítulo 18, esta confrontación entre Yahvé y Baal, esta confrontación, sigue sucediendo de alguna manera en nuestros corazones. Quiero cerrar esta primera parte haciendo notar que la oposición más radical está entre la fe y la magia, porque la fe es aquella profunda actitud del corazón que me lleva a ponerme por completo al servicio de Dios. La oración de la fe es: Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo. El Padre Nuestro es la oración propia de la fe.
Pero mientras tanto tenemos lo que es la magia, esa palabra hay que quitarle ese halo de cierta belleza y atractivo que tiene. Me molesta muchísimo cuando la gente, por hacer un elogio dice: Había un ambiente mágico. La magia no es algo simpático para nosotros los cristianos, de ninguna manera, porque la magia, lo que quiere en su intención original es manipular las fuerzas sobrenaturales para provecho de nuestros intereses, de nuestras conveniencias, de nuestros gustos, de nuestros apetitos. Es decir, que la magia es directamente lo contrario de la fe. Porque si la fe, como ya dijimos, consiste en que mi vida se orienta al servicio del Señor, la magia es convocar fuerzas para que estén a mi servicio, fuerzas de la naturaleza, fuerzas de los demonios, fuerzas de los muertos o lo que sea.
En una ciudad como Bogotá es lamentable lo que se ha hecho en muchos sitios donde la gente abre sus consultorios con mil nombres. Aquí, por ejemplo, en Bogotá es famoso toda, es famosa toda esa venta que está en torno a un término, el indio amazónico, no hace mucho sonaba bastante el tema de la Amazonía por el Sínodo de la Amazonía. Pues para mí es muy significativo que en Bogotá se hable del indio amazónico, porque la brujería, y la brujería que se practica en amplios sectores del Amazonas, de la selva del Amazonas, es brujería fuerte, pesada, de esa que se adueña, que hunde garras en el corazón humano, donde uno tiene que entender que la principal necesidad de la Amazonía, incluso más que preservar los ecosistemas, incluso más que la promoción humana, la gran necesidad es verdadera evangelización, esa es la verdadera necesidad.
Pero aquí en Bogotá hay una gran cantidad de locales y consultorios y tiendas que giran en torno a esa terminología de la brujería del Amazonas y otros nombres se utilizan que el negro Felipe, que la mano milagrosa. Se utiliza también la terminología de una tal María Lionza y la gente va allá y muchas de esas personas se creen católicas. Y hay otros que creen en la reencarnación y creen en la resurrección, es decir, cuando les conviene una cosa, cuando les conviene la otra, están cojeando de ambos pies.
Entonces, ¿qué es lo que está reclamando Elías? Elías lo que está reclamando es un corazón que sea para el Señor, un corazón que no tenga divisiones. Un amor sin fracturas, obviamente dentro de ese amor, sin fracturas, dentro de ese amor que es para Dios, entrarán los otros amores. Así, por ejemplo, un hombre casado tendrá su corazón para Dios, pero precisamente, porque sabe y entiende que es plan de Dios para su vida, que Él ame, respete, quiera y apoye a su esposa y que eduque cristianamente a sus hijos, él no separa el amor de su hogar, del amor de Dios, obviamente. Es decir, que poner a Dios en primer lugar no significa que desaparecen los demás amores, sino oye esto muy bien, por favor, poner a Dios en primer lugar, poner el amor de Dios en primer lugar significa que todos los otros amores encuentren su sitio. Cuando Dios recupera su lugar, todo lo demás encuentra su lugar, eso es lo que significa amar a Dios. Y eso es lo que reclama Elías. Y el reclamo de Elías vale para ese tiempo y vale para nuestro tiempo.
He mencionado antes que la pregunta de Elías aparece varias veces en la Biblia. Así, por ejemplo, nos damos cuenta que Moisés, al pie del monte Sinaí, le pregunta al pueblo: haréis, no es simplemente desearéis, simpatizaréis, ¿haréis lo que el Señor pide de vosotros según estos mandamientos y esta ley? Y el pueblo respondió: Sí, sí lo haremos. Es la pregunta que confronta, porque como enseña al mismo Moisés, capítulo sexto del libro del Deuteronomio, la profesión central de la fe bíblica es el primer mandamiento de la ley de Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, todo. Fíjate, sin fracturas, sin divisiones. No es que un rato sí y un rato no, cuando me conviene sí, cuando me conviene. No, así no es. Entonces, fíjate que la pregunta de Moisés tiene mucho que ver con la pregunta de Elías hoy.
Recordamos otro pasaje, recuerda lo que sucedió cuando iban ya a entrar a la tierra prometida, Moisés había muerto. Quien dirigía al pueblo era el que había sido asistente y discípulo de Moisés durante tantos años, estoy hablando del patriarca Josué. Y Josué también le pregunta al pueblo: ¿Haréis lo que dice el Señor o vais a rendir culto a los dioses de Egipto o a los dioses de Canaán? ¿Qué vais a hacer? Esa es la pregunta que hace Josué. De nuevo, ¿qué es lo que está reclamando Josué? Un corazón entero, un corazón que sea para Dios. Un corazón que cumpla el primer mandamiento de la ley de Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y luego tenemos esta escena de Elías profeta, en el capítulo 18 del primer libro de los Reyes. Y luego tenemos también otros textos que nos muestran algo muy importante y es que las fuerzas humanas no alcanzan para eso.
Por eso, en el capítulo número 36 de Ezequiel se hace la promesa del corazón nuevo y en el capítulo número 31 de Jeremías se hace la promesa de la Nueva Alianza escrita en los corazones. Y esto precisamente es lo que nos permite conectar con el Evangelio de hoy. Jesús dice: «Yo no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud». Porque ¿qué era lo que quería? ¿Cuál era el propósito de la ley? La ley tenía un propósito, ese propósito en forma de mandamiento es aquella frase que ya he citado dos veces, y sea esta la tercera: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. El primer mandamiento, ese es el resumen de la ley en forma de mandamiento.
Pero hay otra expresión que aparece en forma de promesa y es bellísima y aparece desde el primer libro de la Biblia hasta el final: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios», seréis mi pueblo. Y dice el libro del Deuteronomio: «Mi propiedad personal entre todos los pueblos de la tierra, seréis mi pueblo, mi pueblo». ¿Eso qué quiere decir? Que si somos propiedad personal de Dios, entonces no somos de nadie más. Lo mismo que una esposa que es fiel a su esposo, es de ese hombre y de nadie más. Así como ese hombre fiel a su esposa es de ella y de ninguna otra. Pues Dios ciertamente es fiel con nosotros, pero nosotros hemos sido, y así lo denuncian los profetas muchas veces, nosotros hemos sido infieles a Dios, hemos sido como una esposa adúltera. Así predican los profetas muchas veces. Entonces todo el propósito de la ley era lo que aparece en el primer mandamiento que nuestro amor a Él sea sin fisuras ni grietas. Y también se expresa todo el propósito de la ley en forma de promesa, diciendo: «Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios».
Con esa aclaración, de inmediato queda patente qué es lo que Cristo nos está diciendo en el Evangelio, cuando dice Cristo: «Yo no he venido a abolir la ley». No se trata de destruir lo que Dios había construido con su pueblo, se trata de llevarlo a plenitud y llevar a plenitud ¿qué es? Lo que no podía la ley de Moisés, ahora sí se va a poder con Cristo. ¿Qué quiere decir llevar a plenitud? Llevar a plenitud quiere decir lograr la meta, conseguir el objetivo. Si Jeremías en el capítulo 31 había dicho: «Yo tengo que escribir mi ley en sus corazones». Si Dios a través del profeta Ezequiel en el capítulo 36, nos había dicho: «Les voy a dar un corazón nuevo». ¿Eso qué está indicando? Eso está indicando un Dios que va a hacer posible que se cumpla lo que no se pudo cumplir con la ley de Moisés.
Entonces, Cristo no está anulando la ley de Moisés, sino Cristo está llevando a su meta, a su culminación, a su auténtico propósito la ley de Moisés. Y ¿cuál era ese auténtico propósito? Ese auténtico propósito es el que ya hemos enunciado, que vivamos el primer mandamiento, un amor sin grietas, un amor consecuente, un amor constante, un amor que no es por ratos y mientras me conviene, un amor pleno hacia Dios. Y que nosotros seamos su pueblo y que Él sea nuestro Dios. Entonces, te das cuenta que lo que quería Elías es lo mismo que concede Cristo. Elías lo que quería era que nosotros tuviéramos un corazón solo para el Señor y eso es lo que concede Cristo. Eso es llevar la ley a plenitud, es llevar la Ley al cumplimiento, al cumplimiento, a la plenitud: Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios, dice el Señor. Eso no se pudo cumplir con el solo enunciado de la ley de Moisés. Eso es lo que sí se va a cumplir con nuestro Señor Jesucristo, con su sacrificio en el altar de la Cruz, con su gloriosa resurrección y con la efusión del Espíritu Santo.
¿Qué queda para nosotros entonces? Pues, en primer lugar, queda claro que quienes pretenden descartar la ley y quienes dicen: No, es que ese Dios del Antiguo Testamento, Dios castigador, Dios que vivía permanentemente airado, Dios cruel, yo no quiero ese Dios, yo estoy con el Dios de la misericordia, yo estoy con el Dios de la compasión, yo estoy con el Dios de la ternura. Mucho cuidado, mucho cuidado con esas afirmaciones, porque en primer lugar hay muchísimos rasgos preciosos de ternura, de compasión y de misericordia en el Antiguo Testamento. Y, por otra parte, en el Nuevo Testamento está perfectamente clara la posibilidad, la dramática posibilidad de la condenación si rechazamos el nombre de Dios. No hace poco, no hace mucho digo, me corrijo, aparecía en uno de los Evangelios precisamente eso, que está en el capítulo tercero de San Juan: «Dios no envió su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. El que cree en él tiene la vida. El que no cree en él ya está condenado porque rechazó al enviado de Dios», ya está condenado.
Entonces, dejemos esa oposición tonta, por favor, entre Antiguo y Nuevo Testamento. La oposición no es como entre lo negativo y lo positivo, como si Dios estuviera corrigiéndose con Cristo y diciendo: Miren, olvídense, olvídense de ese Antiguo Testamento. Yo ni sé por qué dije esas cosas, o tal vez no dije nada. Ese no es Cristo, ese no es Cristo, esa no es la Biblia. La Biblia no es una negación del Antiguo Testamento. La Biblia, la Biblia es un camino, y ese camino sube hacia Cristo. Pero Cristo no niega lo que viene antes y lo dice expresamente: Yo no he venido a abolir, sino a conceder lo que la ley no podía dar, es decir, llevar la ley a su plenitud. Con esta certeza pidamos entonces al Señor que nosotros abramos nuestro corazón a su Espíritu que nos renueva, de modo tal que se cumpla en nuestras vidas el Evangelio de salvación, de modo tal que se haga realidad en nosotros la obra del Espíritu, de modo tal que aquello que quería, pero no podía la ley de Moisés, se haga una realidad en nosotros. Amén.

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