Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o103003a, predicada en 20000614, con 26 min. y 57 seg.

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Transcripción:

Ese milagro del que nos habla el primer libro de los Reyes, el milagro del Monte Carmelo. Yo creo que es de lo más espectacular que tiene el Antiguo Testamento, es un duelo entre Dios y los ídolos, a ver quién gana. De parte de los ídolos 450 profetas, de parte de Yahvé un profeta. Horas y horas de esfuerzos, rezos a los ídolos en vano. Una oración de Elías y la respuesta de Dios. Y luego, la gente se queda sacudida por este acontecimiento, se postra rostro en tierra y dice: El Señor es el Dios verdadero, como quien dice, ganó Dios. Para un temperamento como el mío y para un día como hoy eso es lo que uno quisiera, que Dios alguna vez arrancara de los corazones, las estupideces, las mentiras y sacara los ídolos y quedara claro ante todo el mundo cuál es el Dios verdadero, y que la gente se postrara y dijera: El Señor es el Dios verdadero.

A Dios no le falta fuerza para repetir este tipo de obra, Él lo puede hacer, pero el Evangelio de hoy nos abre un camino diferente, que no es el camino que a mí más me gusta, no es el camino más agradable, pero es el camino de Jesús. Jesús dice que no ha venido a abolir la ley ni los profetas, y dice que ha venido a dar plenitud a la ley y los profetas. Todo lo que estaba anunciado en la ley, lo que estaba figurado en la ley, alcanza su plenitud en Jesucristo y todo lo que han realizado los profetas alcanza su plenitud en Jesucristo. Pero resulta que cuando en el Evangelio le dicen a Jesús: Haz una señal tú, en los cielos. Y tú estaban pensando en algo como lo que hizo Moisés. Moisés habló con Dios y cayó el maná, y cayeron codornices. O Josué le manda al sol que se detuviera, y se detuvo, o Elías pidió fuego del cielo y cayó fuego. Le estaban pidiendo a Jesús que hiciera algo así y Jesús no hizo una señal en el cielo, Jesús trajo el cielo. Entonces, no siguió por la línea espectacular, vigorosa, poderosa por la línea potente que es la línea que a uno más le gustaría, pregúntemelo a mi. Lo que uno más quisiera es una victoria espectacular de Dios.

Pero la victoria espectacular no es la victoria perfecta, no es la victoria plena. Y Jesús viene a dar plenitud. Yo quisiera, muchas veces quisiera que apareciera la victoria de Dios. Tanta gente que anda metida en supersticiones, en fetiches, que dejaran su fetichismo y se volvieran a Dios. Y tanta gente metida en sectas abandonaran sus sectas y se vinieran a Dios. Si pudiéramos hacer una cosa bien bonita, por ejemplo, una caminata, ya le tenemos nombre: De vuelta a casa. Integrantes, ¿quiénes van a estar en esta caminata? Gente que se había ido de la Iglesia, se vuelve, hermoso, una manifestación. Piense usted lo que sería tomar, qué sé yo, una carrera séptima en Bogotá o algo así, una caminata y sentir que la victoria de Dios se realiza. Ese no es el camino que quiere Cristo, eso no es lo que quiere Cristo. El estilo de Jesucristo, el modo de Jesucristo es otro. Un modo que a mí a veces me gusta, siempre me conviene, a mí siempre me conviene, a veces me gusta, a veces me desespera.

Pero el estilo de Dios es otro. Claro, es otro porque el texto ese que leímos en el capítulo 19 del primer libro de los Reyes no termina ahí, obviamente. ¿Qué fue lo que pasó después de la escena? Después de la escena que se cuenta aquí, el profeta Elías, lo que pasa es que la Iglesia selecciona la parte, la parte más pedagógica podemos decir. El texto que leímos llega hasta el versículo 16. No señor, el texto que leímos, que es el capítulo 18, ahora dice 19 y es 18, capítulo 18 versículos del 20 al 39. Y ¿qué sigue después de eso? Después de eso, Elías completa la victoria: Agarren a esos profetas. Y agarran a esos profetas, hay que acabar con esta plaga. De manera que 450 muertos llevan ahí, se acabó con esta plaga. Quedó claro, ¿qué quedó claro? Quedó claro que solo Yahvé es Dios, que Él es el único que responde a las oraciones, que toda la gente lo reconoció como Dios, que el altar quedó reivindicado y que los falsos profetas los mataron porque ya estaban muertos. Ya, lista la victoria,

¿Se acabó el problema? No, matar a los malvados y darle triunfos exteriores a Dios no siempre es la victoria, no siempre. ¿Qué sucedió después de que mataron a los 450 profetas y que todo el mundo se postró? ¿Qué hay en esa postración? El terror. Todavía no estaban convertidos, había terror, había impacto, había sobrecogimiento, estaban espantados, espantados, no convertidos. Los espectáculos causan espanto, no causan conversión. Eso lo dice de manera maravillosa la carta a los Hebreos, cuando compara la diferencia entre acercarse al Monte Sinaí y acercarse al Monte Sión, son dos cosas distintas. El Monte Sinaí fue donde se promulgó la primera ley. Una escena parecida a la que vemos acá, la gente se acercó a ese monte y el monte granaba, resucitaba, hubo truenos, relámpagos y de repente, Dios, Dios mismo, hablándole a Moisés. Moisés le hablaba a nombre del pueblo a Dios, y Dios le respondía con una voz que solo parecía un estampido de truenos. Y yo decía, la gente después de todo eso, ¿qué decía? Si, si, si, haremos lo que dice el Señor. Le decía a la gente, pero la gente no estaba convertida, la gente estaba asustada, no estaba convertida.

Creo que no hay que creerle a las grandes victorias. Por eso, no hay que creerle a los grandes espectáculos. Los grandes espectáculos crean psicología, imagen. El camino de Jesús es otro. No significa que no haya que hacer grandes predicaciones a grandes grupos, hay que hacer grandes predicaciones a grandes grupos, y eso lo ha hecho Dios y lo seguirá haciendo Dios. Y en esos días todos somos cristianos y todos queremos la santidad y todos estamos convencidos de todo. En esos momentos y en esos días y en esos encuentros, todos somos santos y todos somos de Jesús. Y ¡viva Jesús, viva María, viva el rosario! En esos momentos, en esos momentos. Pero no hay que creer demasiado en esos momentos, así Dios produzca esos momentos, esos momentos a uno, dígame, por ejemplo, a mí como sacerdote, un psicólogo dirá que es por asuntos de ego, yo creo que no es solo eso, es que a uno le duele, le duele ver la terquedad de la gente, duele y da coraje y da ira. Y uno quisiera que apareciera la victoria.

Por eso, cuando la gente de los grupos marianos interpreta el triunfo del Inmaculado Corazón de la Virgen, ¿cómo lo interpretan? Con una mezcla de ternura y de no sé qué, ¿cómo interpretan ellos? Ellos interpretan, así es como lo verían, como que se van a acabar todos estos tiempos de confusión, de religiones, como que se va a acabar toda esta injusticia contra los niños y los indefensos, como que se van a acabar todas estas olas de consumismo, de impureza, donde todo es mercancía, como que todo eso se va a acabar y volveremos a educar a las familias como debe de ser, como corresponde, y vamos a tener familias de gente santa y va a crecer y se va a ver la victoria de Dios. Yo los miro, yo los escucho, tengo que abrazarlos y decirles: Hijo mío, yo tengo tus mismos sueños. Yo soy sacerdote, qué más quisiera un sacerdote que eso. Hija mía, yo tengo tus mismos sueños.

Pero si les digo la verdad, para no mandarles al agua a nadie, yo no creo que ese sea el triunfo del Inmaculado Corazón de la Virgen. Yo sé que están esperando que triunfe, hay gente que está esperando que el triunfo del Inmaculado Corazón de la Virgen y, como la Virgen dijo: Al final mi Inmaculado Corazón triunfará, están pensando que el Inmaculado Corazón es algo así como un tiempo de paz, de orden, donde toda la gente va a ser como, como tiene que ser y el mundo se va a portar bien. Va a llegar un tiempo en el que todo el mundo se va a portar bien. Ya dejará de haber esos sacerdotes con doctrinas retorcidas, dejará de haber esas religiosas que no creen ni en el resto de las campanas, dejará de haber esos teólogos que todo lo confunden, dejará de haber todas esas cosas. Todo eso desaparecerá y aparecerán familias ordenadas y organizadas, sacerdotes rectos en la doctrina y en la vida. Una Iglesia que se puede presentar ante el mundo poderosa.

Resulta que a mí la Biblia me dice una cosa distinta. Como ustedes ven, yo estoy dividido, estoy roto por dentro, porque una parte de mí quisiera esa Iglesia, quisiera esa Iglesia de los grandes triunfos, donde quedara claro cuál es el Dios verdadero y dónde la gente se tirara al piso y dijera: El Señor es el Dios verdadero. Pero yo ya he dicho que no es eso, no es. En los grandes espectáculos, en las grandes multitudes y en los grandes momentos de miedo todos somos convertidos y todos creemos en Dios. Y ¡viva Dios, viva María y viva el Rosario! No es suficiente. Por eso Jesús, que tenía más poder, Jesús, que tenía más poder que el de Elías y el de todos estos, este Jesús trae una cosa distinta y por eso Jesús dice: Mire, yo no vine a abolir, yo vine a dar plenitud. Jesús es la plenitud de los profetas, Jesús es la plenitud de la ley, que es una cosa distinta. El estilo de Jesucristo es otro.

Cuando uno piensa en términos de eficiencia, uno se exaspera. Vamos a hablar de cuál es el estilo de Jesucristo. El estilo de Jesucristo es: Vamos a predicar la misericordia. Solo le hablaremos duro a aquel que quiera cerrarle la salvación a otros. Nota en el Evangelio y verán que en el Evangelio, las únicas palabras duras de Cristo son para aquella gente que quería cerrarle la salvación a otros. Si tú quieres impedir que tus hijos lleguen a Dios, recibirás palabras duras de Cristo: Dejen que los niños vengan a mí. Si tú quieres dirigirte como maestro de la ley o como autoridad religiosa, y quieres sobrecargar a la gente con prácticas y con reglamentos y con una cantidad de cosas, y no les dejas experimentar la gracia de la salvación, recibirás palabra dura de Jesucristo. De resto la Palabra de Cristo es una palabra de reconciliación, de perdón, un llamado a la conversión y una multiplicación de señales que conducen a la conversión.

¿De qué sirve eso? Esa es la pregunta, ¿de qué sirve eso? Ya vemos que lo de Elías no sirve porque los mismos que se postraron ese día: Si si el Señor es el Dios verdadero, esos mismos volvieron a sus idolatrías. Es tan terrible, eso lo han dicho varios predicadores, vuele el perro a su vómito. Uno se devuelve, y uno experimenta el amor de Dios, y se devuelve. Que asco, eso pasó ahí. La gente: El Señor es el Dios verdadero, pero después: es el Señor es el Dios verdadero. Pero, sin embargo, no obstante, téngase en cuenta que, hombre, una que otra oración, hombre, no está mal, no está mal. Y el resultado fue terrible, el reino de Israel, donde estuvo predicando este gigante Elías, se acabó. Ese reino de Israel se acabó. Ese método no sirvió. La ronda de niños allá en mis tiempos, decía: Ese gato no sirvió. Hay que decir aquí: Ese método no sirvió.

Ustedes creen que a Dios le falta virtud para darme a mí palabras, señales o milagros, o a quien sea hombre, mujer, sacerdote, casado, casada, lo que sea. ¿Usted cree que le falta virtud o poder a Dios para producir señales que sacudan a la gente? Dios no le cuesta ningún trabajo hacer eso, pero Dios dice, ese gato no sirvió. Sí, la gente se asusta y por un momento hace muchas cosas y la gente ve señales en el cielo, como puede ser la danza del sol, o la gente ve señales en la tierra como son milagros espectaculares y la gente tiene visiones y experimenta el amor de Dios y se vuelve a su vómito, ese gato no sirvió. Y dice uno: Bueno, entonces miremos el método de Cristo, el que vino a darle plenitud. ¿Cuál es el método de Cristo? El de la paciencia, el de la oración, el de la misericordia. Si juzgamos por lo que le sucedió a Cristo, y lo que le sucedió a Cristo, es lo que representan estas cruces, que están en todas partes de la Iglesia. Si juzgamos por eso, tendremos que repetir, ese método tampoco sirvió. Eso tampoco sirve Jesucristo, tu mansedumbre, tu ser buena persona, tu ser compasivo y misericordioso, eso tampoco sirve, Señor.

Esa fue la palabra que le dijeron a Cristo, los que estaban ahí alrededor de Él, antes de morirse. Todavía cuando Cristo estaba ahí, ahí, ya va muriéndose, ¿qué decía la gente? Bájese, como quien dice, danos la señal, haz el espectáculo, bájate, y ahí sí creemos, que tentación aguda, punzante para el corazón de nuestro Señor. ¿Qué le estaba diciendo esa gente alrededor de la Cruz? Pues los que estaban ahí escarneciéndole, porque también alrededor de la cruz había los que creían en Él, en primer lugar, la Santa Virgen. Pero los que lo estaban insultando, que le decían: Bájate y creemos, danos el espectáculo. Y Cristo se murió y no dio el espectáculo. Conclusión, el método de Cristo tampoco sirve, apaguemos y vayámonos.

Pero luego viene la noticia. Pero resulta que ese Señor resucitó. ¿Qué que? Que resucitó, resucitó, está vivo, vive, no está muerto, está vivo. Todas las iniciativas, todos los esfuerzos de Elías, a nosotros nos sirven, pero al pueblo de Israel no le sirvieron. Primero produjeron terror, luego una confesión de fe apresurada: Si, si el Señor es el Dios verdadero. Luego Él vino. Hermanos, los milagros por más espectaculares que se ven, los milagros por más fantásticos que sean, las señales por más maravillosas que sean, no tienen la virtud de conservarnos en la gracia. Uno puede ver el milagro más espectacular y traicionar a Dios: Y yo te quiero, soy un testigo de eso. Nadie se fíe de espectáculos, nadie se fíe de milagros, nadie se ríe de las confesiones que resultan en las grandes multitudes. Esas confesiones de fe que se parecen tanto a esto, ahí no está todavía la victoria.

Esas cosas hay que hacerlas, pues sí, tendremos que seguir organizando congresos de evangelización, congresos de sanación y se seguirán llenando estadios y la gente seguirá diciendo: Jesús es el Señor. Alábalo que vive. Y será verdad que Jesús es el Señor y que hay que alabarlo porque Él vive, será verdadero eso. Pero eso todavía no es, todavía no es. El camino de Jesucristo pasa por las multitudes, claro, pasa por los milagros. Cuántos milagros hermosos, maravillosos hizo Cristo, pero ahí no termina, la cosa sigue, la cosa sigue ¿hasta donde? El amor hasta el extremo. Pero yo conozco vidas que no se convierten, como por ejemplo la mía, la que le faltan tantas cosas. Yo digo ¿qué más puede hacer Dios por mí que no haya hecho? Cómo sé queja es el mismo Dios por boca del profeta Isaías: Pero yo ¿qué más podría hacer por mi viña que no hubiera hecho?

Y uno se encuentra con vidas como la mía, seguramente la de algunos de ustedes. Vidas resistentes, vidas cerradas, vidas a las que yo como sacerdote, quisiera mandarle un texto de esto. Uy, ojalá le pasara una cosa así para que esta gente se sacudiera, como le pasó al muchacho que empezó su conversión, porque él se estaba entrando a un grupo satánico y una noche llevaba unos pensamientos oscuros en su mente, iba caminando y, de pronto, cuando pasó debajo de un poste, se apagó el poste. Entonces el tipo siguió caminando y cuando llegó debajo del poste se apagó el otro poste. Entonces se devolvió y se apagó el otro poste. Cuando se le apagó el cuarto o el quinto puesto, sintió miedo y sintió que se estaba metiendo en la noche y dijo: Algo anda mal en mi vida. Y así empezó a convertirse, en cinco postes se convirtió, salió barato. De hecho, a veces quisiera una cosa de esas, quisiera una cosa de esas, como que la persona llegara, llegara a su casa y sucediera algo así, bien extraordinario. Yo a veces le digo a Dios: Bueno, pero tú por qué no te muestras como con claridad esta persona, si tú te mostrarás, si tú le dijeras: Mira que si es verdad lo que te dice el Padre, es verdad. Oh, me convertí. Yo quisiera una cosa de esas.

Pero ¿cuál es la fórmula? ¿La fórmula profunda cuál es? La fórmula profunda es cuando uno empieza a seguir el camino de Cristo. Y hay multitudes y hay aplausos y hay alabanzas, y hay cosas maravillosas, y hay espectáculos, señales en el cielo, visiones, sueños, profecías. Pero ¿qué no hay? Pero ese no es el camino todavía, hay que seguir. Cuando uno, cuando uno se siente amado hasta el extremo, y eso solo sucede en la cruz, cuando uno se siente amado hasta el extremo, ahí uno se convierte. O sea que la derrota peor de Jesucristo, esta es la victoria gigante de Jesucristo. Decía el padre Raúl Cruz, un jesuita decía: Las cosas del mundo con mirarlas, las cosas bellas del mundo, con mirarlas, se las admira. La cruz de Cristo solo después de verla 100 o más veces, se empieza a admirar. Y uno pasa como Santa Teresa de Jesús, pasa por delante de los crucifijos y le hablan de la cruz y uno está ciego. ¿Qué estará diciendo el bobo ese? ¿Qué será lo que dice? ¿Qué será tanta cosa? Será que es un problema psiquiátrico, que tiene una obsesión, una especie de masoquismo, una represión que tiene esa, esa, ese elogio del sufrimiento, ¿eso para qué servirá? Eso es estúpido ese ruido.

Mi amor por la Cruz no surge de nada de eso. Mi amor por la Cruz surge de que yo he acompañado un pedacito del camino de Jesús. Y de pronto, cuando me vuelvo hacia la cruz, veo: Es que me amó hasta el extremo. ¿Qué es lo que me convierte de Cristo, el milagro que hizo por mí? No, no señor. El milagro no es lo que lo convierte a uno. ¿La elocuencia de Jesucristo? No, porque para eso hay hartos filósofos, gente que escribe muy bien. ¿Qué es lo que me convierte Jesucristo? Que mire, que hizo milagros con tanto amor, que dijo unas palabras con tanto amor, que me perdonó con tanto amor y yo me alejé de Él, y Él no se alejó de mí, que me amó, me amó, que me amó hasta el extremo. Eso, eso es lo que ha ganado mi corazón para Él.

No es un evento, por espectacular que sea. Elías, siendo tan grande, no podía entender esto, porque Elías está en el Antiguo Testamento y Dios les había revelado que la plenitud que solo llegaría con Jesucristo. Elías no podía entender esto, Elías creyó ese día como con compasión, y creyó en ese día: Bueno, ya se resolvió este problema, se acabaron los idólatras, hasta los mataron, mejor dicho, ya listo para subsanar esta situación. Partimos de cero, listo, cortamos por lo sano, empieza una nueva era. Y a veces hay algunos católicos, ilusos hablar así, del lado carismático, el lado mariano, están esperando como que pase una cosa así, ¿no? A veces hablan de los tres días de oscuridad, como en ese sentido, como quien dice, va a venir la sacudida, pero ya no van a ser 450 años, sino la tercera parte de dos terceras partes de la humanidad que se va a acabar. Y eso va a ser una matazón terrible. Pero lo que quede de ahí, de ahí empezamos como de cero. Ahí empieza una cosa nueva, una cosa interesante, ya empieza una humanidad purificada.

No creo, yo sí creo que pueden venir tres días de oscuridad, yo creo en eso. Y yo creo que la humanidad cambiará en muchas cosas, también creo en eso. Pero creo que los que queden vivos, entre esos seguirá habiendo blasfemos, idólatras, mentirosos. Es tan impresionante leer, hermanos míos, Jeremías, para mí, Jeremías, Elías, bueno, todos esos profetas son unas referencias de vida tan grande. Jeremías, resulta que se llevaron al destierro a casi todos los judíos, esto pasó muchos años después de la escena de hoy, se llevaron a Jerusalén a casi todos los judíos y quedaron unos poquitos, y los poquitos que quedaron se parecen a esos católicos orgullosos que aseguran o piensan que van a quedar después de todas las persecuciones y de los tres días de oscuridad. Y los judíos que se quedaron en Jerusalén, entonces decían: Nosotros somos los buenos. Ve cómo Dios nos tuvo consideración de nosotros.

Y viene esa vocación de Jeremías y es terrible, ese sí que sufrió. Yo soy un pobre pinchado, yo soy un improvisado al lado de Jeremías. Jeremías le tocó sufrir, Jeremías después de todo lo que ha sucedido, un día el Señor lo mueve a profetizar. Va a profetizar delante de los hombres, sale y les dice: ¿Ustedes creen que porque se quedaron aquí son los buenos? Lo que Dios dejó aquí fue lo peorcito y lo que se llevó fue lo mejor y lo mejor va a ser purificado. Y la salvación viene, no de nosotros, que nos quedamos aquí, sino de toda esa gente que se llevaron. Dese cuenta, dese cuenta.

Vendrán purificaciones y señales extraordinarias y tres días de oscuridad, o cuatro, o una semana. Sí, pueden venir muchas cosas, muchas. Y mucha gente morirá y mucha gente no morirá, seguramente que sí. Pero eso no es lo importante, la gente que quede después de eso, de una o dos o mil guerras nucleares o lo que suceda, esa gente que quede, seguirá siendo gente con un corazón humano y mientras el corazón humano tenga libertad le puede decir a Dios: Sabe qué bonito su proyecto, pero no me interesa, no me da la gana. Quédese con su proyecto, quédese con la sangre de su Hijo, quédese con su Espíritu, recoja esa religión. Esa gente estará hasta el final también de la Escritura. Por eso, bajémonos de la nube por favor, dejemos de pensar que por señales o por cosas que pasen, ya van a ser una humanidad que va a ser la humanidad limpia. Esa es una ilusión, el camino es otro, el camino va por la Cruz.

¿Cuándo se va a convertir la gente que no se ha convertido? Cuando, cuando lleguen esas señales espectaculares, cuando les hable un muerto, cuando se les aparezca un ángel o la virgen, tal vez, tal vez, tal vez. O tal vez les pasa todo eso y le dicen a Dios: Bonito el show que me hiciste, me voy a adorar a Satanás, tal vez. El corazón humano es falso y perverso, dice el profeta Jeremías. No son las señales de ese género, no es eso. Lo único que tiene poder en el corazón humano, lo único, más allá de todas esas señales es, me amó. Cuando había señales, me amó. Y cuando no había señales, me amó. Cuando me hablaba, me amó. Y cuando se callaba, me amó. Tu amor por mí siempre. El día que se abren los ojos viene y me dice: Tu amor por mí. Y uno mira la Cruz y dice: Y fue hasta el final y fue hasta el extremo. Ese día uno se convierte y ese día uno dice: Gracias, Señor.

Y cuando se establece ese puente entre ese amor que Cristo nos tiene y ese amor que brota en nosotros, ese puente, ese puente no lo revienta nadie. Y ahí es cuando Pablo dice: «¿Quién nos va a separar del amor de Jesucristo?». Para el que haya descubierto eso, eso no lo vence nada ni lo vence nadie. Y pueden venir todas las señales que tú quieras, buenas o malas, benignas o malignas. Esa certeza: Me amó, me amó hasta el final, me amó hasta el extremo, ese es el nuevo estilo de Jesucristo. Un estilo que parece ineficiente, pero que, en realidad, es el que da los mayores y más grandes frutos, porque cada corazón que es ganado y cada corazón que es conquistado por esa gracia del Espíritu Santo, es un corazón que tiene para Dios el tributo de la alabanza y que recibe de Dios la fe y la fidelidad.

Lo que no tenía Elías, lo que no podía dar Elías, lo tenía él pero no podía darlo a los otros. Él no podía comunicar la fidelidad a otros, porque Cristo establece un puente, vierte sobre nosotros el Espíritu, y por eso Él vive su propia fidelidad en nosotros, y así podemos permanecer fieles a Él, y así la victoria es de Dios, y así la alianza verdaderamente se cumple. Parece que esto es lo que quiere decir aquello de llevar a plenitud la ley y los profetas.

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