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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Debemos saber qué confrontaciones nos esperan a cada momento, para no caer en la tentación con la ayuda de Dios.
Homilía o103002a, predicada en 20000614, con 5 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Elías confronta a la gente y le pide una decisión. Es un momento crucial en la historia del reino de Israel. Si el Señor es Dios, entonces seguid al Señor, a Yahvé. Si Baal es Dios, seguid a Baal. Es el momento de la confrontación, llega también a nuestras vidas, como nos lo cuenta el Evangelio, por ejemplo, en esa célebre escena en la que Jesús les dice a los apóstoles que si también ellos quieren irse, allá en el capítulo sexto de San Juan, el capítulo del Pan de Vida: «¿También vosotros queréis marcharos?» Y dice Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna».
Es muy útil para la fidelidad en Dios, tratar de recordar cuáles han sido esos momentos dentro de nuestra propia vida, cuando nos hemos sentido claramente confrontados. Al principio uno no se acuerda de mucha cosa, cuando me ha sucedido a mí eso, que Dios me diga o me escoges a mí, o escoges a los ídolos, o como decía Jesucristo: O conmigo o contra mí. Sin embargo, si lo pensamos mejor, la escena tampoco es tan extraña. Dice San Agustín que cada pecado es una elección contra Dios, un pecado no es un error, un pecado es una elección pequeña o grande, más o menos deliberada, pero siempre con una componente de la voluntad que se aparta de Dios y que se vuelve hacia las criaturas. Todo pecado es una elección de Baal, es una preferencia del ídolo en contra, en oposición, en competencia del Dios verdadero.
De manera que no tendríamos de qué acusarnos y seríamos inocentes, inmaculados y perfectos, si siempre hubiéramos escogido a Dios. Cada vez que, al acercarnos al sacramento de la confesión, la conciencia nos declara de qué arrepentirnos, ahí hubo una confrontación como esta, solo que en ese caso nosotros elegimos a Baal y despreciamos a Yahvé. Pero hay otra manera de enfocar este mismo tema y es pensar en las confrontaciones que vienen hacia el futuro, los momentos de decisión que todavía nos esperan, quizá en este mismo día, la caridad negada, la alegría reprimida, el amor que no damos, la paciencia que nunca llega, el perdón que se aplaza. Todos esos son pecados que nos están aguardando, como dice San Pedro, como león rugiente rondando y buscando a quien devorar. Esos pecados nos aguardan a las puertas de nuestro corazón, están ahí, pendientes para dar su mordida, para morder en nosotros, quizá en este mismo día.
El día apenas está empezando, ¿qué ocasiones nos esperan? En algún momento una noticia inesperada, una palabra que no aguardábamos o de quien no la aguardábamos puede desestabilizarnos y puede convertirse en una tentación, qué sé yo, para la ira, para la mentira, para la hipocresía, para destruir al hermano, para dividir la comunidad. Y esos pecados están ahí, agazapados, esperando la hora precisa. Como dice, Jesucristo, en el evangelio de Lucas, el demonio lo dejó después de las tentaciones, pero el evangelista anota, lo dejó esperando su momento, esperando su hora. Nunca se aparta de nosotros completamente el pecado. Catalina de Siena dice: La raíz del pecado nunca muere, solo duerme. Está ahí, como dormida, está ahí, agazapada.
Y conviene que nosotros sepamos que estas confrontaciones nos esperan para este día, para esta semana, y que desde luego, unidos por la fe, unidos por la confianza y por el amor a Dios, pues nosotros saldremos victoriosos, porque evidentemente nos enseña San Agustín no puede haber victoria si no hay contienda y no puede haber contienda si no hay tentación. De manera que para la victoria final tenemos que aguardar y pasar por muchas cosas antes de entrar al Reino de Dios, como decía el apóstol San Pablo. Venga a Dios con la gracia de su Espíritu, envíe luz desde el cielo, envíe esa gracia celestial para que nosotros seamos fieles con la fidelidad de Elías y le ofrezcamos un sacrificio que le agrade.

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