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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o103001a, predicada en 19980610, con 19 min. y 33 seg. 
Transcripción:
En el pasaje que hemos escuchado del primer libro de los Reyes, el profeta Elías hace hablar a la piedra, al fuego, al agua. Convierte a las cosas en profecías, las convierte en mensajes para decir al pueblo ese oráculo fundamental que se encuentra a lo último del pasaje que hemos escuchado hoy: «Que sepa esta gente que Tú, Señor, eres el Dios verdadero y que eres Tú quien les cambiará el corazón». Todo ese montaje de los novillos que se van a sacrificar es para que, finalmente, se llegue a esta conclusión: Que sepa esta gente que tú, Señor, eres el Dios verdadero y que eres tú quien les cambiará el corazón.
La parte más interesante para mí está en el agua: «Llenad cuatro cántaros de agua y derramarla sobre la víctima y la leña». Ya es bastante milagro que se encienda un fuego solo, pero aquí se trata de un fuego que se va a encender, donde no solo era improbable sino imposible. Es un fuego que se va a encender en medio de una víctima empapada, de una víctima inútil. Ese novillo al que se le echan en total 12 cántaros porque es tres veces cuatro, 12 cántaros. Ese novillo empapado de agua, es una víctima inútil, es una ofrenda inaceptable. Si recordamos las prescripciones del libro de la Ley sobre las víctimas, en ninguna parte se nos habla de echarle agua a la víctima, esto la echaría a perder.
De manera que Elías toma una víctima que está echada a perder para un culto que ya no tiene sentido, para mostrar una religión que es absurda, una religión que es absurda porque le han caído 12 cántaros de agua, es decir, porque las doce tribus, indudablemente hay una alusión a este número, porque las 12 tribus han echado a perder la víctima y las 12 tribus quiere decir todo Israel. De este modo, con el agua está indicando a esas tribus, a ese pueblo que está ahí reunido: Ustedes han echado a perder la alianza. Ahora, no son 12 cántaros que se echan una vez y luego otra vez, y luego otra vez, es decir, uno por uno, sino que se echan en tandas de 4. Son 3 tandas, ese número también tiene su sentido.
Aquello que sucede 3 veces es lo definitivo. Santo, Santo, Santo, dicen los arcángeles, dicen los querubines allá en el templo lleno de la gloria de Dios. Y dice otro profeta: «En dos días nos castigará y al tercero nos rescatará». Y dice Jesús: «Y al tercer día resucitaré». Tres días indica el proceso definitivo, el número 3 alude a lo que es el proceso completo o el proceso definitivo. Los judíos creían, por ejemplo, que si una persona moría, al tercer día estaba rematada, es decir, al tercer día no había esperanza alguna de recobrarlo. Por eso, cuando Jesús resucita a Lázaro, o mejor revivifica a Lázaro, lo vuelve a esta vida, espera a que hayan pasado los 3 días del plazo judío. Es decir, de algún modo Jesús espera a que el caso sea completamente perdido, el caso de Lázaro, porque ya han pasado más de los 3 días. Y por eso, cuando ya Él va a realizar el milagro, incluso la piadosa hermana de Lázaro le dice: Ya tiene que tener mal olor, es decir, ya se ha perdido la esperanza, ya el proceso se ha completado.
Pues eso es lo que sucede aquí, 4 cántaros una vez, 4 cántaros dos veces y 4 cántaros tres veces. La tercera vez indica un proceso irreversible. Una vez que la víctima está inútil, por las 12 tribus de Israel, de una manera definitiva, viene la oración, la oración. Una oración que apela a la fidelidad de Dios, porque lo que se ha hecho con esa víctima es expresar, es exteriorizar la infidelidad del pueblo. Ya harto repugnante es ver una víctima descuartizada, un animal descuartizado y un animal descuartizado repleto de agua, empapado es repugnante. Pues bien, la oración. Una oración ante un altar reconstruido, porque antes, ha dicho: «Se acercaron todos y reconstruyó el altar del Señor que estaba demolido». Elías lo que le quiere decir al pueblo es: Esa fe que ustedes han echado a perder, se puede reconstruir y de nuevo se puede hacer la ofrenda y Dios nos va a aceptar.
Cogió 12 piedras, una por cada tribu de Jacob, con las piedras levantó un altar en honor del Señor. Hizo una zanja, apiló la leña, descuartizó el novillo. 12 piedras para reconstruir el altar, 12 cántaros de agua para mostrar lo inútil de la ofrenda. Junto a ese altar reconstruido, Elías derrama su adoración. Se había derramado el agua que hacía inútil la víctima de ofrenda, ahora que se ha derramado el agua que echó a perder la víctima, vamos a derramar la oración que va a salvar el culto, que va a salvar la ofrenda, que va a ser aceptable la víctima, que va a reconciliar al pueblo.
Yo creo que nosotros también hemos echado a perder muchas cosas en nuestra vida. También nosotros hemos hecho inútiles muchas cosas en nuestra vida. Yo me ponía a pensar, por ejemplo, cuántas ocasiones desperdicia uno para ofrecer a Dios la víctima, cuántas ocasiones en que uno, por ejemplo, vive la soledad, o las contrariedades, o los disgustos, o las enfermedades, o los dolores, o las incomodidades, los vive como un novillo echado a perder con agua. En vez de prenderle fuego a esa ofrenda, uno le echa agua que lo echa a perder. A ver, a ese novillo se le puede echar agua o se le puede echar fuego. Se le echa fuego cuando se convierte en una ofrenda que le hago a Dios, se le echa agua cuando lo convierto en basura y en espectáculo repugnante.
Nuestra manera, digo por lo menos la mía, de desperdiciar el tiempo y las ocasiones de ofrecerle cosas a Dios es realmente triste. Uno ha desperdiciado muchísimas víctimas, porque ha hecho de la contrariedad solo un espectáculo repugnante. Cuando las cosas no salen como uno quisiera, o cuando uno no se cura tan rápido como quisiera, o cuando un dolor no se alivia, o cuando un problema no se resuelve como uno quisiera o cuando uno quisiera. Esa murmuración interior, ese renegar interiormente, es echarle agua a la víctima y convertirla en un espectáculo repugnante, es hacer un borrón en las páginas de la vida. Cuando, al contrario, ese momento en el que la víctima está descuartizada, porque mi esperanza, porque mi deseo, porque mi voluntad está hecha pedazos, ese era el momento de prenderle fuego. Pero uno no le prendió fuego, uno le echó agua. Uno ha desperdiciado muchas víctimas, no ha aprovechado el tiempo y las ocasiones que Dios le ha dado.
Pero entonces, también tiene que ser para nosotros lo que nos cuenta la Escritura, ya que la víctima estaba echada a perder porque se le había derramado agua, el primer fuego que derrama Elías no es el de ese rayo que cayó, esa centella que vino. El primer fuego que derrama Elías es el fuego de su oración, detrás de esa agua que ha echado a perder la víctima, detrás de esa agua, Elías derrama el fuego de su oración. Hay que notar que Elías trabajó solo. Se acercaron todos, pero no reconstruyeron todos, el altar del Señor. Se acercaron todos, pero no cogieron todos, las piedras, solo Elías. Todos se acercaron, pero solo Elías, con las piedras, levantó el altar. Solo él hizo la zanja, solo él apiló la leña, solo él descuartizó el novillo, solo él hizo todo eso.
En cambio, el agua a quien la echó, él mandó a otros: «Llenad cuatro cántaros de agua y derramarla». Qué hermoso mensaje, qué profundo y qué sutil. Ustedes que han echado a perder la víctima, ustedes que han desperdiciado tantas ocasiones, ustedes que tienen su fe aguada, échenle agua a esta víctima, échenla a perder también, dáñenla también, dáñenla. ¿Para qué? Después de que el agua corrió alrededor del altar e incluso la zanja se llenó de agua, después de que eso ha hecho la gente, vuelve Elías a orar. Elías ha construido y ha dejado que destruyan su ofrenda para luego reconstruirla con oración. Elías ha hecho dos trabajos, el primer trabajo es construir el altar, el segundo trabajo es construir el altar del Espíritu, el altar del corazón. Y con eso está enseñando este, que es un santo gigante de la humanidad, con eso está enseñando que de nada vale tener la ofrenda material y el altar material, si no se tiene la ofrenda en el Espíritu. Si el corazón no está repleto de oración, de nada vale llenar de víctimas los templos.
Yo me he puesto a pensar en esa zanja alrededor del altar, porque se ve que Elías, evidentemente guiado por el Espíritu Santo, todo lo fue haciendo con un mensaje, con un mensaje. Esa zanja quedó repleta de agua, vamos a tratar de imaginarnos el cuadro, una leña que ya no sirve para ser encendida porque está empapada, un novillo descuartizado y repugnante y agua que llena a una zanja. Ese conjunto forma como una especie de copa, como una especie de plato. Si no se hace la zanja, el agua simplemente se derrama. Y como estamos en medio de esta tierra, pues se hunde, se sume en la tierra. Eso es lo que no quiere Elías, Elías quiere que se vea el agua. Esa agua sanguinolenta repugnante, esa agua que echó a perder la ofrenda que se vea ahí.
A mí me parece que la zanja sirve para que se vea lo que se ha hecho. Mire, para que todo el pueblo vea lo que ha hecho. Si no se hace zanja, simplemente se riega el agua y se sume en la tierra. Y parece que no ha pasado nada. Elías quiere que se sepa sí ha pasado algo: Usted ha dañado, usted pueblo, el pueblo de Israel, ustedes, ustedes, todos han dañado esto, mírenlo. Yo creo que ese momento es importante porque es el momento de la penitencia, es el momento de reconocer lo que ha sucedido, hemos dañado, hemos dañado la ofrenda.
Elías ora: «Que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel y yo tu siervo, y que he hecho esto por orden tuya. Respóndeme, Señor, para que sepa esta gente que tú eres el Dios verdadero y que eres tú quien les cambiará el corazón. El Señor envió un rayo que abrazó la víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja». La víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. La víctima, que aunque era inútil, gracias a la oración de Elías, pudo ser una ofrenda. Esa leña que ya no servía, por Dios, por la obra de Dios pudo arder, pudo arder. Esto es de mucha esperanza, porque yo creo que a veces uno tiene el corazón como un palo sumergido en agua, que no hay cómo encenderlo. Pudo arder, la leña pudo arder y se consumió. Las piedras, el altar quedó consagrado, el polvo ha sido limpiado todo y el agua. El pecado ha sido perdonado. Al verlo cayeron todos sobre su rostro, exclamando El Señor es el Dios verdadero.
Desde luego, hay una relación profunda entre este pasaje y la Eucaristía que celebramos. Nosotros presentamos ante el Señor nuestra ofrenda y al decir la oración sobre el pan y el vino, reconocemos también, también reconocemos que nosotros hemos echado a perder muchas ofrendas. Ese pan y ese vino, y nuestro arrepentimiento por los pecados y nuestra oración derramada como la de Elías, atraen un rayo. Atraen el fuego del cielo, que es el Espíritu Santo, que acepta esta víctima, que es la que Él ha preparado a su pueblo, que hace arder de nuevo el leño del corazón, que borra la culpa, representada por esa agua que había echado a perder la víctima y que consagra como altar no solo este sitio, sino principalmente estos corazones en los que ofrecemos como víctima a Jesucristo en honor de Dios Padre.
Ya que nosotros celebramos un sacrificio tan semejante al de Elías, pero infinitamente mejor que el de Elías, ya que ofrecemos un sacrificio así, pidámosle al Señor Dios que nos dé a nosotros los bienes que le dio al pueblo de Israel en tiempos de Elías, pero infinitamente más que esos bienes. Señor, que cada uno pueda saber que tú eres el Dios verdadero y que tú eres el que cambia los corazones.

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