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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Prudencia natural y prudencia sobrenatural
Homilía o102010a, predicada en 20200609, con 31 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. La primera lectura de hoy fue tomada del primer libro de los Reyes. Nos presenta una escena dramática tan dramática como lo es la muerte, porque efectivamente, tanto el profeta Elías como aquella mujer viuda y su hijo están al borde de la muerte. Y si hay algo que es serio, algo que es dramático en la vida, es la muerte. Pero así como es grande el misterio de la muerte, así también es grande lo que el ser humano puede hacer frente a la muerte.
Para darle un orden a estas mis palabras. Quisiera que nos orientáramos partiendo de un término, un término que es precioso tanto como virtud humana, como virtud que Dios otorga a aquellos que le aman. Estoy hablando de la Prudencia. Hay una prudencia que se llama Prudencia Natural. Y hay otra prudencia que se llama Prudencia Sobrenatural.
La prudencia natural es el recto uso de nuestra razón para saber qué es lo que uno tiene que hacer en la vida. Pero por encima incluso de nuestra razón, está la prudencia sobrenatural, que es acción del Espíritu Santo en nosotros y que se manifiesta muy particularmente a través del don de Consejo. O sea que otro nombre para la prudencia sobrenatural es el don de Consejo.
Recuerdas que tenemos siete dones del Espíritu Santo. De esos dones hay cuatro que tienen que ver especialmente con la facultad de la inteligencia. Y hay cuatro que tienen que ver con la facultad de la voluntad. Pues son cuatro y cuatro. Tiene que haber alguna intersección y la hay. El don de sabiduría precisamente es como el culmen de los dones del Espíritu Santo en nosotros y tiene tanto de inteligencia como de voluntad.
Pero nuestro tema hoy es la prudencia natural y la prudencia sobrenatural. Dentro de los dones del Espíritu Santo que tocan, elevan, sanan, restauran y potencian la Inteligencia. Tenemos estos cuatro dones. El don de Entendimiento que nos ayuda a comprender la Sagrada Escritura. El don de Ciencia que nos ayuda a reconocer la huella y paso de Dios, tanto en la naturaleza como en nuestra propia vida y en la historia humana. El don de Consejo que nos muestra qué es lo que hemos de hacer, especialmente en circunstancias de difícil discernimiento. Y el don de Sabiduría que nos da una especie de connaturalidad con la manera como Dios ve las cosas. Esos cuatro dones tienen que ver con la Inteligencia.
Se ve que el don de Consejo es el que nos interesa el día de hoy, en particular, porque el don de Consejo es el que nos otorga la virtud de la prudencia sobrenatural. Hablemos un poco de esto. Descubramos esta riqueza y pidamos en esta Santa Misa que el Señor sobreabunde en nosotros con la prudencia natural y la prudencia sobrenatural.
La prudencia natural, como he dicho antes, es el recto uso de nuestra razón para saber qué es lo que uno tiene que hacer. La prudencia natural pertenece a esas virtudes que llamamos las Virtudes humanas, es decir, virtudes que son tan características de nuestra naturaleza humana, virtudes que además son usualmente reconocidas, ponderadas, elogiadas en todas las culturas. Varias veces hemos dado la lista de las Virtudes humanas. Prudencia, justicia, fortaleza, templanza. A la templanza a veces se le llama dominio de sí mismo. Pues la prudencia es entonces una de esas cuatro grandes virtudes humanas, virtud que es ponderada en todas partes.
Por el contrario, los opuestos a estas virtudes no han sido elogiados ni apreciados en ninguna parte. Porque lo contrario de la prudencia es la necedad, el hacer tonterías, el obrar incluso en perjuicio propio. Qué elogio merece eso. Lo contrario de la justicia es la injusticia. Por ejemplo, castigando al que es inocente o dejando que obre a sus anchas el que es culpable, ¿en donde tendrá elogio la injusticia? ¿dónde será realmente ponderada? En ninguna parte. Lo contrario de la fortaleza es la fragilidad del que no resiste ningún tropiezo, del que se derrumba frente a cualquier obstáculo. ¿En dónde será ponderado esto? Y lo contrario de la templanza, es la persona que es esclava del distintos placeres, placeres de la comida, placeres de la bebida, incluyendo el alcoholismo, placeres del sexo, placeres de la comodidad. Ahí se incluye también todo tipo de adicciones. En qué país, en qué cultura se va a considerar que es una gran virtud que una persona sea esclava de su deseo de comer, de beber, de drogarse o de tener sexo a cualquier hora o con cualquier persona. Esos no son virtudes.
Las virtudes humanas son claves y dentro de esas virtudes humanas hay una que es llamada la reina de las virtudes humanas. Y es precisamente la prudencia ¿donde aparece la prudencia?. Estamos hablando de la prudencia natural en este momento. ¿Donde aparece la prudencia natural en el texto de las lecturas de hoy? Pues si tú examinas, eso era lo que estaba haciendo aquella pobre mujer. Era una mujer viuda que se encontraba en una situación absolutamente dramática y que en medio de esa situación y con los pocos recursos con que contaba, estaba haciendo lo que podía hacer. Recoger un poco de leña, preparar un último alimento para ella y para su hijo y no teniendo otra solución, no teniendo otro camino, no pudiendo hacer absolutamente nada distinto. Tenía que afrontar la muerte. Hasta ahí llegaba. Ese era el límite de la prudencia natural. La razón humana no podría escoger nada distinto. ¿Qué más podría hacer ella? Decir voy a matar a mi hijo. Me voy a matar yo misma. No sirve de nada. Desperdiciar ese poquito de alimento. No sirve de nada. Claramente, esta mujer tenía la cabeza muy bien puesta y ella estaba haciendo lo que podía hacer.
Entonces aprendamos cómo se puede crecer en la prudencia natural, es decir, la prudencia que esta mujer practicó. Según el texto del Capítulo Diecisiete del primer Libro de los Reyes ¿Qué podemos aprender de esta mujer? Pues lo primero que aprendemos es que ella evitó la desesperación y evitó la huida. Dos actitudes que muchas veces nos tientan cuando estamos en circunstancias absolutamente límite. Cuando llegamos a nuestro límite, nos tientan la desesperación y la huida, incluyendo las huidas a la fantasía, como por ejemplo aquello de drogarse o cosas de esas.
Entonces, primera condición para la prudencia natural, evitar la desesperación y evitar la huida. Segunda característica de la prudencia natural. La prudencia que es propia de la razón humana. Ella utilizó todos los recursos que tenía a mano, es decir, con qué puedo contar y cómo lo puedo utilizar. Mirar los recursos que tengo y utilizarlos de manera inteligente es parte de la prudencia humana, de la prudencia en cuanto prudencia natural. Entonces, primero evitar desesperación y evitar huida. Segundo, ver cuáles son los recursos con los que cuento. Tercero, utilizar de manera inteligente esos recursos. Dentro de esos recursos está también el tiempo que tengo, las habilidades que tengo, las destrezas que tengo. Todo eso es parte de la prudencia natural.
Bueno, entonces hasta ahora llevamos tres puntos porque uno lo dividimos en dos. ¿Cuáles son los tres puntos? Primero, evitar lo que hay que evitar, es decir desesperación y huida. Segundo, evaluar los recursos, evaluar qué recursos tengo. Tercero, utilizar inteligentemente esos recursos. Y cuarto, sufrir lo inevitable. Esto nos toca muchas veces y es parte de la sana prudencia, porque el que no quiere sufrir lo inevitable tiene que irse o a la desesperación o tiene que irse por el camino de la huida. Entonces hay un momento en el que la prudencia también supone padecer. Y ese saber padecer es propio del que tiene verdadera prudencia. Entonces esta mujer nos está enseñando los cuatro puntos principales de la verdadera prudencia humana. La prudencia natural.
Lo repito por última vez, evitar desesperación y huida, evaluar qué recursos tengo, utilizar con inteligencia esos recursos y sufrir lo que es inevitable, es decir, tener paciencia. De hecho, la palabra paciencia viene de padecer. Hasta ahí llega la prudencia natural. Hasta ahí llega la razón humana. Dicho de otra manera más no podía hacer esta buena mujer.
Pero ahora viene la prudencia sobrenatural. Es decir, la que nos concede el Espíritu de Dios. Si nosotros le imploramos su presencia, su auxilio, si le imploramos, particularmente, si le pedimos particularmente el don de Consejo. Ese don hay que pedirlo, porque ese es el don que nos da la prudencia sobrenatural. Lo primero que vamos a observar antes de hacer el elogio de la prudencia sobrenatural es que en ocasiones, la prudencia sobrenatural, parece ir en contra de la prudencia natural. Efectivamente. Observemos lo que le dice Elías el profeta a esta mujer. Le dice mira, prepara primero este alimento para mí. Después lo prepararás para ti y para tu hijo. Porque esto dice el Señor la orza de harina no se va a vaciar, la alcuza de aceite no se va a terminar. Es decir, le hace una promesa.
Fíjate que realmente la situación en la que quedó esta mujer fue literalmente dramática, porque lo que le proponía el profeta iba en dirección opuesta a lo que pedía la prudencia natural. Lo que pedía la prudencia natural, como ya hemos explicado, es que ella simplemente preparara estos alimentos, comiera y muriera. Pero ahora viene una acción que parece ir en contra de eso, porque lo que se podía esperar con las solas luces, con el solo alcance de la razón humana, lo único que se podía esperar es que ella preparara este alimento, le diera el alimento al profeta y se quedaba ella, pues sin su última comida y dejaba a su hijo, cosa que debía ser todavía más doloroso para ella. Dejaba a su hijo sin esa última comida.
Entonces hay que notar esto que en más de una ocasión la prudencia sobrenatural va en contra de la prudencia natural. Por lo menos va en contra, materialmente hablando, es decir, en términos de las decisiones concretas. No va en contra de la prudencia natural en cuanto al fin último que se busca, que es el bien mayor, así como el que tiene la sola prudencia natural está buscando un bien. Así, la prudencia sobrenatural está buscando un bien y ciertamente un bien mayor. Hecha esa aclaración, miremos un poco cómo obra la prudencia sobrenatural aquí.
La manera como se plantean las cosas es bastante extraña, porque la idea que uno puede tener es que un desconocido se encuentra con esta mujer y le dice mira antes de comer tú. O en vez de comer tú dame comida a mí. Y parece que la acción de ella es totalmente Imprudente. Pero si miramos el texto con más detalle nos damos cuenta que esta mujer algo debía saber de Elías. Entre otras cosas, Elías es el gran profeta, el gran profeta del Reino de Israel, también llamado el Reino del Norte. Acuérdate que ya estamos en aquella época de la historia del pueblo de Dios en que ellos estaban divididos entre el Reino del Norte, el Reino del Sur. El Reino del Norte se llamaba Reino de Israel, el Reino del Sur, Reino de Judá. Capital del Reino de Judá, Jerusalén. Capital del Reino del Norte, Samaria. Y ese Reino del Norte colindaba con la región de Fenicia.
Hay un detalle muy técnico, pero muy bello y permítanme que lo mencione porque realmente es muy hermoso. La mujer que tramó todo el daño contra Elías era una mujer de origen fenicio. Esa mujer se llamaba Jezabel y según los datos que tenemos, era practicante de la religión fenicia. Era bruja, literalmente hablando. Esta mujer, Jezabel, fue la gran perseguidora de Elías, la que llevó a Elías hasta el extremo de la muerte. Porque precisamente por la persecución impulsada por Jezabel, Elías tuvo que irse hasta ese torrente kerith que luego se quedó seco y por eso resultó Elías caminando y buscando a la región de Sarepta, donde estaba la viuda el día de hoy. De modo que una mujer fenicia fue la que persiguió de manera acérrima a Elías el profeta y viene a ser una mujer fenicia, también una viuda fenicia, la que pone su fe en las palabras de Elías. Una mujer fenicia odiaba a Elías hasta la muerte. Esa mujer se llamaba Jezabel. Y otra mujer fenicia, la que aparece hoy cree y cree tanto en Elías que está dispuesta a seguir, lo que incluso contradice la decisión que ella había tomado.
Esto me parece muy bello porque me hace ver o me hace recordar lo que hemos dicho tantas veces. Y es que Dios tiene su gente en todas partes. Como si Dios nos estuviera diciendo mira, no condenes en bloque a la región de Fenicia, que si Fenicia salió esa espantosa bruja llamada Jezabel que quería acabar con la fe en Yavé. De Fenicia también vino esta mujer cuyo nombre no se nos cuenta esta viuda de Sarepta. Sarepta es en la región de Fenicia. Eso es muy hermoso. Pero tú te das cuenta en la manera como le habla esta mujer a Elías, que esta mujer sabía de Elías, lo cual no debe maravillarnos en absoluto, porque en medio de su ira, en medio de su loca furia contra Elías, Jezabel había mandado recado en todas partes de su reino. A aquel que se encuentre con Elías debe reportarlo para que yo pueda matarlo. Esa era la condena de muerte que pesaba contra el profeta Elías. O sea que Elías era supremamente conocido en el Reino de Israel, en el Reino del Norte.
Y por eso es perfectamente razonable que esta viuda tuviera noticia de quién era Elías, lo cual es clave, porque esto indica que esta mujer no estaba obrando al azar. Su acción no es un disparo al aire, no es un acto simplemente desesperado. Ella sabía quién era Elías. ¿Cómo lo sabemos? Mira lo que ella le dice cuando Elías le dice tráeme también en la mano un trozo de pan. Mira lo que ella responde. Te juro por el Señor tu Dios. O sea que ella no jura por Astarté. Ella no jura por los dioses fenicios. Ella da homenaje y pone por testigo de la verdad al Dios de Elías. Ella cree en el Dios de Elías. Y aquí viene el primer elemento de la prudencia sobrenatural, la que es propia del don de Consejo. Lo primero para llegar, para entrar en la esfera de la prudencia sobrenatural, es lo que está haciendo ella, es decir, la fe. Lo primero es la fe. Eso es lo primero. Lo primero es tener la fe verdadera.
Ella, aunque era de la misma nación de Jezabel, la bruja fenicia, aunque esta viuda también era fenicia, no solo no era bruja, sino que no ponía su fe en los dioses fenicios o de los fenicios, sino que ponía su confianza en el Dios de Israel. Lo primero es tener la fe verdadera. Es la fe verdadera. Es la fe clara y diáfana la que abre la puerta al universo de Dios en tu vida. Lo primero, tener la fe verdadera.
Esto me hace acordar de mi querida mamá, la cual con mucha frecuencia, cuando tenía que hacer una oración especial, por ejemplo, cuando oraba por algún enfermo, siempre lo primero que decía es vamos a rezar el Credo. Lo primero para ella era eso, como quien dice vamos a limpiar el terreno y que brille solamente la fe en Dios. Lo primero que decía mi madre ella hacía oración por muchas personas, también por nosotros los hijos, por supuesto y muchas veces ponía su mano sobre nuestra frente, ponía su mano sobre nuestros hombros o espalda. Y mientras oraba por nosotros, siempre lo primero que hacía era vamos a empezar por el Credo, vamos a empezar por la fe. Vamos a empezar renovando nuestra fe. Esa era mi madre. Dios la tenga en su gloria.
Entonces lo primero es renovar la fe y purificarla. Así es como se accede a la prudencia sobrenatural. Esta mujer tenía esa clase de fe. Por eso no dice te juro por Astarté que era la gran diosa de los fenicios. No, no, no. Ella no se mete ningún Astarté. Ella dice te juro por el Señor, tu Dios. Es decir, ella reconoce a Yahvé. No tengo ni pan. Me queda un solo puñado de harina. Ella reconoce su necesidad. Segundo punto, por favor. Para llegar a la prudencia sobrenatural. Mucha atención a esto que te estoy diciendo, porque tanto tú como yo necesitaremos muchas veces de la prudencia sobrenatural. Entonces, primer punto para la prudencia sobrenatural hay que purificar la fe. En ese sentido, seguir el ejemplo de tantas mujeres de tantos hombres, pero yo cito a mi mamá, seguir el ejemplo de aquellos que lo primero que hacen es vamos a limpiar el terreno. Vamos a poner en primer lugar en claro que creemos en Dios. Y mi mamá decía el Credo completo antes de cualquier oración. Entonces eso es lo primero.
Segundo, reconocer la propia necesidad. Fíjate lo que hace ella. Me queda solo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Y mira con qué palabras tan humildes y tan dolidas reconoce su necesidad. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos. Ella reconoce completamente su necesidad. Mira, esto es tan necesario que aparece muchas veces en el libro de los Salmos. Recuerda lo que dice el Salmo Dieciséis. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Multiplican las estatuas de dioses extraños. No tomaré sus nombres en mis labios, ni derramaré sus libaciones con mis manos. Es decir, ahí se nota en ese salmo como este hombre purifica su fe, pero también cómo reconoce su necesidad. Y en otra predicación, no hace mucho habíamos mencionado también el caso de la Reina Esther. Por favor, vuelve al libro de la Reina Ester. Mira la oración de Ester. Esto digo a todos, me lo digo a mí mismo, pero es que lo digo sobre todo por las mujeres. Mira, por favor, mira esa oración de la Reina Ester cuando ella dice no tengo a nadie, te tengo solamente a ti. Pero a su vez también ella renueva su fe, la fe en el Dios que conoció desde chiquilla. Eso es muy bello en la Reina Ester.
Entonces, dos pasos para llegar a la prudencia sobrenatural. Primero, renovar la fe, proclamarla, purificarla. Segundo, reconocer nuestra indigencia. ¿Qué le dice Elías? No temas. La gran frase que nos repitió tantas veces San Juan Pablo Segundo. No tengáis miedo. Nolite timere dice hermosamente el texto latino. Me phobou le dice el Arcángel Gabriel. Santo Arcángel Gabriel a María Santísima. Me phobou. No temas. ¿Eso qué es? Un acto de confianza. Ese es el tercer acto. Acto de confianza. Y ese acto de confianza se puede renovar de muchas maneras. Por ejemplo, aquella palabra tan sencilla. Jesús, yo confío en ti. Se puede renovar así, pero sobre todo es la certeza que tengas en tu corazón. Señor, lo que Tú quieres para mí está bien. Tú no puedes querer para mí, sino lo que es bueno. Entonces, actos de confianza. Yo sé que es lo que tú tienes preparado para mí es bueno. Otra frase que ayuda mucho y que también repito con alguna frecuencia. Tú tienes mejores ideas que mis ideas. Es muy bueno decir esa frase porque le machaca la cabeza a la serpiente. Acuérdate que la serpiente, el diablo y satanás siempre quieren meternos soberbia. Y una de las formas de soberbia es pensar que lo que está en la cabeza de uno es lo mejor pensado del mundo. En el momento en el que tú dices Señor, tú tienes mejores ideas que mis ideas, en ese momento le estás machacando la cabeza a la serpiente y estás al mismo tiempo proclamando tu total y absoluta confianza en el Señor. Tu total y absoluta confianza en el Señor. Tú se lo estás diciendo a Él.
Entonces, primero purificar la fe y renovarla. Segundo, reconocer la propia necesidad. Tercero, acto de confianza. Y le dice Elías a esta mujer viuda en esa situación tan difícil prepara el pan, como has dicho. Pero primero hazme a mi un panecillo y tráemelo. Para ti y para tu hijo lo harás después. Oh, Dios mío. Esto sí que era lo más difícil. Esto sí que era lo más duro. Y esto se llama obediencia. Hay muchas enseñanzas que nuestra querida amiga de Siena, Santa Catalina, tiene sobre la obediencia. Y una de ellas yo la puedo traducir de esta manera. El que sale de la obediencia sale de la bendición. Así como lo oyes. El que sale de la obediencia sale de la bendición. Efectivamente, eso no quiere decir que uno tenga que hacerle caso a cualquiera, claro que no. Pero si hay personas que por razones realmente ponderadas y serenas y justas, realmente son autoridad y a quienes tu pides consejo. Si esa persona que tu sabes que te va a aconsejar según Dios te dice algo y tu te sales de lo que te has ido aconsejado, puedes tener la certeza casi absoluta. El que sale de la obediencia sale de la bendición. Mira, ya ella había renovado su fe, ya ella había reconocido ante el profeta la necesidad por la que estaba pasando, ya ella, suponemos, había hecho ese acto de confianza. No tengas miedo. Si ya has hecho todo eso, y si sabes quién es el profeta que te está hablando y tú te sales de la obediencia, te estás saliendo de la bendición.
Y hay un salmo impresionante que dice Dios protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal, porque el que se sale del camino de Dios se queda sin protección. Es como tener uno que pasar por un camino extremadamente peligroso porque hay salteadores, o porque hay fieras salvajes, o porque hay culebras. Yo estoy pensando, por ejemplo, en mis amigos misioneros en tierras de la selva. Piensa en lugares como por ejemplo la Amazonía colombiana y que tú tengas que hacer un recorrido de cientos de metros por la jungla. ¿Cuál es el camino seguro? ¿Cuál es el camino que no va a tener ni alacranes ni serpientes? Tú vas a necesitar guía y protección. Vas a necesitar guía de los expertos. Y si tú dices que se quiten los expertos, que se quiten los que quieren aconsejarme, yo veré por dónde voy. El camino de los justos va protegido por Dios, pero si tú te sales de ese camino, vas por tu cuenta y riesgo. Y por tu cuenta y riesgo es que te pierdes de la bendición. Entonces se necesita obediencia, y Dios le hace una promesa a ella. Y ella creyó en esa promesa porque había puesto su confianza en el Señor que se mostraba tan claramente a través de Elías. Mira lo que dice. Así dice el Señor la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará. Esa fue la promesa. Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, obedeció.
Cuál es el camino para llegar a la prudencia sobrenatural que a veces, por lo menos aparentemente, nos va a parecer una locura. Es que eso sucede. Pues a mí me ha pasado. Yo no soy nadie, yo soy un pecador. Pero a mí me ha pasado que a veces uno le dice a una persona mire, no haga esto, no te conviene. A veces uno le aconseja a ciertos jóvenes, uno les dice mira, por ese camino no es, no hagas eso. Y la persona de todas maneras lo hace, también con personas mayores. Señor papá, no haga eso con su hijo. Señora, mamá, no haga eso con su hijo, no haga eso con su hija. Pero la gente vuelve y lo hace. Y luego vienen las consecuencias. Y te repito, yo no soy nadie. Lejos de mí compararme con alguien como el profeta Elías. Pero es que la Palabra de Dios no está en vano. No es en vano ahí donde la leemos.
Entonces, pasos para llegar a la prudencia sobrenatural. Necesitamos renovar nuestra fe. Necesitamos reconocer nuestra necesidad. Necesitamos poner nuestra confianza en la Providencia divina. Necesitamos obedecer. Eso fue lo que ella hizo. Y en esa obediencia, ¿qué pasó? Salvó la vida. Si ella se hubiera quedado solo con la prudencia natural, hubiera tenido una última comida y se hubiera muerto ella y el hijo. Y una muerte espantosa. Una muerte de hambre, de física inanición así hubieran muerto. Pero ella, con ese don que le dio el Espíritu Santo, ella puso su confianza en el profeta. El mismo profeta que era perseguido por otra mujer fenicia. Esta mujer resultó tener la sabiduría, toda la sabiduría que le faltaba a la otra. Esta mujer tomó la decisión que era. Esta mujer siguió el camino a la prudencia sobrenatural y esta mujer salvó su vida y salvó la vida de su hijo. En vez de tener una última comida, tuvo vida nueva en el espíritu. Vida nueva por virtud de la promesa del Señor. Esa es la promesa que Dios tiene también para nosotros.
Así que, mis hermanos, hoy hemos aprendido cuáles son los caminos para la prudencia natural y cuáles son los caminos para la prudencia sobrenatural, aquella que es fruto del don de Consejo. Sigamos esta Celebración y hoy le vamos a pedir con especial amor al Señor Jesucristo. Danos, danos por piedad, danos ese don del Espíritu. Amén.

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