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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aún en los tiempos de peor idolatría Dios tiene sus profetas y su pueblo fiel.
Homilía o102009a, predicada en 20200609, con 5 min. y 37 seg. 
Transcripción:
A ver, una pregunta. ¿Cuánto estás dispuesto a apostar por Dios? Te la hago de otra manera. ¿Qué riesgos estás dispuesto a pasar por ser fiel a Dios? ¿Por creerle a Dios? Esa pregunta tiene que ver con la primera lectura de hoy, tomada del primer libro de los Reyes en el Capítulo Diecisiete.
Ayer dejábamos a Elías después de que formula ese castigo saludable sobre el pueblo de Israel, no va a haber agua. Acuérdate, Dios es el Señor de las aguas. El Señor se sienta por encima del aguacero, dice un salmo. Dios es el Señor de las aguas. Pero había un torrente, el torrente karith, en donde Elías pudo refugiarse y pudo sobrevivir él que era mensajero de Dios. Pero el torrente terminó por secarse porque no había lluvia.
En esa circunstancia desesperada, muerto de sed y de hambre, Elías encuentra a una mujer, una mujer viuda, que estaba en una situación absolutamente extrema. Esta mujer estaba al borde mismo de la muerte. Tenía su hijo y el propósito de ella era terminar con la poca comida que le quedaba. Un poquito de harina y un poquito de aceite. Comerse eso y esperar la muerte. Realmente la situación era difícil para todos. No se piense, digo entre paréntesis. No se piense que por el hecho de que un profeta anuncie algo con claridad, él queda exento de las consecuencias de lo que Dios quiere hacer. Con mucha frecuencia el primero que experimenta las consecuencias de sus propias palabras es el mismo profeta. Y eso es lo que le está sucediendo a Elías en el relato que vamos siguiendo.
Pero empecé preguntando ¿Qué estamos dispuestos a arriesgar si se trata de la gloria de Dios? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a creerle a Dios? Y yo creo que hay una muestra muy grande en esta mujer, porque ella tenía su plan. Un plan triste y desesperado. Pero un plan que tenía sentido en medio de todo. Ella dice vamos a comer este pan y a morir. Y Elías, que también estaba en una situación absolutamente extrema, desfalleciendo, le dice prepara primero un panecillo para mí, y luego comerás tú y tu hijo.
Si ya es difícil decirle a una persona con hambre prepárame de comer y luego comes tú. Imaginémonos cuánta fe tiene que tener una mamá para aplazar la satisfacción de la necesidad mínima de alimento que tiene su hijo. Pero esta mujer le creyó a Elías. Y así como Elías pertenecía a la minoría de los profetas que eran fieles, que seguían fieles a Yahvé, esta mujer representa al pueblo que aún en las circunstancias más extremas, sigue fiel a Dios. Es decir, Elías era como el pequeño resto entre los profetas. Y esta mujer representa al pequeño resto en el pueblo fiel, que a pesar de todo, a pesar de todas las dificultades y a pesar de todas las contradicciones, sigue apegado a Dios. Y esto es lo más bello, como hay personas que llegan a tener ese nivel de confianza en Dios.
Ella no estaba confiando en cualquiera. La fama de santidad de Elías era clara y su palabra se estaba cumpliendo, aquello de la lluvia, su palabra se estaba cumpliendo. Ella no estaba apostando en el vacío. Ella sabía que Elías era un hombre de Dios y por eso la confianza de ella no se depositaba en cualquier hombre, de hecho, no se depositaba en el hombre. Era confianza que ella ponía en Dios. ¿Y sabes qué? Eso le salvó la vida. Porque confiar en Dios hizo posible que se diera ese milagro bendito de la harina que no se agota, del aceite que no se termina, del alimento que fue suficiente hasta que volvió la lluvia sobre la tierra.
¡Qué momento tan extremo! qué momento extremo y qué grandeza de la fe de esta mujer. Así que, quede la enseñanza para nosotros, aún en los tiempos de peor idolatría, aún en los tiempos de idolatría institucional, aún en esos tiempos, Dios tiene sus profetas y Dios tiene su pueblo fiel siempre. Siempre hay un pequeño resto.

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