Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El testimonio de la viuda de Sarepta da los rasgos precisos de una fe robusta y firme.

Homilía o102005a, predicada en 20120612, con 17 min. y 14 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Dios manifiesta su providencia también en las cosas sencillas y cotidianas. O digo mejor, sobre todo en lo sencillo y en lo cotidiano. Hemos hecho propósito de reflexionar sobre la fe en esta semana y la primera lectura del día de hoy es absolutamente adecuada, perfecta para ese propósito. Encontramos la escena de la viuda de Sarepta, a la cual podemos tomar como un verdadero modelo de fe. Sabemos que en la Escritura los extranjeros, los huérfanos y las viudas son la población más vulnerable en una sociedad donde indudablemente el hombre, el varón, es el gran proveedor en el hogar. La falta del papá, la falta del esposo, pone siempre en riesgo a la que queda viuda y al que queda huérfano. Y por eso Dios, cuando invita a la caridad. Ya desde Deuteronomio, por dar un dato, siempre destaca que la generosidad tiene que brillar con los huérfanos y con las viudas. Pero también esa misma vulnerabilidad hace que estas personas experimenten de un modo más intenso que dependen de Dios.

Es como una ley en la Escritura: el que es más vulnerable es más dependiente, pero el que depende más de Dios es también el que le conoce mejor. Podemos decir que el que depende más de Dios es el que más experimenta su cuidado, su ternura y su largueza. Así que hemos de suponer que en esta viuda de la población de Sarepta hay toda una historia de dependencia de Dios y por consiguiente, una historia de confianza en Él. Pero las cosas han llegado al extremo, y la razón es que falta la lluvia, y sin la lluvia, pues falta el alimento de los campos y el oscuro reinado de la muerte se anuncia por todas partes. La perspectiva no puede ser peor para esta mujer. Observemos lo que le dice ella al profeta: Te juro por el Señor tu Dios, que no tengo ni pan, me queda un puñado de harina y un poco de aceite. Estaba recogiendo un poco de leña, todo de a pocos, todo tasado, todo limitado hasta el extremo. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos. Realmente esta mujer está al borde mismo de lo que dan sus fuerzas. Podemos decir que su fe ya está templada al máximo.

Pero Dios parece pedirle todavía un poco más y lo pide por boca de un extraño, de un extranjero, un desconocido que sin embargo le habla en el nombre de Dios y lo que le pide este extranjero. Lo que reclama este profeta es un acto más que heroico. Dame el pan primero a mí, luego comes tú y come tu hijo. Cuando solo queda ese poquito, cuando todo está por poquitos, lo que Dios pide es dame tu poquito eso pequeño, eso pobre que tienes, dámelo. De inmediato vienen a la mente recuerdos de textos del Evangelio que tienen una estructura semejante. En la multiplicación de los panes no tenía mucho aquel muchacho. Dame tu poquito, tus panes y tus peces. Quédate sin nada, que es la única manera de tenerlo todo. Y también recordamos a esa otra viuda. Cómo no recordarla, la que al dar la limosna, sin que nadie vea ni pueda apreciar su acto de generosidad. Nadie, sino solo los ojos de Cristo. Ella entrega sus dos moneditas. Y dice Jesús: era todo lo que tenía para vivir.

Entonces nos damos cuenta por dónde va este camino de la fe. No es el camino del que hace una inversión en la banca y primero averigua muy bien en dónde está lo sólido. No es el camino del que arriesga un pedacito mientras sigue sosteniéndose en sus propias fuerzas o en su propio talento. Parece que la ley de la fe; es la ley del todo o nada y parece que solo llegan a experimentar el poder de la fe los que arriesgan hasta lo último. Pedro le dice a Jesús: Mira que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué va a pasar con nosotros? Esa especie de flaqueza de Pedro que quiere mirar su camino con Jesús como una inversión, como el que invierte en un banco. Esa especie de debilidad de Pedro, pues, trae para nosotros un bien, lo mismo que la debilidad que en otra ocasión tuvo el apóstol Tomás también trajo otro bien para nosotros, porque la debilidad de Pedro hace que Jesús responda: el que lo deja todo por mí recibirá cien veces más en esta vida, y luego la vida eterna.

Y la debilidad de Tomas trae un bien para nosotros, porque como explica San Agustín al confirmar la fe en Tomas, igualmente la confirma en nosotros. Así que eso es lo que Dios le pide a la viuda; volviendo al texto del primer libro de los Reyes, ¿Me puedes poner en primer lugar? ¿Puedo ser yo lo primero en tu vida? ¿Lo puedes arriesgar todo por mí y nada menos que todo?. Observemos lo dramático de la escena. Lo que a ella le queda es un poco de harina. Entonces la diferencia es, me muero ya o me muero después de otra comida. Tampoco es muy halagador el panorama que tiene esta mujer. Pero reconocemos que se trata de un acto muy fuerte de fe y es la fe la que le salva la vida a ella, porque es la fe la que abre el milagro. Y con ese milagro y de ese milagro logra ella sobrevivir. Y con ese milagro y de ese milagro sobrevive también su Hijo, que indudablemente era tan querido para ella. Probablemente más que su propia vida.

Y aquí aparece entonces otro aspecto de la fe. Si no se ejerce la fe, se puede alargar la agonía, pero no resolver la muerte. Sin fe se puede vivir. Pero esa vida no es vida, es solo triste y fracasado aplazamiento de la muerte. Y esta ley, que también es ley de la escritura, se cumple en aquella época, en época de Isaías, y se cumple también en nuestro tiempo. Hay tanta gente hoy que de una manera arrogante, de una manera olímpica, desprecia el depósito de la fe y desprecia la casa de la fe que es la Iglesia y desprecia los sacramentos de la fe con blasfemias. Si eso se puede hacer, se puede despreciar la fe y también se le puede dar una insultada a ese extraño, a ese Elías se le puede dar una insultada y decirle: ¿cómo se le ocurre a usted que lo voy a poner en primer lugar por encima de mi hijo? ¡Lárguese de aquí, mendigo! Lo único que que ahora pido es que me dejen morir en paz. Y esa ha sido la frase de los ateos y de los renegados por generaciones y generaciones. Déjenme morir en paz. Ahí está la escogencia. Vivo en un milagro permanente o escojo la muerte. Una muerte que yo puedo llamar tranquila, pero que siempre será muerte y siempre será fracaso.

Si la viuda también puede despreciar a Elías y cerrar la puerta de su casa y comer entre lágrimas y maldiciones, el último pedazo de pan, y luego tenderse a una muerte entre comillas, tranquila. Pero se habrá perdido la oportunidad de vivir en el milagro, vivir de la fe. Y a eso es a lo que nosotros somos invitados todos como cristianos, pero muy particularmente nosotros, consagrados y consagradas. Vivir de la fe. Sobre esto, con la bondad de Dios, ya podremos insistir en otros días de esta misma semana, porque en el fondo, de lo que se trata en la vida consagrada no es de tener uno o dos actos de fe a la semana. No es tener uno o dos actos de fe al día. Es vivir de la fe de modo que cada bocado de alimento sea un nuevo acto de fe. Es lo último que quisiera destacar de esa escena tan impresionante del profeta Elías. Como el milagro era continuo. Pues esta mujer seguía en el milagro cada día, porque cada día tenía que repetir la escena de acabarse la harina. Sigue el milagro o se termina hoy y nos morimos y mañana seguirá el milagro y dentro de una semana todavía estará el milagro, todavía estará el milagro. Pero ella va viviendo su día a día y con ese día a día y con esa confianza de la mañana, de la tarde y de la noche, logra pasar el tiempo malo y logra ese otro tiempo nuevo cuando ya vuelve la lluvia y cuando ya vuelve la cosecha. Y cuando las cosas podemos decir se normalizan. ¿Habrá milagro mañana? Jesús también preguntó ¿Y cuando el Hijo del Hombre vuelva, habrá fe en la tierra? Yo pienso que eso lo experimenta la persona consagrada con mucha fuerza. Entro a este monasterio. ¿Y si yo soy el último? ¿Y si no queda más nadie? Y si lo único que tengo que hacer es acabar de enterrar esta gente. Eso parece un chiste, pero no lo es.

En la antiguamente tan católica Irlanda; esa fue la respuesta que me dio una priora. Quizás ella estaba haciendo un chiste. O quizás estaba en un momento bajo de su fe. Le preguntaba yo a la priora. ¿Y para usted, en estas circunstancias de Irlanda, de descreimiento de todo aquello de crisis de la Iglesia, de escándalos, para usted qué significa ser priora? Una pregunta quizás demasiado, demasiado entrometida, demasiado confianzuda. Y me dice ella bueno. En primer lugar, significa verificar que cada una que vaya muriendo quede bien rezada y bien enterrada. ¿Y si yo soy el último? ¿Y si esto se acaba? ¿Y si no tiene sentido? ¿Y si tantos se han extinguido? ¿Y si esto también se extingue? ¿Y qué es lo que estoy haciendo aquí? Y resulta que el milagro sigue. El milagro sigue. Este año, gozosamente esta comunidad ha celebrado cuatrocientos años de milagro.

Y nosotros, si miramos a la iglesia, pensamos lo mismo. Bueno, y si algún día se termina de destapar un escándalo bien gordo, por ejemplo, que el Papa Alejandro tiene un hijo y ya eso acaba con la Iglesia. Dejemos esa tontería, dejemos esa pérdida, disolved, disolved esto y que se acabe. Pero ahí va la Iglesia, que el Papa Alejandro tuvo un hijo que es un miserable y un incoherente, que a Julio Segundo sólo le interesan sus tierras, que el otro es un borracho, que al obispo no se le puede creer ni el amén. Y a pesar de tantas miserias y de tantos pecados y de tanta incoherencia, pero también a través de tantísima santidad y a través de tantísima fe, aquí estamos y vamos venciendo imperios. Y llegó la arrogancia bolchevique y a extinguir la fe. Y se acabó. Estaba leyendo estos días un documento interesantísimo sobre todas las estrategias verdaderamente satánicas demoníacas para destruir la fe. Cómo acabar la fe en los niños. Cómo acabarla en los jóvenes, en las familias.

La guerra del comunismo soviético contra la fe. Una guerra sin cuartel. Y resulta que los niños que están naciendo ahora ya mirarán la revolución bolchevique como una nota de pie de página mientras siguen contando con que pueden irse a preparar hacer su primera comunión. Ese es el poder de la fe. Y va a la Iglesia en medio de persecuciones externas y de incoherencias internas, pero sobre todo en medio del poder del Espíritu y de la santidad de tanta gente. Va la Iglesia avanzando, enterrando emperadores, enterrando imperios y una vez más avante, proclamando el misterio de Cristo. Habrá misa, habrá fe, habrá sacerdote, habrá vocaciones. Aquí estamos, aquí estamos comiendo nuestro pan del día, el pan del cielo. Hoy tenemos a Cristo, la viuda somos nosotros. Hoy tenemos a Cristo y lo estamos comulgando. Seguirá el milagro. Nosotros nos fiamos de la palabra del profeta y sobre todo, nos fiamos de Dios.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM