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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El don de la verdadera profecía.
Homilía o102003a, predicada en 20000613, con 7 min. y 53 seg. 
Transcripción:
Quiero destacar tres puntos de la primera lectura de hoy. Primero, Elías es un hombre fiel a Dios. Por esa fidelidad se queda solo, por esa fidelidad tiene que castigar en cierto sentido al pueblo de Israel, al reino de Israel, el reino del norte. Tiene que castigar con una dura sequía. Pero aquí viene la primera enseñanza. El profeta participa del drama del castigo que anuncia. No es un observador lejano, distante. Le está contando a otros lo que le va a suceder a otros. Participa de una misma suerte, de un mismo camino con ese pueblo. Un pueblo que lo odia, un pueblo que lo rechaza. El profeta participa del dolor de ese camino. Hace unos años, la teología de la liberación insistía mucho en participar de la suerte del pueblo pobre, pero se pensaba sobre todo en esa solidaridad nuestra que debe llevarnos a unirnos a la suerte de los desvalidos y a compartir con ellos sus miserias. El caso que yo no vi que nunca tratara esta teología de la liberación fue este caso, el de los hombres solitarios como Elías o como Jeremías, que anunciando la fidelidad de Dios se ganan el odio del pueblo. Pero por encima de todos participan de la misma suerte del pueblo y padecen con él. Son como anticipaciones, podríamos decir. Son como figuras del padecimiento de Jesucristo. También Cristo rechazado por su pueblo. Es el supremo profeta que participa del castigo que merece el pueblo. Parece que esta señal es la señal del verdadero amor. No tanto, aunque ya es heroico despojarnos para trabajar con los pobres, sino recibir el odio y dar amor. Ahí está el amor grande, el amor que no tiene fronteras. Cuando me aceptan, cuando me acogen, cuando me miran como el redentor de ellos, como el líder de la comunidad, como el que saca las cosas adelante, pues hay una labor humanamente muy meritoria. Pero lo que nos muestra la escritura es todavía más grande. El que padece, el que sufre por partida doble sufre como pecador y sufre de parte de los pecadores. El que quiera ser profeta, que tome en cuenta la primera enseñanza. La segunda, Elías es enviado a una región pagana. Sarepta queda en Fenicia, al norte de este reino de Israel, que era a su vez la parte norte de lo que había sido el reinado de David. Fenicia, tierra pagana. Y Elías, en una primera etapa de su padecimiento se va a un torrente, el torrente Karith, como habíamos escuchado en la primera lectura del día de ayer. El torrente Karith. Estuvo junto al torrente Karith que queda cerca del Jordán en una primera etapa. Elías está todavía en los predios, podríamos decir de su pueblo, de su tierra. Pero Dios le lleva a una humillación mayor. Tiene que recibir el alimento de manos de paganos. Vete donde los paganos y lo convierte en mendigo, lo convierte en necesitado. Eso tuvo que doler mucho, no solo porque humanamente es difícil para todos tener que mendigar, sino porque, según consta en el libro del Deuteronomio, Dios prometía abundancia de bendiciones para aquellos que estuvieran con él. Tú vas a ser el que vas a poder prestar a otros y no vas a tener que pedir prestado. Leemos en el Deuteronomio. Y resulta que aquí es al revés. Esa bendita tierra de paganos es la señal máxima del quebrantamiento de la alianza. Pero aquí es donde aparece la grandeza del líder. Aunque es un mendigo, y aunque está fuera de su tierra, él ya sin tierra, sin familia, sin amigos y sin pueblo, sigue teniendo a Dios. Y en el nombre de Dios promete un milagro en tierra de paganos. La orza no se va a vaciar, la alcuza no se va a acabar. Porque así lo dice el Señor. Es decir, a Elías lo que nadie le puede quitar, le pueden quitar la tierra, la dignidad, la paz, la vida misma. Pero lo que nadie le puede quitar es la palabra de alianza, la Palabra de Dios. Y Elías se aferra a esa palabra y se tiene en esa palabra, y esa palabra se convierte para Él en todo su tierra, su amistad, su pueblo. Y tan agarrado está, tan fiado está esta palabra que a nombre de esa palabra promete un milagro que efectivamente se cumple. Por último, notemos la palabra que le dice Elías a esta viuda No temas, no temas. Ya la perspectiva de esa pobre mujer será la muerte. Elías le trae la paz a ella. Esta es otra señal de una presencia descomunal del Espíritu de Dios en este profeta. La situación de Elías casi no podía ser más desesperada. Pero Él es el que da la paz. Él es el que trae la paz. Nos hace recordar esas expresiones del apóstol San Pablo en la segunda Carta a los Corintios, cuando se refiere a la misión de los apóstoles. ¿Cómo son? ¿Cómo es la vida de un apóstol? ¿Cómo es? Despreciados, humillados, ultrajados, desposeídos y sin embargo, llenos de bendiciones, llenos de amor, llenos de paz. Pidamos a Dios para nosotros esos dones, pues donde la verdadera profecía, que tiene su lugar de comprobación ante el odio, ante el rechazo de los mismos a los que se quiere servir. Eso no lo alcanza a amar. Para amar, sentirse odiado por los ricos y hacer causa común con los pobres era todo. Aquí hay algo más grande. Es buscar al pueblo pobre, recibir el odio de los pobres y seguir amándolos a ellos, participando de su suerte y unirse a Dios llevando bendición. Aferrados a su Palabra y con una fuente de paz en el corazón, en bien de todos.

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