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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o102001a, predicada en 19980609, con 18 min. y 43 seg. 
Transcripción:
Es muy narrativo y muy descriptivo el pasaje que nos presenta la Iglesia en la primera lectura de este día. Tomada del capítulo diecisiete del primer libro de los Reyes. Se trata de tiempos de persecución. La presión de Jezabel sobre Ahab y la presión de Ahab, sobre todo el reino de Israel es insoportable. Se ha vuelto imposible creer. Sostener la fe significa el riesgo de perder la vida. Elías ha tenido que salir huyendo. ¿Y en qué consiste la presión? ¿Sobre qué pueden presionar? ¿Cuál es la presión última que puede soportar el ser humano? Precisamente de la que aquí se nos habla. la amenaza sobre su vida. Por consiguiente, ¿cuál es la confianza máxima que puede dar Dios a una persona? Hacerle descubrir, hacerle percibir que su vida está sostenida, que aún en las circunstancias más improbables, su vida está sostenida. Dios libera de los miedos radicales, haciéndole descubrir a la persona, haciéndole sentir a la persona: Soy el dueño de tu vida. Efectivamente, no hay miedo más grande que aquel que tiene que ver con el destino, con el final, con el desenlace de la propia vida. Los miedos más fuertes tienen que ver con esto. ¿Será que nada tiene sentido? ¿Será que algo o alguien me persigue? ¿Será que voy a condenarme? ¿Será que, como dijo aquel filósofo, esta vida es una pasión inútil? Pues para ese miedo fundamental, para esa angustia fundamental del ser humano, Dios tiene esa palabra fundamental que da fortaleza. ¿Y por qué esa es la angustia fundamental del ser humano? Porque si uno ha hecho, por ejemplo, una casa, cualquier cosa que le vaya a suceder a la casa, uno puede conjurarla diciendo no, pero si yo la hice, yo sé hacer casas y hasta si me destruyeran eso, yo haría otra. Si una persona sabe cultivar la tierra, puede sentir mucha tristeza de que su trabajo sea destruido, pero si por dentro siente energía y siente vida, entonces dice: Aunque me dañaran esta cosecha o aunque viniera un año malo. Pues yo saldría adelante, yo trabajaría y yo saldría adelante. Porque yo sé cultivar. ¿Pero y con la propia vida? El fondo de nuestra alma presiente que la propia vida no es algo que podamos darnos. Si pierdo la vida en el absurdo, en la nada, en la muerte, en el infierno, como se quiera llamar, si pierdo la vida, lo pierdo todo, porque yo no me puedo dar vida. Y sé que no me puedo dar vida porque yo no me di origen a mí mismo. Yo no me comencé, yo no empecé mi propio ser. Por consiguiente, el ser humano si es honesto y se mira de arriba a abajo en la profundidad de su ser, sabe que en los últimos cimientos ahí vacíos, hay interrogantes insolubles para su propia razón. Y en esos interrogantes insolubles nacen las preguntas básicas de las que un día brota la filosofía, por ejemplo. Pero nace también esa angustia fundamental que hace que no podamos confiar, que a veces no podamos respirar a pleno pulmón o sonreír con total confianza. Y realmente el cuadro que nos ha descrito, este pasaje del primer libro de los Reyes es cómo Dios le va mostrando a Elías y a esta viuda y a ellos en cuanto representantes del pueblo de Israel, cómo les va mostrando la vida es mía. Yo soy el que doy la vida y tu vida está en mis manos. Si tú la devuelves a mis manos, si tú la entregas en mis manos encontrarás paz. No tengáis miedo, dijo Jesús más de una vez. Jesús viene a curar la angustia fundamental del ser humano. No tengáis miedo. Sánate de tu angustia. Mira cuántas pruebas te he dado de que aún en las circunstancias más difíciles, tu vida es mía. Yo la cuido, yo la sé cuidar. Y para mostrar esto, Dios hace imposibles. Elías no es un agricultor, no es un ganadero, no es un comerciante. Elías es un inútil. Para lo único que sirve es para llevar la Palabra de Dios. Es un profeta, diríamos es un profeta químicamente puro, no sabe hacer nada más, no sirve para nada más. Por consiguiente, para esta tierra es un estorbo y eso es lo que le hacen sentir a Ahab y Jezabel. Usted es un estorbo. Cómo se cumple en él aquello que siglos más tarde diría Jesucristo Si fuerais del mundo, el mundo amaría, pero como no sois del mundo, os detesta. Elías no sirve para nada en esta tierra, es decir, para los intereses de esta tierra, es un inútil. No tiene familia, no tiene a nadie. Y así, sin nada y sin nadie, se va al desierto. En la ciudad, la espada, y en el desierto, el hambre. No hay mucho que escoger. Elías parte para el desierto para poner su vida enteramente en las manos de Dios. En alguna ocasión dijo el rey David: Mejor es caer en las manos de Dios que es misericordioso, que en las manos de los hombres. Y se fue para el desierto Elías. Y de un desierto seco y muerto Dios saca un torrente, el torrente carib o querit. Y ese torrente le da agua de beber a Elías. Y de alguna parte de no sabemos dónde. Hay un cuervo que saca pan y que le lleva pan. Se secó el torrente donde se había escondido Elías. Ahí empieza el texto de hoy. La situación es aún más grave en el pueblo de Israel. Tuvo siempre conciencia de que las personas más pobres de todas, las más limitadas de todas, eran las viudas y los huérfanos. Una viuda es, en la mentalidad israelita, una persona sin defensa, sin poder, una persona que necesita ser ayudada. Elías va donde esa persona que necesita ayuda a pedirle ayuda. Ya no es solo que del desierto no sale pan. Ahora estamos no en cero, el desierto es cero, estamos en menos de cero. La viuda no solo no tiene, sino que necesita. Pero Elías obra en nombre del Señor. Sabe que es Dios el que le está guiando y se fía absolutamente de esa palabra, y arroja su existencia completamente en las manos de Dios. Y le dice a esta viuda estas que son palabras de santo o de loco: prepara el panecillo, pero primero hazme uno a mí y tráemelo. Dando ese panecillo, esta viuda, se hace semejante a esa otra viuda del Evangelio que echó en la caja de la limosna todo lo que tenía para vivir. Esta viuda en la mitad de un desierto con un hijo muriéndose de hambre, le apuesta a la palabra de Dios, le apuesta al profeta y le da lo que tiene. Eso es lo que Dios quiere de nosotros, que el último panecillo, que lo último que hemos guardado para nosotros también se ha puesto en las manos de él, para que él pueda sacar de un torrente seco agua de un desierto muerto pan, de una orza, de un pedazo de barro harina. Dios multiplicará los milagros, Dios hará los milagros que tú quieras. Dios enviará a un cuervo, Dios te enviará un misionero. Dios te dará la ayuda de una familia o enviará un ángel. Hará los milagros que sean necesarios en favor de las personas que crean hasta este punto. Si una persona cree hasta apostar el último panecillo, el que iba a calmar el hambre, la última hambre de su único hijo en medio del desierto. Si una persona puede apostar ese último pan por la Palabra de Dios, esa palabra le dará milagros, le dará vida. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó. Lo había dicho el Señor por medio de Elías. Este Elías profeta, esta viuda piadosa, le han dado a Dios todo. Es precisamente la actitud irreversible. Eso es confiar, realizar actos irreversibles. Eso desconfiar. Un acto irreversible es dar el último pan. Un acto irreversible es salir con hambre a un desierto, a esperar ¿qué? A esperar en Dios. Un acto irreversible es decirle al Señor creo y en ese creo y en esa fe, la vocación cristiana conoce muchos actos irreversibles o cuasi irreversibles. Una profesión solemne, por ejemplo, creo. Apuesto a esto. Solo tengo una vida. Ese es mi panecillo, aquí está. Y está para ti, señor. Para que se vuelva una hostia. Un acto irreversible es el sí yugal. Creo en Dios. Creo que Él puede sostener nuestra barca, le dice el novio a la novia y ella a él. Creo que nuestra barca. Creemos que nuestra barca puede ser sostenida en medio de las tormentas, de los afectos, que es lo que más cambia en esta tierra, más que las olas del mar. En medio de todas las tormentas y del subir y bajar de las olas, creemos que Dios puede sostener la barca y nos apoyamos en Él. Creo es lo que realiza un diácono, por ejemplo, cuando va a recibir su ordenación. Es un acto irreversible. La Iglesia lo indica, llamémoslo así, ontológicamente, con aquello del carácter que imprimen los Sacramentos. Creo. Apuesto a esto. Me fío de Dios. Si ese acto se realiza así como esta viuda y como este profeta. Si ese acto se realiza así, Dios dará milagros a esas personas. ¿Por qué es una profesión solemne? ¿Qué es un sí matrimonial? ¿Que es la ordenación de un diácono o de un sacerdote? ¿Qué es todo ello? sino irse como a un desierto en el sentido de que se perderán oportunidades. Claro que sí. Cada decisión que tomo me cierra puertas y cada vez me centro más en esa puerta estrecha de la que me habló Cristo para apostarle a la Palabra de Dios. Cada decisión que tomo me cierra puertas, eso está claro. Sé que pierdo oportunidades, eso está claro también. Pero sé por quien las pierdo. Y apuesto, y entró en el desierto. Y en ese desierto Dios hace milagros. Milagros muy bellos. Milagros. Como esta harina inagotable. Como este aceite inexhaustible. Dios hará milagros. Dios hace milagros por nosotros. Lo necesario es lo necesario de nuestra parte. Es pedir esa fe absoluta y permanecer y perseverar en esa fe absoluta. Mi vida arrojada en tus manos y ante cualquier tentación y ante cualquier miedo. Yo lo digo duro para que lo oiga mi corazón. Ante cualquier tentación, ante cualquier miedo, mi vida arrojada y puesta en tus manos. Y ese acto es irreversible y por consiguiente, no lo voy a devolver. Mi vida está puesta ahí. Y en ti confío, Señor, y en ti confío y de ti me fío. Y entonces Dios da alimento. Apocalipsis dice: da del maná escondido. El que no ha apostado nada nunca descubrirá la harina de Dios. Porque realmente lo que hizo Dios en este milagro fue como crear harina. El primer panecillo que dio la viuda, el primero era de su harina. Los que vinieron de ahí en adelante eran de la harina de Dios. Elías y la viuda pudieron comer de la harina de Dios, del pan de Dios. El que le apuesta a Dios puede comer del maná escondido del maná que Dios da. Esto se ve maravillosamente en nuestros votos religiosos. El que confía así para vivir con espíritu de fe, una fe con los ojos abiertos. Su voto de obediencia comerá del maná escondido. Encontrará caminos, designios de la voluntad divina que nadie en esta tierra conoce. Y el que cree y apuesta su afecto y cree en la virginidad. El que cree en el amor así ofrecido a Dios. Claro que pierde. Claro que se va al desierto. Pero claro también que encuentra, encuentra y encuentra del maná escondido. Decía Catalina de Siena: Si aquellos que viven sumergidos en los pecados del lodo de la carne, pudieran gustar las dulzuras que tú me das, Señor, que tú das a los corazones verdaderamente vírgenes, en un momento dejarían sus pecados. Es maná escondido, es la harina de Dios. Y lo mismo podríamos decir de la penitencia y de la intercesión, y en fin, de todos aquellos soplos, todos aquellos susurros con que el Espíritu Santo nos invita hacia la puerta divina, nos invita hacia el plan del Señor, nos invita a entrar por el camino estrecho para no tener otro soporte, pero también para no experimentar otra voz, ni otra providencia, ni otra mano, ni otro amor que el mismísimo amor de Dios, a quien alabamos y en quien confiamos por los siglos. Amén.

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