Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos a Dios que nos dé verdadera fidelidad para que Él no tenga que llegar a extremos, para que tengamos la sensatez suficiente para decirle que solo Él es Dios.

Homilía o101008a, predicada en 20200608, con 7 min. y 6 seg.

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Transcripción:

En la primera lectura de hoy encontramos a uno de los hombres grandes del Antiguo Testamento. Me refiero al profeta Elías. Para percibir la grandeza de Elías, conviene recordar que en la escena de la Transfiguración, Dios quiso en su providencia que dos hombres del Antiguo Testamento apareciesen junto a nuestro Señor Jesucristo Transfigurado. Uno de ellos, Moisés, a través del cual Dios otorgó la ley, el don de la ley al pueblo elegido. El otro hombre, Elías. Y Elías, es reconocido fundamentalmente por el valor de su ministerio profético.

Durante varios días, en la primera lectura, Elías va a hacer presencia y por eso conviene no solo que nos familiaricemos con él, sino que veamos qué tiene para decir en nuestro hoy, en nuestra vida. Elías fue profeta en un tiempo sumamente difícil. Estamos hablando de una época en la que la idolatría entró con toda su fuerza en el Reino del Norte. El pueblo elegido estaba dividido desde un tiempo atrás, más o menos a la altura del Siglo Décimo antes de Cristo. Se produjo una división entre el Reino del Norte y el Reino del Sur. Todos eran descendientes de Abrahán. Todos eran descendientes de Jacob, todos eran descendientes de aquel pueblo que atravesó el desierto y sin embargo, estaban divididos.

El Reino del Norte tuvo como capital Samaria y el Reino del Sur siguió con su capital Jerusalén. Elías fue profeta en el Reino del Norte. La manera como surgió el Reino del Norte muestra cómo desde el principio hubo un desprecio a la ley de Dios. Efectivamente, el hombre que inició el Reino del Norte se llamaba Jeroboam. Y siendo más un político que un verdadero seguidor de Dios, Jeroboam dijo, a mí no me sirve que la gente siga haciendo peregrinaciones a Jerusalén para ofrecer sacrificios. Y entonces el primer idólatra y el primer traidor a la ley fue Jeroboam, el que dio origen al Reino del Norte. Ese Reino del Norte se llamó el Reino de Israel, mientras que el Reino del Sur se llamó Reino de Judá. Entonces, desde el principio, el Reino del Norte estaba abierto a la desobediencia e incluso a la idolatría.

A la altura del tiempo de Elías, era rey un hombre llamado Ajab, la esposa de él, que era una mujer de origen fenicio y según muchas indicaciones, practicante de la brujería fenicia, creyente por consiguiente en las deidades fenicias. Esta mujer se llamaba Jezabel. Jezabel, por supuesto, sentía repudio, fastidio, impaciencia, con todo lo que tuviera que ver con el Dios de los hebreos. Aquellas historias de un Dios que sacó a los israelitas de Egipto, que los sostuvo por el desierto, que hizo alianza con ellos. Toda esa historia le resultaba insoportable a Jezabel. Y Jezabel, que era la esposa del rey, era quien en realidad mandaba. Ella tenía muchísimo poder sobre su esposo, cosa que sucede con alguna frecuencia. Y esta mujer, con ese poder inmenso, empezó a implantar la idolatría, la idolatría de los baales en todas partes del reino de Israel. Ya la idolatría no era simplemente un brote que se daba aquí o allá, era algo institucional, era algo impuesto, generalizado, algo que tenía que darse en todo el Reino. Esas fueron las circunstancias en las que apareció Elías.

Y es interesante, dentro de este contexto, que Elías, al hacerse presente frente al rey, le dice que se va a suspender la lluvia. Debe recordarse, siempre lo decimos con frecuencia, que el agua en la Sagrada Escritura está siempre en la potestad de Dios. Es Dios el que separa las aguas en el Génesis. Es Dios el que pone un límite a las aguas del océano. Es Dios nuestro Señor Jesucristo, quien camina sobre las aguas. Es Dios quien a través del profeta Elías le dice a este rey. Un rey pusilánime, un rey dominado por la esposa y por la idolatría. El que le dice a este rey se va a acabar el agua. Es una manera de decir por encima de todos los cultos idolátricos, por encima de todo lo que tú pretendas, hay un Dios. Es una medida absolutamente drástica. Es una medida terrible, pero es una medida que mostrará, aunque sea a las malas, que Dios es Dios y que ningún ídolo puede competir con Él.

Es algo muy parecido a lo que sucedió en las plagas allá en tiempos de los hebreos en Egipto. Es más o menos la misma idea. Ustedes recuerdan que al principio, cuando Moisés va donde el Faraón, los brujos, los magos del faraón, parece que pueden replicar las acciones que realiza Moisés. Pero a medida que Moisés, es decir Dios a través de Moisés, va subiendo el volumen, va subiendo la intensidad. Llega un momento en el que ya los brujos no pueden hacer nada. Hay un momento en el que Dios tiene que mostrar que Él es Dios. Hay un momento en el que Él tiene que mostrar que su majestad no la entrega a nadie. Hay un momento en el que Él tiene que decir mi gloria, no la comparto con nadie.

Y ese es el momento de Elías y esa es la historia que vamos a empezar a escuchar. Pidamos a Dios que nos dé verdadera fidelidad, que Él no tenga que llegar a extremos, que Él no tenga que ponernos en esas coyunturas espantosas como las que pasó el Reino de Israel. Que en medio de nuestras circunstancias tengamos la sensatez y la docilidad suficiente para decir Dios es Dios. Solo a Dios honor y gloria. Amén.

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