Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Encontrar en Cristo al Bienaventurado y a quien trae la bienaventuranza.

Homilía o101003a, predicada en 20020610, con 4 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Las Bienaventuranzas. Se ha dicho que son la Carta magna del cristianismo. Son la constitución fundamental de nosotros los cristianos. Pero un texto tan cortico, sin embargo, nos deja muchas preguntas. Es corto, pero es tan profundo. Es la síntesis, podríamos decir, de la revolución que trae Jesucristo. Qué tal aquello. Dichosos los pobres, dichosos los que lloran, dichosos los perseguidos. Y nosotros nos preguntamos ¿Qué puede haber de dicha? ¿Qué puede haber de felicidad? si precisamente hay llanto, hay persecución, hay despojo, hay necesidad. ¿Cómo puede estar ahí la bienaventuranza?

Siempre es útil recordar que el primero que practicó y que vivió las Bienaventuranzas fue el mismo Jesucristo. Porque Jesucristo no solo es el que da la bienaventuranza, sino es el bienaventurado. Él es el Santo y feliz Jesucristo, como lo saluda una antigua antífona de la Iglesia Oriental. Santo y feliz Jesucristo. Santo y bienaventurado Jesucristo. El primero que ha vivido las Bienaventuranzas. Y el primero que sabe lo que nos está enseñando es Jesús. Él, en las Bienaventuranzas, no nos da una norma, sino lo que Él mismo ha vivido. No es una norma externa, es la expresión de su experiencia, es el encuentro, es lo que Él ha encontrado en la vida.

Yo creo que esto se entiende un poco mejor si comparamos este texto con las Bienaventuranzas que nos trae Lucas. Allá en las Bienaventuranzas de Lucas se acompañan estas expresiones de felicidad con otros lamentos. ¡Ay de vosotros los ricos! ¡Ay de vosotros los que reís! Efectivamente, el que se siente ya feliz se pierde de la felicidad que Cristo trae. El que se siente ya consolado, el que se siente ya rico, se pierde del consuelo de Cristo, se pierde la riqueza de Cristo. Es decir, las Bienaventuranzas sólo son comprensibles vistas en Cristo y vistas gracias a Cristo. Solo si encontramos en Cristo al bienaventurado, y solo si encontramos en Cristo a quien trae la bienaventuranza. Sólo así resulta comprensible este texto.

Es bello tener hambre. Cuando llega el pan. Y tiene belleza el sentirse triste, sí ya está cerca la alegría. Y no es tan malo estar de noche si ya casi va a amanecer. Pero el amanecer, el pan, la alegría, el bien es Jesucristo. Feliz la víspera por el día que viene. Feliz la noche por el día que amanece. Feliz la oscuridad por la luz que ya llega. Ese es el mensaje. Feliz el que no se sintió satisfecho. Feliz el que no pudo ser amarrado. Feliz el que quedó libre de la oferta de este mundo para poder entender en toda su grandeza el esplendor del Evangelio.

La vida cristiana, a imagen de la vida de Cristo, es también una vida marcada por las Bienaventuranzas, porque es una vida que de alguna manera protesta, de alguna manera se rebela de todo lo que puede amarrar, de todo lo que puede encadenar de este mundo, llámese riqueza, llámese felicidad, llámese buen nombre. Feliz el que esté libre de todo eso, feliz el que testifique eso para quedarse solamente con el bien maravilloso de Jesucristo y para proclamar ese mismo bien a los hermanos.

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