Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo no quiere comulgar con nosotros solo para alimentar tu boca o tu estómago. También quiere alimentar tu espíritu, tu corazón y tu inteligencia.

Homilía o095004a, predicada en 19980605, con 19 min. y 5 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Muy queridos hermanos

La celebración eucarística tiene dos partes, como sabemos, dos partes principales: la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Eucaristía. Podemos decir que son dos maneras de comunicarnos con Jesús. O podemos decir también que la primera parte nos cuenta quién es ese Jesús que se va a dar en alimento. Y la segunda parte, nos presenta a ese alimento para que sea alimento nuestro. Porque Jesús viene a alimentar no solamente la boca o el estómago. Él viene a comulgar con todo nuestro ser. Viene por eso a alimentar nuestra inteligencia, dándole verdad; a alimentar nuestro afecto, dándole amor; a alimentar nuestra voluntad, dándole firmeza, rectitud y perseverancia hasta obtener fruto.

Así como el agua que llega a las plantas hace que estas crezcan en todas direcciones y por todas partes asoman sus flores y sus frutos, así también Jesús viene a nuestra vida como un alimento que hace que todo en nosotros florezca. Que hace que todo en nosotros alcance su plenitud y que verdaderamente nosotros seamos eso que Dios quiso que fuéramos. Porque Dios nos pensó con amor, porque Dios tiene planes bellos para nosotros y los que saben callar y dejar de oír sus propias palabras para escuchar la Palabra de Dios, poco a poco van descubriendo este camino, van descubriendo la voz de su pastor y van llegando a esos pastos jugosos, a esas dehesas espléndidas en las que Cristo mismo, mejor que darnos algo de sí, será él mismo el alimento; es decir, el alimento más dulce, el más nutritivo, el pan vivo bajado del cielo. ¡Felices nosotros que podemos participar de la Eucaristía! ¡Feliz el que tenga hambre de este pan! Feliz el que tenga sed de esta bebida. Esa es una señal de buena salud.

Una de las primeras señales que dan los niños cuando están enfermos es que pierden el apetito. Una persona sin hambre de Jesucristo está enferma, ¡gravemente enferma! Una persona sin hambre de Eucaristía está enferma. Y a veces pienso que, de pronto, en la Iglesia no hay tanta gente culpable, cuánta gente enferma; se nos ha dicho, por ejemplo. Y es verdad, desde luego que es una falta, que es un pecado el faltar a la Eucaristía dominical. ¡Pues claro que es un pecado!, pero antes que un pecado es un gran pesar. Es una gran lástima.

Si un bebé, si un niño pequeño no quisiera el almuerzo, ¿le diría la mamá: "usted es un pecador, usted tiene la culpa"? Pues sí, evidentemente; si el niño no come nada durante unos cuantos días, difícilmente sobrevivirá. Si el niño es culpable, pero antes de culpable es pobre, está enfermito, no tiene hambre del alimento, no le da hambre de Biblia. ¡Oh, tragedia! ¿No tienes hambre de la palabra de Dios? Estás muy mal y ¿no sientes ansias de la Eucaristía? Estás muy mal, Estás muy mal. Estás muy enfermo. Si no sientes en ti el impulso, la fuerza, la energía, las ganas de comulgar, de comer a Jesucristo. De alimentarte de Él. Quiere decir que estás enfermo. Quiere decir que la enfermedad ha hecho presa en tu alma. Y por eso no tienes apetito. Porque precisamente, en Jesús está el alimento sano para los paladares sanos.

Cuando uno tiene gripe u otra enfermedad, las cosas no le saben a nada. No le da ni hambre. Y si va a comer, las cosas no le saben a nada, no tienen sustancia, no tienen sabor. Cuando uno está lejos de Dios, las cosas de Dios no tienen sabor. No les encuentra uno sustancia. ¡Ah! Pero si va llegando el Espíritu del Señor, si va obrando el Espíritu del Señor, y si uno se va sanando, uno va sintiendo ansia, uno va sintiendo gusto, así no entienda muchas cosas.

¿Viste qué evangelio tan raro el que hemos leído hoy? El evangelio de hoy es rarísimo. Resulta que durante toda esta semana, como lo habrán comprobado quienes han tenido la gracia de asistir a la Eucaristía diariamente, durante toda esta semana, Jesús estuvo discutiendo, estuvo peleando con todo el mundo: con los saduceos, con los fariseos, con los escribas, con los letrados. Fue una semana de discusiones porque los demás llegaban a tentarle y a ponerle pruebas y zancadillas.

Yo no me acuerdo de otro pasaje en el que sea Jesús el que toma la iniciativa, y esta vez es Él, el que les pregunta: ¡Hey! Yo también les tengo una pregunta a ustedes. ¿Cómo es eso de que David dice: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies"? ¿El Señor a mi Señor; es que hay dos señores acaso? Y si ese segundo Señor es el Mesías, ¿cómo puede ser hijo suyo? ¿Cómo puede venir el Mesías de la descendencia de David? Jesús les puso ahí, como que se desquitó -digámoslo entre comillas-. Les puso ahí su pequeño rompecabezas. A ver, ustedes escribas, letrados, entendidos. A ver, gente dura y ducha. A ver, ¡resuelvan este problema!

¿Sabe de quién me acuerdo cuando digo: resuelvan este problema? Me acuerdo del padre Rafael García Herreros que de Dios goce hace unos cuantos años, antes de que yo entrara a esta comunidad que me ha acogido con misericordia, estaba yo un día allá, junto a la antigua Iglesia del Minuto de Dios, y de pronto aparece este anciano venerable con su característica ruana. Sale a pasearse ahí a asolearse un poquito al frente de la iglesia, y estaba solo y yo estaba ahí y me encontré con él. Y entonces él abre el diálogo y me pregunta ¿quién era yo? Y yo le dije lo que era en ese momento un estudiante de física en la Universidad Nacional. Y él me dice: O sea que usted se pasa la vida resolviendo problemas de altas matemáticas y entonces yo, con cierta alegría y un poquito de orgullo, le dije: Sí. Y entonces él, sin levantar la vista del piso, mientras seguía caminando con su ruana recibiendo el sol de la mañana, de pronto soltó esta frase y ya resolvió el problema de Jesucristo.

Y con esa frasecita tuve como para pensar dos años o tres años. Ya resolvió el problema de Jesucristo. Yo pienso que quizás el padre Rafael García Herreros está en los cielos. Seguramente que sí. Y yo pienso que allá estará sonriendo de ver que todavía estoy tratando de entenderle la pregunta. Todavía estoy tratando de saber cuál es el problema de Jesucristo.

Y eso fue lo que hizo Cristo aquí. Los escribas dizque le iban a poner zancadillas y problemas a él y él les puso el problema del Mesías. El problema de Cristo. Ustedes ya resolvieron el problema de Cristo y desde luego que nadie ha resuelto el problema del Mesías, porque el problema del Mesías, es la declaración fantástica de un amor que no tiene fronteras. "Dime: ¿en qué cabeza cabe; que Dios se haga hombre, y luego, que ese que es Dios y hombre muera por nosotros? ¿Y luego, que un muerto resucite? ¿Y luego, que ese muerto resucitado difunda el Espíritu Santo para que tú también participes de su naturaleza divina? ¿Y luego, que tú tengas vida en su nombre por los siglos de los siglos?" ¿Eso en qué cabeza cabe? Eso no cabe en cabeza alguna: Las cabezas nuestras son pequeñas, aunque aquí hay más de un cabezón.

Las cabezas nuestras son pequeñas, y en nuestras cabezas no caben estos pensamientos sublimes. Jesús se presenta ante nosotros como el interrogante supremo y uno descubre que no logra resolverlo. Y los escribas y los letrados quedaron viendo un chispero y no entendieron nada. Pero ahí no acaba el Evangelio. El Evangelio dice: "La gente que era mucha, disfrutaba escuchándolo". Los escribas quedaron con un tapabocas, los escribas quedaron como para pensar por años y años, ¿que sería lo que nos quiso decir ese señor? Pero la gente, el pueblo sencillo, que era mucho, disfrutaba oyendo a Cristo.

Pregunta: ¿Quiere esto decir que esa gente sencilla, sí podía resolver los problemas de la intrincada teología que tienen las palabras de Jesús? No; la gente disfrutaba, no porque pudiera comerse todo ese pan... Sino porque ya le encontraba sabor. Mientras que el escriba, quería tener la situación controlada y tener su ciencia dentro de un puño, Jesús le dice "Dentro de tu puño cabe muy poquito conocimiento y en tu cabeza caben muy poquitas ideas". Le va mejor a aquel que sabe buscar, aquel que tiene hambre, aquel que tiene pasión por Jesucristo, aquel que tiene sed por Jesucristo. Dice Santo Tomás de Aquino que aquello que nosotros creemos por fe supera, vence y excede, no solo a las inteligencias nuestras, sino a las inteligencias de los ángeles.

Nadie puede comerse entero ese bocado, pero si no cabe entero en ninguna boca, solo tiene sabor en las bocas que están sanas y por eso la gente disfrutaba escuchándolo, porque era gente que se había limpiado con el Espíritu de Dios, había sido limpiada, había sido purificada y con un corazón contrito y humilde se acercaban y sacaban migajas tal vez de ese pan del cielo, pero ya sabía sabroso, ya tenía gusto y sabor en ellos.

Amigos, pidamos al Señor esta sanación. A veces uno pide mucha sanación y bueno, está bien que se pida. Uno pide mucha sanación para el cuerpo, para los recuerdos, para los afectos. Hay que pedir sanación del paladar espiritual. Mire esta oración, que parece hecha por un niño. "Señor, que el bien me sepa bueno," eso es maravilloso, "Señor, que el bien me sepa bien". Esa oración, me la puede entender todo el mundo. Esa oración la puede repetir todo el mundo y esa oración es la oración de la sanación del paladar espiritual. "Señor, que el bien me sepa bueno," que yo pueda gustar el bien que pueda gustar el bien.

Dicen que uno puede mover a un caballo que siempre pesa sus kilos mostrándole una zanahoria. Uno le va mostrando la zanahoria y ahí va el caballito detrás de la zanahoria y uno mueve otro poquito la zanahoria. Y ahí va el caballo detrás de la zanahoria, porque la zanahoria le sabe bien al caballo. Basta con que el viento sepa bueno, y tú vas a encontrar el camino, que el bien me sepa bueno, y vas a encontrar las respuestas que el bien nos sepa bueno, y vas a dejar las mentiras. "Señor, que el bien me sepa bueno," y vas a dejar los odios.

Sacar a una persona de las cárceles del pecado no es tan difícil. ¡Basta con que el bien me sepa bueno, basta con eso! Mañana será otro día; el día de mañana todavía no está escrito. A ver, las groserías de mañana ¿Ya las has dicho? Todavía no. Esas no las has dicho. Y suponiendo que te pusieras a decir clases a esta hora, todavía serían las prioridades de hoy. Y las de mañana no las has dicho. La cuenta de groserías de mañana. Está en cero. El odio de mañana todavía no ha nacido, está limpio. La hipocresía de mañana todavía no ha brotado. La lujuria de mañana todavía no ha ensuciado tu alma. El orgullo de mañana todavía no te ha vuelto ese payaso ridículo que te suele volver; el día de mañana está limpio. ¿Qué es lo que se necesita para convertirse? Sencillo: que mañana no repitas los errores de hoy. Listo, no es más que ya no repitas los errores. Ya deja, deja, suelta. Y para eso se necesita que el bien se sepa bueno.

Hay que pedirle eso al Señor. La gente disfrutaba escuchándolo. Los escribas se comían de rabia, pero la gente disfrutaba escuchándolo porque la gente había sido sanada por la Palabra de Dios. Si nosotros le pedimos al Señor con fe, en esta noche, el día de mañana será otro.

Una vez yo creo que esta historia ya la conté una vez un obispo fue a visitar a un cierto párroco que llevaba ya varios años en esa parroquia y le preguntó: ¿Usted cuantas Semanas Santas se ha celebrado en esta parroquia? Y después de que estuvieron hablando sobre el tema, el obispo llegó a una conclusión y le dijo: "Usted no ha celebrado quince semanas Santas, usted ha celebrado quince veces la misma Semana Santa". Este sacerdote llevaba un año de sacerdocio, así tuviera muchos años de ordenado, porque había celebrado muchos años las mismas cosas de la misma manera. Así, yo creo que se le podría decir también a algunas personas: "¿Usted cuántos días tiene de vida?". Fíjese usted que ahora hay unas calculadoras que sirven para hacer la cuenta de los días que hay entre dos fechas. Y viene a resultar, haciendo cuentas con una de esas calculadoras, que cuando yo cumplí el aniversario de mi ordenación sacerdotal en este año, cumplí también doce mil días de vida. Llevo un poquito más de doce mil días sobre esta tierra. Les cuento que doce mil veces el sol ha salido para saludarme y para saludar a toda la humanidad. Y resulta que yo debo preguntarme: ¿Si yo he vivido doce mil días o doce mil veces el mismo día?

Porque a veces uno repite el mismo día. Cuando uno repite las mismas mañas, cuando uno repite los mismos pecados, cuando uno suelta los mismos insultos, cuando uno critica a las mismas personas, del mismo modo, uno está repitiendo el mismo día uno. ¡SÍ! ese día no existió, ese día se perdió para los siglos. Pero cuando uno escucha con agrado a Jesucristo y luego lee lo que dice el apóstol San Pablo, uno empieza a vivir porque ya no repite los mismos días. Mira estas palabras que dijo San Pablo fueron escritas para ti.

La Sagrada Escritura puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. "Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud. Así, el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena". ¡Ánimo! Mañana, no repitas el día. Mañana distinto, nuevo; más alto, más fuerte, más bello, más grande. Mañana otro día, mañana otra gracia, mañana otra sonrisa. Mañana, cuando el sol te salude, que Cristo te encuentre distinto. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM