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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No olvidemos que no trabajamos solo para esta tierra, sino para la tierra nueva y el cielo nuevo, para la eternidad; tampoco olvidemos que Dios está teniendo paciencia con todos.
Homilía o092007a, predicada en 20240604, con 7 min. y 40 seg. 
Transcripción:
En la primera lectura de la misa de hoy encontramos un texto de la segunda carta del Apóstol San Pedro. Y son tantas las enseñanzas, todo lo que el Espíritu Santo nos ha dado a través de la Escritura. Yo quiero destacar un par de pensamientos que aparecen en esa primera lectura de hoy. Primero, lo que nos dice Pedro: que nosotros aguardamos cielo nuevo y tierra nueva, y segundo, lo que nos dice el mismo apóstol que la paciencia de Dios es nuestra salvación. Con la ayuda del Espíritu Santo, hagamos una pequeña reflexión sobre esos dos puntos. El cielo nuevo y tierra nueva. Si nosotros estamos esperando una tierra nueva, ¿qué significa eso con respecto al trabajo por esta tierra? Hace poco me encontré en una red social, un mensaje muy bonito, muy esperanzador, de un sacerdote. Y entonces él hablaba sobre el papel de la iglesia, el servicio que presta la iglesia. Todo muy bien, muy bien dicho. Pero hubo una cosa que me llamó la atención y para ser franco, no me gustó del todo. Él decía: La misión de la Iglesia es ayudar a que en este mundo podamos vivir con justicia, en armonía, en paz. Y uno siente que eso es verdad, que por supuesto que nosotros como Iglesia tenemos que ayudar a que haya justicia, armonía, paz. Pero la pregunta es si nosotros solamente trabajamos para esta tierra. Y ahí me doy cuenta del riesgo tan grande que tenemos de reducir la misión de la Iglesia Únicamente a mejorar la sociedad actual, mejorar el mundo. Claro, yo sé que habrá gente que me diga mira, por lo menos que hagamos eso. Pero yo hago una pregunta ¿por qué el Evangelio tiene que ser el Evangelio del por lo menos? ¿Por qué tenemos que quedarnos en lo menos? La Palabra de Dios nos invita. Por ejemplo, el día de hoy nos invita a ir a lo más, a no quedarnos en por lo menos, sino ir a lo más, ir a lo máximo. Y lo máximo se llama cielo nuevo y tierra nueva. Si nosotros trabajamos en esta tierra y queremos que haya justicia y solidaridad y paz, y queremos que haya respeto por la naturaleza, por la casa común, como la llama el Papa Francisco. Pero nosotros no estamos trabajando solo por esta tierra y esa dimensión de eternidad, esa dimensión de cielo y sobre todo de cielo nuevo y tierra nueva. Cuánta falta nos hace recordarla hoy. Piensa, por ejemplo, en un catequista. El catequista, digamos, que está favoreciendo la educación religiosa de unos niños. Y el catequista les enseña mandamientos. Por ejemplo. Es verdad que en la sociedad tenemos que aprender a vivir, pues sin robar, sin mentir, sin envidiar, sin calumniar, sin adulterio. Todo eso es cierto. Pero un buen catequista sabe que el primero de los mandamientos es el que le da la clave a todo. Y el primero de los mandamientos dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Es decir, que la religión no equivale solamente a aprendamos, a portarnos bien. No se trata solamente de hacer mejor este mundo. Trabajamos para que este mundo sea más justo, más solidario y más armónico o armonioso. Pero trabajamos también para que este mundo no nos sacie. Óyeme eso, necesitamos educar a nuestra gente, a los hijos, a los alumnos, a los que están en la catequesis para que trabajen para este mundo, pero también para que este mundo no los sacie, para que sepamos que este mundo no es todo, que el máximo logro no es tener mucho dinero, mucha salud, mucha belleza, muchos amigos y muchos ratos agradables. Que nosotros tenemos algo más grande, porque nosotros vamos a lo más, a lo que es más grande. Además, ten presente algo bien importante y es la segunda frase la paciencia de Dios es nuestra salvación. Cuando leí esa frase me llamó la atención que dice el apóstol dice nuestra salvación. Por consiguiente, él se incluye nuestra salvación. ¿Por qué destaco eso? Porque la paciencia de Dios no es entonces solamente para ellos. Ellos, los pobres pecadores. Ten presente que Dios nos tiene paciencia también a nosotros. Nosotros, que supuestamente hemos tenido un proceso de conversión. Nosotros que supuestamente conocemos al Señor. Con nosotros, Dios tiene paciencia. ¿Y sabes por qué tiene paciencia? Porque es que nuestra conversión y nuestro proceso y nuestro camino no están terminados. Es decir, no presumamos que ya somos agradables a Dios y que ya está todo resuelto. No presumas eso. No te hagas esa idea. Tú, lo mismo que yo y lo mismo que todos estamos en camino. Y nuestros pecados pequeños o grandes, nuestras imperfecciones, todo aquello que le negamos a Dios. Tal vez con mucha diplomacia, tal vez con mucha inteligencia. Todo eso que le negamos a Dios, todo eso Él lo mira con paciencia porque quiere nuestra santificación. Entonces, recapitulando estas dos ideas. Primera no se nos olvide. Que no trabajamos únicamente para esta tierra. Y segundo, no se nos olvide que Dios está teniendo paciencia con todos y que probablemente con quienes tiene que tener más paciencia es con los que a veces nos creemos ya convertidos y nos creemos ya buenos. Cuánto tensionamos la paciencia de Dios con nuestras arrogancias, con nuestras pretensiones. Que el Señor nos mire con misericordia y que desde la humildad y el amor podamos trabajar para su gloria. Primero en esta tierra y después alabándole en el cielo nuevo y en la tierra nueva.

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