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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
(1) Somos administradores, pero no dueños, de incontables dones que Dios nos ha concedido. (2) Hemos de tener especial cuidado para no quedarnos con los bienes que Dios nos da olvidándonos del Dios que todo nos lo ha dado.
Homilía o091009a, predicada en 20200601, con 22 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, qué cambio tan drástico entre el Tiempo pascual que acabamos de terminar y este Tiempo ordinario que hoy precisamente se inicia. Qué cambio tan fuerte. Sobre todo encontrarnos con un texto tan duro como este Evangelio. Porque me parece que los últimos días del Tiempo pascual levantaron nuestra mirada hacia la grandeza de la generosidad de Dios, que llega hasta el punto de darnos su Espíritu Santo.
Y el contraste no puede ser mayor entre la generosidad divina que nos da todo. Nos da su Hijo, nos da su Palabra, nos da sus mandamientos, nos da su Espíritu después de habernos dado un universo bellísimo. Todo eso es generosidad, generosidad y más generosidad de Dios. Y por contraste, qué mezquindad la que aparece en este Capítulo Doce del Evangelio según San Marcos. Y en este pasaje que se suele llamar de los viñadores asesinos. Qué mezquindad la que aquí aparece. En ese relato que tiene esa característica sombría, un poco triste. Nosotros, sin embargo, debemos aprender porque si Dios nos regaló esta palabra, es para provecho nuestro.
Y cuando aparecen palabras duras en la Biblia es para corregirnos. Pero antes de corregirnos es para iluminarnos, porque muy seguramente hay cosas que no estamos viendo. Hay cosas que no queremos ver de las profundidades, de las oquedades de nuestro corazón. No queremos verlas. Por eso, mis hermanos, necesitamos someternos a esta especie de tratamiento médico para el alma, que es la Palabra de Dios. Por algo dijo el apóstol San Pablo en la Segunda Carta a Timoteo que la Palabra de Dios es útil para exhortar, para corregir, también para animar, por supuesto. Entonces sometámonos al tratamiento. Entremos en este texto difícil y veamos qué podemos aprender. Sobre todo, veamos qué es lo que tal vez no hemos querido encontrar en nuestros corazones.
Hay dos correcciones, me parece a mí. Dos correcciones fuertes que están implícitas en este texto y como son correcciones que Dios nos da por amor, recibámoslas con amor.
La primera corrección que aparece varias veces, sobre todo en el Nuevo Testamento, es que nosotros hemos de considerarnos administradores y no dueños. Eso es lo primero. Y la segunda corrección ya las vamos a explicar. La segunda corrección, que es muy importante, es la que aparece en el hecho de que aquellos viñadores, después de creerse dueños, que es lo que uno no debe hacer, prefirieron la herencia al heredero. Es decir, prefirieron los bienes de Dios, al Dios que da todos los bienes.
Entonces, las dos lecciones que nos va a dar este Evangelio son:
Primera lección. Nosotros somos administradores y no dueños. Segunda lección. Cuidado con preferir los bienes de Dios al Dios que nos da todos los bienes. Ya cuando uno enuncia estas dos frases, uno se da cuenta que en medio de la rugosidad y la dureza que tiene el texto, nos está enseñando algo bien importante. Con el auxilio del Espíritu Santo, desarrollemos esas dos enseñanzas, esas dos exhortaciones.
Primera. Nosotros somos administradores y no dueños. ¿Qué es lo propio de un administrador? Que ha de tener el cuidado de unos bienes, los cuales puede usar y disfrutar hasta un cierto punto, pero no puede disponer de ellos según su sola y absoluta voluntad. Eso es lo propio del administrador. Si se le da, por ejemplo, en administración a una persona o a una familia, se les da una finca donde hay una casa y donde hay un molino. El administrador no puede por su cuenta y riesgo decir no me gusta esa casa, la voy a demoler, ese molino no me interesa, lo voy a quitar de ahí. Voy a poner un complejo de cuatro o cinco piscinas y ahí voy a disfrutar y a pasarla bien. El administrador no puede hacer eso.
El administrador tiene dos características. Primera, que lo que tiene y utiliza no es suyo y por consiguiente, la segunda característica tendrá que rendir cuentas. Eso vale para nosotros. Pero nosotros somos administradores. ¿De qué? Pues somos administradores de todo lo que decimos que tenemos. Por ejemplo, administradores somos de nuestro tiempo. ¿Has pensado en eso? El tiempo es quizás el primero de los tesoros y el más básico tesoro que tú tienes. El día que se te acabe el tiempo, se te acaba la vida. Por eso decía hermosamente alguien agradece con todo tu corazón al que te da algo de su tiempo porque te está entregando algo que jamás podrá recuperar.
Eso significa, mis hermanos, que tenemos un tesoro que se llama el tiempo y tesoro que uno a veces no aprecia. Tesoro que uno a veces malgasta. Refrán popular en lengua castellana dice que el tiempo perdido lo lloran los santos. Precisamente porque no se puede recuperar. Pensemos, por ejemplo, en los días que se han ido en la juventud que va quedando atrás. En las oportunidades que llegaron en su momento y que en ese momento nosotros no pudimos o no supimos cómo verdaderamente utilizar. Ese tiempo no vuelve, entonces el tiempo no es mío y bien se nota que el tiempo no es mío porque yo no puedo producir tiempo. Por algo dijo Jesús ¿Quién de vosotros a fuerza de su tenacidad o por su propio esfuerzo, podrá alargar un día su vida? Y aunque uno puede, con un cierto régimen de salud y de cuidados, prolongar en algo su existencia, esa prolongación ni es deseable para todo el mundo ni es inagotable.
Una persona como yo tiene que enfrentarse a una realidad muy clara. A mí me quedan unos años. Es decir, estadísticamente me quedan unos años, porque vaya uno a saber si yo llegaré a esos años. Pero hablando en términos estadísticos, ¿Cuántos años me quedan a mí? A mí, a este servidor a quien les está hablando. ¿Cuántos años me quedan? haz las cuentas. Estadísticamente a mí me quedan unos veinticinco años de vida. Y entonces uno puede tomar un aparato como éste y uno puede hacer un ejercicio muy sencillo. Para eso tienen calculadora estos aparatos. Multipliquemos trescientos sesenta y cinco por veinticinco. Y aquí me dice que quedan un poquito más de nueve mil días de vida. Estadísticamente pueden ser muchos menos. Podría ser solo uno. Dios lo sabe. Pero en términos de lo que es usual, normal, estadístico, a mí me quedan un poquito más de nueve mil días de vida. No me queda más. Eso es todo lo que me queda. Y cada uno de esos días es una respuesta que yo tengo que darle a Dios.
Pasemos a otros bienes que tenemos también para administrar. Pensemos en las facultades del alma bien enseñados por nuestra antropología de cuño católico. Sabemos que tenemos dos facultades que se llaman inteligencia y voluntad. ¿En qué utilizas tú, tu inteligencia? El otro día tuve una conversación muy interesante con un amigo y no sé por qué surgió el tema de los videojuegos. Realmente hay unas maravillas de la ingeniería en eso de los videojuegos. Y entonces comentaba a mi amigo sobre cómo para llegar a disfrutar, realmente disfrutar un videojuego hay que gastar muchísimas horas de entrenamiento. Entonces él tuvo o tiene un cierto interés por ese mundo de los videojuegos. Para serles sincero, yo prácticamente nada. A mí no me atrae ese tema, pero a él sí, y sin embargo a él, que le atraen los videojuegos, fíjate lo que le llegó, este pensamiento que le llegó. Yo cuánto tiempo estoy gastando en esto.
No me preguntes el nombre del videojuego. Creo que era uno de esos juegos en los que tienes que entrar por una montaña, te metes a un castillo, tienes que vencer a unos monstruos, eliminar una cantidad de gente, dar la pelea con todo un ejército. Y ahí pasaste el primer nivel y son ochenta niveles. Pero lograr la destreza para pasar el primer nivel, o sea la agilidad, los reflejos, mover el control, oprimir cuando toca, oprimir, disparar, matar al que hay que matar. Aprender eso para pasar el primer nivel le llevó a él cerca de dos semanas, jugando todos los días. Yo no sé cuántas horas jugaba hasta allá, no me llegó la curiosidad, pero sé que no eran cinco minutos.
Entonces, a dónde voy yo. Cuando este hombre entusiasta de los videojuegos se dio cuenta que llevaba ya mes y medio y apenas iba en el nivel cuatro, jugando casi todos los días y conectándose por internet. Estoy aquí debatiéndome con un rival de Francia y aquí hay un japonés con el que no he podido vencer. Y aquí hay un muchacho de Brasil. O muchacho o muchacha, vaya uno a saber. Y a él le empezó a preocupar una cosa, no solo el tiempo que estaba gastando, sino toda la inteligencia, la destreza. Porque no es solamente mover rápido las manos en esos juegos hay que tener mucha inteligencia, hay que analizar, hay que saber aquí qué hago, cómo voy, cómo subo, cómo bajo.
¿En qué gastas tu inteligencia, en qué gastas tu destreza?. Sabías que tu inteligencia puede hacer cosas maravillosas. A mí me asombró en una pequeña misión que tuve hace años en la Isla de Aruba. Me asombró encontrar algunos jóvenes, en particular uno, tenía en esa época unos diecinueve o veinte años. Hablaba cuatro idiomas perfectamente, hablaba el papiamento propio de Aruba, hablaba el idioma holandés, hablaba el inglés, hablaba el español y creo que entendía medianamente otros. Veinte o veintiuno años de edad, más no tenía. Hablaba cuatro idiomas. ¿En qué empleamos nuestro tiempo y nuestra capacidad? Y luego nuestro dinero. Y las cosas que tenemos ¿cómo las empleamos?
Entonces, resumamos, administradores somos. Dónde se puede ver la terrible perversión que hay en ese movimiento que no puede ser sino enemigo de Dios. Ese movimiento en donde se habla que la mujer, es dueña de su cuerpo. Que además entraña un engaño porque la mujer es dueña de su cuerpo y termina destruyendo el cuerpo de otra persona. Porque esa otra persona, el bebé, es otra persona. Cuando ella aborta está acabando con otra vida que tiene otro ADN. Eso es evidente. Tiene condiciones genéticas y posibilidades distintas de la mamá. Pero además de que es una mentira eso de que por ser dueña de su cuerpo supuestamente puede matar al bebé, todavía hay otra mentira anterior a esa, y es que ella tampoco es dueña de su cuerpo. No, tú no eres dueño de tu cuerpo. ¡No, yo puedo hacer con mi cuerpo lo que quiera!. Tú dices eso. Tú no hiciste tu cuerpo. Tú no lo hiciste.
Y es muy importante que sepas y que tengas presente que no lo has hecho. Es muy importante que lo tengas así de claro, porque en el momento en el que tú tienes claro que tú no has hecho tu cuerpo, en ese momento te das cuenta que también tienes que responder por lo que hagas con tu cuerpo. Eso incluye la salud, maltratar el cuerpo, alimentarlo mal o con mala calidad, Destruirlo, por supuesto, por supuesto que tiene características de auténtico pecado. Administradores somos y tendremos que dar cuenta de todo.
Cuando uno empieza a tomar en serio el hecho de que es administrador, entonces empieza a encontrar el adecuado balance entre dos palabras fundamentales. La palabra libertad y la palabra responsabilidad. El que se cree dueño desecha la palabra responsabilidad y solo se cree libre, que eso es lo que supuestamente quieren. Eso es lo que supuestamente quieren las que se declaran liberadas, las que se creen liberadas. Eso es lo que creen que quieren.
Y los que se creen liberados y que en realidad terminan siendo libertinos. Entonces cerremos esta parte.
Básicamente la enseñanza es que cuando empiezas a reconocerte administrador, encuentras el balance entre libertad y responsabilidad. Y además descubres la gratitud, porque entonces cada día es un regalo. Que tenga salud en tu cuerpo es un regalo, que tengas inteligencia, que tengas voluntad, que tengas talentos, que tengas dones, que tengas carismas, es un regalo. Y esos regalos te vuelven agradecido y hacen que tú puedas iniciar o profundizar una relación de amor con Dios que te lo ha dado todo.
La segunda lección de este texto del Evangelio dijimos que era cuidado con quedarse con los dones. Nos quedamos con los dones de Dios y se nos olvida el Dios de los dones. Como decía hermosamente un sacerdote amigo. No confundamos al Señor de los Milagros con los milagros del Señor. La devoción al Señor de los Milagros es una devoción muy fuerte en muchas partes. Creo que donde más en el querido Perú, pero también aquí en Colombia hay bastante devoción por el Señor de los Milagros. Entonces, no confundamos al Señor de los Milagros con los milagros del Señor, porque el que quiere solo los milagros del Señor se parece a los viñadores del texto del Evangelio de hoy, que lo único que querían era la herencia, no al heredero. No confundamos lo que Dios nos da con el Dios que nos lo da todo.
Bueno, y qué hace Dios, cómo se las arregla Dios para que nosotros no nos quedemos con lo que Él nos da, prefiriendo lo que Él nos da a Él mismo, que nos lo da todo. Es ahí donde Dios tiene una preciosa pedagogía y por eso a veces Dios tiene que limitar o quitar cosas que nos gustan. Porque es necesario que nosotros aprendamos a servir a Dios, no por un interés mercenario.
Cuando nosotros servimos a Dios y no llega la recompensa inmediatamente, esa es una bendición. Cuando servimos a Dios y en cambio nos pagan con indiferencia, con ingratitud. Esa es una bendición. Y es una bendición porque eso está haciendo que tu corazón se purifique. En efecto, como bien enseña San Juan de la Cruz, hay una purificación, una primera purificación del alma que se llama la purificación de los sentidos. Y entre otras cosas, la purificación de los sentidos implica que yo no trabaje por la recompensa, que yo no trabaje por lo inmediato. Esa es purificación de los sentidos.
Es decir, que yo no me quede con la herencia, sino que yo siempre busqué al heredero. Pero si siempre tengo juntas la herencia y el heredero, es decir, los dones de Dios y a Dios mismo, pues es difícil que mi corazón no se vuelva interesado. Por eso a veces Dios nos retira sus consolaciones, nos retira los regalos de su amor, nos retira los aplausos, las recompensas y así desprovistos, nos pone en una situación nueva en la cual nosotros somos invitados a decir Señor, aunque estoy en esta aridez, aunque la gente sea ingrata, aunque me han pagado mal, Señor. Señor Dios, yo en este momento te escojo a ti y te proclamo Señor de mi vida, y te amo y te quiero amar sobre todas las cosas. Esas oraciones valen muchísimo, porque esas oraciones son las que nos desprenden del amor mercenario, del amor interesado y nos elevan a un amor que ya se parece más al amor de hijos.
Lo propio del amor de hijo. ¿Qué es? Pues es propio del amor de hijo, que no se queda simplemente con lo que recibe. El día que el papá, el día que la mamá está enfermo y no me puede dar más, el día que está disminuido, el día que tiene un Alzheimer, ese día sigue siendo mi papá y lo sigo amando. Entonces, en el fondo, la lección que tenemos en esta segunda parte del Evangelio de hoy es que tenemos que superar el amor mercenario, el amor que busca únicamente la herencia, el amor que busca únicamente el milagrito. El amor que busca únicamente que Dios le ponga un parche a mi vida. Como hemos dicho en otras enseñanzas. Superar el amor mercenario y buscar el verdadero amor de hijos, de tal modo que podamos decir, como aquella religiosa que conocí en vida, santa mujer, váyame bien o váyame mal con Cristo hasta el final. ¿Qué quiere decir eso? Que aunque no vengan los consuelos, aunque no vengan los aplausos, aunque no aparezca el agradecimiento. Yo quiero ser fiel al Señor, pero no por esas cosas, sino porque Él lo merece. Eso es preferir al Dios de los milagros por encima de los milagros de Dios.
Bueno, terminemos aquí, mis hermanos. Entonces, ¿Cuáles fueron las dos enseñanzas de hoy? La primera, recuerda que somos administradores y no dueños. Y en la medida en que profundizamos en ese hecho que en esa verdad de nuestro corazón, en la medida en que entramos en esa verdad, nos damos cuenta que hay un balance muy bello entre libertad y responsabilidad, y hay razones todos los días para estar agradecidos con nuestro Creador. Esa fue la primera enseñanza.
Y la segunda, superar el amor mercenario, el amor de transacción, el amor que mira únicamente la recompensa y la herencia. Levantarnos al amor de hijos, pero saber que para llegar a ese amor de hijos tenemos que pasar por la noche, tenemos que pasar por la noche de los sentidos, de la que nos habló San Juan de la Cruz. Sigamos esta celebración, mis hermanos, dando gracias a Dios que así nos instruye y pidiéndole que haga de nosotros verdaderos discípulos suyos. Amén.

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