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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Dios que nos abra el entendimiento para ver que los tesoros que Él nos ha dado nos conducen a reconocernos hijos de Dios y a apartarnos de la corrupción para participar de la vida divina.
Homilía o091008a, predicada en 20200601, con 7 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, después de las grandes y bellas celebraciones propias de la Cuaresma y de la Pascua que ha tenido su cumbre en la fiesta de Pentecostés. Hoy nuestra Iglesia vuelve al Tiempo llamado ordinario. Tiempo ordinario no quiere decir un tiempo de menor calidad, sino un tiempo que lleva una secuencia, que lleva un orden. ¿Y cuál es ese orden? Se nota fundamentalmente en el Evangelio que se lee en la Misa. Porque vamos leyendo por orden, primero a Marcos, luego a Mateo y después a Lucas. Es decir, vamos haciendo un recorrido que siempre me gusta comparar con el recorrido que hace la Tierra alrededor del Sol, mirando siempre hacia nuestro Sol, que es Jesucristo. Le vamos acompañando en todo el ministerio de su vida pública. A eso llamamos tiempo ordinario. Eso en cuanto a los Evangelios.
Pero en cuanto a la primera lectura de la Santa Misa, ¿qué? Hoy quiero que fijemos nuestra atención precisamente en la primera lectura de la Misa, en esta novena semana del Tiempo Ordinario. Estamos en la novena semana. La primera lectura fue tomada de la segunda carta de Pedro. De hecho, es el comienzo de esta segunda carta de Pedro y una de las razones por las que quiero que fijemos nuestra atención en este texto es porque son textos que aparecen en la liturgia de nuestra Iglesia cada dos años. Y si no predicamos alguna vez sobre estos textos, realmente van desapareciendo de nuestro horizonte. Y yo digo una cosa, si el Espíritu Santo quiso que estas palabras estuvieran en la Biblia y estuvieran para ser proclamadas en medio del pueblo de Dios, debe haber alimento sustancioso para nosotros en ellas. Así que hablemos un poco de la riqueza que tiene la segunda carta de Pedro en este pasaje de hoy.
Es el comienzo, es el Capítulo Primero. En el pasaje de hoy realmente aparecen tres cosas. Primero, ¿Qué hemos recibido? Segundo, ¿Para qué lo hemos recibido? Y tercero, ¿Para dónde vamos? ¿Qué sigue a partir de aquí? Si lo piensas bien, esta reflexión es absolutamente preciosa después del Tiempo pascual y después de Pentecostés, porque es el tiempo en el que precisamente más hemos recibido. Entonces respondamos a esas tres preguntas a la luz del texto de la segunda Carta de Pedro.
¿Qué hemos recibido? Primera pregunta. Respuesta. Lo que hemos recibido es todo lo que conduce a la vida y la piedad. Esa es la respuesta que da Pedro. ¿Y qué significa lo que conduce a la vida y la piedad? Tú recuerdas aquella comparación del Evangelio donde Cristo habla de dos caminos y dice que hay un camino que conduce a la muerte, que es el más ancho y el más cómodo. Y hay otro camino que es mucho más estrecho, pero es el que conduce a la vida. Entonces nosotros hemos recibido una instrucción para tomar el camino verdadero. Entre tantos caminos que puede haber en esta vida, hemos recibido luz para tomar el verdadero camino, el que conduce a la vida.
La palabra piedad no es muy popular hoy, pero tiene un significado muy precioso. En griego se dice Eusébeia. En latín es Pietas, y tanto en griego como en latín tenía un sentido que hemos perdido un poco cuando simplemente decimos la palabra piedad. ¿De qué estoy hablando? Mira, la piedad es el amor propio, el lazo de amor propio entre padres e hijos. De manera que aquello que conduce a la piedad es lo que te está guiando. Es lo que te está llevando para que tengas vida de hijos. Porque no es simplemente que tengas vida. Vida puede tener el musgo, vida puede tener un gatito o un elefante. No es que tengas vida, simplemente es que tengas vida de hijos. Y esa vida de hijo, esa vida de hija, es lo que te regala Dios, es lo que te da Dios con todo lo que hemos recibido gracias a la predicación del Evangelio y al don del Espíritu.
Nuestra segunda pregunta es ¿Para qué hemos recibido lo que hemos recibido? Y Pedro, de nuevo, nos da una doble respuesta. Lo que hemos recibido es para escapar de la corrupción que reina en el mundo a causa de la ambición. Efectivamente, el que no conoce los bienes superiores, los propios del Evangelio y de la amistad con Dios, se termina volcando sobre las cosas de esta tierra. Pero como las cosas de esta tierra son finitas, no le van a saciar. Y como las cosas de esta tierra son finitas también en su número, entonces va a encontrarse siempre en competencia con otros. Y ahí viene el espíritu de ambición y ahí viene la dureza y ahí viene el abrirse paso a codazos. Eso es lo que viene. Eso es lo que sucede cuando nosotros obramos de esa manera. Cuando nos dejamos llevar por esa ambición, entonces es vencer la corrupción del mundo y todavía más es participar de la naturaleza divina.
Pero ¿cómo vamos a llegar a tantas alturas? Pues ahí es donde Pedro nos presenta esa especie de escalera que pasa por la fe, la honradez, la constancia, la piedad, hasta llegar a lo más alto. Todo eso está en el pasaje de hoy. Y lo más alto, que es el verdadero amor, la verdadera caridad. Para eso hemos recibido todo lo que hemos recibido. Que Dios nuestro Señor nos permita abrir nuestro entendimiento y darnos cuenta de los tesoros que ya son nuestros y que de alguna manera tenemos que ponerlos a trabajar.

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