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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Pedro nos ofrece una síntesis de la vida cristiana
Homilía o091006a, predicada en 20160530, con 27 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, les invito a que en esta ocasión vayamos a la primera lectura. Si uno tuviera que quejarse de algo de la liturgia en la Iglesia Católica es que nos ofrece tantísima riqueza en la Palabra de Dios, pero tanta que a veces es difícil quedarse solo con un texto porque hay tanto para escoger. El Evangelio de hoy es precioso para revelar cómo es el corazón humano y cómo es el corazón de Dios. Pero en esta ocasión vayamos a la primera lectura y les voy a contar por qué creo que es bueno que hagamos eso.
Ese texto de la primera lectura está tomado de un libro de la Biblia por supuesto. En este caso se trata de la Segunda carta del apóstol San Pedro. Ese libro que en realidad consta solo de unas cuantas páginas, es una maravilla. Es un tesoro, pero un tesoro demasiado poco conocido. Esa es la razón por la que deseo en esta oportunidad invitarlos a que nos acerquemos a ese tesoro. Porque pienso que si uno como sacerdote nunca predica de esos textos, entonces siguen perpetuamente escondidos, ocultos a la mirada de la mayor parte de nuestro pueblo católico tan amado.
La Segunda carta de Pedro pertenece a ese grupo de escritos del Nuevo Testamento que conocemos como las cartas católicas. En el Nuevo Testamento hay unas catorce cartas de San Pablo, pero también hay cartas de otros. Está la carta a los Hebreos, está la carta de Santiago, hay tres cartas de San Juan, hay dos cartas de San Pedro. Está también la carta de Judas, de Judas Tadeo. De modo que hay gran riqueza en la Biblia y es bueno que nosotros nos acerquemos a estos tesoros.
Lo que hemos escuchado son siete versículos, pero créanme que después de muchos años que Dios me ha regalado de vida sacerdotal y de tantas ocasiones de predicar, es difícil encontrar un texto que de una manera tan bella y tan densa nos cuente qué es la vida cristiana. La vida cristiana entera desfila en estos siete versículos y uno no puede sino admirar cómo el Espíritu Santo, guiando a estos autores sagrados, nos regaló esos textos tan maravillosos.
Veamos en primer lugar a quién se dirige la carta. Dice Pedro a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como a nosotros. Es decir, que Pedro está escribiendo en tono de familia. Pedro está escribiendo sobre el supuesto de que la fe que él tiene es la misma fe que nosotros tenemos. Y esa fe es la que nos da un lenguaje común. Y esa fe es la primera expresión del regalo de Dios para el creyente. Porque como hemos aprendido muchas veces, la fe es la puerta que nos da acceso a toda la casa de Dios. Así que Pedro se afirma en ese cimiento que es el cimiento de la fe. Pero luego nos invita a no quedarnos en el cimiento, nos invita a crecer. Crezca vuestra gracia y paz por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor. Entonces, la vida cristiana parte de la fe. Fe que es acogida del mensaje de salvación. Pero luego hay una tarea, crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor.
En el Capítulo Segundo del Evangelio de Lucas se describen los años de la llamada vida oculta de Cristo, con estas palabras, Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres. La parte de crecer en edad no es tan difícil. Esa llega sola. Pero la parte de crecer en sabiduría y la parte de crecer en gracia, que es el recordatorio que nos da el apóstol San Pedro, eso sí, implica de nuestra parte una responsabilidad, sobre el cimiento que Dios nos ha regalado, el don magnífico de la fe, somos llamados a crecer. Y aquí nos dice Pedro en esta ocasión, que crezcamos en la gracia y en la paz. Y nos dice de una vez cómo se crece en la gracia y en la paz a través de conocer más a Jesús.
Cuanto más conoces a Jesús, más crece esa gracia en ti, porque indudablemente te dispones mejor a la abundancia que Él quiere darte. Porque nuestro Dios es un Dios que es feliz dándose. Es un Dios que se entrega con abundancia. Pero es necesario abrir ampliamente nuestra capacidad de recibir según aquello que dice el salmo. Abre tu boca y yo la saciaré. Hay que abrir la boquita. Si no abrimos la boca, no vamos a recibir el bocado delicioso de su amor. Y abrir la boca en este caso significa conocer más y más de Cristo, porque cuanto más conocemos de Él, más hambre tenemos de Él. Y en ese sentido, nuestro crecimiento se convierte también en una escuela de paz.
Están tan bellamente dichas estas palabras que fácilmente uno puede pasar por encima de ellas, y por eso toca ver esta lectura. Toca verla en cámara lenta. Yo llamo a esto leer el texto en cámara lenta. Porque cuando uno toma el texto en cámara lenta es cuando uno empieza a hacer las preguntas más importantes, las más necesarias y bellas. Y una de esas preguntas es ¿se puede crecer en la paz? Sí, hay que crecer en la paz. ¿Y cómo se crece en la paz? El medio nos lo da San Pedro en la frase que dice a través del conocimiento de Dios y de Jesucristo. ¿Cómo es que el conocimiento de Dios me lleva a crecer en la paz? Porque es que crecer en el conocimiento de Dios es darse cuenta una y otra y otra vez cómo sus planes son superiores a nuestros planes. Crecer en el conocimiento de Dios es descubrir cada vez con mayor facilidad los hilos de su providencia. Y cuando uno verdaderamente está soportado por la red de los hilos de la providencia divina, uno se impacienta menos. Uno sufre menos con sufrimiento estéril, porque habrá sufrimiento, que si hay que tener sufrimiento, que se una a la redención de Cristo. De modo que sí hay que crecer en la paz y eso se logra a través del conocimiento de Dios.
Uno de los dones del Espíritu Santo tiene que ver exactamente con esto que estamos diciendo. Es el don de ciencia. El don de ciencia nos ayuda a conocer las realidades de este mundo, incluyendo las realidades propias de creación y naturaleza, pero también las realidades propias de la historia humana con la luz de Dios. Eso es lo que da el don de ciencia.
Entonces bien nos dice el apóstol San Pedro que tenemos que crecer en el conocimiento de Dios, porque cuando crecemos en el conocimiento de Dios, crecemos en el don de ciencia, el cual hay que pedir, entre otras cosas. El don de ciencia es el que hace que por encima de la urdimbre de los acontecimientos humanos, uno se levante y uno aprenda a leer, por decirlo de alguna manera, el reverso de la historia, por encima de las presunciones y por encima de los egoísmos, incluso por encima de las conveniencias y violencias humanas. Dios está escribiendo su plan.
¿Quién es el que te da luz para que tú reconozcas eso y por consiguiente, crezcas en la paz? ¿Quién te lo da? Te lo da el don de ciencia, que es uno de los siete dones del Espíritu Santo. El don de ciencia hace también que uno no idolatre ni se entusiasme demasiado con líderes pasajeros, ni siquiera con líderes espirituales. Por más que nos entusiasme un Papa determinado, por más que nos entusiasme una escuela teológica determinada, por más que nos entusiasme y en este sentido menor dignidad, hay un líder civil, un líder político, el que tiene el don de ciencia, se levanta por encima de eso y se da cuenta. Aquí realmente no hay mucho. No hay mucho ¿en qué sentido? en el sentido de que también esto pasará.
El don de ciencia nos introduce en la perspectiva divina y cuanto más adictos somos al modo de ver de Dios, más difícilmente vamos a perder la paz, porque encontramos la huella. El estilo de Dios en todas partes. Uno de los derroches más grandes del don de ciencia lo encontramos en la misma Biblia. En la Biblia nos encontramos que a finales del siglo sexto antes de Cristo. El rey de los persas, un hombre llamado Ciro, decidió derrotar triturar a los caldeos, cuya capital era Babilonia. Entonces el rey de los persas, lleno de orgullo y de violencia y de vanidad, aplasta los caldeos. El dato es importante porque en Babilonia estaban los judíos que habían sido desterrados en tiempos de Nabucodonosor. Fíjate cómo estamos hablando aquí de violencia, guerra, egoísmo, conveniencia humana.
Pero si tú lees, por ejemplo, el profeta Isaías, especialmente los Capítulos del Cuarenta al Cincuenta y cinco, te das cuenta que hay una lectura teológica de ese acontecimiento. Es decir, que en medio de las peleas entre los persas y los caldeos había una maravilla que estaba sucediendo. ¿Cuál maravilla? Resulta que Ciro, el rey de los persas, no quería la grandeza de la ciudad de Babilonia. Y como los obreros sin sueldo de la ciudad de Babilonia eran los judíos entonces Ciro dice yo voy a deshacerme de esos judíos. Y entonces echa a los judíos de Babilonia. ¿Y para dónde los va a echar? Pues que se devuelvan a su tierra. Así acabó el destierro.
O sea que a través del egoísmo y la agresión a través de la urdimbre de las conveniencias humanas Dios estaba escribiendo un discurso superior. Eso es lo que da el don de ciencia. El don de ciencia es muy indispensable para leer también la propia historia humana. Uno tiene que mirar su propia historia y yo creo que aquí todos hemos cometido errores y todos hemos tenido equivocaciones. Pero es muy necesario que uno no se quede en la equivocación para no caer ni en el extremo del cinismo ni en el extremo de la desesperación. Se necesita una luz muy grande. Esa luz es la que da este don de ciencia. Ahora sí entiendes por qué San Pedro dice Crezcan en el conocimiento de Dios para que crezcan en la paz. Por eso la persona que crece en el conocimiento de Dios tiene una paz abundantísima.
En el proceso de canonización de su Santidad, aquí nos lo recuerda este retrato, de su Santidad Juan Pablo Segundo. En ese proceso de canonización tuvieron que entrevistar a cientos de trabajadores, empleados, secretarios, encargados de distintas funciones en Ciudad del Vaticano. Y uno de los testimonios más bonitos que daban sobre el Papa Juan Pablo es nadie tenía tanta capacidad como él para conservar la paz en situaciones difíciles. En medio de tantos tumultos políticos, intereses eclesiales, competición de poder. En medio de todo eso, Juan Pablo Segundo permanecía sereno. Tenía este don, tenía esta capacidad de leer en un plano superior. Eso es muy necesario. Cuando a uno le falta eso, a uno se le empieza a afectar la salud. Los excesos de producción de adrenalina tienen efectos devastadores en el sistema cardiovascular. Pero no entró tanto en eso porque no es mi especialidad. Sigamos mejor.
Pero Pedro nos dice también que tenemos que crecer en el conocimiento de Jesucristo para crecer en la paz. Y esa frase tampoco le sobra, es que a la Biblia no le sobra ni una frase. La Biblia es perfecta. Hay que amar la Sagrada Escritura, hay que acercarse, hay que escrutarla, hay que amarla. ¿Por qué el conocimiento de Jesucristo me hace crecer en la paz? Bueno, yo vuelvo a mi maestra, qué hago yo, es la que conozco un poquito mejor. ¿Qué dice la doctora de Siena? Dice que Cristo en la Cruz es un libro y que cada una de sus llagas es el comienzo de un capítulo. Y según Catalina de Siena, conocer a Cristo es leer ese libro. Entonces, a medida que uno va entrando en las llagas de Cristo, a medida que uno va conociendo el amor de Cristo, uno se va dando cuenta que la última palabra no la tiene la persecución, ni la traición, ni el sufrimiento mismo, sino que todo se resuelve finalmente en victoria, en resurrección y en Pascua.
Y esa certeza que nos da únicamente Cristo, porque Él es el que, según el libro del Apocalipsis. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos. Ese Cristo que nos puede hablar con esa autoridad. Estuve muerto. Eso es impresionante. Estuve muerto, quiere decir pasé por todo. Por eso en el libro del Apocalipsis, Cristo aparece con el cabello blanquísimo. Aparece como un anciano, porque Cristo, en su Pasión y en su Muerte, pasó por todo. Entonces Cristo es el que nos dice en su dolor pasé por todo y la victoria es de Dios. Por eso, a medida que uno va conociendo a Cristo más y más, uno se va internando en esas llagas que son las llagas florecidas de su Pascua. Y cuando uno entra en las llagas florecidas de la Pascua de Cristo, uno aprende a mirar su propio dolor, su propia tribulación y su propia dificultad, no como un desastre que acaba en derrota, sino como una semilla que acaba en Pascua, que acaba en alegría, que acaba en triunfo. O sea que todo eso nos dice el apóstol San Pedro con esta frasecita. Dice aquí crezca vuestra gracia y paz por el conocimiento de Dios y de Jesús nuestro Señor.
Y luego viene la siguiente frase. Solo voy a alcanzar a meditar otra frase porque si sigo a este ritmo, no me vuelven a invitar a esta parroquia. Dice la siguiente frase. Su divino poder nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad. Esa frase es muy importante porque esa frase quiere decir que el que está en Cristo está equipado para lo que venga. Nos ha concedido dice aquí, ¿cómo es que dice? Quiero leerlo exacto. Todo lo que conduce a la vida y a la piedad. Eso quiere decir que los dones que Dios nos ha dado, que Pedro los resume en la vida y la piedad, esos dones nadie nos los puede arrebatar. Esa vida que Dios da, nadie nos la puede arrebatar.
Tú te acuerdas que en el Evangelio de Juan, nuestro Señor Jesucristo, dice una frase impactante dice: A mí nadie me quita la vida, yo la doy. El que está en Cristo vive así. A nosotros no nos quitan la vida, nosotros la damos y la damos por la misma razón de Cristo, la damos para dar vida al mundo. El apóstol San Juan describe la muerte de Jesucristo no diciendo Jesús murió. Sino diciendo Jesús entregó el Espíritu indicando cómo desde la muerte de Cristo hay una nueva fecundidad. Como incluso desde la cruz ya hay un aroma de Pascua y hay una melodía de Pascua. Ya hay una canción de Pascua que empieza en el momento en el que Cristo mismo muere. Esto quiere decir, mis hermanos, que el que está fundamentado en Cristo sabe que a Dios nada lo toma por sorpresa, a nosotros sí. Nosotros sí tenemos sorpresas, que a veces decimos esto no me lo esperaba en lo bueno o en lo malo. Pero a Dios, a Dios nadie lo toma por sorpresa. Nadie. No hay enfermedad, no hay accidente, no hay persecución que escape al plan de Dios. No hay nada. Nos dice nuestro amado Santo Tomás de Aquino. Lo que parece que sale del plan de Dios por un camino, por otro camino, entra en el plan de Dios. Nada puede salir de su mano. Entonces Dios nos ha dado todo lo que concierne a la vida y a la piedad, a la vida específica tuya. Aplique esto, por ejemplo, a la vida familiar.
Imagínense ustedes que se casarán un muchacho, pero ese si es un católico de verdad y se casa con una muchacha que esa si tiene la fe católica pero en serio. ¡Se casaron ahora si, yo quisiera estar en un matrimonio así, cómo será ver eso! ¡El verdadero católico!. Antes vimos el matrimonio del desastre con la tragedia. Pero ahora vamos a hablar del matrimonio de dos verdaderos católicos. Eso es una maravilla. ¿Por qué? Porque ellos van a tener dificultades. Pero si ellos son verdaderos católicos. Conocen la Segunda carta del apóstol San Pedro. ¿Y qué dice la Segunda carta del apóstol San Pedro? Dice Nos ha dado todo lo necesario. Eso quiere decir que las enfermedades, las debilidades, los problemas, las discusiones, las carencias que lleguen en la vida matrimonial no escapan al plan de Dios. Qué hermoso que una pareja que está pasando por un momento difícil, que incluso les cuesta trabajo entenderse, se postren juntos delante de Dios y lean este texto y digan Dios nos ha concedido todo lo que conduce a la vida. Eso quiere decir que no nos va a faltar recurso para sacar adelante este matrimonio. No nos va a faltar recursos para sacar adelante esta familia. No nos va a faltar recurso para ser fieles a nuestra vocación.
Comentábamos hace un rato con estos hermanos sacerdotes sobre algunas historias de personas que tristemente han dejado el camino del sacerdocio. Que Dios nos libre y nos preserve a los aquí presentes. Y uno se pone a pensar porque todos hemos tenido algunas dificultades, algunas tentaciones, algunos problemas en nuestras vocaciones. Pero qué es lo que tiene que pensar un sacerdote. Dios me ha concedido todo lo que conduce a la vida. Y eso quiere decir que Dios no me va a faltar. Fíjese que en el fondo es lo mismo que dice San Pablo. Dios no los va a someter a una prueba que esté por encima de sus fuerzas. Es exactamente lo mismo. Pero aquí Pedro lo dice en otro lenguaje y le añade esta dulzura, nos ha dado todo lo que conduce a la vida y a la piedad.
Bueno ¿qué es piedad? A ver, recordemos que es piedad. Para nosotros, para muchos de nosotros piedad significa simplemente devoción, una actitud como de gusto por las actividades propias de la religión. Mire la palabra piedad, Eusebeia en griego, Pietas en latín. Esa palabra es mucho más rica que eso. La palabra Pietas, especialmente en latín, tiene una hermosura, porque Pietas es el nombre que tiene el amor que siente un padre por su hijo o el amor que siente un hijo por su padre. Eso es lo que significa Pietas. De modo que aquí volvemos a los dones del Espíritu Santo, el don de piedad. ¿Qué es el don de piedad? El don de piedad no es el don simplemente de rezar y rezar y rezar, tener aguante, resistencia en la rótula, no. El don de piedad es más que eso. El don de piedad es una viva y amorosa conciencia de nuestra condición de hijos. Y esa viva y amorosa conciencia hace que aún en medio de la persecución más espantosa, ese sacerdote se siente hijo, se siente hijo del Altísimo, se siente sereno. Ese matrimonio en medio de la peor tribulación, cuando parece que todo se está desmoronando. Conserva el don de piedad. Somos hijos amados de Dios nuestro Padre. Imagínese cuántos matrimonios se salvarían con solo eso. Con solo esa experiencia.
Pero la frase de San Pedro no termina ahí, dice nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, dándonos a conocer al que nos ha llamado con su propia gloria y potencia. Es decir, que nosotros recibimos todos esos dones. Y repite otra vez el verbo conocer. Es dándonos a conocer. Dice aquí al que nos ha llamado con su propia gloria y potencia. ¿Qué es lo que tiene que hacer entonces el matrimonio? Como dice por ahí una frase que entiendo que le atribuyen a Antoine de Saint-Exupéry. El matrimonio no es tanto mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Y esa misma dirección para nosotros es el que nos ha llamado por su gloria.
Dice aquí por su gloria y potencia, por su gloria y potencia. Entonces imagínese una esposa fascinada por el amor de Dios y un esposo fascinado por el amor de Dios. Ya eso les da una comunión tan grande, tan grande, y los hace tan admirables a cada uno ante los ojos del otro. Eso mismo es un principio de unidad entre ellos y ya es una fuerza que los mantiene unidos porque están mirando en la misma dirección. Eso es lo que nos dice aquí Pedro, dándonos a conocer al que nos ha llamado con su propia gloria y potencia. Así es como nosotros avanzamos en el camino de la vida y de la piedad.
Hermanos queridos, hasta ahí creo que hemos llegado, según mis cuentas al Versículo Dos o Tres. Creo que estamos en el Versículo Tres. Es decir, que toda esta explicación que he tratado de dar de la manera más compacta posible, a veces acelerando el ritmo de la voz para que me rinda, toda esta homilía son tres versículos. Son los primeros tres versículos de la Segunda carta de Pedro. No se pierdan la segunda carta de Pedro. Todo lo que nos dice después, por ejemplo, la famosa escalera de la vida cristiana. ¿Si la oyeron, no? La escalera de la vida cristiana. Fe, honradez, criterio, dominio propio, constancia, piedad, cariño fraterno, amor. De la fe al amor. Esa escalera es preciosa.
Hay que un día, si me vuelven a invitar, hay que hacer una explicación sobre esa escalera. Cómo se va de la fe al amor, cómo Dios nos va llevando, cómo uno no se puede quedar simplemente diciendo ah, no, yo soy cristiano y cristiano, nosotros somos catolicismos. catolicismos de toda la vida. En mi casa hasta las pulgas son católicas. Todo es católico. No, señor. Usted no puede contentarse con una fe así. Hay que subir esa escalerita. Y eso está ahí también. Y así es toda la Segunda carta de Pedro. Hacia el final, la segunda carta de Pedro tiene solo tres capítulos, hacia el final este documento es único porque es la recomendación que un apóstol hace de los escritos de otro apóstol.
Hacia el final, el apóstol San Pedro hace un elogio de San Pablo y hace un elogio de los escritos de San Pablo y los declara inspirados por Dios. Con la sabiduría que Dios le ha dado dice. Y este es un dato muy importante porque muestra cómo en esas comunidades cristianas ya había conciencia de que la revelación que venía del Antiguo Testamento se iba a completar con lo que nosotros hoy llamamos el Nuevo Testamento. Este es un datico exegético chiquito para que usted vea la maravilla que es la Segunda carta del Apóstol San Pedro. Ahí le dejo ese datico.
Sigamos esta celebración, hermanos, sigamos, sigamos celebrando el amor de Dios y sigamos suplicándole que haga de nosotros verdaderos cristianos. Cristianos que conocen al que los ha llamado según su gloria y potencia. Cristianos que crecen en la paz porque conocen el don de ciencia cristianos partícipes de la naturaleza divina. Es muy grande lo que nos dice este documento, simplemente porque es muy grande lo que Dios nos ha dado a través de su Hijo Jesucristo y a través de su Santa Iglesia. Con estos sentimientos sigamos nuestra Celebración Eucarística. Amén.

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