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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo lee de un modo nuevo una antigua comparación de los profetas: el pueblo de elegido es la viña del Señor.
Homilía o091005a, predicada en 20160530, con 5 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Hay varias enseñanzas que podemos tomar del Evangelio de hoy. Cristo utiliza una imagen que está profundamente grabada en el corazón del pueblo elegido, la imagen de la viña. Recordemos que de un modo casi literal, el profeta Isaías hace una comparación semejante diciendo que el pueblo es la viña de Israel, pero una viña que da frutos amargos, que no da el fruto esperado.
Y tenemos también el Salmo Ochenta en el cual se le suplica a Dios ven a visitar tu viña. O sea que Cristo está tomando una imagen que es bien conocida, bien querida dentro de su pueblo. Pero a la manera hebrea que consiste en meditar y a la vez enriquecer aquello que se recuerda. Cristo también añade, podríamos decir, de su propia cosecha. Esa imagen de los criados que van a recoger lo propio de los frutos de la viña y que son maltratados o asesinados, es claramente una alusión a los profetas. Y el último en esa serie es Él mismo. De este modo, Cristo se está presentando a sí mismo como profeta, como el último de los profetas, o según dicen algunos teólogos, el profeta escatológico.
Esto quiere decir que otras instituciones propias del pueblo de Dios no describen con la misma claridad el ser de Cristo. Había en el Antiguo Testamento una institución muy fuerte, la de los sacerdotes, pero Cristo no se compara con esa institución, ni tampoco con los reyes, ni tampoco con los escribas, que eran las otras instituciones más reconocidas dentro del pueblo elegido. Cristo se presenta fundamentalmente como un profeta. Y según la expresión de Amós el profeta, lo propio de este don de profecía es la proximidad con Dios. Nada hace Dios que no lo cuente a sus amigos los profetas. Esta proximidad con la mente y la voluntad de Dios es máxima precisamente en el Hijo querido que ha sido enviado a la viña del pueblo de Israel.
Otro aspecto que nos presenta Cristo y que enriquece la imagen de la viña es que la obstinación no es un dato accidental. La resistencia a Dios no es cosa de una época. No es cosa de un momento, sino más bien es la constante del ser humano. Hay una resistencia hoy, podríamos decir, un bloqueo en el ser humano. Lo profundo del corazón humano se resiste a rendirse ante Dios. Y esa resistencia es la que nos hace sordos, la que nos hace duros, la que hace que su palabra, la palabra que nos ha dado por medio de los profetas, no entre en nosotros.
Podríamos decir que al hablar de esta manera, Cristo está mostrando la profundidad del daño del pecado. El pecado no es un mal menor. No es simplemente una pequeña grieta en la edificación de la cultura o de la civilización. El pecado es el gran drama, el drama permanente de la vida humana y, por consiguiente, el pecado es también la gran lucha de Jesucristo, la gran razón de su presencia.
Finalmente, la alusión al salmo, el salmo pascual por excelencia. Es otro enriquecimiento que Cristo le da a la imagen de la viña. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es decir, la obstinación humana no va a tener la última palabra. Si el hombre es obstinado en el pecado, Dios es obstinado en salvar al hombre. Y esa santa obstinación que tiene el nombre de Misericordia es la que finalmente va a tener la victoria. Es decir, ese estado lamentable de la humanidad no es la descripción definitiva de la historia nuestra. Y Dios, con su poder, pero sobre todo con su compasión, nos va a sacar de esa condición.
Agradezcamos al Señor Jesús por esta palabra. Fiémonos de aquel que le da un vuelco completo a la historia humana, y pidamos que esa transformación llegue a nuestras vidas. Amén.

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